—LA PRINCESA Y EL DRAGÓN—
POR ZURY HIMURA
Disclaimer: Los personajes no me pertenecen, la historia sí.
DRAGON'S FLAME
UNTIL THE WORLD DIES
Chapter 11
No pudo desviar la mirada de esa mujer enigmática. De sus ojos café oscuro que parecían dos dagas filosas que amenazaban con encajársele en el rostro. Su nariz pequeña y perfecta, ligeramente respingada y con un poco toque de brillo natural en la punta. Sus labios pequeños y delgados coloreados de rojo, combinándolos con las tiras rojas que contrastaban con el atuendo blanco que solía vestir y con la marca nueva en su mano.
Ella era tan diferente, tan peligrosa a pesar de que solo se trataba de una simple humana que era virgen y pura. Lo sabía sin la necesidad de adentrarse en sus pensamientos o escudriñar la naturaleza de su corazón, simplemente por ser un Oráculo que se atrevía a engañar. Podía tan solo verla y obtener una opinión propia de lo que reflejaba en sus ojos. Aunque, también, podía ser una falla en su juicio al verse afectado por un nombre humano. Posiblemente solo se estaba dejando llevar por la audacia de su deseo y por la claridad con la que le había pedido un gesto 'de aprecio' aun sabiendo quién era.
Sobre todo, cuando ella, por si misma, era un Oráculo consagrado en su nombre, con el conocimiento de uno de los tabúes mitológicos más grandes. La interacción 'de esa clase' entre un Dios y un humano, sus ganancias y consecuencias.
—No puedo darte eso. —Fue una contestación seca, cogiendo la capa del piso sin mirarla otra vez. No hacía falta explicarle lo que pasaría, de sobra ella lo sabía. No solo estarían atándose afectuosamente y «en cosmos», si él como dios, daba algo 'físico' sino que personalmente no utilizaría ese tipo de actos como 'simple pagos'. Lo había visto en el mundo de los humanos, y no estaba dispuesto a imitarlo.
Megumi sonrió fingiendo estar encantada con su respuesta, pero la verdad era que estaba decepcionada por el 'rechazo'. Por otro lado, entendía por qué Doragon se rehusaba a actuar como humano y emergerse en eventos como tales. Había muchas cosas que cambiarían e imaginaba que una de las cosas que más le preocupaba era unirse a ella «en cosmos».
—Dejaré de ser un Oráculo si me besas; —Comenzó ella a relatar las consecuencias, tanto como para ella como para él—si alguien toma mis labios dejaré de estar cerca de los dioses. —Miró hacia otro lado. Sin duda, Doragon era el ser más justo y digno de ser el guardián del universo. Verdaderamente era diferente—. Entonces, si lo haces, ya no tendré esta marca. —Volvió a mirarlo, arrojando su carnada—. Pero, también, al ser Doragon seré tu consorte en la tierra, esa será nuestra unión «en cosmos». Simbolizaré a tu primera reina de fuego en el cielo. La estrella libre que más brille en tu constelación. Prácticamente me reclamarías como tuya por la eternidad.
El pelirrojo no se sorprendió de que ella supiera dichos detalles. De cualquier forma, ese reino había alabado su nombre desde su fundación. Pero había servido a Orión después de su venida. Y, si sabía todo lo que se atrevía a decir en voz alta no era más que las visiones y estudio riguroso a la que había sido sometida toda su vida. Entonces, al pensarlo e imaginarse el recorrido de toda su vida, se congeló al dar la media vuelta para ponerle más atención y mirarla de diferente manera.
Ella… posiblemente tenía algo similar. Así como la princesa Andrómeda… había sido privada de su libertad a la fuerza, aunque con ella pasaba lo opuesto. Posiblemente en ese triángulo que se formaba entre, ella, Ori y él… existía un mismo deseo, aunque con diferentes fines: libertad.
Se acercó deslizando el velo de Megumi para desatar su largo cabello negro, aunque por la intimidad con la que se había proyectado su acto, fue incapaz de deshacerse de él en su totalidad, sin saber que sin esté podría ver las verdaderas intenciones de esa mujer. Después, cogió a la chica de la mano donde su marca había sido puesta, observándola de ahí hasta sus ojos, meditando si podría ayudar a ambas mujeres si sacrificaba algo de él.
Si la besaba, si removía lo único que la hacía especial, ella sería libre, aunque de cierta forma se ataría a él. Pero… Ori también lo sería. Si la besaba… ella sería suya. Entonces, ¿la princesa qué pensaría…?
Frunció el entrecejo al darse cuenta de lo absurdo de sus dudas. ¿Por qué tenía que pensar en la opinión de la princesa? Además, ¿por qué tenía que titubear tanto si al cabo estaría ayudándolas a ambas? Más bien, a ella qué le debía importar lo que pasaba o no. Era decir, ¿por qué creía que le sería relevante si besaba o la hacía su primera llama «en cosmos»? En otras palabras, ¿qué demonios estaba pasando con él? ¡¿Qué diablos lo había llevado a pensarse importante para Andrómeda, si lo que importaba era su libertad?!
Ayudar, era lo único que importaba, ¿cierto? Sin importar el costo o los medios. Nada más, ¿…no?
Doragon se acercó a ella, sumergiendo sus dedos blancos y delgados a través del sutil cabello negro detrás del oído de Megumi, dejando que su pulgar descansara en su mejilla para mejor manejo de sus próximos movimientos. Aunque nunca lo había hecho, lo había visto varias veces como para saber qué se debía hacer y qué línea no cruzar. Lo que simbolizaba para los humanos y el tabú entre los dioses. Si lo hacía… ella volvería su reina y él posiblemente no podría ser nunca más el mismo. Ya que todas sus estrellas en su galaxia lo complementaban y así la esencia de su reina, de la que llamaría su nueva flama. De esta mujer de la que aún no sabía la naturaleza de su esencia, de la que volvería una de ellas.
Respiró profundo y le pidió que por favor que no se moviera. Repitiéndose que no era experto pero que tomaría tan solo un segundo para quitarle sus dones con ese beso amargo que acabaría con su santidad. Con un beso que no tenía otro significado, mas que su liberación. Que más que por ella, seria para Andrómeda, la cual no abandonaba sus pensamientos incluso en ese momento.
Por dos mujeres de diferente raza, pero con el mismo deseo. Dos, que posiblemente el seria el único que podía ayudar. Dos de las cuales elegía a una pero no elegía a la que quería. Sin embargo y al mismo tiempo lo hacía.
II
La princesa siguió caminando de lado a lado, desesperada y un poco temerosa de lo que pudiera pasar allá adentro. Pues las puertas repentinamente se habían cerrado, encarcelando a Doragon junto a la Oráculo del rey de Grizhe. Y, si volvía a usar su sello para abrirla estaría dando a entender que había algo allá adentro que le interesaba como para ponerla ansiosa. Lo cual no estaba dispuesta hacer para no perder más hombres ni exponer a los de allá afuera.
Además, no hacia tanto que había sentido un golpeteo insistente contra su pecho. Culpando no solo a la ansiedad y nerviosismo, sino a un mal presentimiento. No solo de ser 'descubierta' sino algo más que aún le faltaba por descubrir. Era la flama de Doragon que había guardado, exactamente en su pecho, en la parte de su corazón que había apuntado con el filo de su misma flecha hacia unos minutos. …La flecha. Había olvidado recogerla de vuelta, solo esperaba que Doragon la llevara antes de irse.
Posiblemente esa era la razón por el avivamiento de su esencia. Pero también, se había conmovido porque Doragon había despertado una pequeña porción de su espíritu por alguna razón, lo cual lo dejaba al descubierto solo para algunas personas. Como, por ejemplo, la Oráculo y…
Volteó a ver al sacerdote principal, observaba con mirada filosa esa puerta sellada por la marca de Orión, antes de dirigirse al rey Hiko y decirle algo al oído que solo lo puso del malhumor. Aunque fue testigo de lo que estaba pasando a su alrededor cuando el anciano se dedicó a pasar la voz, disimuló su conocimiento sobre sus sospechas. Relajándose y forzando su atención en el arte del templo para darle tiempo a Doragon de escapar de la Oráculo y dejar que sus hombres encontraran un lugar para esconderse antes de que el rey diera alguna orden.
—Ustedes los humanos tienen gustos muy raros —expuso apuntando la pintura donde se mostraba una casa en el campo desolado— pero me imagino que tiene un significado diferente. Ya sea para el autor o el… —Quiso distraerlo lo más que podía con ignorancia fingida. No podía hacer otra cosa, tenía las cadenas del oráculo, aún.
—Princesa —Hiko se posicionó detrás de ella, abrazándola mientras pegaba su pecho contra la curvatura de su espalda hasta cruzar las manos enfrente, por su abdomen mientras pasaba su nariz por la suavidad de su cuello, oliéndola—, cuando era pequeño tan solo era un príncipe que no sabía nada sobre liderar un reino...
No sabía a qué se debía esa conversación o cuál sería el punto. Puesto que había jurado que llegaría reclamándole con lo que ya era evidente. Sin embargo, ahí estaba él, acercándose como había comenzado a hacerlo recientemente mostrándole soporte.
—Mi madre era una mera campesina, quien se embarazó del rey de Grizhe. Ella fue la que me contó sobre ustedes. —Recargó la barbilla en el tope de su cabeza, sin girarla—. Me enseñó a respetarlos, a agradecerles y a pedirles cuando fuera necesario. Porque según ella, ustedes siempre escuchaban. Eran los responsables de nuestro destino, elegían lo que era lo mejor o no para nosotros. Siempre cuidándonos.
Ella no dijo nada, aun cuando vio su cuerpo siendo empujado hacia otro lugar más privado, alejándola de todos los que estaban ahí.
—Agradeciendo cuando nuestro libre albedrio se perdía, para pretender ser los muñecos de seres divinos solitarios y aburridos con sus propias vidas, que se ocupaban decidiendo sobre las nuestras. Una libertad que ingenuamente creíamos poseer, una ilusión que ustedes se encargaron de crear junto al estúpido balance del universo, y un bastardo como Doragon. —soltó con un tono de resentimiento—. Porque al final, ustedes eran los que escriben nuestro futuro. No importaba qué decisión tomemos.
No era así. Todos los futuros cambiaban conforme a las definiciones de cada individuo, aunque el destino fuera el mismo. Eran dos cosas diferentes que estaban conectadas. Dos conceptos que tenía equivocados y que tal vez eran la raíz de su odio. Lo había visto los últimos días; se mantenía inactivo, neutral porque no quería actuar conforme a la voluntad de los dioses. Sin embargo, era tanto un deseo que le ocultaba, y que ella desconocía, que lo empujaba a acercársele, renunciando a sus propias creencias y convicciones. Una mera contradicción, si le preguntaban.
—Y, cuando la reina no pudo convivir, cuando el hijo de la prostituta de mi madre, como todos la llamaron, fue la única opción —mencionó con ironía—, los dioses, ustedes, me hicieron rey a través de visiones. A través de la voz de niñas cuya infancia era arrebatada, y de la mía que también lo fue. Mataron a mi madre y en todo lo que yo creía.
Esta vez la giró observando atentamente sus ojos azules e inquebrantables. Fuertes en voluntad y espíritu. Dos sombras de la pureza y esencia de un ser valiente que amaba sin condición. De su princesa, la única capaz de entenderlo y ser parcial.
—Así pasaron los años, donde aprendí la grandeza de cada uno de ustedes y la supremacía de Doragon. El ser que supuestamente era inalcanzable, justo y bondadoso, que amaba a la humanidad y gozaba de poderío y majestad inigualable… de ti —pausó cogiendo uno de los mechones de su cabello para acariciarlo—. La princesa que da siempre todo y no recibe nada. Sacrificio y soledad que te has impuesto para no sufrir como la última vez en la que te volviste firmamento. La única que puede salvar a la humanidad con su misterio y vestigio. Y… me refiero a tu verdadero vestigio.
¿De qué hablaba? ¿Qué quería decirle en realidad? ¿Acaso no podía decírselo claramente sin tener que recurrir a su pasado? Uno que le era similarmente doloroso…
—Tu historia es parecida solo un poco a la mía. Pues —Nunca pensó que con ella sería con la que recordaría parte de su vida. Aquella felicidad que había muerto—, cuando el rey le propuso a mi madre darme a él plenamente, ella se negó. Pero, cuando se habló de los dioses, de sus deseos y su ira, que bajarían contra el resto de mi familia, y la nueva recién nacida de mi madre si no se cumplía su voluntad...escapé. Solo por su bien. Aunque después me enteré de que ella tomó el dinero del rey y se fue olvidándose de mí. Gracias a la voluntad de los dioses que le dieron 'libre albedrío'.
Tuvo que morder su labio para que dejara de temblar y apretar sus puños por la impotencia que sintió al escuchar esa historia injusta y forzada. Dolorosa y llena de sufrimiento de su parte. De traición, justo como la suya. Cuando sus padres por miedo y un pueblo sin ganas de pelear, en su pasado, no tuvieron de otra más que abandonarla en un sacrificio voluntario, pero agradable ante sus ojos. A los ojos de los demás dioses. Aunque no era la misma situación… sacrificio era lo que los unía.
—Siempre quise conocerte… desde que tuve conciencia, desde que mi madre la campesina me habló de ti y llegué al castillo —reveló acariciando su hombro con familiaridad—. Quise saber qué pensaba esa figura que seguramente había llorado lo mismo que yo y que había sentido lo mismo que yo. Quise abrazarte al saber tu historia y decirte lo mucho que lo siento, pero que desde ahora jamás estarás sola nunca más. Los dos somos iguales, y nuestra naturaleza, sacrificio, es lo que nos unirá por siempre.
Sin esperarlo, Hiko la tomó en sus brazos, atrayéndola hacia su cuerpo, aferrándose genuinamente como nunca antes lo había hecho. Por su parte, parpadeó varias veces, aclarando la visión de sus ojos que comenzaba a distorsionarse, volviéndose borrosa mientras botones de agua caían de sus pestañas. Temerosa, sin saber qué hacer o como debía reaccionar, quiso alejarse empujándolo un poco para secar sus mejillas. De esas imparables lagrimas insistentes que no dejaban de brotar. Por él…o porque al fin recordaba lo doloroso que era ser un sacrificio.
¿Qué demonios? ¿Dónde estaba su fortaleza?
—Siempre quise conocerte, princesa Andrómeda… así que no me mientas más —Lo decía porque al aspirar su fragancia en su cuello al inicio se había percatado de una segunda que no era suya— no a mí. A alguien que siempre te ha adorado.
III
—Siempre quise conocerte, Doragon, el guardián del universo y creador del balance —musitó Megumi estando tan cerca de al fin ser besada por él. Estaba segura que lo haría en cualquier momento. Sus actos y sus gestos se lo decían.
—Siempre quise conocerte…
Fue lo que retumbó en su mente, recordando el mismo deseo de la princesa hacia algunos minutos. Lo que le hacía preguntarse por qué hasta en esos momentos aparecía esa frase. Cerró los ojos con fuerza. Tenía que concentrarse y acabar con eso de una vez. No dejaría que la princesa siguiera estancada en aquello que llamaba su esencia. «Jamás» la dejaría que volviera a pensarse como un sacrificio al que todos egoístamente podían manipular o usar a su conveniencia. Ella era una princesa, era un individuo digno de libertad, felicidad y hasta un poco de egoísmo, ya no más sacrificios. Jamás.
—¿Kenshin…?
Él alzó la mirada cuando estuvo a milímetros de los labios de Megumi, girándose sorpresivamente al escuchar su nombre humano desde la dirección de la puerta. Uno que no estaba supuesto a ser escuchado por nadie más. Puesto que otro dios se lo había dado, ningún humano debía conocer su debilidad. Pero ahí, se encontraba Ori, con la mano congelada en el aire y una reacción difícil de leer. Solo los observaba, sin decir otra palabra.
Al darse cuenta sobre qué era lo que posiblemente la había sorprendido, se alejó lentamente del Oráculo, respirando hondo, dispuesto a rendir explicaciones. Que extrañamente sentía que debía. Necesitaba dárselas.
—Ori, estaba por…
—El rey —Parpadeó la princesa varias veces, saliendo de su estupor. No podía creer lo que había casi presenciado. Y claro, lo que había interrumpido. Simplemente no podía explicarlo. No entendía bien que era lo que sentía, o esos pensamientos que la obligaron a actuar normal como parte de un acto—, se enterará de lo que estás haciendo, Oráculo —¡¿Qué… qué?!
¡¿Que, qué?! Doragon frunció el ceño con confusión. Estaba actuando de una forma diferente. ¡¿Acaso estaba por acusar al Oráculo por lo que estuvo por pasar?! ¿Siendo que ella y él eran los que se habían visto ahí, en primer lugar?
¡¿Que, qué?! Eso, tenía que ser una broma. En primera, eran ellos los que se habían visto ahí adentro, y el que ella se topara con Doragon después digamos que fue por mera casualidad. En segunda, ¡¿quién se creía esa princesita encadena que era como para jugarle sucio?! ¿Cuáles eran sus motivos? Quería saber sus planes para comenzar a jugar su juego.
Molesta, Megumi, se separó de Doragon y acomodó su velo, pasando por un lado empujándola un poco antes de salir. Claro, sin antes usar la misma amenaza con la que había sido obligada a retirarse. Luego, se giró observando al dragón del cielo. No sabía qué decirle o cómo mirarlo para recordarle que tenían un acuerdo que cumplir. Quería dejarle en claro que volverían a verse.
La princesa empino sus manos y le hizo frente antes de retirarse con un gesto ligero en el rostro. Era como un sentimiento insistente que la molestaba. Algunas frases que quería reprocharle sin derecho o razón. Era decir, tanta preocupación, incluso tuvo que huir de Hiko por la ansiedad de saber que estaba bien… ¡¿para encontrarlos así?! ¡Era un cínico! Pero igual, no podía descontrolarse por algo absurdo e insignificante que ni siquiera era de su incumbencia, así que prefirió tan solo mirarlo quieta, calmada y de manera amigable antes de irse. Le miraría con ojos risueños llenos de ternura y una pura y larga sonrisa. Después de todo tenía otro templo al que ir.
¿Qué le pasaba? ¿Por qué le miraba con esos ojos llenos de odio y recelo, junto a esa sonrisa macabra y retorcida? ¿Por qué esa mirada peligrosa que parecía que ahora si quería matarlo? ¿Acaso esta vez sí se habían vuelto enemigos? ¿Acaso esta ocasión si la habían convencido de odiarlo y cazarlo de verdad?
—Nos vemos —dijo ella con frialdad, usando el sello de su muñeca para cerrar la puerta.
—Oye, pero puedes dejarla así, un poco emparejada. Puedes usar una ilusión para que pueda salir sin usar mi esencia.
—Ah… —Lo miró de reojo antes de que la puerta se terminara de cerrar—, me lo has dicho muy tarde. Ay que pena… lo siento, Doragon. —fingió su voz.
Doragon y no Kenshin, ¿huh?
¿Qué demonios pasaba con esa mujer? Pensativo, miró hacia abajo buscando la flecha y al no encontrarla supuso que esa había sido la razón por al que Ori había vuelto a esa habitación, para recogerla. Luego, estudió en sus manos, el cuerno de bronce que la Oráculo le había dejado. Debía separarlo y analizarlo más en detalle. Algo dentro de él le decía que estaba por caer en una trampa, o, sino… ya había caído.
Continuara.
AN:
