LA PRINCESA Y EL DRAGÓN—

POR ZURY HIMURA


Gracias a lso comentarios y lecturas. Espero que este capítulo también sea de su agrado.

Disclaimer: not mine (RK).


DRAGON'S FLAME

UNTIL THE WORLD DIES

—¿Te has pasado días mirando esa cosa y no tienes nada que decir? —Sagara se hincó a la misma altura en la que Doragon estaba recostado en un tronco, armando y volviendo a armar el cuerno de Tauro que se le había ofrecido—. ¿Tampoco irás a ver a tu princesa hoy? —preguntó ya que era demasiado raro que esos dos dejaran de verse, así como si nada.

Algo había pasado y necesitaba saber qué.

—Hoy no, —El guardián del universo alzó el cuerno, sumamente distraído, posiblemente sin notar las murmuraciones que se empezaban a decir entre las filas de sus hombres desesperados.

La guerra estaba muy cerca. El rey Hiko, junto a la ayuda de la princesa Andrómeda mejor conocida como Ori, había reclutado a más hombres de los que se habían imaginado. Pues en otra situación, basándose a la ignorancia de la gente, un pelirrojo con una katana no haría gran daño en medio de un mundo entero, o, de unas cuantas tierras que le conocían. Sin embrago, los que sabían la historia mitológica de su imponente figura y habían presenciado su verdadero poder representado con su esencia y espíritu, sabían que un puñado de hombres jamás podría hacerle frente.

Un guardián del universo jamás se compararía con un espadachín de carne y hueso. Lo mismo pasaba con Andrómeda, aunque sus poderes fueran incomparables. Un arquero jamás tendría las mismas habilidades sin tener que contar con el factor místico, y una princesa jamás la desbancaría en nobleza y realeza. Al menos, ese era su punto de vista, un hombre que le gustaba ver desde un tercer sitio, sin tener que involucrarse en un dueto divino.

Por eso, concordaba con los demás. Más bien, había descubierto algo por sí mismo, al escuchar de Doragon su amigo. Por ejemplo, el origen de su nombre humano y su debilidad por los de la misma raza. Había puesto el corazón y alma en su espada desde su creación como su arma divina, por su bienestar y para protegerlos; que, cada que 'se deshacía' de hombres corruptos utilizando su nombre con la misma katana que había forjado desde el inicio… dolía. Para él, era una mera contradicción: por lo que moriría y lo que estaba matando.

Posiblemente, en algún punto, Andrómeda lo supo por alguna razón. Se dio cuenta cuál era su desventaja al estudiarlo durante la eternidad que tenían existiendo. Fue así cuando se enteró sobre la debilidad de Doragon, sino de su propia fuerza y de lo que su líder lo llamó un castigo futuro. Su amor por el ser humano era su caída y era el mismo motivo que lo volvería a elevar. Sin notarlo, había hecho a los humanos su herida y a la misma vez su orgullo. Y… bueno, la princesa por igual, pero esa era otra historia.

Resumiendo, sí, Doragon no tenía punto de comparación con otros dioses, su poder era infinito y su sabiduría era basta. Posiblemente no habría nadie en esta tierra que pudiera serle frente en su figura de dios, pero tal vez un poco en la de humano. Aunque, también esa parte estaba en duda. Ya que seguía mostrando detalles y habilidades divinas aun con esa apariencia. Lo que le llevaba a estimar que seguía siendo el amor que les tenia lo que le daba poder, lo que lo constituía como dios. Y, por esa razón, su acercamiento con él.

Por su parte, no importaba cuántos hombres vinieran contra él, le daba igual cuantos tenía que dejar inconscientes. Desde su juventud, cuando dejo la mala vida de ladrón y su madre murió por su causa, quiso conocerle. Ya que sin Doragon, su madre hubiera seguido sufriendo. Él, que nunca había alzado un clamor ni una plegaria fue el primer nombre de un dios que musitó en una oración… por primera y última vez en su vida.

Le debía tanto, pues fue escuchado cuando su madre no tenía salvación, ayudándolo para que ella dejara de sufrir cuando ya nadie más podía hacer algo, y, cuando él se rehusó acabar con su vida para aliviarle el cuerpo. Tan solo con recordarlo y mientras la garanta se le comprimía dolorosamente para no dejar escapar gemidos de tristeza, se preguntaba si recordaba ese tipo de petición. Aunque seguramente Doragon lo negaría con tal de que no sintiera que le debía algo.

Lo había escuchado con otro de sus compañeros, alegando que allá arriba las plegarias no tenían nombre ni rostro. Llegaban como burbujas brillosas que contenían los más puros deseos de un humano que buscaba hacer el bien. Y, para aquellos que buscaban hacer el mal, se representaba como una burbuja grisácea que contenía lo peor dentro. Ambas eran escuchadas.

Mas, ahora en su forma humana, le era más fácil reconocer quienes habían usado su nombre para mal. Normalmente se basaba por una punzada en su pecho, reconociendo las peores plegarias ven sus rostros con una forma desconocida. Solo así podía dar un juicio parcial. Era como una marca en la frente que le decía quién viviría. Sin embargo, cuando esa explicación fue dada Doragon había sonreído al dar la media vuelta. Tal vez sí sabía sobre las buenas peticiones y los conocía a todos, mas decirlo le parecía como una cadena o un favor que estuviera cobrando.

Pero bueno, desde ese entonces, sin que él lo supiera, quiso conocerle. Al menos antes de morir o durante su viaje a la muerte. Deseaba, necesitaba, agradecerle plenamente lo que había hecho por su familia, aunque no pudiera reconocerle. Pero, como era orgulloso, le daba temor ser rechazado u olvidado. Lo más que podía hacer era agradecerle con actos de lealtad, volviéndose su fuerza y dándole su vida. No tenía más palabras que pudiera darle sin que pudiera morir por él… no en forma de pago, sino de gratitud.

—Necesitamos irnos —clamó Kenshin poniéndose de pie mientras sacudía sus pantalones—. Algo muy malo está por pasar.

—Claro, se viene la guerra —pronunció Toka, uno de sus soldados que se atrevió a hablarle durante varios días de descanso—. No nos hemos movido de aquí desde la última vez a excepción de buscar comida. Mientras, la princesa ya ha obtenido la aprobación y apoyo de cinco de los siete reyes en lo que se conoce de tierras.

Doragon sonrió y guardó el cuerno de bronce en un saco que amarró contra su espalda. Entendía su preocupación, pero si no se enfocaban en algo más que en sus vidas todo terminaría de peor manera para ellos que lo que se había planeado al principio.

—Entiendo lo de la guerra, pero hay otro peligro aquí en la tierra —resopló ya que el tema que estaba por tocar jamás pensó que terminaría confiándoselo a humanos que se hacían llamar sus compañeros—. Hay siete vestigios de las siete coronas, aquí en su mundo. Cada uno representa a los siete dioses sobresalientes del cielo y estos han sido expuestos para ayudarlos.

Varios hombres se miraron sin saber de qué hablaba su líder. Los vestigios no era un tema del que se hablaba comúnmente por lo tanto era un poco conocido o tal vez inexistente.

Con una simple ojeada a los rostros perplejos de sus hombres, supo que tenía que explicarse aún más o terminarían más confundidos de lo que ya estaban.—. Un vestigio es el artefacto sagrado que representa, ya sea a un dios, o a su esencia en el cielo. Estos siete fueron creados por mí en el pasado, dándolos como emblema de respeto. Sin embargo…

Cielos, dijo Sagara preocupado en su mente. El rostro de Doragon se había vuelto pálido y la pausa que había hecho se estaba volviendo muy larga. Como si escogiera las palabras para no alterarlos, o si tuviera miedo de la reacción. Aun así, Sagara, quería saber lo que sus labios guardaban. Deseaba entender esa preocupación que ocultaba y que desesperadamente intentaba mantener dentro para no intrigarlos o preocuparlos. No importaba que fuera lo peor o imposible, quería ayudarlo.

Sacó el cuerno de su bolso y lo mostró—. Los dioses han dejados los emblemas para que la humanidad se ayude. En otras palabras, las han enviado para mi destrucción.

Todos comenzaron a murmurar, subestimándolos y otros dándole más valor de lo necesario. Los últimos estaban en lo correcto. Los vestigios probablemente eran la mayor arma que los seres humanos podían poseer. El problema era que esa arma no lo dañaba directamente, pues había sido el creador, sino en contra de esa raza. Solo esperaba que supieran lo que estaban haciendo.

—No podrán hacerte nada, tú eres el guardián del universo —dijo una mujer que había salido de entre las filas. Sus ojos verdes destellaron con rigidez mientras su delgado cuerpo iba abriéndose camino—. Me imagino que también tienes una de esas cosas —dijo plantándose enfrente de él—, ¿por qué no las recolectamos?

Sí, así era. Pero su poder no sería comprendido por ellos, y esa muchacha era la evidencia de ello.

—Los vestigios son artefactos, pero son armas sagradas —musitó posando su mano en el hombro de la joven mientras hablaba a sus demás hombres—, por si solas son fuertes y tienen dones, pero juntas son invencibles. Todo depende en las manos que estén. Sin embargo… —No sabía cómo decirlo sin asustarlos, pero, jamás les mentiría—, estos recuerdos de los dioses que alguna vez veneraron… Estas reliquias que se han considerado sagradas son solo basura que se ha teñido con mentiras.

No. Sagara dio un paso al frente empujando a la Makimachi, la joven de ojos verdes en frente del líder, con tal de alejarla de Doragon. Algo le decía que todo eso estaba mal y que en realidad se habían metido en algo más que una simple guerra. Ante sus ojos ya no solo estaba Kenshin a quien quiso hacer su amigo, o Doragon el dios que siempre quiso conocer, sino que ante él tenía a un monstruo que desconocía. Alguien que posiblemente habían malinterpretado desde su llegada y que habían servido ideáticamente sin saber lo que hacían.

Solo deseaba que hablara y terminara de romperle sus ideales. Que desbaratara la figura gloriosa que había construido en su cabeza y de la que comenzaba a dudar. Que avivara el mal presentimiento que nació cuando lo vio agachar la cabeza con una sonrisa que solo le erizó el cuerpo. Necesitaba que le abrieran los ojos… y no sé, darse cuenta que la princesa siempre tuvo la razón... o no sé, tal vez los ansíanos.

—No te preocupes, que jamás mentí —reaccionó el pelirrojo sintiendo como el corazón se le comprimía al ver lo que había dentro del que consideraba su compañero más cercano—. Yo formé esos artefactos como contenedores de espíritu, energía y escancias. Un mero símbolo de lo que era cada dios, mas nunca pensé que pudieran ser usados en mi contra o de lo que más amo.

¡¿De qué hablaba?! Dio otro paso hacia atrás jalando a la muchacha.

—Esos vestigios no han sido enviados con el poder de los dioses para herirme… —rio una segunda vez recorriendo con sus dedos algunas hebras color carmín de su coleta—. Eso es lo que les quieren hacer creer a ustedes. Pero, cuando sean unidos el cielo caerá sobre la tierra —Alzó el rostro mirándolos con ojos fríos y vacíos—. Entonces las estrellas y cometas se fundirán con la raza humana.

Makimachi suspiró con sorpresa y horror, dando un paso hacia atrás, entendiendo lo que se les estaba diciendo.

—Eso quiere decir que nosotros… los vestigios son para…

—Sí —susurró Kenshin bajando la mirada—. Y, aunque vine a destruir cada humano que conociere mi nombre y puede que sea lo mejor… —Como decirles lo que Ori le había dicho… ¿cómo? —Ellos quieren mi trono y lo lograran cuando el cielo caiga. Pues…ustedes… son mi caída.

II

La Oráculo la había evadido ya por varios días, extrañamente alegando sobre su condición espiritual y el tiempo a solas que debía tomar para comunicarse con los dioses. Aunque, muy bien sabía que se trataba tan solo de una excusa para no verle la cara después de la sorpresota que se había llevado en el antiguo templo de Orión, al verla en una situación comprometedora con el que se suponía era su dragón.

Molesta, dejo en la mesa la invitación de una fiesta con los líderes aliados que Hiko mismo le había entregado en sus manos. No estaba de humor para ser presentada con nadie más, aunque, entendía que solo así fortalecería la alianza contra Doragon. En cambio, por mucho que no quisiera verlo en esos momentos, era lo único que extrañaba.

Suspiró. Y es que esa parte tampoco la comprendía. ¿Por qué se sentía tan molesta cuando no le había hecho nada? Era decir, jamás la había insultado u ofendido a pesar de ser enemigos. Sino lo contrario. ¡Ni siquiera lo parecían! Tenían un trato que a él lo obligaba a parar de matar siempre y cuando ella lo eligiera a él y regresara al cielo. Bueno, y tampoco era como si lo estuviera eligiendo a él, como individuo, sino simplemente la oportunidad de ser ayudada y regresar a casa. Aunque al final, su trato, de parte de ambos, terminara siendo una mentira para alcanzar las metas mutuas.

Pues, en realidad lo que ella buscaba era tiempo. Durante ese lapso, él averiguaría sobre cómo liberarla y regresarla al cielo, entonces dejaría de matar; mientras ella, usaría su cautiverio como mera distracción para convencerlo o buscar por su cuenta y regresarlo al firmamento. Rio. Era una trampa, pero tampoco se arrepentía de mentirle o engañarlo. Puesto que sospechaba que él sabía sus verdaderas intenciones, así como ella se había dado cuenta de las suyas. Mientras quería liberarla, hecho que hacía de corazón, también buscaba enviarla al cielo y culminar la misión por la que había bajado.

Agachó la cabeza riendo suavemente. Los dos se estaban engañando, se estaban usando. Lo sabían y aun así fingían no saberlo. ¿Por qué lo hacían? No entendía. De su parte, las ganas de siempre verlo no menguaban desde la primera vez que pudo hablar con él. Prácticamente era como si lo entendiera y no quisiera dejarlo solo, no dejar que sus manos se mancharan más de sangre y que alimentara a su remordimiento y soledad.

Era un sentimiento de querer protegerlo de su mismo poder… de sí mismo.

Se puso de pie y llegó hasta la ventana, acariciando el arco que había materializado enfrente de ella, alzando sus manos al cielo mientras flexionaba uno de sus brazos y sostenía una flecha de luz. Cerró los ojos suspirando lentamente y lista para soltarla, quería hablar con él… lo deseaba tanto que no le importaba ya su enojo sin sentido. Quería tenerlo en frente y reprenderlo por meterse con su oráculo, ¡o lo que fuera! Algo se inventaría para poder hablarle, para poder mirar a los ojos al dragón del cielo y decirle lo confundida que estaba. Necesitaba sentir el calor de su refugio… de sus brazos que egoístamente anhelaba.

—Princesa, ¿puedo pasar? —La voz de Hiko, desde el otro lado de la puerta, la detuvo cuando estuvo a punto de liberar la varilla que se había teñido con las flamas de Doragon. Una que estaba supuesta a buscarlo y mandar un mensaje urgente para que pudiera ir a su lado. Pero, dado a las circunstancias, su flecha y su arco, se evaporaron junto a su disposición—. Necesito hablar contigo urgentemente.

—Claro —Ella sacudió sus manos mientras regresaba a su mesa de estudio y cogía tinta para señalar algunas rutas de escape para el reino, donde planeaban la emboscada.

El rey entró con varios paquetes en sus brazos, los cuales dejo a un lado de la cama diciéndole que se trataba de nuevos atuendos de los que podía escoger para la fiesta de mañana.

—Muchas gracias —Realizó una reverencia ella con una sonrisa, aunque no estaba placida con usarlos, tendría que fingir para no herir los sentimientos de ese hombre que se había tomado la molestia.

—De nada. —Se acercó a ella tanto que su corazón empezó a latir muy fuerte y con ansiedad—. También, quería hablar contigo de esa arma que tienes, la Oráculo me ha dicho lo que Doragon planea y si ese es el caso… todos, incluyendo sus creyentes estarán de nuestra parte. Después de eso, será nuestra ganancia.

La sonrisa arrogante del rey le dejo saber que no se trataba de nada bueno. Que lo que supuestamente Doragon planeaba era tan catastrófico y que prácticamente se echaría a toda la humanidad encima. Y, si eso pasaba, Doragon estaría en apuros… porque, aunque no lo quisiera esa raza era su máxima debilidad. Asustada, pero aun disimulando su frialdad, tocó su pecho con una sonrisa dispuesta a averiguar más.

—¿De que hablas? ¿Puedes decirme? —Solicitó sin borrar el gesto de su rostro. Incluso sus mejillas comenzaban a cansarse por lo forzado que estaba siendo el acto. Pues, jamás sonreía, nunca había tenido motivos, aunque lo había añorado por años.

—Los siete vestigios, ¿has oído de esos?

Los ojos de la princesa se abrieron de par en par, dándose cuenta de lo que aquello significaba. Sintió como su lengua se paralizó y un golpeteo punzante en la boca de su estómago. Sus manos no se pudieron mover y ni siquiera supo si podría parpadear. Estaba tan conmocionada de que esas reliquias fueran conocidas por los humanos que supo en seguida que había algún dios detrás de esto. Ya fuera cualquiera… o el mismo Doragon.

Dio algunos pasos hacia atrás sosteniéndose de la esquina de su mesa para no perder el equilibrio.

—¿Sabes lo que eso significa? —Preguntó él sospechándolo por su reacción y la expresión sin color que ahora veía—. Con ellos él será imparable. No habrá nada que ni siquiera tú puedas hacer. Será demasiado tarde para todo lo que amas… para lo que yo amo. —La miró fijamente como si con esta acción estuviera transmitiéndole todo lo que quería decir.

Ella le correspondió inconscientemente, perdida en sus recuerdos de cuando entró en el templo encontrando a la Oráculo y a Doragon a solas. En sus manos había visto el cuerno de Tauro, era bronce tal y como algún día lo vio allá en el cielo. Sin embargo, si lo meditaba quería, deseaba saber si esa era la razón por la que ambos habían estado tan cerca y si era así como lo había obtenido. ¿Acaso sabía que ahí estaba? ¿O el oráculo posiblemente lo había tenido en sus manos en ese tiempo? Porque en esa cámara jamás lo vio mientras buscaba. ¿Y si no era así? ¿Si en verdad había subestimado el nivel de maldad creciente en Doragon y en realidad era él el que le estaba viendo la cara y solo la había usado?

Pestañeó varias veces sintiendo su corazón comprimirse de dolor mientras su labio comenzaba a temblar mientras lo mordía para que no fuera visible. Si era así… ¿y si no era así? Solo había dos opciones.

Se alejó, sorprendiendo al rey que se había quedado plantado en su lugar, viéndola, quedándose quieto con sus manos en el aire cuando estas quisieron acariciarla, pero fallaron.

—Sal de aquí —le ordenó con un tono de voz más frio. Alzó sus manos en el aire materializando el arco y la flecha que hacia algunos momentos había guardado.

—¿Qué haces? —Preguntó él sin entender del todo.

—Tu encárgate de las ordenes de tu ejército, ve y hazlo ya —musitó, no podía dejarse llevar solo por suposiciones. Ni por ideas ni dudas, tenía que verlo con sus propios ojos y crear su propio criterio para no ser envuelta en calumnias solo para ser usada. Él, Kenshin, había dicho que la quería libre—. Yo… —Cerró uno de sus ojos para ajustar la dirección de la flecha y dejarla escapar—, soy Andrómeda y no me dejare manipular por lo que amo. No por ustedes… no por él.

—¿Por lo que amo? —Repitió Hiko sosteniendo la puerta de la habitación, mirándola fijamente y esperando que lo hubiese malinterpretado.

Ella le escrutó de lado con tristeza, fingiendo una sonrisa para darle seguridad—. Gracias por todo… pero debemos separarnos.

Continuará….


Notas de autor: todos tienen una relación en este fic y se ha dicho en el dialogo o en los pov's de cada personaje. De ese deseo el inicio de Ori.

¡Nos leemos en el siguiente capítulo!