Kiss me!

Ve sus ojos brillar y la sonrisa en sus labios mientras observa el escenario frente a ella. Es una vista magnifica con las coloridas luces del fabuloso Rainbow Brigde y las luces brillantes como estrellas en la noche de las áreas que rodean el puente, como la bahía de Tokio y sus deslumbrantes edificios.

—Nunca había estado aquí, es hermoso, es como una tierra de las hadas, llena de brillos y luces.

La mira y sabe que algunas cosas nunca cambian. Seguramente está pensando en reinos perdidos, banquetes y bailes de hadas en el claro de algún bosque.

—Sabía que te gustaría.

—Gracias, por esto, por la cena —responde ella deteniéndose y mirándolo por un momento antes de mirar hacia el puente.

—No tienes que agradecer. Haría cualquier cosa por ti, lo sabes.

Las mejillas de ella están rojas, quizás un sonrojo, quizás el frío. Ve cómo se asegura el abrigo con más fuerza, es una noche fría de invierno, sonríe y agradece haberse decidido por la bufanda y no por la corbata.

Ella está tan sumergida en sus pensamientos que deja soltar un sonido de sorpresa cuando él empieza a envolver la bufanda alrededor de su cuello.

—¿Mejor?

—Sí —dice y la ve esconder parte de su rostro en la bufanda.

Permanecen en silencio al lado del otro, contemplando el escenario, hasta que ella habla:

—Es gracioso, ¿sabes, Yuki? Me ha tomado algún tiempo entender mis sentimientos, parece que algunas cosas nunca cambian —dijo con una sonrisa.

—Sospecho que solemos ser ciegos cuando se trata de nosotros mismos.

—¿Será? O ¿será que tenemos miedo de perder lo que tenemos? ¿De qué nos rompan el corazón?

—Tal vez un poco de todo, pero a veces hay que arriesgarse, confiar en el corazón.

—Supongo que tienes razón.

—Un salto de fe —susurró.

—¿Dijiste algo?

Respiró profundo y se pasa la mano por los cabellos.

—Bueno, verás, Kyoko, he estado enamorado de una mujer excepcional desde hace algún tiempo y solo hasta reciente me he dado cuenta de lo mucho que la amo —habló con su mirada en ella—. Ella es dulce y carismática, una luchadora y trabajadora incansable, es un poco peculiar, puede invocar demonios y causar estos extraños cambios atmosféricos, pero eso solo me hace amarla más.

Vio los ojos de Kyoko brillar por las lágrimas contenidas y tomó sus manos entre las suyas.

—Cuando ella sonríe es como un sol, cuando llora quisiera detener sus lágrimas, quisiera ser su solaz… Ella es mi mejor amiga, mi confidente, lo ha sido por un largo tiempo.

—¿Yukihito? —llamó Kyoko y él vio brillar algo más que las lágrimas contenidas en sus ojos.

—Te amo, Kyoko. Estoy irremediable e irreparablemente loco por ti. Es imposible no estarlo. Sé que es poco profesional, soy tu mánager, estás en todo tu derecho de despedirme o gustosamente firmaré mi carta de renuncia.

—Yukihito.

—Nunca he dejado que mis sentimientos interfieran en mi trabajo, nunca lo haría, siempre he querido solo lo mejor para ti, tampoco es mi intención que te sientas obligada a devolver mis sentimientos.

—Yuki.

—Aunque estoy seguro de que no te soy indiferente, pero entiendo que lo veas como un conflicto de intereses, aunque yo nunca…

Su parlamento fue interrumpido cuando Kyoko inesperadamente lo haló de la camisa y empinándose unió sus labios a los suyos. Ella, ella lo estaba besando. Cientos de mariposas aletearon en su pecho e instintivamente se dejó envolver por el sabor de sus labios, la calidez de su boca, sus brazos la rodearon atrayéndola hacia sí. Pudo tratarse de solo segundos, minutos, pero cuando se separaron no podía borrar la sonrisa de su rostro y fascinarse al ver cómo las mejillas de Kyoko se habían teñido de una preciosa tonalidad de carmín, ni de cómo se mordía el labio. La apretó con más fuerza contra su cuerpo. La voz de ella le llegó amortiguada por cómo estaba ella contra su pecho.

—Se supone que me dejes responder.

Kyoko sintió el retumbar de la risa en su pecho.

—Ya sabes, cuando estoy nervioso tiendo a hablar de más… Como tú, pero creo que ya tengo mi respuesta.

—¿La tienes? —preguntó ella levantando su rostro y vio el brillo de sus ojos y la sonrisa en su rostro.

—La tengo —dijo, y acomodando un mechón suelto de pelo detrás de su oreja, la volvió a besar.