Yukihito, hay algo ladrando en tu asiento trasero

Rezó para que Kyoko no notara al huésped que llevaban en el asiento trasero del carro envuelto en uno de sus cambios de ropa (él se había comprometido a comprar uno nuevo). No podía dejarlo allí, bajo la lluvia, tampoco era como si pudiese llevarlo a su departamento.

Wuf wuf.

No que la suerte estuviese de su lado.

—Yukihito, creo que estoy oyendo cosas.

—¿Mmmm? —respondió haciéndose el desentendido.

—Yashiro Yukihito —llamó dándole una mirada penetrante.

Yashiro se salió de la carretera y detuvo el auto.

—No podía dejarlo, Kyoko-chan, de verdad que no —dijo gesticulando con las manos—, tan indefenso, con esos ojos suplicantes, diciendo llévame, no me abandones, no quiero pasar frío, deseando solo correr por la playa con unos dueños amorosos… Y ahora no sé qué hacer, porque en mi complejo no los permiten, pero no podía dejarlo tirado en esa caja, es inhumano, ¿cómo puede alguien tener el corazón para hacer algo así?

Yukihito estaba tan entretenido en su diatriba que no vio cómo Kyoko soltaba su cinturón y se reclinaba a coger a la pequeña bola de pelo que jugueteaba en el asiento trasero envuelto en uno de sus vestidos.

—Auuu, eres tan hermoso.

—¿QUEEEÉ? —gritó Yashiro azorado y con las mejillas coloradas.

—Shhhh, Yukihito que vas a asustar a Tsuki-chan.

Fue hasta entonces que notó a la bola de pelos blanca en el regazo de Kyoko. Tratando de recuperar un poco del orgullo perdido preguntó:

—¿Le pusiste nombre?

—Por supuesto que sí —contestó airada—, toda mascota necesita un nombre.

Yashiro se hundió en su asiento.

—Ya te dije, Kyoko-chan, no puedo quedármelo, en mi complejo no permiten animales.

—En el tuyo, no, pero, en el mío sí.

—¿De verdad? —preguntó con los ojos llenos de esperanza.

—Por supuesto. Será nuestro adorable y lindo Tsuki-chan y cuando esté más grande seguramente podremos cumplir ese sueño tuyo.

—...

—Ese de correr con tu perro por la playa —no creas que lo he olvidado—, ¿qué te parece?

Yukihito se quedó sin palabras, no por el acto de bondad desinteresada, no por el cariño instantáneo de Kyoko por Tsuki-chan, no porque ella recordara aquel deseo tonto que un día confesó, mas por el efecto de esa palabra de siete letras: nuestro.