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-"¿Una galleta?"

Erick lo miró y levantó una ceja.

-"Es de las compradas" Charles intentó una última vez.

El hombre, quien seguía siendo un completo desconocido que, extrañamente, le causaba confianza, extendió la mano a la vez que el otro le pasaba el paquete. Al primero no le gustaba compartir el único momento de paz de todo el día con un muchacho entrometido pero, viéndose un futuro lleno de esas interrupciones, lo único que podía hacer, además de resignarse porque esa era la única plaza que le quedaba cómoda y cerca de su departamento y del trabajo, era sacar el mejor provecho de la situación.

(Es decir, aceptar una galleta con chips de chocolate que no parecía en lo absoluto envenenada y que combinaba a la perfección con el matutino café con leche en su mano.)

Era un día igual de frío, o más, que el lunes pasado, cuando la vida había decidido tirarlos uno en el camino del otro. Dos personas muy particulares, especiales incluso.

Porque nada malo podía salir de una relación entre un telépata y alguien que conociese su secreto. Alguien que, seguramente, tenía un secreto igual de intrínseco y extraño. Charles había percibido, en su primer encuentro, que el otro escondía algo, pero no iba a meter su siempre curiosa nariz en el seguramente pasado oscuro de un hombre que no conocía. Menos si estaban solos en una plaza desierta.

Charles era muchas cosas, pero no era estúpido. Sabía reconocer a la perfección personajes turbios y solitarios con los que mejor era no meterse y, si bien toda la situación le atraía, no iba a arrojadamente pisar límites.

Dejó pasar unos segundos mientras el otro masticaba.

-"¿Te puedo hacer una pregunta?" dijo de repente, mirando de soslayo al hombre sentado a su izquierda.

Erick tomó un sorbo de café y, sin girar la cabeza, contesto:

-"Sorprendeme."

-"¿Hay otros como yo? Digo… ¿conocés personas que puedan hacer lo mismo?"

Charles no quería sonar ni desesperado (no, no lo estaba), mucho menos insolente, ni quería poner en palabras el 'poder' o 'don especial' que sabía que tenía. Porque, en el fondo, esa habilidad, esa diferencia, le avergonzaba, le hacía discriminarse del resto de las personas.

Erick suspiró.

-"¿Exactamente como vos? Una sola ¿Personas capaces de hacer cosas increíbles, extraordinarias, completamente distintas al normal de la gente? Más de los que vos creés."

El hombre clavó sus ojos en los conflictuados y celestes ojos del muchacho al lado suyo. Le sostuvo la mirada con calma, queriéndole mostrar que la vida, dura y jodida, no era imposible; que el tiempo enseña; que las elecciones de uno son capaces de forjar, para bien o para mal, el pasado, presente y futuro.

En ese momento, Erick, con un gesto de la cabeza, le dejó pegar una rápida y superficial mirada a fragmentos de su propia vida, de su historia: de algunos éxitos y derrotas; una ojeada sobre la naturaleza humana, como la vida enseña que hay tanto personas que valen la pena como que no; en donde vio que justo que había encontrado con una persona que había sufrido mucho más que él mismo, alguien que lo entendía, porque, también tenía un don.

Charles vio todo esto en apenas unos segundos.

El corazón del telépata se contrajo y expandió más de lo que nunca le había pasado. No quiso llorar, realmente lo intentó, pero no pudo evitar dejar caer una lágrima (o dos) que rápidamente fueron secadas con la manga de su campera.

-"Así es la vida chico, o le ganás o dejás que te aplaste y te terminas muriendo sólo e infeliz en algún lugar deprimente. Pero es así para todos los que tengamos un alma humana."

Erick se paró. Sin sonreír, pero con una expresión serena puso una mano sobre el hombro del otro y, sacudiéndolo un poco con la brutalidad que todo hombre acostumbrado a trabajar en un taller o haciendo algún oficio de fuerza, lo sacó de su estupor.

-"Hace algo con tu vida de lo que después estés orgulloso."

Charles vio la silueta del otro perderse al doblar una esquina. Las hojas de los árboles seguían igual de naranjas y amarillos que la primera vez que había cruzado palabras con ese hombre del cuál no conocía nada y, a partir de ese día, lo suficiente.

El muchacho se levantó y estiró la espalda. Agarrando la mochila retomó el camino a la facultad. Con cada paso pensó y pensó, hasta que, finalmente, sonrió feliz y satisfecho.

No estaba solo.

(Y ya no tenía el paquete de galletas encima.)

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Wow.
No me esperaba ni ahí la respuesta que tuvo. Tengo que admitir que tan solo era un one-shot escrito mientras tenía que estar estudiando, no iba a seguirlo... pero, gracias a los que lo agregaron a la lista de favoritos y los que lo están siguiendo, surgió algo de inspiración jaja.

También y sobretodo, como olvidarlos, gracias a los que comentaron! A Boogo y Akuma Fuuji! Y a mi hermana que sin ella nada es posible ;)

Acá les dejo un Erick sabio y un Charles bastante tierno :)