—LA PRINCESA Y EL DRAGÓN—
Por Zury Himura
Gracias a May por revisar el capítulo y a todos los que comentaron o estuvieron en espera de este fic.
Disclaimer: los personajes no me pertenecen, la historia es mía.
DRAGON'S FLAME
UNTIL THE WORLD DIES
Capítulo 9
Era gracioso atestiguar las vueltas que daba la vida. Lo cínica que a veces solía ser la fortuna y lo brutal y cruel que eran los destinos de cada quien. Desde su perspectiva, todo iba relacionado, no solo lo que acostumbraban ser los lazos que los dioses preparaban para uno, sino las ambiciones que se tenían, y claro, las visiones de su futuro. En su caso, toda su vida había vivido para servir, siendo señalada y usada, privada de varias cosas, tanto de ciertas comidas, amigos y hasta sus propias palabras. Había nacido solo para ser esclava de voces, de ojos, de los actos que seres espirituales querían o deseaban, y, necesitaban distribuir o que harían.
Siempre, sus deseos habían sido ignorados, su voz aplacada por las palabras de otros y su cuerpo usado como mero instrumento de lo que se nombraban divino. Su alma, aunque parecía pura e intacta por la maldad, era una mera fachada de lo que se había ido acumulando por los años. Aunque, era incapaz de decirlo, de gritarlo como deseaba y necesitaba. Tenía que tragarse su amargura y la soledad de saber lo que se cometería en su nombre. La tristeza de saber sobre las varias masacres que se cometían a diario solo por el poder de uno de sus sueños, y el remordimiento que tenía pero que poco a poco había olvidado con el tiempo, al contar a otros de sus pesadillas.
Un Oráculo, una virgen pura que se entregó a los dioses desde su nacimiento, que nadie osaba tocar por temor a morir calcinado por su radiantica aura. Abandonada cada vez en un cuarto lleno de miradas lascivas de hombres que se creían mejores y que solo dejaban por sentados sus verdaderos deseos con una sonrisa al tocarla. Al decirle que era necesario hacerlo para saber qué era el verdadero significado de las profecías, de los mensajes divinos que no entendían y de los propósitos a los que habían sido enviados. Aunque, nunca habían llegado tan lejos, por temor a morir por la espada del rey, único ser que la respetaba.
Pensaban que, porque estaba ahí, en sus manos, debía servirles como el intento de santidad que habían logrado con ella. Una mera copia humana, lo más cercano que estaban al cielo. El único artefacto, el único instrumento que los mantenía conectados con lo divino. Mientras que ella, era ignorada como mujer. Como persona que temía, conocía, necesitaba y sentía. Como una princesa fantasma creada de la nada. Como alguien que era más que eso.
Era merecedora de más.
Más, por todo lo que no había vivido. No familia, no hijos, no pareja sentimental ni amigos. Ninguna persona que pudiera decir que tenía una relación con ella o que le conocía. Había sido desahuciada por su propia raza y recogida por los dioses creando promesas nuevas. No solo se le había hablado de un puesto en el cielo cuando muriera, al haberse entregado en cuerpo y alma, prestando su voz y visiones para que ellos pudieran comunicarse con los humanos. También, sobre el signo del cielo, la caída del poder supremo que ellos no podían derrocar, pero que en la tierra sería más fácil de hacerlo.
Ese poder moriría por lo que más amaba.
Por eso, imaginó que se trataba de Doragon, una personalidad igualmente dañada como ella. Tan familiar, tan relativo que se atrevía a comparar sus situaciones y nombrarlas semejantes, en silencio y secreto. Pensamientos que no dejó que los dioses escucharan, resguardándose con el manto sagrado que la mantenía oculta de cualquier poder espiritual del cielo. Para no caer, para no ceder en el suelo con horrorosas pesadillas con las miles de voces de allá arriba que siempre escuchaba.
Pero, en fin, era imposible tenderle la mano a alguien que sufría por igual…por el momento. No cuando la Andrómeda había aparecido. No solo arruinando sus planes, sino el de los dioses; cuando esta joven persistente intervino en sus creencias, obligándolos a hacer algo al respecto. Interrumpiéndolos en su complot para apoderarse del trono vacío de Doragon, el único dios guardián de todo el universo y no solo constelaciones como los otros. Tan codiciosos, tan grandes eran sus ambiciones que incluso olvidaron su poder.
Pero, cuando solo esta persona, esa princesa, llegó con la sugerencia de «hacer algo al respecto» no tuvieron de otra más que mentir. Solo para mantener a los otros dioses neutrales del asunto para que ellos lograran su cometido, mientras los demás dormían. Mientras esa ingenua se sacrificaba una segunda vez por razones desconocidas.
Pero bueno, a ella no le importaba. El poder que estos le habían cedido era lo prometido mientras se asegurara de que ambos, la princesa y el dragón, siguieran entreteniéndose en la tierra. Mientras ellos creaban una forma de bloquear cualquier entrada al sitial del dragón. Se apoderarían de todo incluso de la flama que la princesa robaría. Y, cuando la tuviera completa, junto a su sello, bajarían solo a tomarla o ella usaría las cadenas nuevamente para entregársela a ellos. Dándoselas para que la destajaran en cuerpo humano y lograran acabarla con facilidad. Nombrando a otra como su sucesora, o, quedándose parte de lo que ella gobernaba como un bono extra después del trono del dragón.
Aunque…
Sonrió, mirando la marca en su muñeca, acariciando cada uno de sus trazos.
Ella tenía sus propios planes. Así como el rey Hiko creía, ella también lo hacía. Ella no sería sirvienta de nadie más. Ni de un asqueroso sacerdote ni de un dios avaricioso, menos de un rey. Si sus planes habían cambiado simplemente era por ese dragón y lo que significaba su poder. Pues si su potestad era tan grande como lo que decían, mas valía estar de su lado que el de meras hormigas que terminarían bajo la planta de su pie. Sin embargo, aún no era tiempo. Tenía a una princesa nada femenina… toda una señorita rebelde que tenía que domar. Derrotar su espíritu, apoderarse de su alma, y sello, y, darla de ofrenda a su rey.
Mientras, ella…
Miraba al cielo y a nada más. Ilusionada con el reflejo de su figura en esos ojos color ámbar que la hacían soñar en sus mejores noches, mientras sus manos dejaban de ser huesos y carne y se volvían polvo cósmico en la atmosfera del cielo. Mientras su cuerpo se formaba de cometas y su alma una esencia que era suficiente para cubrir el manto negro de la atmosfera por completo. Quería que sus risas se volvieran como la belleza de la luna que era contemplada por los humanos enamorados o agonizantes, y sus lágrimas como la lluvia de estrellas de cada noche…en cualquier lugar.
Deseaba eso y mucho más. Porque porquería era esa vida, donde no había libertad.
Acomodó su velo sagrado y siguió mirando hacia fuera, a través de las cortinas que cubrían su carruaje. Era una noche fría donde estaba segura que la calidez de alguna llama se encendería en la oscuridad.
II
El pelirrojo terminó de vendar su mano, atando la cinta carmín que Ori le había dado el día anterior, lo más fuerte que pudo contra su piel. De esa sola forma podría mantener su sello oculto y lo mismo pasaba con su presencia. Aunque posiblemente no era un peligro y nadie podía darse cuenta que él estaba ahí, debía mantenerse con la guardia en alto y hacer todo posible para que se mantuviera en secreto.
Entonces, caminó hasta el templo que tenía en frente, el cual sus fieles habían abandonado por temor a volver a levantar plegarias en su nombre. Ahí, varios de sus hombres que ya se habían multiplicado le esperaron, viéndolo entrar y aguardar varios minutos dentro en privacidad. Nadie sabía a lo que había ido, era un detalle que los mataba de curiosidad. Pues ¿qué podía tener el rey del cielo en un lugar como ese? ¿Qué podía venir a buscar?
Nadie sabía, pero posiblemente el único que tenía una pista era ese joven de cabello despeinado y cara fina. Ese de cabello negro que siempre usaba una cinta en la cabeza mientras uno de sus ojos era oculto con su cabello. El que ahora descansaba de piernas cruzadas masticando un palillo de madera sobre la corteza de un árbol. Ese que se hacía llamar su caballero.
—No me miren a mí —murmuró Sagara aún con los ojos cerrados. Podía adivinar lo que para ese punto todos pensaban—. Soy su amigo, caballero, leal seguidor o como me quieran llamar, mas no sé lo que cruza por su cabeza.
Y, era cierto. No tenía idea de lo que Doragon pensaba, temía que sus pensamientos fueran tan complejos que terminara malinterpretándolos en algún punto en el futuro. Por eso siempre trataba de escucharle con cuidado, haciendo preguntas por muy estúpidas que sonaran. Porque, independientemente, no quería equivocarse de bando. Mucho menos juzgar a un nuevo amigo.
Sin embargo, esta sola vez sabía por qué estaban ahí. Doragon había comentado algo en el pasado. Algo sobre ocultar uno de sus más grandes tesoros en la tierra. Aunque no sabía si venía a hacerlo o ya venía a recogerlo. No entendía su importancia o lo que este tesoro implicaba o cómo lo utilizarían. Solo estaba seguro de que esta visita tenia que ver con lo que aquella vez mencionó.
Igualmente, no podía decirles a los demás hombres como otros de sus secretos. Había muchos recién llegados que fácilmente podían ser espías o caza recompensas. Doragon bien lo había dicho discretamente al conocerlos: —Muchos de ellos matarán porque han venido a verme. Solo era cuestión de saber quiénes eran y a quién servían.
Kenshin salió del lugar, cerrando la puerta con uno de los sellos de fuego que lanzó de su mano. Entonces, al alejarse desenfundó su katana, encajándola a varios metros de distancia de la entrada del templo en la tierra.
—Aléjense —comandó con voz fría pero preocupada por su bienestar mientras dibujaba una línea recta con la hoja de su espada. Entonces la orilla en la que estaba localizada ese templo se separó la tierra, creando un barranco mientras se iba llenando del agua de su alrededor—. Esta será la primera.
—¡¿Qué haces?! —Gritó Sagara dando un paso hacia enfrente, opuesto a lo que hacían los demás. Era la tercera vez en ese día que hacía lo mismo con un templo. Primero, ahuyentaba a las personas y entonces los separaba en pedazos de tierra con tan solo un movimiento de su espada. Aunque era inaudito para un humano, era meramente fácil para él ya que cada templo en el terreno había sido puesto a las orillas del mar. Así que separarlo con fuerza de su espíritu para que simplemente flotara y se alejara parecía 'pan comido' a su lado.
Doragon dio media vuelta y siguió a pie. No dio ninguna explicación y tampoco consoló a muchos hombres que seguían asustados por lo que había hecho, simplemente les paso de lado. No obstante, pudo percibir su mirada. La había estudiado ya desde hace días. Pues entre más tiempo pasara, entre más días estuviera ahí y mientras la humanidad más lo odiara su vista se iba opacando. Poco a poco posiblemente sin saberlo o notarlo.
Sagara, era el único, aparte de la princesa que podía verlo a los ojos y saber que le dolía y que sufría como ningún otro. Entonces, ¿Por qué no paraba?
—Es como saber que algo dentro de ti sigue muriendo. Lo que más amaste es lo que más te hiere, lo que más te daña y lo que te desgarra el alma. Es como estar enamorado y ser usado, mientras se cometen crímenes en tu nombre y se te culpa siempre. Solo porque tu amor fue ciego o incondicional. Incluso es saber que tu propio amor y ayuda sigue corrompiendo lo que más amas… —expuso Kenshin con la mirada baja, adivinando las preguntas que cruzaban en la mente de su nuevo amigo.
Sagara abrió los ojos en realización. No era que Doragon culpara a la humanidad por ser grotesca y aberrada, sino que se culpaba a el mismo.
—¿Crees que tu amor… es causante de la maldad? Si es así estás equivocado. La decisión al final es de cada quien. —Se interpuso en medio para no dejarlo avanzar—. Mi madre me enseñó los mejores valores que alguien podía ofrecerle a su hijo. Sin embargo, aquí estoy. Estuve en mi adolescencia portándome mal, y cometí varios actos de los que ahora no estoy orgulloso recordar. Por eso no es culpa del amor que ella me tenía, es decisión propia. El amor si es incondicional —pausó tomando aire para tranquilizarse—, y la gratitud es la mejor pareja con la que se puede pagar a aquellos que te lo dan.
Kenshin ladeó el rostro para observarlo mejor. Sus palabras eran las correctas y su culpabilidad no estaba excluida. Tenía razón, sin embargo, nunca entendería lo mal que siempre se sentiría por prestar ayuda a ciegas. Sin importar qué… sin oponerse a nada. Solo esta vez. Cuando erradicaría su nombre para solo ser Doragon el guardián del universo y dejar de ser aquel ser que amó a la humanidad y que siempre los ayudó. Los vería… pero esta vez solo en silencio.
—Es hora de vernos con la princesa —dijo Kenshin pasándole por un lado palpando su espalda mientras le sonreía—. Ah, y si yo fuera tu madre estaría orgullosa de tus palabras.
Sagara se echó a reír. Aunque quería burlarse porque no había cambiado el género y hubiese sido mejor decir algo sobre su padre, lo dejó pasar. Después de todo aún tenía un toque de ignorancia que lo entretenía de vez en cuando.
—Está bien, y ¿qué es lo que quieren hacer, mamá? —Bromeó echándose a caminar a su lado con las manos en los bolsillos.
—Hay un pergamino en el templo de Orión, donde habla sobre la locación de la bóveda de Ori, buscaremos la forma de romper sus cadenas. Ella solo los ha llevado engañados ya que para abrir la caja es necesario su sello.
Sagara frunció el ceño, preguntándose qué era lo que pasaría una vez que rompieran sus cadenas. ¿Volverían a la pelea de siempre?
—¿Qué es lo que buscas en los templos? ¿Es el pergamino? ¿Sospechas de alguna trampa?
Doragon se detuvo mirando de reojo a los demás hombres que venían siguiéndolos mientras platicaban a sus espaldas. Parecían distraídos así que esa era la oportunidad perfecta para confiarle algo a su amigo, mientras lo halaba para adelantarse un poco más.
—Una de mis garras, el tesoro en la tierra, la he convertido en algo que nadie podrá imaginar. Está solo ayudará en casos de emergencia —terminó de decir adelantándose por sí solo dando por terminada la conversación.
Esta era la forma en la que Sagara entendió que no estaba dispuesto a hablar más. No solo porque debía protegerse de los humanos, sino de los dioses mismos. Era evidente que no confiaba en nadie, tal vez todavía no lo hacía en él. Y, aunque le seguía de corazón, no pudo más que sonreír aprobando su determinación y sigilo.
III
—Este es el templo de Orión, pero mi princesa, aún no sé cómo puede encontrar el estuche de su arco antiguo en un lugar como este —dijo el sacerdote entrando al templo vacío mirando a sus alrededores. En ese lugar solo pisaban los más santos una vez por año, cuando Orión mismo dejaba ver sus estrellas con tal intensidad en el cielo sobre esas tierras. Ofrendas y plegarias se alzaban dentro de esas paredes, mas ningún humano común y corriente podía entrar como si nada.
La princesa no lo escuchó y siguió avanzando, pero tuvo que alentar su paso cuando el rey Hiko llegó hasta su lado, sujetándola de la mano, para cruzar hasta la otra habitación. Confundida, alzó su mirada disimulando su curiosidad, solo para encontrarlo enfocado en los siguientes mosaicos por los que tenían que caminar. Aun con las dudas de sus actos, bajó la vista hasta el cruce de sus dedos. Apretando la otra mano en su palma pensando que solo se trataba de una muestra de conforte emocional o ánimos para seguir. Decidida, también miró hacia enfrente sonriendo, cuando su agarre fue correspondido con la misma fuerza.
No sabía qué decir, era un hombre que nada le intimidaba, mucho menos una mujer… cuando las había tenido satisfactoriamente en su vida. Sin embargo, ella era diferente, su mirada no solo le pertenecía a una joven valiente y audaz sino a una dulce que para nada se comparaba con los otros que deseaban manejarlos. Pues ella simplemente deseaba algo que aún no podía descubrir. Al igual que él. Por eso, ladeó el rostro cuando su mano fue recibida con dicha calidez, estrujada como si sus sentimientos estuviesen correspondidos. Y, por primera vez, ridículamente en su vida, sintió sus mejillas arder con una fuerza que nunca pensó. Ante una mujer que nunca creyó podía sujetar de tal manera.
—De aquí parto sola, —le avisó soltando delicadamente su mano, dándole una sonrisa a cambio—. Este lugar es sagrado y nadie puede entrar, mas que los que tengan el sello de Orión. —Apunto a la puerta cuya piedra había sido tallada con avisos en otro idioma que nadie más, de los que le seguían, entendían—. No tardaré —prometió dando la media vuelta para enfocarse y materializar el arco en su espalda. Después lo liberó, posándolo en la superficie de piedra para que está se pudiera abrir.
—Asegúrate de volver a mí completa —susurró Hiko mirado estrictamente a sus ojos como si se tratara de una orden y no una petición.
Por un momento, dejó de respirar, no solo porque quiso saber qué clase de sensación había sentido dentro de su pecho, con esos golpeteos fuertes contra sus costillas. Pero, también porque nunca había sido ordenada en su vida. Pasando por alto ese detalle, asintió dando la vuelta mientras la puerta se iba cerrando a sus espaldas, mientras ella se quedaba recargada en la pared fría con ideas llenas de dolor en su cabeza. Lo que seguramente era llamado remordimiento. Porqué tenía que mentirle a él, y… no sabía por qué.
—Llegaste —Una sombra cubierta de negro emergió de las tinieblas del cuarto, mientras un par de manos blancas iban deslizando el gorro que cubría su cabeza para dejar expuesta su cabellera escarlata—…Ori.
Ella dio varios pasos hacia enfrente, titubeante, tambaleante y confundida. Así, incrementó la velocidad en sus piernas hasta llegar a su lado, donde dejó caer su mejilla en su pecho y lo estrechaba sorpresivamente alrededor de su cintura.
Descolocado, congeló sus manos en el aire. Ese gesto siempre lo había creído irrealizable e impensable…absurdo, a su lado. Estaba tan atónito, que las ideas se le habían esfumado y sus planes comenzaban a escaparse uno por uno de su cabeza. Aunque no supo cuál era su significado y tampoco qué decir, bajó sus manos lentamente. Una hacia su cabeza y otra acariciando suavemente la parte de su espalda, titubeante.
Conforte, era lo que él pensaba darle.
Refugio, era lo que ella encontró en él.
Continuará.
Notas de autor: tarde en actualizar. En verdad creo que este lapso ha sido el más largo que he durado sin tocar la computadora. Solo espero que el desinterés no sea permanente. Gracias por todo.
