LA PRINCESA Y EL DRAGÓN—

POR ZURY HIMURA


Gracias por leer.

Disclaimer: los personajes no me pertenecen.


DRAGON'S FLAME

UNTIL THE WORLD DIES

Capítulo 13

I

En medio de ellos se formó un largo silencio. Nadie dijo nada por el camino y muchos retrocedieron sin seguirle de cerca. Tenían miedo, eso era evidente. Estaban atemorizados del futuro, no había duda. Incluso le temían a él, quien se había atrevido a decirles la verdad para no ocultarles nada, pensando que era lo mejor. Ahí, probablemente era donde se había equivocado.

Había formado un nudo que tal vez jamás terminaría de resolver. La relación entre ellos parecía rota y si así seguía nunca llegaría a repararse.

Suspiró y siguió caminando encontrándose a solas en un par de kilómetros. A pesar de que su ritmo había bajado, pensando que solo así sería alcanzando, nadie deseaba acercársele. Y es que era lo más lógico. En sus corazones había temor y seguramente en sus cabezas miles de preguntas circulaban mientras meditaban si estaban en el bando equivocado. Como, por ejemplo: ¿por qué Doragon habría creado dicha arma? ¿Y por qué en contra de lo que más amaba?

La respuesta era sencilla, pero difícil de hablarla cuando los únicos afectados serían ellos. Lo único que podía decir a su favor era que si ellos caían él también lo hacía, mas no lo contrario. Si había creado esos artefactos había sido por respeto a los demás dioses, para conmemorar lo que supuestamente unía a todos, aunque por muy débil que fuera en unos o en otros, el amor hacia los humanos era algo que supuestamente tenían en común.

Por eso esos vestigios. Muestra de su gratitud porque siempre habían ayudado a los seres que él más había amado. Armas que algún día serian usada en su contra cuando al crearlas se halló en su soledad. Pensando que, en un futuro, si los dioses lo traicionaban, si ellos osaban tocar a la raza humana, los vestigios serian usados como su motor y su más grande alarma o evidencia. Los instrumentos que lo empujarían a luchar por ellos y su trono. Esos artefactos lo obligarían a dar todo por esa raza y recordarle el verdadero motivo por el que habían sido creados. Para salvarlos y erradicar a sus verdaderos opositores.

Justo… justo como en ese momento. A excepción de que la diferencia era que la decepción abundaba en su corazón en lugar del dichoso amor que les tuvo hacia años. Esos vestigios tenían su sello: «si ellos caen, yo lo hago con ellos, más nunca los dejaré hacerlo».

Por tanto amor que les tuvo… los creó sabiendo que jamás lo permitiría y que esos instrumentos solo le ayudarían a recordarle lo mucho que los amaba. Y todo lo que pelearía por salvarlos.

Mas ahora... Todo cambiaba… creía.

—Si no dices para qué los creaste se alejarán más —dijo Sagara alcanzándolo opero manteniendo su distancia. Aún tenía que resolver sus propias dudas.

Lo sentía, pero no lo haría. No expondría la debilidad de la fundación de la cadena allá en el cielo. Tampoco se vanagloriaría en el amor que alguna vez les tuvo, les daría esperanzas y se llenaría la boca para volverse en un héroe que los abandonó. Si la verdad los había separado, posiblemente otra tampoco sería comprendida.

—No dejaré que mi creación, lo que amo, sea utilizada para herirme. —Y se refería a ellos también— es lo único que debes saber. De ahí, mis planes jamás cambiarán. Los que conocen mi nombre siguen teniendo el mismo destino.

Sagara suspiró. Era muy buena persona, pero también se estaba volviendo demasiado necio. Posiblemente era incapaz de ver la oportunidad para aclarar todo o en serio se trataba de una verdad que solo terminaría hiriéndolos. En dado caso, mejor cambió de tema.

—Hace días mencionaste que debías pensar en la debilidad de la princesa… ¿ya lo tienes o no? Porque ahora con los vestigios te has echado doble soga al cuello.

Doragon no dijo nada. Por más que había pensado no había llegado a ninguna conclusión, mas que la idealizaba tanto que era incapaz de verle alguna falla.

—Ah, entiendo —comentó su amigo echándose sus manos detrás de la nuca—, necesitas ayuda. ¿Sabes? —Preguntó frunciendo el ceño—, la he visto teniendo dificultad para lanzar las flechas. No es muy buena que digamos; no sería capaz de cazar ni un oso con esas habilidades. Qué más da, se muere de hambre la pobre si tuviera que cazar…

El pelirrojo lo miró de lado sin la típica sonrisa triste o boba que a veces portaba cuando le hacía bromas. Al contrario, esta vez lo había visto con cara de pocos amigos. Como si hubiera dicho algo imperdonable o impensable. Casi como si hubiese matado a una ardilla enfrente de él.

—Prácticamente ahora es hija de Orión, el cazador, ese arco es uno de los vestigios, sus habilidades son de un dios. Así que deja de ver defectos que no lo son.

El castaño alzó las manos en el aire rindiéndose.

—Vaya, está bien. Creo que te parecería mejor si digo que no eres tan buen espadachín como el rey Hiko, y ahí no te molestarías…

—No lo he visto. Pero estoy seguro que es mejor que yo.

Y ahí estaba su respuesta. Tan solo estaba probando su punto. ¡No podía oír hablar mal de la princesa, pero era capaz de recibir críticas en su contra! Ah, lo que hacía el amo…

Sagara se paralizó de un momento a otro, deteniendo a Doragon jalándolo de la tela de su manga. Si lo que había estado pensando de Doragon lo aplicaban como era, podría decirse que la princesa era su segunda debilidad...pero entonces, con todo lo que ella habia sacrificado al ayudarlos todas esas veces…

Kenshin abrió los ojos de par en par, mientras miraba a Sagara. Sin poderlo explicar el mismo pensamiento se posó en su mente haciendo reconsiderar varias teorías. ¿Acaso…?

—¿Acaso ustedes se gustan o algo? —Makimachi se tomó de la cintura mientras caminaba en círculos alrededor de ellos y los estudiaba. Pues Sagara seguía sujetando a Doragon de la manga y esté, por lo sorpresivo de su pensamiento, lo había sujetado de su otra muñeca, mientras, ambos seguían mirándose intensamente al menos hasta que la escucharon preguntarles dicha cosa.

Sagara reaccionó favorablemente, al menos para su persona, soltándolo y negándolo con ambas manos en el aire y jurando miles de cosas que demostraban su hombría. Mientras que su líder, el pelirrojo, seguía frunciendo el ceño, con mirada enfocada en un solo sitio casi como si se hubiera dado cuenta de algo. Posiblemente sus sentimientos hacia Sagara, según Makimachi.

—Ya era hora de que me encontrara un final feliz como estos —sonrió ella saltando de gusto y siendo cuidadosa de que nadie más los escuchara—. Nunca he visto a un rey con esas tendencias y aunque Doragon no lo es, lo veo más que un emperador. Y bueno, vaya. Quiero saber más detalles. ¿Quién es el pasional? ¿Cómo lo conquistaste?

—Oye, oye… ¡calmada! ¡Calmada! Que mis diez hijos olvidados en pueblos vecinos avalan lo que te estoy diciendo. Yo no soy el amor del dragón —titubeó esperando que se escuchara sincero. La verdad es que no tenía ningún hijo, posiblemente lo catalogarían como virgen a su edad, pero decir esos detallitos solo lo ayudarían a cavar más su tumba. Así que una que otra mentirita esperaba que no hiciera daño.

—Ah… —se lamentó la chica jalando hacia otra dirección mientras seguía averiguando sobre más detalles.

Mientras, Doragon dejaba algunas ordenes con los demás soldados. Ir hacia el otro templo y asegurarse de que nadie estuviera dentro. Entonces, acamparan a sus afueras y lo esperarían. Por su parte, él tenía una duda que aclarar con una chica que ante sus ojos, tanto literal como románticamente, había caído del cielo.

II

Podía verse reflejado en sus ojos. Su sonrisa inexistente, esa que se suponía tenía que estar reposando sobre sus labios rectos y desganados. Sus ojos afilados, oscuros y gélidos, siempre vacíos. Facciones que no le gustaba ver es esas joyas, es ese espejo puro e inocente, el rostro que le recordaba a alguien que había manchado el vientre de su madre y que había acabado con su familia… su padre.

Aunque odiaba ese reflejo, no podía decir lo mismo de su espejo. Ella, siempre confusa y cuidadosa, examinando y analizando, pero, que incluso en su peor hora no la abandonaba la nobleza ni bondad. Ella, una diosa llena de amor, la única deidad que su corazón seguía venerando a pesar de bajar en carne y pecar con pensamientos humanos. La única a la que se arrodillaría.

Un ejemplo a seguir para todos y una meta para sí mismo. Verla enfrente suyo se trataba del mejor regalo y la más grande bendición que nada superaría en toda su vida. Pero, ahora, esta imagen divina amenazaba con borrarse de su existencia, haciéndole imposible decirle lo mucho que se sentía atraído por su figura y personalidad. Pues, él, que siempre había sido un rey rudo y temible, dudaba volverse un cachorro solo para confesársele a alguien que seguro no entendía ni un por ciento de sus sentimientos. Una estrella que lo miraría siempre desde arriba.

Si le decía sus sentimientos, se hablarían en vano, llevados en un torrente de aire guiados hasta el océano, donde las olas se encargarían en destazar cada uno de sus mormullos contra las rocas. Mientras ella, Andrómeda, o mejor dicho la princesa representante de Orión, seguiría viviendo pensando que solo se trataba de cariño reciproco que se le daba solo como gratitud. Uno de los tantos que amaba. O… en el peor de los casos, uno de los humanos que Doragon venía a cazar solo por conveniencia.

Cuidadoso, llevó su mano hasta su cuello blanco y suave, removiendo algunos de sus mechones negros que insistían en arruinarle el marco. Un cuadro que quería inmortalizar con dicha estrella en sus manos, pintada con sutiles lienzos y combinaciones de colores celestiales que la volvían inigualable. La princesa, dueña de su nuevo latir y la ridiculez que un hombre de su edad se convertía por ella.

La estrella más linda y lejana que apenas palpaba en sus manos. Una que anhelaba guardar en su habitación hasta que su luz cesara y su vida con ella, pero, que por renunciar a su egoísmo sumamente conocido estaba dispuesto a dejar escapar.

—Espera hasta después de la fiesta —le pidió, esperando no sonar desesperado ante su partida. Pues él, Hiko, nunca pensó que estaría en esas condiciones pidiéndole algo a una mujer, mucho menos que no se fuera de su lado. Solo necesitaba tiempo, que lo meditara y entonces reconsiderara, para que al final de la noche lo buscara con otro tipo de respuesta.

—Sí, pero… necesito hablar con él, —advirtió ella con autoridad, no se doblegaría ni cedería esta vez, aunque se le requiriera—, ya sea en tu reino o bajo otro cielo. Es algo que no debe esperar. No sé cuántos vestigios tiene en su poder y cuántos estén esparcidos.

Él asintió, entendiendo que al final ella tenía la última palabra en su vida como para hacer lo que le placía. Y, que si aquellas cadenas del oráculo la detenían era solo por la obediencia y devoción que la princesa sentía como responsabilidad. Sin embargo, quiso recordarle algo más, tomara como lo tomara, solo esperaba que no se escuchara como una amenaza.

—Si haces algo en contra de nosotros los humanos… las cadenas te buscarán y no importa dónde te encuentres, te atarán y entonces sabes las consecuencias de estar atada a ellas por un largo tiempo —dijo con un amargo sabor en la boca. No deseaba recordarle, pero en verdad, aunque el fuera rey, ese poder divino no le pertenecía.

Ella aceptó sus palabras como mera verdad. Sufriendo una punzada por dentro de tan solo saber lo que le esperaría atada a esas cadenas por un rato. Su pasado, su dolor y sufrimiento seria atraídas en memorias una y otra vez en visiones, o hasta en carne viva cuantas veces fueran necesarias. Para obligarla a obedecer, para romperle el espíritu y quebrantarla… Ese era su castigo.

Y es que… ¿quién querría ese pasado nuevamente?

—Ella es un oráculo de mi reino —completó Hiko, diciendo la verdad—. Pero está bajo otro orden, sin embargo, entiende que no tengo el mismo poder para detenerla más que el humano. Y ella, junto a la guardia santa, fueron creados para defender a la humanidad y crear un vínculo con dioses antiguos. Eso quiere decir que incluso sin mis órdenes ella podrá actuar en tu contra.

La princesa asintió, guardando el único vestido con el que había llegado a la tierra en un bolcillo de viaje. Sabía que desde ese punto todo se complicaría. Se estaba separando de la humanidad sin dejárselos saber claramente e iría con Doragon para pelear por ellos. Y, aun así, se iba tranquila. Puesto que había hecho ya varias cosas por ellos. Los había unido y así quería que se mantuvieran hasta el final de los tiempos. Con vestigios o sin ellos.

—Lo entiendo —accedió dando un paso hacia atrás para separarse y mostrarle su arco—. Este es uno de los vestigios, «el arco de Orión». —Pausó sintiendo una segunda presencia muy cerca, una oscura y con intenciones diferentes a las de ese rey, así que decidió solo decir la mitad de lo tuvo planeado—. Se me otorgó cuando su casa me adoptó, y es el único que poseo. —Quiso decirle la verdad—. Si después de que hable con él las cosas no se aclaran, tú serás el nuevo dueño de este arco… y de mí.

Lo señaló, caminando hacia el balcón de su ventana, subiendo al barandal y dejando que el arco desapareciera en el cielo. Alzando las manos y regalandole otra sonrisa antes de dejarse caer al vacío.

Sorprendido, corrió hasta la orilla gritando por ella. Quedando aún más impactado cuando en el suelo fue incapaz de encontrar algún rastro de ella o de otra persona, más que un aro negro que se había quemado el pasto. «Tonta» pensó tapándose el rostro, recordando lo último que le había prometido. Si no se aclaraban las cosas ella se daría totalmente a él.

—Entiendo lo que has hecho con la información que te di —mencionó con burla la mujer vestida de blanco que apareció en sus espaldas—. Pero lo que me sorprende es que no le comunicaste que en realidad no podías hacer nada en mi contra no solo por mi poder —Su risa solo lo irritó—, sino porque soy tu hermana. La hija olvidada de esa que fue nuestra madre. Yo, la que para guardar apariencias… convirtieron en esto, dejándote en la historia como hijo único.

Hiko no estaba feliz con lo que le había tocado vivir a su hermana. Tampoco tenía la sensibilidad para decirle que parte de su resentimiento contra los dioses era por ella. Por sufrir toda su vida separados; su único familiar, fingir no conocerla mientras él era bien vestido y alimentado… y, ella sufría de frio rodeada de miradas lascivas y asquerosas en un cuarto a solas y en ayunas todos los días. Solo por una maldita conexión con los dioses, solo para aparentar y castigarla sin tener la culpa de nada más por parecérsele a su madre.

Quería también su libertad. Y, muy en el fondo de su corazón también deseó conocer al estúpido dios que la otorgaba y era justo, creador de las demás deidades. La imagen que se veneraba en el cielo y por la que se les acababa la vida. Por el que ella era sometida como una dama blanca. Por ese bastardo hijo de nada, el dragón del cielo, Doragon.

—Megumi, discúlpame, pero no quiero la lastima de nadie, mucho menos la de ella. —Dio la vuelta convencido. No quería la ayuda de ningún dios, y, si para llegar a su nivel debía demostrarle que era igual de poderoso y que podía contra Doragon...entonces lo haría. Todo por una libertad general y para ser visto con ojos diferentes de esa estrella.

—Bien, entonces te diré otra cosa con la que estarás placido.

El rey alzó la barbilla solicitándole con el gesto la información que tenía para darle.

—Sé de una manera en la que puedes volver a Doragon igualable. Entre más hombres conozcan su secreto más humano se volverá y por ende más débil. Lo único que necesitas saber es… su nombre humano. —Le guiñó el ojo despidiéndose de él, pero fue detenida con su mano fuerte y grande.

—Tú, ¡¿lo sabes?! —Presentía que lo hacía, mas no estaba seguro. Pero, si era así, solo era cuestión de gritarlo a una multitud donde su nombre fuera plasmado en la mente de cientos o miles y con eso podría devastarlo.

Megumi torció la boca, fingiendo hacer memoria—. No lo sé, aún —mintió zafándose de su agarre mientras salía riendo de su cuarto—, aunque te diré que esa misma condición la tiene tu princesa. Sin embargo, si tú la nombras o conoces su nombre será totalmente tuya al igual que su poder.

Salió del cuarto borrando su sonrisa rápidamente. Parte de lo que había dicho era verdad. Estaba sumamente interesada en darle nombre a la princesa para debilitarla y volverla un pedazo de «nada» y una inservible. Porque sus intereses no menguaban tampoco lo hacia su ambición de poder. Ya que era diferente humanizar a una supuesta princesa celestial que hacerlo con el dragón del cielo, del que deseaba todo. Tan solo con repetirlo sonaba inigualable.

Por su parte, quería que Doragon se mantuviera lo más fuerte posible. Que fuera inalcanzable y majestuoso hasta que la desposara, según sus planes. Los demás venían sobrando, incluso la vida de su muy supuesto hermano. El bastardo cobarde que la ignoró por años, disfrutando sin siquiera llamarla por su nombre hasta que se convirtió en rey. Sin siquiera darle el título de princesa que se merecía y degradarla como un instrumento asqueroso que todos querían poseer.

Pero bueno, si Doragon no cooperaba, ella tenía una idea de cuál era la debilidad de la princesa, mas si se equivocaba y dejaba al descubierto sus verdaderas intenciones tendría que pagar con su vida. Por eso, se lo había dejado a Doragon o a su hermano, ¡quién más daba!… Rio. A Doragon no le pasaría nada si se equivocaba en nombrarla, sin embargo, después sería más fácil saberlo. Tenía los instrumentos, su nombre, para debilitarlo… o era decir: a Kenshin.

III

Al caer sintió los mismos brazos suaves y cálidos que algunas noches atrás la habían sostenido de la misma forma. Sus ojos risueños y esperanzados se encontraron con los cálidos ámbares de él. Sin un saludo, sin ningún otro gesto, lo sujetó del cuello recargándose contra su pecho, sintiéndose confortada y alegre de aclarar su mente a su lado, mientras él, se aferraba a su cintura y a sus piernas aumentando su velocidad para desaparecer en el bosque de siempre.

No entendía lo que sentía por él como para poner en duda su fidelidad, incluso dejar el lado de los humanos y tratar de ayudarlos desde el lado de Doragon, su verdugo. Y, aun así, su corazón le decía que era lo correcto, lo que le hacía feliz. Lo que terminaría ayudándoles en el futuro. Ya fuera locura o estuviera fuera de lógica, aunque fuera tener que hablar de esto y verlo a la cara le hacía sentir paz. Verlo a él, el que la plasmó en el firmamento después de saber la historia de su vida.

—Necesito —Lo escuchó suspirar, la voz se le entrecortaba ya fuera por la velocidad o por el abrupto esfuerzo que estaba haciendo para hablarle mientras la cargaba— que me digas algo que posiblemente cambiara de nuevo las cosas, Ori.

La princesa aceptó, angustiándose en secreto cuando él no volteó a mirarla. Se trataba de algo grave, así que movió las piernas a un lado obligándolo a detenerse, aunque aún seguían un poco cercas del castillo.

—Habla, dragón, hazlo y sé claro.

—Tu vestigio, necesito tenerlo —le solicitó sin desviar la vista esta vez. Prefería que estuvieran en sus manos y esparcirlos en la tierra una segunda vez ya que ahora ya no se trataba de su voluntad, tampoco confiaba que ella les negaría a los de ese mundo tener el suyo. Pues, aunque la humanidad jamás tendría los siete vestigios ya que él poseía tres de estos y estaba seguro que ella poseía dos, sin los suyos, los humanos jamás caerían. Sin embargo, con la unión de dos o más artefactos, entre ellos, varias estrellas comenzarían a caer.

Era eso, ¿huh? Siempre, lo que el rey le había dicho, terminaba siendo verdad.

—No. —musitó ella agachando la cabeza, desilusionada mientras su corazón se rompía en mil pedazos—. Podré darte todo lo que tengo, mas no mi amor por ellos.

«Todo lo que tengo» esas palabras retumbaron en su mente una y otra vez, junto a aquellas imágenes que la tenían a ella y que lo habían acompañado desde el primer momento en que la había conocido. Y es que, hacia solo algunas horas se había dado cuenta de la diferencia entre ese amor que le tenía y el que los humanos poseían de su parte.

Dio un paso hacia enfrente y estiró su palma abierta con una luciérnaga dorada mientras que ella hacia lo mismo, pero con una mariposa de luz.

—En el cielo, dicen que nuestro espíritu brilla aún más cuando nuestros sentimientos están claros, y, que conocemos cada detalle de nuestro pasado cuando estos dos se unen. Tú, ya viste el mío cuando neutralizaste mi sello y tomaste de mi espíritu, comprendiste mi tristeza y mi soledad aun antes de que pudieras hacerlo, de todos eres tú la que más me conoces por compartir mi esencia. Así que Andrómeda, muéstrame el tuyo, muéstrame lo que eres…

La princesa no entendió por qué se le solicitaba dicha cosa sin sentido, pero, mostrarle su esencia era mejor que entregarle ambos de sus vestigios. Así que cerró los ojos y dejó que su espíritu fluyera, Detrás suyo, la forma plateada de una princesa se formó, alta, traslucida con bordes de luz, su cabello largo y sedoso, vestida de forma majestuosa mientras sus facciones se iban descubriendo poco a poco. Tan delicada y hermosa. Ella era ella, su viva imagen sin ninguna alteración.

Tras él, la forma de su dragón también surgió, con el mismo resplandor que lo hacia el espíritu de la princesa. Su esencia rodeó a la forma alta de la mujer quedando a tan solo centímetros de su vista, esperando y viendo su vida a través de sus ojos.

—De pequeña, amabas pasar tu tiempo en un jardín tranquilizándote por la fragancia de las flores, sin desearlo, ese fue el último lugar que visitaste antes de que fueras sacrificada por los que más amabas. Sin embargo, ese recuerdo, la fragancia de las flores, fue lo último que te dio valor para morir por ellos —Droagon se acercó, limpiando una lagrima de la mejilla de ella, acariciando su rostro mientras posaba su frente contra la suya—. Perdóname —Sabía quién era ella.

Ella negó sin entender, pero cuidadosa de no romper el contacto.

—Perdóname… —volvió a repetir él con voz quebrantada mientras que de sus ojos también comenzaban a rodar un par de lágrimas cálidas y saladas, y, sus labios rozaban suavemente los tiernos de ella, dejándole conocer su sabor. Durante sus suspiros y el acto siguió murmurando las siguientes palabras: —. Perdóname, por favor, por no poderte liberar de esta forma.

El dragón escarlata rodeó la esencia de la princesa, llegando hasta sus labios donde también posó un beso que jamás fue visto por sus ojos humanos. Durante ese acto ambos sellos se unieron como uno solo, justo con el suyo al comienzo. Y, entonces, aquella libertad que se le fue prometida cuando se le fuera nombrada, aquella vuelta al cielo cuando esto pasara… nunca ocurrió.

—Perdóname, Kaoru… mi princesa.

Continuará…


Notas de autor: Gracias, Dulcesito y Abi!