LA PRINCESA Y EL DRAGÓN—

Por Zury Himura

Corrección por May


Disclaimer: los personajes no me pertenecen, la historia sí.


DRAGON'S FLAME

UNTIL THE WORLD DIES

Chapter five

Al despertar no reconoció otra cosa más que la tierra seca y las ásperas rocas a su alrededor. El sudor en su frente solo era evidencia del cansancio físico al que había sometido su cuerpo, ya fuera entre pesadillas o el clima de esa mañana. Estaba fatigado a pesar de que acababa de despertar, pero también estaba solo, junto a un gruñido en su estómago que de vez en cuando lo doblegaba por la incomodidad. A un lado descansaba sobre un pañuelo un pedazo de pan, algunas moras y una vaina de bambú llena de agua. Que, posiblemente, era para él.

Aunque lo sabía, por lo molesto que estaba consigo mismo lo descartó haciéndolo a un lado y sentándose en el mismo lugar compungiéndose por el pesado sueño al que se había dejado vencer. Resopló irritado, entonces, recordando lo que había pasado, levantó el rostro, buscando las espadas en su cadera mientras la otra mano buscaba por el suelo. Al no encontrarlas, se puso de pie airado jurándose hacer pagar a quien fuera que le estaba jugando esa «broma»

Al caminar, se dio cuenta de algo nuevo en su cuerpo, y tocó su muñeca izquierda curioso de lo que le incomodaba, encontrándola vendada, justo en donde estaba la marca de su sello, temiéndose lo peor. Si había pasado lo que sospechaba, no terminaría de arrepentirse por haber mostrado misericordia, piedad y simpatía por Andrómeda, quien se había convertido en una mera sirviente de Orión solo para su captura. Y, quien por casualidad se había vuelto en su más grande oposición en una guerra que no era de su incumbencia.

Gruñó, olvidándose de eso por un segundo. Había algo más importante que su sello, su espíritu, su esencia y con lo que aún mantenía el equilibrio del universo. Levantó sus dedos derechos girándolos en el aire varias veces sin que su flama se materializara. Su corazón comenzaba a latirle fuertemente contra el pecho y sus ojos, con cada segundo de realización, se iban abriendo con sobresalto y alteración de haber perdido el control. Arrugó la nariz y frunció el ceño, dejando caer su mano hacia un lado con desprecio. ¿Cómo había podido bajar la guardia? ¡¿Acaso el crédito se lo daba a la apariencia humana que había adquirido?! ¡Cómo era posible que esa mujer hubiera hecho todo eso, por los cielos!

¡Encontrar a la princesa! Pensó, poniéndose en marcha mientras desenrollaba la venda de su muñeca con reproches, solo para verificar su más grande error. Su sello había sido neutralizado con parte del el de ella. En su piel, el dragón estaba atravesado con una de sus flechas. Y ese hecho no hizo más que intensificar lo colérico que estaba. Apresurado, mordió el pan y comió todo lo que se le había dejado, solo porque con eso podría adquirir más fuerzas. Caminó, planeando y pensando qué era lo que esa mujer quería hacer con él. Así estuvo hasta encontrar una salida en esa cueva, guiándose por el escaso rastro de luz que lo llevaba al exterior.

Si eso había sido una cárcel, era claro que a la mujer le faltaban ideas más geniales para que fueran exitosas. Después de todo, solo era una princesa que jugaba a ser un cazador. Aunque había sido astuta, dudaba que tuviera una segunda oportunidad como la que había conseguido para acabar con él. Y, aunque la obtuviera, el nivel de experiencia en un campo de batalla, del poder y de sus historias mismas, los hacían tan desiguales que ahí radicaba la diferencia entre ambos de sus niveles. Él jamás seria vencido, no por una joven sentimentalista, impulsiva y tan ingenua que había creído poder con esa misión. No con una imagen como la suya, tanto moralista como física.

Pero, rápido se dio cuenta que posiblemente no era lo que había pensado. Pues la encontró afuera de la cueva, luciendo el mismo vestido largo color índigo, cabello suelto, con una diadema de trenza, sentada sobre la tierra mordiendo un durazno mientras sus jugos frutales caían de las coyunturas de sus labios y eran limpiados enseguida con su pañuelo. Como si nada de importancia hubiera sucedido y como si esa fruta fuera la última en el planeta.

¡Ah! Hirvió por dentro al tener que atestiguar su despreocupación y cinismo. Eso no era un juego, y a pesar de que había querido ser parcial perdonándole la vida, lo estaba subestimando cuando era obvio de que lo reconocía como el ser superior que era. Aunque quiso llegar y reclamarle, amenazarla y caminar sin volver a mirarla nunca más, se detuvo un momento, cuando los rayos del sol le bañaron el rostro, volviéndolo de alguna forma más luminoso.

Ahí, pudo apreciar verdaderamente su fisionomía, puesto que se decía que cada deidad cuando cometía «lo prohibido» y encarnaba, normalmente obtenía una forma parecida a la suya. En su caso, el cabello rojo y el color de sus ojos dorados, eran semejante a su espíritu, y, se preguntaba si el de ella era tan hermoso como lo mostraba en esa forma. Posiblemente era de esa manera en la que había bajado su guardia, pero debía admitir que la hija adoptiva de Orión no solo era noble, sino bella.

Antes de interrumpirla, buscó a sus hombres con una rápida ojeada, descubriéndolos durmiendo en un par de arbustos y paja que ella había recolectado durante la noche; interesado, admiró sus manos llenas de heridas pequeñas pero ignoradas por seguir comiendo la fruta, ya que no solo les había construido una cama, sino que les había puesto un techo por una posible lluvia esa tarde. Sus ojos se suavizaron, aunque sus manos se empuñaron con recelo; ella había arrancado la flama de sus manos al encontrar su debilidad, y, con ese sello parte de su esencia y divinidad.

Lo único que le quedaba, lo único que bastaba y que había traído como recuerdo de su casa. Pues, al bajar, lo había hecho sabiendo que jamás sería capaz de regresar. Pensó en un millón de locuras antes de dar otro paso. Desde matarla y extraer de ella lo que se le había robado o la flecha con la que lo había neutralizado, hasta simplemente amenazarla y pedirle de favor que se largara. Pero nada estaba garantizado, había posibilidades de que ella no tuviera la flama para ese entonces, que la hubiera guardado en algún lugar solo para asegurar su propia vida. Por lo tanto, ¿qué tenía que hacer para recuperarla si su enfoque era solamente terminar con la humanidad?

—No la tengo, Doragon… —dijo la princesa arrojando el hueso de su fruto al pilar de piedras que había formado entre los arbustos—...es decir: Kenshin. —Lo miró de reojo, solo para atestiguar su expresión.

El hombre de cabello rojo retrocedió un paso ante la punzada de dolor que se profundizó en medio de su pecho. No había sido una flecha… había sido un nombre, su nuevo nombre humano, con el que lo había neutralizado. Llevó su mano hacia ese punto para mitigar su dolor y desesperación al no saber qué podía hacer desde ese punto. Era claro que él aún seguía siendo más poderoso que ella y que por eso seguía vivo, sin embargo, sin esa llama se terminaría perdiendo en la oscuridad. Sin saberlo, ella había robado su balance.

Mientras, la chica se iba poniendo de pie, desenvolviendo su vestido azul con el que había bajado a la tierra. Necesitaba hablarle y decirle que sería perdonado si volvían voluntariamente. Deseaba acercársele y decirle que no todo estaba perdido, que no tenían por qué ser enemigos, pero, también algo en su interior al verlo lleno de soledad y melancolía quería asegurarse de que estuviera bien. Incluso deseó tomar su mano y decirle que estaría con él en el juicio, si gustaba.

Sin embargo, él no la dejó acercársele, se alejó con apatía cada vez que ella insistía. Sus ojos dorados estaban cristalinos, y aun sorprendidos. Mas su rostro se bañó se soberbia mientras su barbilla se levantaba con fines de rechazarla. Tendría que matarla, ver su sangre correr en sus manos solo para activar su sello de nuevo. A una mujer inocente, que ya era parte humana, de la raza que tanto amó y que seguía separando por sus pecados cada vez que acababa con ellos. Como un dios todo poderoso que había quedado con una criatura indefensa y pura atravesada en su espada.

Su corazón se acongojó, como nunca pensó que lo haría en un cuerpo como ese. Esa faceta suya, frágil, tan débil y rompible que veía en un reflejo era un motivo para que él de alguna forma también se sintiera infeliz. Agachó su cabeza tratando de pensar qué era ese sentimiento que le partía el alma, era semejante al que experimentaba cada vez que veía a los ojos de niños y mujeres, incluso hombres que tenían que atestiguar la maldad…o su maldad. ¿Era el mismo terror de tener que mostrarle su oscuridad a ella? ¿El otro lado de la balanza de su poder?

Aunque, ella era diferente. Era fuerte y estaba ahí para cazarlo, para alejarlo de los humanos hasta que sus refuerzos llegaran; entonces, ¿por qué se estaba sintiendo solidaria? Podía verlo en su corazón, en el aura de su espíritu. ¿Acaso… comenzaba a sentir lo mismo que él?

Ella se acercó atraída por la intensidad de su tristeza, de sus ganas de mostrar lo que no podía ser, confundido no sabiendo cómo actuar con exactitud. Pues en ese cuerpo a veces las emociones la descolocaban, eran más intensas y la animaban a cometer impulsos que como deidad nuca hizo. Aunque se aventuró, en su espalda se materializó su arco como una señal de desconfianza.

—¿Estás bien? —No dejó de sentirse culpable. Pero, la verdad era que, sin eso, parte de su misión jamás hubiera culminado.

—Lo que me hacía diferente a ellos, lo que aún mantenía el balance en el universo sin que yo estuviera allá —musitó él tomándose del rostro con arrogancia y echándose sus flequillos hacia atrás con desesperación. No podía dejarse caer ante ella. Lo lamentaría otro día—, es lo que has tomado. —La encaró con una sorpresiva sonrisa burlona—. Solo has incrementado el recelo que tengo contra su naturaleza y ahora, sin ese balance… me tienes. Pero le has quitado a ellos la mayoría que los hacia ser buenos.

No. Ese no era el plan. Se suponía que debía simplemente dejarlo fuera un par de horas en lo que los dioses bajaban por ellos para llevarlos. Simplemente eso, después le regresarían la llama para que el balance siguiera su transcurso. Pues según los dioses, aunque estuviera neutralizado este seguía trabajando de igual manera. Luego, allá en las constelaciones varias medidas serían tomadas contra él, al no poder quitarlo de su cargo nunca.

—Espera, pronto esto terminará. Como dijiste, no tengo nada contra ti, simplemente…

—Entonces —La cogió de la mano, atrayéndola bruscamente, aunque la chica cogiera su arco con la otra—. Si no es nada contra mí… ¿por qué «soy tuyo» según tu nota? ¿por qué «me tienes»? ¿Por qué te preocupas por mí, si tu meta es la humanidad? Porque les crees a ellos y porque en el fondo la destrucción es lo mismo que ellos quieren. —Sonrió divertido con la cara que hacía. Le restó importancia si usaba su arco o no. Para eso necesitaba dos manos y él tenía una de ellas.

Ella no dijo nada por los primeros segundos. Era imposible explicarle lo mucho que se había discutido en el cielo sobre su rebeldía. Lo que se había sacrificado porque ella estuviera ahí, las despedidas y las medidas a las que sus padres habían llegado con tal de darles una nueva oportunidad después de volverse humanos y regresar a sus constelaciones. Lo mucho que ella había deseado detenerlo, aunque le costara su propio brillo, su vida.

—Las estrellas no brillan para siempre —comentó quedándose quieta en su agarre—. Pero las más importantes, las que están destinadas a una larga vida son las que valen la pena mirar. En otras palabras, vine no a vencerte, sino a llevarte de vuelta a donde perteneces.

Él sonrió de medio lado, atrayéndola suavemente para hacer algo sorpresivo. La abrazó, y la sostuvo de una manera nueva que nunca pensó que llegaría a experimentar con carne humana. Sin embargo, su dolor, la empatía y las cosas que los hacia similares, cada vez eran más obvias. Esa joven estaba llena de ingenuidad y de inocencia y era lo que llenaba su corazón de calidez hacia los seres humanos.

—Lo siento por ti, por todo lo que has sacrificado —Y en verdad lo sentía. Esa princesa solo había sido usada por la estupidez y egoísmo de otros que se creyeron más dignos. Porque si ella creía que algún día regresarían al cielo estaba equivocada—. Pero has perdido tu tiempo. —Había perdido todo sin ninguna ganancia.

¿Qué era eso? ¿Qué se suponía que significaba ese abrazo? Aunque no estaba de acuerdo con el gesto, no se movió. Porque no entendía el simbolismo en el que lo hacía. Era decir, entre los humanos era usado en varias ocasiones, lo había visto desde allá alto en el cielo. Sin embargo, no podía leer entre las emociones, las situaciones y ni lo que pasaba en los corazones como lo hacía él para entenderlo.

Luego de algunos segundos, la dejó ir sintiendo como su cuerpo se tensaba por tenerla en sus brazos y como el de ella temblaba disimuladamente. Aunque ambos eran novatos en ese tipo de cosas, solamente era él el que entendía ese tipo de acciones. Ya sea por su cercanía a los humanos o por ser el que había dado el primer paso.

—¿Cuantos días hemos estado aquí? —preguntó él observando a su alrededor, decidiendo calmarse y pensar en una forma para no matarla. Posiblemente todo radicaba en encontrar su debilidad. Volteó ignorando la confusión que le había causado, ni siquiera ella con todo y su gran corazón podría saber lo que sentía.

Al juzgar por la fauna parecía que no habían ido tan lejos. Aunque era un terreno solo seguro que seguían bajo la constelación de Orión.

—Dos —susurró ella girando su arco para tenerlo en frente—. No es tan fácil neutralizar tu sello. Eres demasiado fuerte para mí. Pero, Orión y otros dioses no tardaran en bajar. Se suponía que estarían aquí el primer día para llevarnos, una vez que te quitara la flama. Pero, probablemente han tenido contratiempos.

Una sonrisa se dibujó en el rostro de, ahora Kenshin, mientras se sentaba. Y, luego este gesto se volvió en carcajadas que no supo ocultar. Después, en pensar en las creencias de ella y lo mucho que debía respetar su sacrificio, se detuvo y solo sonrió. No obstante, este segundo acto estuvo libre de burla o de maldad. En realidad, era una que expresaba gentileza y pena por las promesas vacías que le había hecho.

—Y tus humanos, ¿crees que vendrán a buscarte? —Preguntó tocando las piedras a un lado para que ella se sentara. Pero la chica se rehusó manteniendo el arco en frente para evitar que se le volviera a acercar, mientras el alzaba los hombros—. Uno de ellos parece tener planes contigo, pude verlo en su corazón.

Seguramente eran patrañas para ganar tiempo, para despistarla y hacerla creer que era su amigo. Entonces, ganaría su confianza y después la traicionaría queriendo recuperar sus espadas y la flama que ella le había quitado. Para… escapar.

—No lo sé. Ellos saben quién soy, así que no intervendrán en mis planes, Doragon…. Es decir, Kenshin.

Sus risas no tardaron en salir, aunque estas fueron divertidas. Era bastante inocente e ingenua cuando se trataba de la maldad de los humanos. Posiblemente lo mejor para ella era aprender por si misma, así como él había tenido que sufrir por milenios. De todas formas, podía intuirlo, por los pasos y ruidos, sus humanos estaban a corta distancia en su búsqueda.

—Ah, hablando de eso… —Cambió la conversación, sabiendo que era lo mejor dejarla sola en ese asunto. Que se las arreglará como pudiera con el rey, entonces, cuando fuera herida iría a buscarlo con el mismo sentimiento de pérdida que él guardaba—. Me nombraste —Bajó la mirada con nostalgia—. ¿Por qué elegiste un nombre como ese?

—Dime, ¿qué planes tiene el rey Hiko conmigo? —Lo evadió, sintiéndose curiosa por lo que había dicho. Tampoco era como que le iba a creer, solo era intriga. Ya que ese hombre la trataba de una manera diferente. «La notaba»

Kenshin sonrió y alzó la vista hacia ella—. Al parecer le gusta cierta princesa que vino por su dragón...

Continuará…


Notas de autor: gracias por todo, los follows y lectores. Tambien a los que comentaron. Les agradezco.