LA PRINCESA Y EL DRAGÓN
Por Zury Himura
Gracias a todos por leer y diculpen si no he contestado reviews, pm o fb, pronto lo hare'. Agradezco de coraz'on.
Disclaimer: los personajes no me pertenecen la historia sí.
DRAGON'S FLAME
UNTIL THE WORLD DIES.
Capítulo 10
—No sé lo que estoy sintiendo. Todo es tan confuso —sollozó contra su pecho, tapándose el rostro por la ansiedad y nerviosismo. Dándose cuenta, por fin, de la indiscreción que había cometido al lanzarse en sus brazos sin pensarlo. ¿Acaso eso era vergüenza? Pero, a la vez, ¿a quién más podía recurrir que pudiera comprenderla si no era él?
Aunque él sintió su cuerpo tensarse, posiblemente alistándose para separarse de su lado, suspiró, renunciando a los golpecitos suaves que se había dedicado a darle en la espalda. Posiblemente era una locura lo que haría, pero aquello lo convirtió en un abrazo fuerte con tal de consolarla. Durante el gesto, le prometió que todo estaría bien y que permanecería a su lado hasta que se tranquilizara. Que podía desahogarse y confiarle sus penas y que esperaría para escucharla siempre.
No podía prometerle nada más porque se suponía que eran enemigos. Era como traicionar a los hombres de allá fuera que estaban dispuestos a dar la vida por él, involucrándose con la mujer que lideraba al ejército que quería exterminarlos. Sin embargo, tampoco podía dejarla sufrir sola. Si lo hacía, también la estaría abandonando; una forma de traición al ser del mismo cielo que posiblemente era la única en la que en verdad confiaba, a pesar de sus roles. Por eso, quiso prestar su ayuda y su hombro; al no poder encontrar otra excusa creíble por haberla acogido en sus brazos.
Dejando eso a un lado, no podía dejar de pensar en una sola cosa. Un: «Vaya, quién hubiera pensado que alguien tan valiente y autoritaria como ella terminaría doblegada por experimentar sentimientos humanos…». Pero, también, era lo mismo que la hacia ella. Su sacrificio, inocencia, bondad, nobleza, honorabilidad e ingenuidad, era la esencia que sellaba a Andrómeda, su Ori. Su naturaleza. En otras palabras, ni su destierro, cadenas, traición, o ese tipo de cosas, la habían hecho parpadear, sino amar y nunca debilitarse con sentimientos negativos, todo lo contrario. No le habían infundido temor o la habían hecho retractarse, pero ahora, que no entendía lo que sentía o experimentaba en sus adentros era como un puño de nieve que se derretía en la palma de su mano.
—Tus lágrimas, sabes lo que pasará si sigues así —le recordó Doragon sobre su debilidad, pero también las consecuencias cuando «La princesa lloraba».
Pues era ya conocida las lluvias de estrellas que caían cada que la princesa se lamentaba. Era un mito, pero no dejaba de ser verdad. Desde el cielo, siempre había sido testigo de la caída de estás con tan de hacerle honor a la única aliada de esas pequeñas. Las cuales caían a voluntad propia, por reverencia y honor a Andrómeda, y, el sacrificio que representaba su alma. Porque para algunos en el pasado hasta la actualidad, incluso para él, Ori era el más grande símbolo de nobleza. La princesa bondadosa, cuya alegoría escuchó, y que «siempre quiso conocer». Diosa que cautivó hasta a los astros que le vieron durante cada etapa de su vida y a la cual, en secreto, el sol, la luna e incluso otros, se le postraron por respeto; desde que dio su vida hasta que se volvió firmamento—. Así que tranquila.
Sentía una «patada en el estómago» cada vez que le pedía que se tranquilizara. Era hipócrita decirle algo así cuando la entendía completamente y seguramente sufría de los mismo. Como dios, todo lo que se cometía era lo correcto, no bien ni mal, sino lo justo. Al menos, para los demás que no poseían el poder del balance como él. Así que solo podía imaginarse lo innovador que era el remordimiento, tristeza, coraje y otro tipo de emociones. Un tumulto dentro que no tenía explicación y que posiblemente terminarían volviéndote loco.
—Siempre quise saber cómo eras —reveló ella limpiando sus últimas lagrimas con los dorsos de sus manos, sin darse cuenta que era lo mismo que él estaba pensando—. Quería ser una invitada en la casa «del ser más poderoso»; pero tu supremacía no fue lo que llamó mi atención, sino que quería hablar con aquel que tenía algo en común conmigo.
Doragon la miró atento, esperando que las palabras que pudiera decirle fueran las mismas que él esperaba. Era información nueva saber que ella había oído de él y que le interesó conocerle. Pues si era así, ¿por qué nunca había ido a visitarle?
—Oí de tu poder… —continuó ella, decepcionándolo un poco, aunque supo ocultarlo.
Ah, era eso, ya se lo había repetido dos veces. Solo se dejaba guiar por el poder, tal y como todos lo hacían. Decepcionado la soltó, perdiendo su interés. Ella no era diferente a los otros dioses que se le acercaron en el pasado queriendo vincularse con él. A los que había rechazado por ver la verdadera naturaleza de sus esencias. Por eso siempre había estado solo, aliándose solamente de una raza que era inferior a él, volviéndose parte de ellos porque los pensó mejores al dejarse guiar por su soledad.
—…De tu amor hacia otros que no fueras tú y de tu humildad para aceptarlos a pesar de tu puesto inalcanzable —prosiguió ella, viéndolo detenerse, mirándola con ojos estrechos, casi como si se hubiera dado cuenta de algo o hubiera visto algo extraño en su rostro—. Por eso, siempre quise conocerte. Porque al igual que yo, tú los amas, a pesar de todo. Dices que vienes a exterminarlos, pero es lo contrario, pues al igual que yo, has sacrificado todo con tal de salvarlos; de pararlos antes de que sigan matándose unos a otros con tu poder. En otras palabras, amas sin condición, y más que venir a hacerlo por ti… has venido a hacerlo por ellos. Por eso, la humanidad que se te ha infringido, porque tu debilidad nunca dejará de ser… ellos.
Kenshin no pudo dejar de mirarla. Algo en su interior había tambaleado con el poder de sus palabras, pero a la misma vez se volvieron llamas de sorpresa y ansiedad por seguir escuchándola. Sin saberlo, esa princesa estaba leyendo a un ser que había existido desde el origen, y había visto más en él que ningún otro. Sin saberlo…. ¿Qué tenía esa mujer… qué tenía esa princesa?
—No soy lo que tú crees… —No quería tomar crédito de todo lo bueno que ella creía.
Suavemente, Ori sonrió a causa de su modestia—Tampoco ellos lo son. —Caminó hasta sostenerle la mano—. Si vinieras a acabarlos no te importaría matarme para seguir con tus planes. Nunca hubieras hecho amigos como los que te esperan allá afuera o no te importaría su lealtad, ya que son de la misma raza que has venido a aniquilar, al saber tu nombre. Viniste… posiblemente a probarlos y ni siquiera tú lo sabes.
No. Estaba equivocada. No sería tan cruel como para crear algo que terminaría siendo un juego. Solo deseaba ser libre de la boca de esas personas. Que su nombre jamás fuera pronunciado para no estar obligado… para no ser cómplice de los asesinatos entre unos y otros. No quería ver a más inocentes morir bajo las espadas que se consagraban en su nombre. Solo eso… o no era un juego, sino…
Volteó a verla con más detalle.
¿…Lo que ella decía?
—Quieres pretender que bajaste aquí solo por un motivo egoísta. Que se trata solo de ti —susurró sacando una flecha que sacaba de su espalda, color durazno y finamente delgada, para entregándosela en su mano—. Pero no es así, bajaste para salvarlos a ellos. Aunque, por tu dolor eres incapaz de admitírtelo.
Él bajó su vista observando la flecha. Era familiar, tanto su color y la textura. Aunque nunca en su vida la había visto, no entendía por qué la reconocía. Incrédulo, subió su vista hasta ella, enfocándose en la sonrisa que se había pintado en los labios de Ori.
—¿Qué es esto? —Preguntó volteando rápidamente hacia la puerta de donde podía oír algunas voces de las personas del otro lado. Querían entrar y seguramente usarían a la Oráculo para hacerlo.
—Esa es una flecha forjada con tu llama. —Su sonrisa siguió ahí. Estaba admitiendo abiertamente que seguía conservando parte de su flama—. Vine a cazarte, pero cuando estés listo, cuando dejes de ser Doragon, mi Kenshin, entonces puedes encajarla aquí… —La cogió de la punta guindola hacia su corazón—. Entonces, dejarás de ser todo lo que alguna vez admiré y lo que has sido hasta ahora… y, entonces ahora sí podrás decirme:—No soy lo que tú crees. Dejarás tu amor por ellos y podrás matarlos sin que yo esté para detenerte. Ese será mi sacrificio para tu libertad.
—¡Hey! —Le arrebató la flecha tirándola a un lado y olvidándose de ese objeto, acercándose a ella para cogerla del rostro entre ambas palmas de sus manos—. No necesito que seas «la princesa del sacrificio» —le dijo posando su frente contra la suya—, solo deseo que seas Andrómeda, mi Ori. Además, no he dicho que quería matarte, así que deja de darme ideas.
Ella sonrió y lo miró fijamente a los ojos. Ahí, se dio cuenta de la diferencia que sentía al ser tocada por el rey Hiko y alguien como Kenshin. Mientras con Hiko era bastante fácil querer tocarlo y hacerlo, con Doragon era difícil. Se moría de nervios y angustia, incluso seria que en cualquier momento terminaría desbaratándose si no la sujetaba con fuerza.
—El pergamino —susurró ella sintiendo algo extraño en su cuerpo. Algo que la recorrió desde su nuca hasta la punta de sus pies, al sentir su cálida respiración contra sus labios. Estaba tan cerca que no quiso moverse. Solo lo suficiente como para tomar el arco en sus manos e interponerlo en medio de ellos dos para separarse.
Doragon alzó la barbilla con una sonrisa entretenida. —Ya, ya entendí. —Pero en realidad no lo había hecho. Porque ni siquiera estaba seguro de lo que había estado a punto de hacer. Solo se había dejado guiar por un extraño deseo de saber a qué se sentía tocar esos labios de donde salían tantas palabras que desbarataban toda su determinación. Sus ideales y planes. Lo que pensó que era y no es.
Solo eso.
—Ori —la interrumpió, mientras los dos se dedicaban a buscar entre los cofres sagrados. Ella había venido a su lado sufriendo y extrañamente se había tornado en una reprimenda contra él. Un tanto injusto que lo hubiese acorralado de esa forma.
Ella respondió con un simple sonido de su boca, mientras seguía buscando al abrir todos los cofres con el sello en su muñeca. Pues para que Doragon no fuera descubierto había utilizado una venda sagrada con la esencia de ella. Solo, de esa forma su presencia no sería reconocida ni por la Oráculo.
—Como humanos, la parte que somos, sentiremos cosas nuevas que nunca terminaremos de entender. Esto se llama: libertad. La misma que ansiamos allá arriba, lo que no experimentamos. Pero, algunos sentimientos son parecidos. Como, por ejemplo: la soledad y tristeza. Algunos conceptos cambian, pero en sí algunos son lo mismo.
La princesa dejó de leer algunos papeles y volteó a mirarlo. Desde su perspectiva Doragon lucia fuerte e imponente, pero en esos momentos le parecía más herido de lo que ella se sentía. Siempre, cubierto de soledad a pesar de que su nombre siempre fue clamado. Y, posiblemente esa era la razón por la que siempre se había separado de los demás. Siempre era usado, ayudaba sin dudar, era un alma noble que amaba sin condiciones ni prejuicios, y, a cambio, siempre se le dio nada.
Aunque no lo esperaba, era lo que muy dentro siempre a todos nos hacía feliz. Fuera dios o la raza que fuera. Entonces, tal vez, era exactamente eso lo que tenía que hacer. Dar algo a cambio a aquellos que le amaban. Corresponder lo mejor que pudiera a aquellos que esperaban y creían en ella.
—Asegúrate de regresar completa a mí…
Bajó su cabeza y miró sus manos al recordar esa frase. ¿Era eso lo que tenía que hacer? O…
Miró a Doragon quien seguía buscando el pergamino que hablaba sobre el dios Orión. Concentrado, murmurando algunas palabras que solo sus oídos podían identificar. Olvidándose de quién le estudiaba y se debatía sobre el respeto y admiración que siempre se creyó tener hacia él. Era decir, todo, a su lado… cambiaba.
Después de algunos minutos, vaciaron los cofres sin fortuna alguna. Todos esos pergaminos hablaban de visiones y relataban sueños que nada tenían que ver con Andrómeda, la princesa. Posiblemente los diarios habían sido movidos o hurtados para su mala suerte. Lo cual hacia más difícil se salida de las manos del Oráculo.
—Lo siento —murmuró Kenshin tomando su capa, listo para retirarse antes de que la obligaran a salir—. Buscaré en otros templos ya que sé que no podrás convencerlos de acompañarte siempre. Mi sello es el único que abre todas las puertas, y, si encuentro algo te lo daré.
¿Por qué…? ¿Por qué iba hasta esos extremos por ella? ¿Acaso le tenía tanta lastima? ¿Era eso lo único que todos podían sentir por ella? ¿O eran los motivos por los que siempre le admiró?
—No —dijo poniéndose de pie. Decidida a tomar las riendas de su vida en sus propias manos—. Mejor, piensa en una forma de cómo erradicar tu nombre sin tener que tomar más vidas, mientras, yo buscaré por mi cuenta.
—Ellos no te dejarán —la contradijo en tono de burla. Era muy ingenua si pensaba que podría moverse sin todos esos guardias a su alrededor.
Molesta, dio un paso al frente, subiendo la barbilla y endureciendo su escrutinio.
—Soy Andrómeda, o llámame Ori como lo has hecho, soy una princesa y me obedecerán.
Alzó una ceja, sorprendido. De vez en cuando facetas de su verdadero carácter autoritario surgían volviéndola de una chica dulce y tierna, a una mujer fuerte e imponente. Simplemente, era un hecho que admiraba. Era como un paquete que contenía varios aspectos y que poco a poco iba descubriendo.
Dio la media vuelta ocultándose bajo la tela, yendo hacia el lado opuesto de donde estaba la entrada. Esperaría a que se fueran para poder salir.
—No te obligaré a nada. —No quiso debatir qué era lo correcto o incorrecto de su decisión. Aunque no podía dejar a una diosa simplemente en manos humanas—. Puedes hacer lo que quieras, de todas formas, somos enemigos.
—¿Qué quieres decir?
Él se sentó en una esquina de esa habitación apagando todas las velas que había encendido con la magia de su flama. Cubriendo ese cuarto en una oscuridad que solo les permitía ver sus ojos ámbar y los azules de ella. Algo siniestro, más si se lo imaginaba sonriendo.
—Por la debilidad que me has encontrado y por el nombre humano que me has dado me has hecho más como ellos —Él movió su mano creando una ráfaga de fuego que la obligó a acercarse a él—. Por eso, ¿qué no es normal que quiera odiarte? ¿Descubrir más pronto lo que te hace débil y sentenciarte? Eso quiero y más de ti, Ori —mintió. Quería su libertad.
Ori se agachó, mirándolo directamente a los ojos, sabiendo que era mentira. ¿Cómo podía decir algo que ni siquiera ella entendía? ¿Cómo explicarle lo que sentía si no sabía cómo?
Exhaló con cuidado y lo sujetó del mentón, alzándolo con cuidado, para prometerle que estaría a su lado. Había entendido lo que le había querido decir—. Así, en la oscuridad tendrás que buscarme hasta que el mundo acabe, hasta que sepas quién soy, hasta que encuentres mi debilidad y puedas nombrarme como yo a ti. Solo en estas tinieblas serás tú el que podrá ver la esencia de mi espíritu para cumplir lo que deseas. Entonces, podrás sentenciarme junto contigo.
Doragon extendió su mano acariciándole el rostro, acomodando algunos cabellos tras su oído, durante una escena que rozaba a lo sensual. Predicamento en el que jamás se imaginó que sería participe y del que no estaba tan seguro del que debía o quería salir.
—¿Por qué? —Murmuró él sintiendo algo extraño en su pecho. Pero también podía sentirla temblar con su tacto, aunque trataba de disimularlo.
—Porque…
—Princesa… —La voz de la Oráculo retumbó en el cuarto a oscuras, sorprendiéndolos a ambos al ser descubiertos. Sin embargo, la mujer no dijo nada, simplemente se dirigió hacia ella, extendiendo su mano para expulsar las cadenas de sombras que la ataban—. Es hora de irnos. —Fue lo que dijo con voz más fría.
Aunque él se puso de pie no pudo decir nada, cuando fue la misma princesa quien interpuso su mano para que callara. Simplemente se dejaría arrastrar sin ocasionar una pelea, sin buscarle más problemas de los que en serio tenían.
Una vez que llegaron a fuera la Oráculo se detuvo, fingiendo haber olvidado consagrar todo de nuevo adentro, donde volvió escondiendo la flecha que encontró casi por la entrada, con la ayuda del sello neutro que Orión le había dado junto a Tauro, para poder entrar. Ahí, cerró la puerta, quedándose a solas y de frente con el dragón que tanto había ansiado conocer. Mientras, a su alrededor, se encendían las docenas de velas nuevamente para poderle ver con claridad.
—Eres el dragón del cielo… —musitó con voz entrecortada. Tenía que culpar a su emoción por el tremendo ridículo que estaba haciendo.
—¿Y tú? —Dijo él frunciendo, cuando por una extraña razón no pudo ver lo que había dentro de su corazón.
Megumi deslizó solo un poco el velo sagrado que le ocultaba, para mostrarle el rostro. Sintiéndose orgullosa de su apariencia y de que por fin podía verlo cara a cara. Así que, con el mismo ímpetu, dio un paso hacia enfrente, acariciando sugestivamente la capa negra de su oponente hasta quitársela de encima. Era simplemente majestuoso. Mejor de lo que lucía a lo lejos. El dragón que había visto en sus sueños era éste vuelto hombre hermoso que quería hacer suyo.
—Un simple Oráculo.
—Puedo ayudarte —le prometió él sosteniéndole la mano femenina que comenzaba a acariciarle el rostro con devoción—, puedo neutralizar ese sello de tu mano para que no tengas que estar en medio de esta guerra.
Megumi se quedó quieta solo unos segundos, adentrándose en las sombras de sus ojos dorados y el reflejo de su bello rostro. Ese era el rey que ella quería, era esa visión del reflejo que siempre había visto en sus sueños. Su futuro lleno de grandeza y donde nunca más seria usada, su destino era Doragon.
—¿Cómo y por qué lo harás?
Inhaló con profundidad y dejó salir el aire con pesar. Nunca imaginó llegar hasta estos extremos, pero no había de otra.
—Con parte de mi esencia. La compartiré contigo —Reveló.
Era un trato bastante tentador. Tener dentro fuerza del más poderoso solo para neutralizar un sello. Era una oferta de solo una vez en su vida. Sin embargo, aún no estaba lista para renunciar, no cuando podía obtenerlo a él, en lugar de solo su esencia. Podía ver en los acercamientos que la princesa y el dragón habían tenido, algo nuevo que se desenvolvía. Algo interesante, necesario.
—Te prometo que lo pensaré. Sin embargo, te ayudaré con algo de lo cual seguramente sí estarás interesado. Los siete vestigios.
Se acercó a pocos centímetros de sus labios. No podía creer que dicha mujer era un Oráculo. Su docilidad y selectividad era evidente. Tanto que lo ponía un poco nervioso.
—¿Qué quieres a cambio? —Se adelantó él. Si algo había aprendido últimamente en ese mundo humano era que nada era gratis. Todos tenían un precio.
—Primero, acuerda conmigo… después te pediré algo pequeño sin ninguna mala intención.
No podía confiar en ella. Aunque si su información terminaba siendo elemental para salvar a Ori, estaba dispuesto a hacer lo que fuera.
—Muéstrame tu esencia mientras hablamos y, entonces te diré —solicitó ella.
Como se le había pedido, cerró los ojos dejando que el dragón dentro de él surgiera, aunque se tratara solo de una ilusión pequeña, una copia para su seguridad, y no de su verdadero y majestuosa figura. Ya que no estaba tan confiado.
—Vaya, entiendo —Megumi se acercó aun sabiendo que no confiaba en ella, tocando los bordes del espíritu de lo que verdaderamente ella veneraba. Sus escamas eran duras, pero suaves a la vez, mientras el rojo translucido de su silueta brillaba sutilmente en el aire—. La debilidad de la que llamas Ori, posiblemente ya la veas y no sabes cuál es.
Kenshin la miró con atención. ¿Qué estaba diciendo?
—Solo es eso, tendrás que pasar más tiempo con ella para encontrarla y asegurarte de que seas tú y no el rey el que la descubra. Porque ya existe y la he visto y… sabes muy bien lo que pasará si otro humano, en lugar de un dios, lo hace, ¿verdad? —Dijo materializando un cuerno de bronce que había sido dado a ella por los dioses. El primer vestigio—. Además, quiero darte esto como símbolo de mi alianza contigo, aunque tenga que aparentar con el rey.
Doragon no dijo nada, simplemente se quedó meditando si había dejado pasar algo por alto. Algo que solo la Oráculo había podido ver y que cambiaba todo. Si esa mujer extraña, el rey u otro humano nombraban a Ori, no tendría salvación. Ya no habría nada más que pudieran hacer. ¿Era una amenaza o una ayuda?
Molesto y cuidadoso, también aceptó el cuerno, observando las letras y el fino material con el que había sido fabricado. Preguntándose, en realidad, cuáles eran los fines de esa mujer y por qué se entregaba prácticamente a él, junto con un aviso como ese. ¿Acaso se tenía tanta confianza como para aceptar que tenía a Ori en sus manos o quería algo más, a cambio de la princesa?
—Mi pago… —sonrió ella. Aunque Doragon apretó la quijada, listo para enfrentar algún deseo imposible que seguramente le pediría—:es un beso tuyo….
Continuará…
Notas de autor: No sé por qué, pero este fic y Ceder o Caer se han vuelto mis favoritos al escribir. Yay.
