Llegados a los cuarenta

Yashiro se dejó caer en el sofá de la sala de Kyoko. A él le lucían mucho los trajes, era cierto, pero nada como la ropa informal, decidió Kyoko.

—¿Cómo fue tu cita? —preguntó Kyoko fingiendo un desinterés que no sentía—. ¿Va a haber una segunda?

—¿Segunda cita? ¿Para qué?

Kyoko lo miró fijamente.

—No soy una experta, Yukihito, pero la idea de salir a una cita es que consigas la siguiente y llegar eventualmente a una relación.

Yashiro dejó escapar una risa rica como el trinar de los pájaros. Cuando su ataque fue calmado por una de las infames miradas de Hongo Mio, aclaró:

—Cuando dije una cita, me refería a una con el optómetra, necesitaba una nueva prescripción para los lentes.

Las mejillas de Kyoko se tiñeron de rosado por la vergüenza.

—Lo siento.

—No tienes por qué sentirlo, pero para que quede claro, hace meses que es oficial, no más citas para mí, me rendí, me doy por vencido. Voy a morir soltero, Kyoko-chan —agregó con aire dramático.

—Quizás nuestro destino es ser solteros.

—Pero tú eres soltera por elección, Kyoko-chan, tu lista de pretendientes es larga.

—El trabajo no me da tiempo.

—¿Sabes que manejo tu agenda, verdad? Eso no funciona conmigo.

—Bravucón, pero, ¿sabes qué?, deberíamos hacer un pacto, como en las películas americanas.

—Cuéntame —preguntó curioso, con una sonrisa de medio lado en la boca.

—Es simple, si llegados a los cuarenta, no hemos encontrado al amor de nuestras vidas, nos casamos el uno con el otro —dijo soltando una carcajada.

—Ooooh, suena perfecto —dijo sonriendo de oreja a oreja—, pero espera… —agregó con el entrecejo fruncido como si tratase de dilucidar uno de los grandes misterios del universo—, ¿a mis cuarenta o a tus cuarenta?

Las risas retumbaron en todo el apartamento.