Una boda

Habiendo crecido en un ryokan, Kyoko no era ajena a los rituales sintoístas de matrimonio, pero nunca dejaban de maravillarla. Shiba-san, la novia, vestía el tradicional shiramuko, un kimono de seda blanca y llevaba la cabeza cubierta con el tsuno-kakushi, que se quitaría una vez casada. Disimuladamente vio cómo los ojos de Yukihito brillaban cuando los novios bebieron el San San Kudo, la representación del cielo, la tierra y el ser humano, el momento que simboliza la unión de la pareja con los dioses. Fue un milagro que él no llorara, ella sí lo hizo.

Más tarde, Yashiro estaba tomando un trago mientras veía a Kyoko bailar con su hermano pequeño cuando una mano le apretó el hombro, era su padre.

—Estoy feliz por ti, muchacho —dijo mirando en la dirección que miraba su hijo.

—…

—Ella es una buena mujer, Yukihito-kun, lo puedo ver —Yukihito no tenía que preguntar para saber a quién se refería.

—Lo es, pero es solo una amiga, padre, mi mejor amiga, nada más.

—Ya veo… Pero, ¿sabes, Yuki? —dijo usando el sobrenombre cariñoso que usaba cuando él era un niño—. Tu madre fue y sigue siendo mi mejor amiga, la mujer de mi vida.

—Padre…

—Solo digo, hijo mío, solo digo —dijo alejándose, mientras se dirigía hacia su madre con una sonrisa en los labios.