LA PRINCESA Y EL DRAGÓN—

Por Zury Himura

Edit: May


Disclaimer: los personajes no me pertenecen, la historia sí.


DRAGON'S FLAME

UNTIL DE WORLD DIES.

CHAPTER SIX.

Rio. Eso era lo más ridículo que había escuchado en bastante tiempo. Asintió con tal de ignorar sus bromas y dio la vuelta para atender a los hombres que descansaban a un lado. No tenía intenciones de seguir hablando con un individuo que no tomaba las cosas con seriedad. Y, que para el colmo se burlaba de ella, con ocurrencias que ni siquiera tenían que ver. Por los cielos, ¡¿ese rey atraído hacia ella?! Sí, claro.

—Ori, dame mis espadas —solicitó el pelirrojo poniéndose de pie rápidamente. Podía arrebatárselas si eso le placía, pero no quería matarla, aún.

—Sí, claro, y tu dame am.… bueno, en estos momentos no puedes darme nada que me interese —Posó sus dedos bajo su barbilla fingiendo considerar sus opciones—. Pero cuando subamos, quiero no sé, tal vez un súper poder como el tuyo. Quiero conocer el…

—No estoy bromeando. Tus humanos ya vienen y no con las mejores intenciones —Caminó hasta ella tocándola del hombro—… y tus dioses no han bajado. Así que decide.

Puso atención en el cielo, así como en la superficie de la tierra. Algunos granos de arena rebotaban en la superficie, justo como los había acomodado para prevenir algún ataque o saber si eran seguidos. Al confirmar lo que le decía se puso de pie, alejándose de él y pasando la mano por la frente de sus seguidores para despertarlos. No entendía sinceramente como los otros sabían dónde habían ido, pero en cuanto llegaran ahí, pediría explicaciones.

—¿Qué estás haciendo? —Preguntó Kenshin poniéndose a un lado de ella cuando sacó su arco y posó sus dedos en el borde para soltar una flecha—. Los matarás con eso, no importa lo lejos que estén.

—¿Y que, no era eso lo que querías? —Resopló al confirmar su conmoción—. Además, no lo están —Sonrió soltando el rayo de luz que se materializó y distorsionó el panorama que tenían enfrente, dejando ver a los soldados más cerca de lo que habían pensado. Frunció el ceño y bajó su arma—. Ellos también tienen magia.

Kenshin volteó riendo con incredulidad. Eso era lo más gracioso que le había escuchado decir durante la mañana, pero con la flecha de la verdad que había lanzado, solo había probado que su teoría era acertada. Lo que no lograba comprender era, qué clase de humano poseía dicha magia, semejante como para alterar un espacio como Ori, dándole la ilusión a un escenario distinto. Y si no se trataba de otra deidad, entonces quería saber qué dios había traicionado a la princesa como para sacarla de su constelación y acorralarla en una trampa para que bajara y se le opusiera. Quién de esos tontos se había aprovechado de su sacrificio y se había reunido con los humanos dándoles poder para apoderarse de sus puestos.

—No te asombres, Doragon —El rey Hiko salió de entre sus filas. Con su uniforme intacto color gris semejante al de los soldados de su reino, con una katana a sus caderas y botas de cuero hasta su rodilla. Una coleta alta, y protectores negros usados por primera vez. Con mirada afilada lo escudriñó, aunque aún no había perdido su seriedad. A su lado venia el anciano que siempre lo acompañaba en otro caballo, susurrándole un par de cosas que solo quedaron entre ellos dos—. Creo que reconocerás este poder, ¿no? —Su ronca voz hizo que la princesa solo posara la mirada en él.

A pesar de sus primeros acercamientos con ella, nunca había perdido la caballerosidad o prepotencia. Llevándola a idealizarlo como alguien despreocupado y superior a muchos otros humanos. Sin embargo, esa pose era muy diferente a la que había atestiguado. Se trataba de todo un guerrero, un hombre diferente al que creyó. Posiblemente alguien al que no debían subestimar.

De entre la gente salió una segunda mujer, la que vestía como sacerdotisa entre el grupo que peregrinaba junto a ellos. Está con cabeza y rostro oculto con un velo blanco mostró su muñeca, estirando la manga de su vestidura para que todos la vieran. En ella tenía la insignia de Taurus sobrepuesta con la de Orión. Dos cuernos cruzados con un arco abajo. La cual no solo confundió al aludido, pero a la representante de esta última constelación en la tierra.

—Eso… —La mujer del arco dio a un paso hacia enfrente acariciando la muñeca de la otra mujer vestida en blanco—es para ayudarme, ¿…no? —Alzó el rostro y sonrió con tristeza. Ahora entendía no solo lo que Doragon le había tratado de decir todo ese tiempo, sino lo que los dioses en realidad tenían entre manos.

Dio la media vuelta, caminando solo un par de pasos para quedarse enfrente de ellos, mirando al de cabellos escarlata y a los seis hombres tras él que comenzaban a recobrar el conocimiento. Tragó con dolor disimulando, ocultando lo que esa marca en la otra mujer significaba. ¿Cómo podía mirar a Doragon, el guardián del universo entero, y decirle que los planes de los dioses habían cambiado? Que estaban dispuestos a hacerse a un lado y dejarlos solo a ellos dos arreglar esos problemas como lo que se habían convertido y que ya habían involucrado a más humanos. Que siempre, también, querían la destrucción de la creación, pero también la caída de Doragon. Por su poder, ahora que estaba más vulnerable y para que ellos se ocuparan del más alto cargo en el universo, lo querían fuera.

¿Cómo podría mirarle y decirle que solo ayudarían a uno de ellos dos…? Al que saliera con vida en esa batalla. Dos deidades, parte humanos, cuyo destino era dividir a ese mundo para acabarse mutuamente. Y, que esa otra chica era solo su asistente y la muestra de que los habían abandonado hasta que solo uno de ellos saliera victorioso…. O que ambos murieran.

¿Esos habían sido sus planes desde el principio?

—¿Qué significa esto, Ori? —solicitó Kesnhin dando un paso al frente, dándose cuenta del color blanco en el que se había tornado su piel.

—¿Ori? —Resopló ella, sonriendo a pesar de los nuevos obstáculos que se le habían presentado—. Ese no es un nombre humano.

¿Un nombre humano? ¿Acaso ya había una debilidad en ella que no había visto y que descuidadamente estaba aceptando?

—No lo es, —Ladeó el rostro con serenidad intuyendo nostalgia en su mirada, a pesar de que el ejército detrás del rey acababa de desenfundar espadas—. Simplemente no sé cómo llamarte. Eres Andrómeda, la princesa, pero te has entregado a Orión para salvarlos. Eres una mezcla confusa aún —resopló y sonrió de medio lado.

Ella sonrió genuinamente, llevando su mano hacia atrás para hallar su arco de oro. Ori, pensó, le gustaba como sonaba. Aunque ese no era el nombre por el que le gustaría ser llamada, por lo que le restaba ahí. Pero, debía darle las gracias, desde hacía tanto tiempo nadie se había dignado en llamarla con un nombre. Solo se referían a ella como la princesa, o la constelación del sacrificio. Ser identificada, aunque fuera con una solo fachada, la satisfacía.

—Tenías razón en todo lo que has dicho sobre los dioses, lo acabo de confirmar con esta joven detrás de mí. Ella es la cadena que asegura mi guerra en tu contra —comenzó a explicar interponiendo el arco entre ella y apuntándolo exactamente enfrente de su cara, en medio de sus ojos. Él no se movió—. Te he quitado todo lo que tienes, no obstante, vine por ti, no a matarte. —Deslizó sus dedos en la superficie dorada y exhaló, materializando una flecha de fuego—. Sin embargo… no dejaré que los mates. Primero, pasarás sobre mí.

Esa flecha estaba hecha de la misma flama que se le había robado, eso significaba que ella, en su interior la guardaba. Lo que no sabía era si esa flecha solo contenía parte de su llama o era todo lo que poseía; si ese era el caso, simplemente podía tomarla y matarlos a todos. Pero, si no lo era, fácilmente podría caer con una segunda flecha como esas. Todo era cuestión de suerte, y necesitaba arriesgarse si aún quería mantener el balance en el universo. Entre la luz y la oscuridad.

Miró de reojo a la mujer cubierta de blanco, realmente pensativo. Ori había dicho que ella era una cadena que los dioses habían mandado para asegurarse de que cumpliera su labor. Lo que significaba que no tenían intenciones de venir a ayudarle. Que sería obligada a trabajar con los humanos hasta que cayera. Pues seguramente esa joven poseía el sello que acabaría con su luz. Una amenaza indirecta.

—Pasaré sobre ti, entonces —Sus ojos se clavaron solo en los azules de ella, quien no desvió la mirada a pesar de oír las órdenes del sacerdote, mano derecha del rey. Atacar y matarlo—, solo no caigas ante ellos. Prefiero segur llamándote Ori y no con un nombre humano.

La cazadora soltó la flecha, redirigiendo su arco en otra dirección—. Para que esto sea justo, solo yo podré mencionar tu nombre. No lo olvides, eres mi dragón.

La miró a lo lejos mientras seguía corriendo a donde la flecha se había clavado. Los soldados lo imitaron siguiendo la orden sorpresivamente del sacerdote en el otro caballo y no del rey, pasándole de lado a la mujer, perdiendo su rostro entre la multitud. Aunque quiso quedarse atrás para saber que estaría bien, no podía. Si esa flecha que había sido liberada era tomada por otra persona, su poder dejaría de pertenecerle a él y seria corrompido por la naturaleza humana. Llegó hasta ahí, rodándose en el piso cogiendo ambas de sus katanas naciendo en medio del fuego, mientras su flama iba envolviendo su brazo derecho. Una vez que las obtuvo quiso volver y pelear, pero no había olvidado que no estaba solo. Había seis hombres que aún estaban desarmados, que le habían jurado lealtad de corazón sin importar el destino de sus existencias.

Así que volteó una vez más para verla solo a ella. El rey que llegaba a su lado con rostro sereno, mirada seca, estirándole la mano para asistirla y aun arriba de su caballo. Y, aunque Ori seguía parada en el suelo, alzó su arco, apuntando hacia el cielo, ignorando los gestos gentiles del rey Hiko. Ahí, lanzó una flecha de sombras, dejando su alrededor del mismo color de su ataque, como un campo de fuerza del mismo color. Sin embargo, solo el camino de Kenshin se iluminó dejándolo correr seguido de sus hombres. Admirado, ojeó su muñeca izquierda, su sello seguía neutralizado por la esencia de ella. Lo cual significaba que posiblemente esa luz era parte de su espíritu ayudándolo.

Se giró solo un poco con intenciones de regresar, pero a sus espaldas todo desaparecía, consumido en ese efecto de su flecha, dejando al grupo de más de cuatro mil hombres en tinieblas, al igual que a ella.

—Maldición —murmulló. Su preocupación contradecía lo que hacía algunas horas había pensado hacerle. Lo que ella misma había dicho sobre su enemistad y lo que se suponía debía sentir en su contra. Sin embargo, de su mente no podía borrar su rostro melancólico, mientras bajaba su arco lentamente. Casi decepcionada o vencida, mientras centenares de hombres le pasaban a un lado. Cuando ella, fue contra sus órdenes y le devolvió su poder para hacer su guerra más justa, haciéndole honra a su dignidad. A su honor.

—Esa chica… —Un castaño de ojos color café oscuro preguntó mientras seguía corriendo a su lado—… ¿estará bien junto al rey, mi señor? Sobre todo, con esos sacerdotes que siempre están metiendo las narices donde no les llaman.

Kenshin volteó a mirarle. Si ese joven también se preocupaba por Ori sus sospechas no solo se basaban en corazonadas, por así decirlo—. Ellos quieren de su ayuda, creo que estará bien —Lo dijo seguro de lo que había sentido en su corazón. El rey aun no mostraba maldad, ni malas intenciones, aunque solo era lo único que podía ver en cuanto a Ori. Mas no podía decir lo mismo de los ansíanos, ni mucho menos del consejo que pudieran darle a su majestad.

—No lo sé, mi señor —prosiguió el chico rascándose la cabeza—. Él es muy presuntuoso y muy poderoso. Pero, siempre escucha a los sacerdotes de su lado, normalmente siempre tienen la razón, pero… creo que esa joven será la mina de oro de esos viejos.

Así era. Aunque necesitaba mantenerse calmado e indiferente frente a los humanos, lo que ese muchacho opinaba en realidad eran las mismas sospechas que había tenido desde el principio. Ese rey Hiko en verdad estaba atraído hacia Ori físicamente, su interés era genuino, pero sus costumbres eran bastante diferentes. Mientras él prefería mantenerse neutral y tomar decisiones para el bien de su pueblo, recurría al Oráculo y los ancianos para asuntos bélicos. Así que cabía la posibilidad de que también quisiera librarse de la tiranía de los dioses, crear un mundo con ella para que los humanos nunca más fueran subestimados. Escuchando a los demás a su alrededor.

Sonrió de medio lado. Quién diría que sus planes terminarían siendo la respuesta de la plegaria no solo de sacerdotes ambiciosos y depravados que veían a Ori como lo más delicioso que podrían tener en sus manos, sino de un rey justo que trataba de quebrantar la cadena que él también había venido a romper. Por su lado, a la disyuntiva a la que en estos momentos se enfrentaba era elegir un camino sólido. Ya fuera: olvidar a Ori y seguir con su propia misión o ir hacia ella, evitando que la hiciera su reina para que no fuera utilizada. Pero él… ¿qué le importaba? Primero, si elegía la primera opción, necesitaba un nombre para ella, descubrir su debilidad, así como ella había descubierto que la de él eran los mismos humanos, su amor por ellos.

—El rey no quiere más superioridad, desea el exilio de los humanos de los planes y voluntad de los dioses, quienes ingenuamente luchan por mi poder sin prestar atención en lo que pasa acá en la tierra —dijo en voz alta llamado la atención de los hombres que le seguían—. La fachada perfecta: la guerra de su princesa y el dragón.

La princesa que había dado todo por ayudarlo a recapacitar. La mujer que bajó el arco con ojos cristalinos solo viéndolo partir mientras ella se quedaba sola. Esa joven cuyo rostro no podía quitarse de la mente… La princesa que dijo: «Eres mío»

Su dragón.

¡Diablos! Probablemente, terminaría regresando por ella.

Su princesa.

Continuará…


Nota de autor: he tenido las mejores vacaciones antes de entrar de nuevo a la escuela, así que disculpen mi lentitud. Igual el trabajo y todo lo demás. En fin, gracias a todos por sus comentarios y a los seguidores. Les agradezco mucho sus palabras ya sea aquí o por otra red social. Les agradezco.