LA PRINCESA Y EL DRAGÓN—

Por Zury Himura

Corrección por May


Gracias por todo

Disclaimer: los personajes no me pertenecen, la historia sí.


DRAGON'S FLAME

UNTIL THE WORLD DIES

Chapter 8

Golpeó el tronco del árbol con coraje, observando nuevamente la vegetación en ese bosque. Sintiéndose impotente, inútil y verdaderamente furioso. La princesa no solo nuevamente había usado sus flechas para ayudarlo, sino que él no había podido hacer lo mismo por ella. De nuevo, la había dejado en las manos no solo de esos humanos, sino de otra elegida que guardaba las cadenas místicas de su historia. ¿Cómo? No lo sabía, solo las poseía.

Aquellas nombradas en la leyenda de los cosmos. Con las que la princesa había permanecido atada por años y milenios en una antigua vida ancestral. Con las que había sido sacrificada a una bestia, por su pueblo y padres, antes de que su figura fuera así perpetuada en el firmamento. Con las mismas con las que había sufrido el desprecio de los que decía amar, los humanos, y que había perdonado. Las mismas ataduras que seguramente le devolvían un mal sabor y la regresaban a la oscuridad de su soledad. Le quitaban la libertad, incluso la que ahora tenía como «ser humano».

Gruñó y se dejó caer en el suelo, sobre la tierra mojada por la lluvia. Su cabello comenzaba a resbalar por sus mejillas y su frente, adhiriéndose y ocultándolo del escrutinio de los demás. Su venida había sido con un solo propósito y era acabar con la maldad en los humanos. No importara lo que le costara, pero cuando Andrómeda llegó, aclamando oponérsele, sellando parte de su fuerza con su esencia, todo se le complicó. Tan fácil seria para él ir y acabar con todos, pero no podía. No cuando parte de su sello había sido atado en el corazón de la princesa.

Maldijo y miró hacia el suelo con mirada triste y pensativa. Ojalá fuera el demonio que todos creían, el egoísta y malvado que solo venia arrebatar. «El dragón del cielo», escarlata como la sangre que venía a derramar. Ojalá pudiera actuar sin pensar en cada uno de ellos y dejar de sentir consideración. Dejar esa debilidad que ella vio y por la que lo nombró. Además, ¿qué debía importarte una princesa que se entrometía por voluntad propia? ¿Por qué se sentía responsable?

Desesperado, pasó una mano sobre su rostro limpiando el agua y echando todos sus cabellos hacia atrás. ¿Por qué estaba dispuesto a negociar con ella solo para salvarla, si ella no era su prioridad? Cerró los ojos, echándose para atrás, dándose cuenta que todo era resultado de poseer un cuerpo humano. Comenzar a pensar, sentir como tal; por tener un nombre… puesto por ella. Porque su debilidad era su amor por los humanos… por ser Kenshin.

Lo peor era que no solo sentía simpatía por ella, sino que entendía varios de los motivos de su personalidad, creyendo que tenían varias cosas en común además de servir a los humanos incluso con sus diferentes perspectivas. Estar a su lado, aunque fuera un momento, había servido para ver dentro de ella, en su corazón humano, su verdadera esencia y fuerza. Lo que lo empujaba a admirar su determinación, carisma y actitud sin importar su pasado. Dejándolo con este sabor en la boca, con esa espina mental que le decía que tenía mucho que aprender de ella.

—Es un masoquista, mi señor —dijo Sagara recargándose en un árbol cercano—. No importa que tan hermanos fueron allá en el cielo, aquí es diferente.

Doragon no dijo nada, en verdad no tenía ánimos de escuchar a otro humano hablar en ese instante. Lo que ellos, los sacerdotes, hacían no solo era contra su propia raza, sino que estaban cruzando la línea metiéndose con alguien superior a ellos. Rompían la regla de lo prohibido, donde se estipulaba que ningún humano debía osar tocar libidinosamente a una deidad. Con la ayuda de otros bastardos en el cielo, la habían dejado como presa fácil otorgándoles las cadenas para que con ella quieran hacer lo que quisieran. Para obtener su puesto, el sitial que ambos dejaron vacíos.

Sonrió con enojo suprimido, agachando su rostro mientras sus flequillos se volvían a resbalar para ocultar su mirada. De lo que no se daban cuenta era que entre más hacían, entre más planeaban y entre más la herían solo lo enfurecían más. Complicaban las cosas en vez de solucionarlas e incluso inmiscuían a gente inocente que ahora tendría que matar. Se estaba saliendo de su camino, aunque sus metas aún eran claras, pero no los dejaría. No permitiría que encontraran un nombre para ella. Se juraba que no le quitarían su libertad.

—Ella ha venido a cazarlo, lo ha dicho varias veces. Ha venido por «el dragón escarlata del cielo» —le recordó su soldado. Simplemente quería hacerlo entrar en razón, ya que si los hombres y él lo habían seguido era para devolverle a ese mundo un poco de paz y menos guerras, aunque supieran que al final serian asesinados por saber su nombre. Habían hecho todo esto creyendo en sus ideales y motivos, nunca por vengar a una princesa que se les oponía. Así que tenía que decidir: seguir sus planes o cambiarlos por una princesa que al final los haría perder.

—Pueden irse cuando quieran. —Doragon arrastró su mirada melancólica del suelo al joven parado a su lado. Nunca había esperado más de ellos. Sus esperanzas y expectativas hacia los humanos hacia años habían muerto. Sabía lo egoístas que eran y lo egocéntricos, incapaces de salvar a alguien más que no fueran ellos. Así que si le dejaban solo en realidad no afectaba para nada su perspectiva. Tampoco sus nuevos planes— …Nadie está obligado a seguirme.

Sagara se separó del árbol admirado de su actitud. Era claro que no entendía lo que deseaba hacer, pero también sentía remordimiento por lo que había dicho.

—Yo no me iré —soltó cruzándose de brazos—. Tienes tan poca fe en la humanidad que malinterpretas cualquier cosa que se te dice. Si quieres a esa princesa… —Se hincó golpeando el lodo con su puño, levantando gotas de la misma agua sucia por su fuerza— te ayudaré en lo que pueda, aunque a mí no me salgan alas ni mariposas de colores de las manos.

Lo hizo reír, aunque el sonido de su gesto no fue audible, fue lo suficiente como para darse cuenta de que aún sentía algo cuando un humano le mostraba lo que él. Lealtad.

—Te juro que te ayudaré sin nada a cambio, solo que me llames tu caballero, alguien en el que puedas confiar… tu compañero. Con esto puedes nombrarme… —Inclinó su cabeza pasándole una rama vieja de un árbol para que la usara como su espada—: caballero del dragón, o algo así, eso se escucha genial.

—Mejor… —Kenshin se adelantó, sosteniendo el tronco, sonriendo de medio lado mientras posaba su mano mojada en el hombro del otro— …amigo.

II

Se asomó a su ventana rápidamente, dando un vistazo antes de que el sacerdote en su cuarto despertara después de «dejarlo dormido». Los guardias seguían en sus puestos y el rey seguía atendiendo asuntos sobre la guerra. Mientras, la Oráculo dormía, bajando la guardia, al menos lo suficiente como para que las cadenas en su brazo se desvanecieran.

Estiró su mano, observando la gota ámbar que había cogido en su ventana. Entonces, saltó hacia afuera, sosteniéndose con fuerza de los ladrillos para no atraer a los guardias bajo su ventana. Luego, subió hasta el techo, donde corrió lo más rápido arrugando la nariz por no poder usar la magia de su arco, ya que la luminosidad advertiría a los demás e irían en su búsqueda. Sigilosamente, llegó hasta las orillas de una de las paredes, intimidada por lo alto que caería sin ayuda de su arma. Sin embargo, ahí estaría Doragon, era decir, Kenshin, esperando por ella. Del otro lado de las sombras de los árboles.

Inhaló con nerviosismo, cerrando los ojos y dando un paso en el vacío, sintiendo como la gravedad la halaba mientras su corazón se descontrolaba por la ansiedad. Pero, antes de caer, sintió la suavidad de un cuerpo bajo el suyo, sosteniéndola con fuerzas. Impidiéndole conocer el piso de forma abrupta.

—Por los cielos, Ori —Gruñó Doragon, quien había corrido desde su escondite para llegar a tiempo y cogerla antes de que ocurriera una desgracia—, aún eres una deidad, pero tampoco dejas de ser humana. En esta forma no es tan fácil revivir, déjame te lo digo. Solo tienes una oportunidad.

La princesa alzó los hombros restándole importancia mientras le agradecía por sus esfuerzos—. Hubiera sido más fácil dejarme caer, ¿no?

El pelirrojo sonrió y la posó en la tierra. Su rostro iluminado era tan bello como la luz con la que había brillado en el cielo. Sobresaltando la suavidad de su piel y las perfectas que eran sus facciones. La blancura de su rostro y lo negro de su cabello, justo como lo eran sus estrellas brillando en la noche. Disfrazando su interés recién descubierto, alzó la barbilla llamándola a introducirse en el bosque, para no ser descubiertos. A lo cual, la princesa dudó un poco al ser enemigos de nombre.

—No te haré nada que no quieras, —pronunció él sonriendo cuando un frunce apareció en la frente de la chica. Era tan graciosa, pero tan inocente que posiblemente no era la mejor forma de interactuar con ella—, quise decir que no te faltaré el respeto.

—Ah…

Sin querer, varias veces su vista se dirigió hacia ella. Probablemente era el pendiente que sentía porque le siguiera los pasos, o… extrañamente quería seguir mirándola. ¡¿Qué sabía?! No entendía lo que esa noche en especial le pasaba, podía igual echarle la culpa al remordimiento que sentía por no poder ayudarla como deseaba.

—Aquí, estará bien —le avisó apuntando a los pinos altos que los ocultaban—. Es un buen sitio para utilizar una de esas flechas que me gustan —dijo señalándola—, una negra.

—Solo no las creas garantizadas, no siempre estaré ahí para ayudarte —sonrió sacando su arco para lanzar una de ellas en medio de los árboles, para que así, se creara una burbuja invisible a su alrededor, que los mantenía ocultos de la vista humana—. Dime, qué querías de mí.

Estaba un poco nerviosa. No quería que sus actos fueran descubiertos y tomados como traición, pero en verdad sentía que necesitaba escuchar a Doragon.

—¿Hay alguna forma de romper tu cadena? —Fue directo sentándose en una roca. Ya que mientras un humano tuviera sus cadenas, tendría el poder y control sobre ella. Bueno, eso pasaría si el dios que le había cedido ese poder a la mortal le había informado al dárselas, o, dependía en cuánto se tardara en descubrirlo.

—En mi antigua vida fueron rotas. —No quería entrar en detalle sobre esa historia, que al final solo le llenaba de tristeza y decepción—. Esta vez, lo único que puede romperlas es un nombre humano, así que no te preocupes por eso.

Kenshin dejó de mirar al suelo, y en lugar de eso se enfocó solo en ella. No era cierto… ¿Debía volverse humana para liberarse?

La princesa se puso de pie y le dio la espalda.

—No tienes que hacer nada por mí, si te lo dije fue solo porque preguntaste, no porque estuviera pidiendo tu ayuda —lo señaló afilando su mirada—, después de todo estamos en bandos diferentes y terminaré mi misión.

Kenshin se puso de pie rápidamente, cogiéndola de su muñeca hasta bajarla a un lado de sus caderas—. ¿Es lo único que te importa? ¿Llevarme a casa? ¿No te importan tus cadenas que te atan a ese rey? ¿No te importa tu libertad?

Ella replicó con una negación queriéndose zafar de ese fuerte agarre. En realidad, no podía hacer nada hasta descubrir qué era lo que la hacía débil, la que la hacía dudar de sí misma y de todo. Lo que la cambiaria.

Resopló molesto alzando el mentón apretando con más fuerza la mano que sostenía. A ella prácticamente no le importaba lo que le pasara. ¿Tanto era el amor que le tenía a los humanos? O… ¿hacia el rey? Pero, si eso era cierto… entonces, ¿por qué no podía señalarlo como una debilidad? Porque si era eso entonces hubiera podido nombrarla también.

—Si ese es el caso, vendré cada día asegurándome de verte, de que me sigas llamando tu dragón y no olvides lo que te estoy prometiendo. Porque desde ahora en adelante tú serás mi princesa… Mi misión. Y no descansaré hasta verte libre, sin que tengas que ser un arma, o una humana, incluso si me cuesta parte de mi esencia, te la daré… pero no dejaré que le sirvas a ese rey… a menos que me mates primero.

¡¿Qué rayos le pasaba?! Lo empujó, pero ni aun así la soltó. Era su decisión si quería ser usada o no, mientras ella cumpliera con su deber no le importaba lo que ocurriera. Lo llevaría allá arriba con o sin ayuda de nadie. Aunque perdiera al hacerlo.

—Vine a cazarte, no lo olvides. —Con la punta de una flecha plateada amenazó su garganta al no haberse podido liberar, alumbrando su rostro pálido y atractivo, mientras su roja cabellera caía sobre sus ojos solo un poco como para formar líneas semejantes a la sangre.

Inquieta al sentir el erice de su piel, pestañeó varias veces desviando la mirada para disimular. Jugueteando con los dedos de su mano sintiendo la humedad que se empezaba a formar en sus palmas, fue atraída con fuerza.

—Y aquí me tienes —Voluntariamente se acercó enterrando solo un poco la flecha en su piel—. Puedes hacer conmigo lo que gustes, princesa.

Ella retrocedió un poco, intimidada, sintiendo nuevamente esos nervios como al principio. Todo lo que experimentaba era demasiado confuso y no entendía qué demonios también le estaba ocurriendo a ella.

—Pero… mientras no te decidas a hacerme totalmente tuyo y cazarme de verdad —La soltó dando la media vuelta para romper la burbuja con su katana y salir de ella—, vendré todas las noches por ti. Estaré ahí donde quiera que estés ya que tengo parte de tu esencia. Solo nómbrame ya sea como tu dragón o como tu humano, vendré a ti.

A lo lejos la mujer vestida de blanco deslizó su manto para descubrirse la cabeza y encarar al rey, mientras ambos veían hacia el bosque.

—¿Qué ocurre, Megumi?

—Nada, mi señor —Se retiró con una sonrisa satisfecha y malévola en sus labios. Muy pronto alcanzaría su meta, gracias a la princesa y al dragón.

Continuará….


Nota de autor: