Adolescentes
Se mira en el espejo y vuelve a cambiarse la camisa, ¿debería ponerse corbata o no? Y si se pone corbata, ¿cuál? ¿La azul, la vino tinto, la violeta de rayitas?... No, corbata no, no es una cita de trabajo, es una cita, cita, con Kyoko. ¿Por qué está tan nervioso? Se trata de Kyoko, la misma Kyoko que ha conocido por años, su mejor amiga. Ah, cierto, es la misma Kyoko, pero ahora sus intenciones han quedado al descubierto, que ella le interesa mucho, mucho más que como una amiga… ¿Lentes o lentillas?, ¿por qué su cabello se ve tan raro hoy? Mira el reloj, debe apresurarse si no quiere llegar tarde.
Su corazón parece haber tomado residencia en su garganta, llama dos veces a la puerta, a pesar de tener llaves del apartamento, pues esas son para asuntos laborales, y esto es una cita, una cita con Kyoko.
La puerta se abre con más fuerza de la necesaria y allí está Kyoko, bellísima, con un zapato en la mano, azorada y con un precioso arrebol en las mejillas. Podría jurar que escucha a Roy Orbison cantando Pretty Woman en el fondo, pero son solo imaginaciones suyas. Sonríe y siente un poco de la tensión desvanecerse. Esta es Kyoko, la chica que ama.
—Lo siento, no… sabía… —señala el zapato— se hizo tarde, cinco minutos.
Ella está nerviosa y ese detalle hace su corazón aletear como un colibrí en su pecho.
—No te preocupes, Kyoko-chan, fui yo quien llegó temprano, por cierto, estás preciosa.
Vio la piel expuesta de la clavícula tornarse rojiza.
—Gracias, tú luces muy apuesto también —dijo acomodándose un mechón detrás de la oreja.
Dio un paso hacia ella y extendió la mano hacia su rostro, podía oler la suave fragancia a naranjas que desprendía su piel, toma con delicadeza el arete y cierra el broche, sus dedos hacen contacto con la delicada piel detrás de su oreja… Electricidad, estática… Su boca está muy cerca, puede sentir su aliento cálido. Los ladridos de Tsuki-chan hacen que se aparten como si quemaran.
—Tu arete estaba abierto —dice sin mirar a ningún lugar en particular.
—Oh...Mmm, gracias. Será mejor que termine de alistarme.
—Oh, sí, por supuesto, la reservación.
