El paso del tiempo

En casi tres años que llevan trabajando mano a mano, la vio crecer frente a sus ojos. Sus manos viajan a través de las páginas, sonríe al ver las fotos de su personificación como Bou —esa fue una gran revelación, aún recuerda las plumas volando por todo el lugar—, luego están las fotos en el insufrible y estridente mono rosa que más de una migraña le causó; también están las adiciones de los personajes que encabezarían su carrera como actriz, la oscura Mio y la sexy y bravucona Natsu, sus manos se detienen en Momiji, la recuerda con gran cariño, él la ayudó, aunque fuera solo un poco con la construcción de ese personaje, continúa pasando hoja tras hoja, luego vienen las fotos de sus trabajos de modelaje, bella, elegante, exquisita.

También están los retratos de algunos de los personajes más representativos de su carrera hasta el día de hoy, personajes de una profundidad asombrosa. Sí, había hecho y le seguía gustando interpretar a jóvenes señoritas ricas y el público la adoraba, pero sus más aclamadas actuaciones hasta la fecha y sus retos más grandes habían sido personajes con profundos complejos emocionales que hacían estremecer a los televidentes. Leyó el artículo al pie de la foto de Kurai, sus ojos viajando a su línea favorita: Muchas actrices pueden interpretar a una "niña buena, una niña bien", solo una, Kyoko, puede enredarnos en sus juegos, adueñarse de nuestra mente, y meterse debajo de nuestra piel en su brillante, torturada, delirante y aterradora actuación como Kurai.

Pero no solo estaban las fotos de su carrera como actriz, también estaban esas donde sonreía, donde se acurrucaba en algún rincón, fotos con sus amigas, con María y una foto, su favorita, la foto de ellos dos bailando en los brazos del otro como si nada existiera a su alrededor, en el matrimonio de su hermana Shiba, hace tantos meses atrás.

Sus ojos se clavan en él, en cómo le sonríe a ella, en cómo la mira, siente su corazón apretarse en su pecho y luego latir desenfrenado.

¿Desde cuándo?

¿Cómo no lo vio antes?