LA PRINCESA Y EL DRAGÓN—

Por Zury Himura


Gracias por el apoyo y espero que les siga gustando. A May por darle un vistazo a mis horrores ortográficos.

Disclaimer: los personajes no son míos, la historia lo es.


DRAGON'S FLAME.

UNTIL THE WORLD DIES

CHAPTER FOUR

Ese día como lo había estipulado, varios hombres fueron dados de baja en las afueras del palacio. Aunque no entendía exactamente los rencores dentro del razón del dueño de la constelación más importante en el universo, también se preguntaba si era cierto que podía leer corazones humanos y qué había en ellos. Y, si era ese motivo por el que se había aventurado simplemente con el poder de su sola espada contra un ejército tan grande como el que habían reunido. Pero, también entre sus dudas estaba la duda del porqué Doragon no usaba el poder de su sello, más que su mano diestra para herir lo que más amó.

Sus labios su humedecieron con el rocío que caía de las flores del jardín del rey antes de brincar y caer de pie en las orillas del pasto. Había esperado el momento en el que el dragón del cielo se acercara lo suficiente como para no herir a más personas con su poder. Así que caminó en calma, con el rostro siempre mirando hacia enfrente. Y, poco a poco sus pasos se volvieron veloces al escuchar el ruido de más espadas.

Saltó, acariciando su arco como la primera vez que lo usó, marcando con sus dedos la flecha de viento y luz que necesitaría para neutralizarlo, cuando lo tuvo a la vista. Y sin más tardanza la soltó, cayendo a solo un costado de uno de los hombres que peleaban en su contra. Astuta, al verlo desviar su flecha con la espada, les ordenó retirada; sin embargo, él se los impidió, moviéndose tan rápido como pudo para atacar a un par que tenía cerca dejado escapar a solo uno que ni le conocía, mas ella interfirió para que su ataque no se finalizara.

Con su arco plateado, interceptó el segundo sablazo que acabaría con la vida de esos hombres, deslizándolo hacia un lado cuando sus fuerzas fueron mitigadas por las de él. Pero pronto él se detuvo, cuando no hubo más humanos ante su vista. Deshizo el nudo en su cuello y se deshizo de la capucha que lo ocultaba de la frescura de esa mañana.

—Un dragón —musitó ella, enterrando su arco en el suelo cuando él bajó su katana. Lucía seriamente molesto, ya fuera por su interferencia o por su aparición, pero por dentro ella experimentaba lo mismo, al atacar a los seres por lo que los dioses habían sacrificado muchas cosas.

—Una princesa —repitió él peinando sus cabellos hacia atrás para mejor visibilidad.

Era la primera vez que se veían, a pesar de siempre estar en el cielo solo habían escuchado rumores de sus existencias. Ya fuera la hermosura de sus luces en la atmosfera o la que fuera de sus personalidades; ahí nada de eso era visible cuando una fachada humana los protegía. Un cuerpo que ambos no conocían, que en la privacidad de sus mentes definieron como belleza humana.

—En el cielo, como aquí en la tierra, puedes dejar de llamarme princesa. —Desenterró su arco, apuntándolo con el filo de una de sus puntas—. Solo soy una cazadora que ha venido por el dragón que cayó del cielo.

El de cabello suelto empuñó nuevamente su espada, mas sonrió con la mujer. Respetándola en silencio por el fuerte y valeroso espíritu que poseía. Tan lleno de lealtad y pasión que la envolvía en una atracción, incluso para alguien como él. Aunque, ni siquiera una criatura como ella interferiría con sus planes, no la dejaría inmiscuirse con sus propósitos. Pronto, el grupo de humanos que se habían reunido con él, llegaron para respaldarlo, pero les detuvo con una seña de su mano.

—Las deidades cambiamos al posar pie humano, por ser lo prohibido, lo que no debemos hacer —le recordó él levantando por el igual el ángulo de su arma—... No puedo creer que te hayan sacrificado a ti, te han quitado las cadenas de tu santidad y lo que te volvía deidad. En lugar de que ellos bajaran te han mandado a ti… ¿sabes lo que eso significa?

Lo sabía muy bien. Los sabios de su constelación se lo habían dicho innumerables veces mientras vivía en su propia cadena. Los dioses y deidades, al bajar a la tierra, se volvían tres cuartos humanos, y, al desobedecer o pecar una desventaja o castigo aparecía, volviéndolos terrestres totalmente. Quedándose sin la oportunidad de volver a su casa algún día.

Ella asintió girando su arco para amenazarlo, mas él no se movió a pesar de tener su katana en el aire. No le apetecía tener una riña con alguien a quien no tenía intención de acabar.

—No eres de la constelación de Orión, sino «la» princesa que se ha dejado sellar… —evidenció él con una sonrisa—. Dime, ¿por qué la princesa de la constelación de Andrómeda dejaría su estrella para ser una «cazadora» de Orión? ¿Para sacrificarse nuevamente? —rio, negando con la cabeza. Sinceramente entendía su naturaleza y necesidad de sacrificio, lo que no podía creer era la crueldad de los demás dioses para aprovecharse de ella.

La respuesta era simple.

Bajó nuevamente su arco.

—Porque yo también amo a la humanidad, tal vez tanto como tú. —Pero a comparación de él, no estaba dispuesta a dañarla.

El pelirrojo descansó, reacomodando su pose. Lo que había oído le había conmovido y por eso estaba dispuesto a darle la oportunidad de que se fuera con vida. Después de todo el problema era solo contra esa tierra. Pues mirándola con esa forma humana de ella hacia que algo dentro suyo se conmoviera. ¿O es que acaso era solo la simpatía que había sentido? ¿O la lástima que se desarrollaba en sus adentros por ese tipo de personas?

—Es mejor que te vayas antes de encontrar lo que te hace débil —Doragon bajó su mirada observando sus manos—. Yo ya la encontré y me he convertido en ellos con tal de acabarlos, pero en el trascurso, también he querido comprenderlos. ¿Y sabes? Lo único que he entendió es que el corazón humano tiende a ser influenciado más rápido por la maldad que por el bien. Lo cual solo me confirma que no hay vuelta atrás. Ellos jamás cambiaran y no me importara si no me doliera lo que hacen injustamente.

La de ojos azules sonrió al darse cuenta que ese hombre de cabello rojo no era tan malo como lo habían pintado o a pesar de su apariencia, que dejaba mucho que decir aunque sus ojos se llenaran de tristeza. Aunque, eso no era más importante que el hecho de que ellos eran enemigos y que estaba cometiendo una aberración.

—Puede que jamás cambien, —susurró la dueña del arco observando de reojo como el rey de esas tierras se asomaba a su balcón—. También sé que estás aquí para dar juicio… pero, ¿por qué decidir sobre ellos? Deben aprender por si solos.

—No lo harán —mencionó sabiendo lo que había en el corazón de cierto hombre que había llegado a la terraza de su casa. Se dio media vuelta, seguido por los hombres que le habían jurado lealtad, dispuesto a seguir avanzando a otro punto clave que tenía en mente, mientras ellos seguirían sus órdenes. La dejaría vivir, ya le había dado una advertencia—. El problema es con ellos, no contra ti. Si puedes, si quieres enfrentarme, sal de este castillo antes de que seas usada. Antes de que tu debilidad llegue y te vuelvas uno de ellos. Antes de que te llamen por un nombre humano.

Eso jamás pasaría, porque jamás caería o cedería a lo terrenal. Su meta, su misión era él y tampoco estaba en sus planes dejarlo. Alzó su arco en su contra, mientras le daba la espalda, y se alistó para atacar. Lamentaba hacerlo de esa forma, pero era la única.

—Lo siento, Doragon —musitó guiñando un ojo para soltar la flecha dorada que era una de las más fuertes que poseía. Posiblemente no sería suficiente para derrotarlo, pero lo era para dejarlo inconsciente y alejarlo de esas tierras antes de que desatara la flama que poseía.

Sorprendido por su rapidez y atrevimiento, se giró rápidamente—Lo siento también, princesa, porque te han sacrificio, por tu muerte… —Volteó mirándola con una nueva resolución en sus ojos, unos que hacia solo algunos instantes habían sido amables y que ahora estaban gobernados por la nostalgia.

Pensó en sacar su katana y evadir el ataque de un sablazo, pero al presentir la fuerza de los deseos de su dueña en el arma y al verla tan cercas, se dio cuenta de lo mucho que la había subestimado. Esa mujer había puesto su esencia en cada una de esas flechas, así como su luz. Haciéndolas poderosas e incluso mortales si le llegaban a tocar en algún punto vital.

Sin pensar que algún día mostraría su sello en una batalla en la tierra, en su mano se materializó la flama que quiso guardar en ese mundo, mostrándosela para desatarlo. A sus espaldas solo se pudo ver la forma de su alma, alejando a sus seguidores y que se erguía con majestuosidad. En un segundo, detuvo el filo de la flecha con sus garras, que estaba destinado a perforar el corazón del que era tres cuartos humanos. Ella corrió repentinamente hacia él, impactando el filo de su arco que servía como espada en la flama de su mano, pero supo que había sido un movimiento apresurado cuando él sonrió.

Tomó su muñeca para impedirle usar alguna de sus flechas y la aprensó contra su cuerpo, mostrándole la flama en su mano cerca del rostro.

—He oído que el que juega con fuego se quema, querida princesa —Se burló, pero fue interrumpido cuando el codo de la chica se incrustó en su estómago, provocándole dolor.

Después, se alejó, tomándolo del rostro mientras él caía de rodillas ante ella. Lo forzó a verla ahí en el suelo—. Te dije que serias mío, y aunque no tengo el mismo poder que tú, también amo a los humanos —Tocó su pecho y cerró los ojos—. Por favor, regresa conmigo…

Luego su vista se nubló grabándose la imagen de esa joven parada en frente de él.

Continuará…


Notas de autor: gracias por leer. Estoy emocionada por esta historia.