—LA PRINCESA Y EL DRAGÓN—
Por Zury Himura
Corrección por May.
Disclaimer: los personajes no son míos, la historia lo es.
Gracias por todo, a los lectores y seguidores. Que disfruten.
DRAGON'S FLAME
UNTIL THE WORLD DIES
CHAPTER SEVEN
Sus días habían pasado así, lentos y opacos desde que había dejado esa flecha libre. Cada hora, cada día y cada minuto, parecía una eternidad que tenía que pasar en una celda, aunque no lo estuviera. Su cuerpo respondía a la gravedad un poco más de cuando había llegado, o, al menos así lo pensaba cuando le pesaba parpadear, al levantarse y tener que darse cuenta que seguía en el mismo cuerpo… en el mismo lugar.
Posiblemente era el clima lluvioso, sombrío y nublado… o eran los días más cálidos y claros que ella ya podía reconocer, a pesar de que esperaba ansiosa por algo, todos los días en su balcón. Con ese hueco en el estómago y aspereza en la garganta al no poder gritar, no poder postrarse y recogerse apretando el estómago para aguantar su decepción. Su soledad e impotencia a pesar de tener todo ese poder. Sentada, con sus ojos que ya no mostraban ese mismo animo con el que había bajado, aguardó, observando las montañas y colinas donde llegaban las fronteras de la constelación de Orión. Si era honesta consigo misma ni siquiera entendía por qué se sentía tan nostálgica y sin esperanzas. Siendo que desde un principio sabia las posibles consecuencias.
Sus iris simplemente eran dos jaulas azules que esperaban a volver a ver lo que se llevaría cautivo, inquietas por guardar la misma imagen que recordaba cuando sus manos soltaron su última flecha. Una flama. Tanto que sus dedos jugaron inquietas en su regazo y postura recta mientras era peinada durante su escrutinio a la ventana. En silencio, seria y fría, lo que también decía mucho sobre su estado de ánimo. De cierta forma, se sentía traicionada, abandonada y aún con una misión inconclusa que tenía que llevar en los hombros como diera lugar.
Sus ropas habían sido sustituidas, su cuerpo había sido lavado y su cabello peinado dejándolo libre y suelto. Sus pies fueron adornados con varias sandalias de diferentes colores. Y en diferentes ocasiones quisieron adornar su cuello con más de una roca. Sin embargo, ella no estaba ahí para servir como portador de accesorios o ser venerada de cualquier otra forma por la humanidad. No importaba si era honrada o halagada, nada material le llevaría a la gloria que tanto había anhelado.
Si se rumoraba ya algo en ese reino llamado Grize, era la épica guerra que se desdoblaría en cualquier momento entre el dragón del cielo y la princesa que venía en su caza. Lo mucho que el rey ganaría de todo eso y lo que la humanidad seria forzada a hacer después de que está empezara. Los bandos que comenzaban a formarse, dos mitades que no solo apoyaban a las deidades. Pero, que, en su nombre, la campaña se alzó como una esperanza de liberarse de un tirano que se creía manipulador del universo. Mientras que otros preferían creer en las mejores intenciones de Doragon como ser supremo, apoyándolo con la extirpación de la maldad en la tierra.
Se hablaba de la mucha sangre que se derramaría por causa de dos dioses que habían osado posar la tierra. Y, entonces, de todo se les culpó mutuamente entre estos grupos. A la princesa y el dragón por venir a irrumpir en su morada. Aunque, no tuvo argumento alguno con el que pudiera quitarse la culpa, solo podía desviar la mirada cuando su amor no era creído. De todas maneras, muchas de estas veces, sin sonar presuntuosa, el rey de Grize la protegió ante su corte, a pesar de su apatía en asuntos políticos.
A pesar de siempre descansar en su trono con el rostro posado en su mano derecha mientras todos peleaban y discutían por asuntos materiales. Aún después de que mostrara solo su apoyo a los sacerdotes que creían hacer lo que era mejor para la humanidad, su voz solo retumbaba en la sala, sonando un poco desinteresado con el tema, pero, alegando varias veces que ella había bajado para detener la masacre que se había cometido contra su raza. Que, si estaba ahí, era para ayudarlos y protegerlos, para prestar de su ayuda a las próximas generaciones por los siguientes años.
Años.
Exactamente eso era lo que la mantenía de un humor que venía rozando en el suelo. No obstante, cada vez que pensaba en que jamás podría regresar a su casa, ya que era consiente la diferencia entre sus poderes y los de Doragon, imaginaba lo que esté mismo sufría. En otras palabras, Doragón quien para ella era Kenshin, había bajado sabiendo que probablemente jamás podría volver a su casa. Renunció a todo con tal de hacer lo correcto y restructurar el balance que en su nombre había sido alterado.
Lo entendía, era verdad, mas no justificaba la forma en que quería lidiar con la situación. Pues, al igual que él, amaba a los humanos. Por la belleza de la complejidad de sus sentimientos. La libertad que poseían y que ella envidiaba. La superación, la confianza, el amor y varios valores que aún se resguardaban en el fondo de sus corazones. Aun cuando existía gente mala. las cosas buenas de esas personas eran lo suficientemente brillantes para opacar la oscuridad de sus actos.
Se giró y miró al rey detrás suyo; serio como siempre, pero que a diferencia de las otras veces a excepción del primer día que le conoció, le ofreció la mano para ayudarla a ponerse de pie. Su perfecto rostro estaba elevado levemente, mientras algunos mechones de su cabello se resbalaban por sus oídos y su coleta había sido levantada solo por ser una ocasión especial en su castillo. Su vestimenta tenia diferentes tonalidades de gris, tanto como su gabardina pálida y sus pantalones oscuros, a excepción de su camisa blanca y las botas largas de cuero hasta su rodilla.
Tan proporcionado, varonil y presuntuosos… perfecto. Con esa sonrisa sádica esbozada de vez en cuando, que le hacía palpitar el corazón irregularmente cuando la miraba inconscientemente de manera lasciva. Aunque aún intentaba descifrar si lo que Kenshin decía era la verdad, deseaba sacar las conclusiones por sí misma. Vivir lo que le tocaba y lo que los dioses deseaban para ella. Aunque, su mente vagara en otra parte del territorio de esas tierras.
Tomó su mano con seriedad, caminando hasta llegar a sus brazos, donde no dijo nada y donde simplemente se dejó atraer hacia su pecho siendo empujada por igual por uno de los sacerdotes. Al pecho, donde su mejilla se posó sin haberlo hecho a propósito. Atraída por su esencia, por la fuerza de su agarre y por el misterio de los sentimientos que ese hombre mostraba cada vez al estar con ella, aguardó confundida esperando entender cada uno de esos actos, sin victoria alguna. Sintió sus manos en su cintura, atrevido por primera vez después de mucho tiempo, y la barbilla sobre su cabeza, aclamándola sutilmente en medio de las velas de ese cuarto.
Las acciones de los sacerdotes quienes insistían en hablarle bien del rey, propiciando encuentros o accidentes como esos, no necesitaban ser más complejas. Al fin tenía una idea de lo que tenía que hacer, incluso la seña que la mujer vestida de blanco poseía. Los dioses con su voluntad lo habían elegido, a un compañero que podía darle la mano en medio de esas tinieblas, apoyado por sus profetas. Alguien que estaría ahí y que ella podía ayudar en verdad. Para ser más claros, la única forma en la que ella podía ayudar a la humanidad era mejorándola, alejándola de la mano de Doragon. Pues aún no tenía nombre, todavía tenía su esencia divina. Eso solo significaba una cosa.
—Princesa —susurró el rey alzándole la barbilla para que verla a los ojos, aunque él parecía un poco distante se esforzaba para hacer ese tipo de acercamientos—, quédate aquí.
Dentro de la habitación, un sacerdote dio un paso al frente, aminándola para aceptar y detallar la propuesta del rey. El anciano no solo decía que era el deseo de los dioses y que lo había visto en una visión, sino que el rey era el elegido para ella. Que las deidades ya no veían como aberración la unión de un humano con un dios y que ella debía abrir los ojos y aceptarlo antes de la guerra. Que después, ambos enfrentarían a Doragon y que su vida en la tierra seria basta a lado de un rey tan respetado, fuerte y digno como el de Grize.
—Mi rey —Una segunda sirvienta intervino, entrando en la habitación después de tocar—. La mujer que entregamos, está lista para hablar con la princesa.
La de ojos azules se separó de inmediato, rompiendo el hechizo de los labios del hombre al que había comenzado a acercarse por las palabras del sacerdote. Si no hubiese sido por esa voz, probablemente hubiera conocido un deseo carnal que creyó en su interior. Uno al que había temido por varios días, al pensar solo en el bienestar de una persona.
Después de irse, el rey se dirigió al anciano quien había intentado seguir a la princesa.
—Entiendo lo que propones. Pero no me gusta que intervengas tanto. Si tú, junto al oráculo le siguen sirviendo a los bastardos de allá arriba traicionándolos acá abajo, no me importa. Pero entiende que haré las cosas como a mí me place, incluyendo la guerra, y mi acercamiento hacia esa mujer. Respeto tus creencias, así como mis antepasados y por eso te he escuchado, pero en esta cuestión… con ella, no necesito de tus consejos ni ayuda. Me basto por sí solo.
—Pero, mi señor…
Hiko se detuvo mirando en la ventana que la princesa había contemplado, hacia su constelación. Decidiendo enfocarse en el tema que lo había motivado escuchar a esos viejos. Algo con lo que nunca había estado de acuerdo y por lo que muchos inocentes habían muerto. Los berrinches de los dioses, quienes un día simplemente se habían levantado aburridos de no tener más que jugar, mas que matar humanos solo porque no estaban de acuerdo con sus decisiones. Justamente como el tal Doragon.
—¿Dónde queda nuestro libre albedrío, si al final solo somos muñecos de papel a los que pueden desechar si no están conformes con nuestros actos? —Le miró de reojo—. ¿Acaso no te das cuenta que 'libertad' es solo una mentira de ellos? Al final de cuentas seguiremos siendo sus mascotas si no rompemos este ciclo.
El sacerdote entendía lo que el rey decía, pero también tendrían más ventajas si la princesa de Orión estaba bajo su total control. Pues aún estaban a tiempo de poder influenciar en ella, todavía cuando era ignorante en muchas cosas mundanas, incluso sus propios sentimientos y acciones. Cuando creía fielmente en ellos y estaba de su parte. Para eso, debían alejarla de su amigo Doragon. Quien según la Oráculo podía ver la maldad o bondad en cada uno de los corazones. El único que podría persuadirla de alejarse de ellos. Y, con esto, llevándose la última oportunidad de alcanzar la divinidad a través de ella…. Era decir, la libertad que ese rey deseaba en ignorancia, de los poderes y beneficios que podía adquirir. Pero, de eso, se encargaría de hacerle ver después.
Dentro de sus profecías y visiones se aseguraría que todo se solucionara con guerras y el odio se fomentara hasta que obtuvieran la divinidad que los siete ansíanos habían luchado por adquirí todos esos años, ya fuera el poder de Andrómeda o la llama de Doragon. Todo era la excusa perfecta. Ahora, cuando los dioses los habían abandonado, cuando los dos tontos quedaban en soledad en un mundo de humanos. Podrían conseguir la divinidad y pureza de la princesa, el equilibrio y el poder legendario del todopoderoso Doragon.
Lo que en realidad planeaban, aprovechándose de que el rey gustara de la apariencia física de la 'hija' de Orión, sabiendo sobre su verdadera procedencia, era tener su poder. Manejar la marca que sellaba y desatar una dependencia; un reino que pudiera defenderse contra los dioses ya que entre ellos tendrían prohibido matarse. Solamente así la humanidad saldría del lugar inferior donde siempre lo habían puesto.
Y, para esto la necesitaban a ella. Una joven pura cuyo propósito había sido bajar a la tierra para salvarlos. Alguien que solo había visto las acciones de ellos como humanos en la tierra pero que nunca había entendido de lo que se trataba, los sentimientos que conllevaban y que solo había oído. En su corazón solo existía una sola clase de amor. Una que era parcial para todos los humanos, uno que lamentablemente estaba siendo formado y tal vez manipulado por los sirvientes del rey para que ella le correspondiera sin saber exactamente lo que estaba pasando. Porque estaba en su naturaleza el sentir amor y ser sacrificio.
—No quiero ser manipulado más —dijo el hombre de cabellera negra alzando su mentón mientras sus ojos lo fulminaban—. No dejaré que los humanos estén en una disputa por el poder entre ellos. Así que no importa lo que hagan, no importa lo que piensen, si ella es mía lo demás sale sobrando.
II
Kenshin sonrió al ver a más hombres de los que había esperado. Sentados, comiendo y bebiendo para proseguir con su entrenamiento antes de partir. El sol se estaba ocultando y esa era la hora en la que su grupo de dividiría por dos razones. Primero, alrededor de cien hombres irían a reclutar a más, quienes habían mandado mensajes para poder unírseles; buscarían por todas las tierras y los llevarían a un punto de encuentro. La otra mitad simplemente lo acompañaría a donde fuera que tenía planeado.
En su mente, estaba darle una visita a Ori, hablar con ella sobre lo que estaba dispuesto a negociar, pero también, quería saber si estaba bien. Aunque, los humanos a su lado no entendían por qué quería hacer dicha cosa, si se suponía que eran enemigos. Lo cual era entendible en su situación. Entre deidades, juntos, se suponía que armaban una cadena, inquebrantable y que siempre estaría unida a pesar de todo. En su situación, Ori y él eran enemigos simplemente por nombre, aunque ningún tipo de odio surgía de sus corazones. Era como decir que se enfrentaban solo por amor a la humanidad. Sin este motivo ninguna riña existiría.
—¿Está seguro que quiere hacer esto? —El chico que se había mantenido a su lado desde el primer instante volvió a preguntar.
—Sagara… —Lo nombró por solo el apellido—…Ella me ayudó, solo quiero tener la consciencia tranquila. —Se lo dijo como si no importara. Incluso, se atrevía a decir que lo había pronunciado forzosamente. Pero la verdad era diferente.
Si ella se había sacrificada a bajar por él… ¿por qué él no podía sacrificar algo pequeño por ella? Se sentía en deuda.
—A mí me parece que eso es más que una 'consciencia tranquila' —El chico masticó una aguja de paja en sus dientes y siguió caminando con las manos detrás de la cabeza con una sonrisa burlona.
Sin entender a lo que se refería, Doragon retrocedió un poco para esperarlo.
El joven separó una mano y al agitó en el aire para que lo ignorara. Aunque era su creyente y estaba de acuerdo con las cosas que deseaba hacer para imponer un orden, debía admitir que necesitaba pasar más tiempo con los humanos. Era muy fácil hablar y escuchar de sentimientos que no se conocían en primera persona. Pero muy difícil y hasta confuso tener que ser partícipe de ellos y vivirlos en carne propia. Pues posiblemente el tipo de interés y amor que sintió por ellos en el cielo era bastante diferente al que sentiría como humano…
—No tengo ningún interés en la princesa, somos como hermanos —dijo el pelirrojo sintiendo algo demasiado incomodo al catalogarlo de esa manera.
—Vaya, eso suena bastante incestuoso.
Kenshin frunció el ceño. Ese humano sí que 'opinaba mucho'. Demasiado. Pero, si no le ordenó abstenerse, era porque poco a poco mientras hablaba con él iba descubriendo cosas y sensaciones en esa carne, en su interior. Sentimientos que creyó comprender, pero nunca sintió. Ya fuera al platicar y conocerlo. Sus puntos de vista y bromas sin sentido. Suposiciones y planes, escuchar sus historias y sus miedos, incluso cuando se trataba de una mujer. Como por ejemplo…
—Creo que ella también está sufriendo —continuó el chico humano rascándose la barbilla—, al no entender a los que vivimos en la tierra y tener que convivir con nosotros. Ser obligada a hacer un ejército y pelear con 'el dragón' que para nada ve como hermano.
—Creo que te estás llenando de suposiciones —mencionó Kenshin alejándose cuando vio la torre del castillo Grize—. Honor es algo que los humanos han olvidado. No ella.
Caminó dejando a su seguidor con una sonrisa en los labios mientras se veía de reojo con otros de sus amigos quienes pensaban lo mismo que él. Después de susurrarse entre ellos, le siguieron, cautelosamente cuando algunos soldados comenzaron a salir del castillo. Al parecer habían sido descubiertos. De ahí, desenfundaron sus espadas, quedándose a las espaldas de Kenshin cuando esté alzó la mano para detenerlos. Solo podían verle la espalda, cubierta con su saco negro que contrastaba con su cabellera suelta y roja. Estos dieron un paso cuando al instante se giró lentamente con una sonrisa de medio lado.
—¡El dragón! ¡Desenfunden sus espadas! —Gritó el líder del escuadrón que había salido del palacio—. No los dejen con vida.
Kenshin no se movió aun cuando se animaron a correr hacia él—. Nadie más me interesa, solo vine por la princesa —fue lo único que dijo como advertencia.
Cuando no pararon, solo dio un paso de lado, dándoles la oportunidad a sus aliados de ponerse enfrente, atemorizando esta vez al bajo número que resguardaban la entrada. Mientras ambos bandos chocaban espadas, de su mano salió la flama devuelta por Ori, la cual soplo para que volviera cenizas ámbar que volaron en el cielo.
La princesa bajó las escaleras que daban hacia la habitación del Oráculo que supuestamente le daría las respuestas que estaba buscando. Pero entonces, una luciérnaga formada de fuego se posó en la ventana de la torre llamando atención. Sus ojos se alumbraron junto a su rostro. Admirada, su corazón sintió algo extraño al tocar las llamas de sus alas, cuyos susurros llevaban un mensaje.
—Tu dragón espera a fuera….
Confundida, tomó la pequeña porción de fuego y la consumió en su mano. Enrollando su vestido para saltar por la ventana. Al llegar al patio, escuchó la voz del rey en el castillo ordenándoles a todos los demás ir en su búsqueda y mantenerla distraída para que no se enterara de lo que sucedía. Que lidiaran con el dragón y lo mataran si era posible o ahuyentaran pero que no lo dejaran ver a la princesa.
Aun con preguntas, corrió hasta las afueras del castillo, consternada por sus propios actos mientras la respiración le faltaba. Era decir, ¿por qué corría? ¡¿Por qué huía como ladrona de su propio equipo para reunirse con el enemigo?! Se detuvo gradualmente cuando más preguntas racionales se sentaron en su cabeza. En serio… ¿qué estaba haciendo?
Sin embargo, reanudó su marcha al levantar la mano y ver su propio símbolo brillar. El arco y las flechas, el de la cazadora que se había convertido solo para llevarlo a casa. Hasta que llegó a él, con gemidos de cansancio y ocultando su estrés emocional, pausó. Alzó la vista tocando su pecho para que su corazón su controlara, viéndolo sonreír como bienvenida.
—Has venido —evidenció contento de verla a salvo—. Dame el honor de hablar contigo a solas —solicitó mirando de reojo a los soldados.
—No —musitó ella con voz entre cortada—. Morirán innecesariamente solo por unas cuantas palabras.
Él estiro su mano como símbolo de tregua temporal—. Por favor, regálame una de tus flechas para poder hablar contigo.
Un poco renuente, la princesa estiró la palma de su mano materializando una flecha negra, que fue usada en seguida por el guardián del universo. A su alrededor todo se volvió negro, tan oscuro y callado que ni siquiera se podía sentir aire tampoco. Entonces encendió la luz en su palma, confirmándole a él, que ella era la que le había ayudado al escapar la última vez.
—Vengo con una propuesta. —Kenshin caminó hasta estar más cerca—. Ser el guardián del universo me tener el control de varias cosas. La parcialidad y justicia, por eso creo que puedo encontrar una forma de llevarte a tu casa. Solo tú.
Ella abrió los ojos con admiración. Vaya que tenía pantalones para venir a decirle tan solo eso cuando sabia a lo que había bajado. Sin embargo, quería escuchar qué clase de locuras se le ocurriría. Así que cedió y le dejo proseguir.
—No tienes que entregarte ni luchar esta guerra. Solo quiero dividir esta tierra y alejar el recuerdo de mi nombre. Terminaré con la maldad que se conoce bajo el nombre de Doragon, de ahí todo lo que pase… las guerras y errores ya no tendrán que ver conmigo.
—¿Qué quieres que haga, según tú? —Ella se cruzó de brazos con una sonrisa. Debía hacer más que eso para convencerla. No dejaría que matara a más personas.
—Solo ven conmigo. En lo que decides, no mataré, incluso, me entregaré a ti cuando todo termine. Déjame explicarte… —De nuevo estiró su mano esperando por su respuesta.
Ella alzó su palma tambaleante, sin saber si debía a no tomarla. Mirándolo a los ojos para ver si había verdad en su mirar. Al asentir, se sintió segura y quiso tomar su mano por igual. Pero entonces, alrededor de su mano, se formó la sombra de una cadena, tomándola por sorpresa al igual que a él. Kenshin se estiró para alcanzar sus dedos, mientras ella iba siendo arrastrada sin razón hacia la dirección opuesta. Entonces, cuando el efecto de la flecha desapareció pudo verla desapareciendo, mientras ella tomaba su arco y apuntaba una flecha nueva. De nuevo, ¿para salvarlo?
El Oráculo que aguardaba junto al rey en la entrada, solo sonrió, atrayendo el cuerpo de la princesa para extraerla de las sombras, con la cadena de sombras que salía de su mano. La que los dioses le habían dado para asegurarse de controlarla. Con la que la castigarían si osaba darles la espalda. Porque su naturaleza, su destino era: Sacrificio.
—Doragon, Kenshin… cumple tu promesa —No sobre ella, sino la de la humanidad. Antes de que saliera de ese mundo alterno, sujetó la cadena de su brazo y lanzo su última vara de su arco, hacia él y lo soldados para distorsionar el campo, como ellos lo habían hecho la última ocasión—. Entonces, solo entonces, podre estar contigo.
Continuará.
Notas de Autor:
