LA PRINCESA Y EL DRAGÓN—

POR ZURY HIMURA


Gracias por leer, que disfruten…

Disclaimer: los personajes no son míos, mas que los inventados.


DRAGON'S FLAME

UNTIL THE WORLD DIES

Capítulo 15

I

—Sagara, tengo una duda… —Lo haló Makimachi hacia las sombras cuidándose de las docenas de hombres del ejercito enemigo, junto a los suyos que se les habían unido, y que comenzaban a hacer filas para emprender marcha. Se hablaba del comienzo de la caza de Doragon y la ejecución de sus aliados sobrantes—. ¿Qué le diremos a Doragon cuando llegue y vea lo que ha pasado?

El muchacho a su lado limpió su frente con el dorso de su mano y suspiró profundamente, aguantando el dolor en uno de sus costados. Esa herida fue infringida por uno de sus propios hombres al revelarse en su contra mientras los demás lo respaldaban. Si hubiera sido una batalla limpia, uno a uno, o al menos un puñado contra él solo estaba seguro que habría ganado. Sin embargo, cuidar de una niña que no parecía mayor de dieciocho años y que no había sido mas que amable con él todo el tiempo, mientras que más de cien hombres los amenazaban obligándolos a seguirles en su traición contra Doragon, no le había facilitado las cosas.

¿Por qué ese turno de eventos?

La razón era simple: los vestigios y lo que se decía de ellos. Más bien, lo que Doragon había dicho de ellos y lo mucho que ahora le temían.

Ya no se trataba de terminar con tan solo los que le oraban, no, esto era más grave. Esos hombres que le habían jurado lealtad hubieran muerto honorablemente después de que este dios todopoderoso terminara su misión; eso si el suceso brindaría paz y tranquilidad a sus familias y larga vida llena de prosperidad. Sin embargo, la idea y existencia de vestigios que estaban supuestos a acabar con la humanidad solo para llegar a él… era una aberración que no tolerarían. Algo inconcebible. En otras palabras, era un precio que, sus aliados en el pasado, no estaban dispuestos a pagar. No deseaban ser usados, puesto que jamás entregarían, a la perdición y la miseria total, a sus familias, lo más amado para ellos.

Así que habían determinado que en lugar de 'esperar a que eso ocurriera' lo mejor era matar a Doragon antes de que los vestigios fueran unidos. Pero entonces, esa mujer llamada Megumi, vestida de blanco y rostro perfecto, llegó hablando de parte de los demás dioses. Explicando una verdad diferente a la que su líder les había dado. Según ella, todo se trataba de una farsa, por eso Doragon les había mentido. Pues su misión principal era la aniquilación total de la raza humana y no solo unos cuantos. Y, que para que eso ocurriera necesitaba los vestigios para usarlos en su contra. Por eso su creación, y, exacta razón por la que los humanos su unieron, rompiendo la regla de los dos bandos y formando uno solo. 'Eran hermanos después de todo' 'una sola raza, una sola sangre'. Tenían que estar unidos, juntos, contra alguien que ni siquiera era de su naturaleza y que había bajado ahí solo para dividir.

—No lo sé, Makimachi, pero por ahora necesito descansar; esto tiene que cerrar antes de que me pueda mover como mono a través de los árboles y seguirte el paso —bromeó, tomándola de la muñeca para revisarla, la cual había sido atravesada con una flecha en su encuentro y antes de que lo hirieran. Cuánto le pesaba no haber podido cuidarla de mejor manera—. Si quieres puedes ir con ellos, estarás mejor de ese lado.

No planeaba arrastrar a una niña, —bueno, ni tanto porque solo se llevaban por dos años— a una guerra que posiblemente perderían. Pues antes de que todo se desatara había visto al ejercito del rey obtener un cofre sagrado del templo de Perseo, donde supuestamente se encontraba uno de los vestigios. Con esto como prueba infalible, si al menos pudiera alejarla y salvarla ahora que no estaba Doragon y antes de que fueran encontrados por las manchas de sangre que seguramente ya eran rastreadas, moriría feliz.

La muchacha se acorrucó a su lado, sin importar el sonrojo que había ocasionado, y lo tomó de la mano, mientras posaba su cabeza contra su pecho—. No te dejaré, esperaremos a nuestro salvador juntos… y si no llega, entonces moriremos así.

Un nudo se formó en medio de su garganta. Lo que esa niña estaba diciendo eran locuras, tan estúpidas que quiso separarla y arrojarla a un lado para que la descubrieran y se la llevaran. Pero la verdad era que siempre estuvo solo, y, sólo hasta el momento de su muerte quería estará acompañado. ¿Un deseo egoísta? Tal vez, pero el único que quería que se le cumpliera.

Y, si todo era por Doragon, sólo tendría otra cosa que agradecerle pues sin él nunca hubiese llegado hasta ahí, nunca hubiese conocido a Makimachi su amiga y compañera… no estaría muriendo a su lado ni acompañado. Seguiría vagando en las calles, esperando qué hacer, trabajando solo para sobrevivir día a día, esperando conocer un amigo, la familia que perdió cuando su madre se fue, aunque su recuerdo lo atesoraba. Estuviera en la oscuridad de la soledad infinita.

—Con tus habilidades puedes escapar e ir hacia Doragon, solo ten cuidado con esa mano, que no la podrás usar —le aconsejó, posiblemente la flecha había dañado más de lo que se veía y jamás volvería a hacer uso de esa ella, aunque era incapaz de decírselo en ese instante. Sin embargo, quería darle esperanza para luchar y no de conformarse con un final deplorable.

—¿Tanto confían en mí?

Ambos se sobresaltaron al escuchar su voz detrás de los árboles, donde poco a poco él emergió para dejar expuesta completamente su figura. Primero, Makimachi se levantó de un salto, corriendo hasta llegar a su lado para abrazarlo a pesar de que se trataba del respetable dragón al que se temía. Luego, Sagara, como pudo, llegó hasta la base de sus pies, sin verle a la cara.

—Se han llevado otro vestigio y no pude hacer nada, perdón, yo…

—Lo sé —lo interrumpió Doragon hincándose un poco para observar su herida—. No necesitas pedir perdón, hiciste lo que debías al salvarla. —Podía ver la pureza de su corazón y lo valoraba genuinamente—. Por otra parte, esa es la naturaleza humana, cuando no hay escapatoria algunos venden sus almas con tal de salvarse —Le sostuvo la mirada y luego sonrió con calidez y gratitud—. Solo algunos...

Sagara desvió la mirada. No estaba listo para que le halagaran a tan corta distancia, no por un hombre y tampoco en esas condiciones.

—Perdón —se disculpó Makimachi, llamado nuevamente su atención. Esta vez Kenshin se dio cuenta de la herida en su mano y lo rasguñada que estaba su cara. Lo cual solo despertó furia oprimida en su interior.

—Perdón a ustedes, por dejarlos solos y no cuidarlos —El pelirrojo se irguió tomando ambas de sus manos.

El chico a su lado se puso de pie con cuidado y lo cogió del cuello, encerrando la tela con su puño—. Ni te atrevas —lo amenazó escrutándolo con ojos cristalinos—. Estamos para ti, viviremos para ti no importa el tiempo, te creemos… te creeremos. Así que no te humilles, no nos humilles, despreciando el valor de nuestras vidas que te hemos ofrecido, no, cuando aún seguimos vivíos. No somos tan patéticos como para hacer que un dios se postre ante estas heridas.

Con una sonrisa Doragon asintió, dejando salir una luciérnaga color ámbar que se dividió en el aire para ir en busca de las heridas de ese par. No podría quedarse con ellos y esperar a que sanaran, pero dejaría una parte de él para que los protegiera y los ayudara físicamente en lo que regresaba. Tampoco deseaba abandonarlos, pero con el conocimiento de que un vestigio estaba en las manos de esas personas debía actuar con prontitud para regresar a Kaoru.

—Debo irme y alcanzarlos. —Se detuvo a pesar de que ya les había dado la espalda. Giró lentamente y regresó sus pasos para abrazarlos. Era la primera vez en la que tocaba a un humano de esa forma—. Descansen aquí, pues las cosas desde este punto se complicaron. No me deben nada, no necesitan hacer nada, su vida es suya y les pertenece. Actúen con libertad y nunca la pierdan sirviendo a alguien más. Gracias por ayudarme, por ser mis amigos y desvanecer mi soledad. Aquí o en otro tiempo espero volver a verlos.

El se retiró…

Como una ráfaga de nieve en una noche oscura.

Con porte lleno de soledad y melancolía,

Desapareciendo como aliento en el aire.

¿Por qué se despedía…?

II

Su esencia fue percibida rápidamente, mientras las hojas viejas de los arboles crujían a sus espaldas por el peso de sus pasos. Con la delicadeza y elegancia, la calma y cuidado con la que se daban, fue advertido, mientras, ella esbozó una sonrisa girándose para encararlo. Lo había esperado, hasta que se despidiera de sus amigos. Y, ahora que lo tenía, a Kenshin, podía verlo cubierto con una capa negra de pies a cabeza mientras que solo unos mechones escarlatas se resbalaban por su pecho y sobre la tela. Quieta, esperó expectante de saber su reacción por lo que tenía en las manos.

—Sabía que vendrías y solo por eso los he dejado vivir —confesó ella acariciando el cofre elegante y color carmín que reposaba en sus manos—. Tengo dos vestigios ya, Aquila y Perseo, y, aunque te he dado el tercero abstraje la esencia de Tauro y la coloque en las cadenas de Andrómeda. En otras palabras, tengo tres en mi poder.

Kenshin dio un solo paso. Recordó que siempre, desde que su admiración por los humanos comenzó, quiso creer que ellos poseían un don, con el cual podían revertir las cosas y crearlas en bondad. Algo así como regresar el tiempo y corregir sus errores, claro, sin que efectivamente lo hicieran. En sí, siempre deseó ver lo mejor en ellos y saber que reaccionarían a tiempo para cambiar. Con esta mujer, desde el momento en desarmó el cuerno y se dio cuenta que la esencia faltaba, esperó que sucediera.

Sabía que nubes oscuras abundaban en su corazón y que por esa razón no pudo verlo. Sin embargo, no podía matarla, no, cuando le dio su palabra a la princesa. Aunque se tratara de él, la contradicción andante de alguien que venía a acabar con la vida de los que le conocían.

—Piénsalo —Presentía lo que tramaba y la miró fríamente—, por alguna razón esos vestigios estuvieron resguardados con sellos sagrados, dispersos en la tierra e inactivos. Al principio, solo eran recuerdos poderosos, pero cuando fueron usados como contenedores de esencias sus propósitos cambiaron y sus naturalezas también.

Megumi le dio el cofre a uno de los tantos soldados que la acompañaban. Ahí tenía alrededor de cinco mil soldados que ya se habían congregado por orden del rey, sin contar a todos los demás que ya estaban en camino, provenientes de los otros cinco templos en los que habían estado montando guardia. Al parecer ya no esperarían a encontrar los demás vestigios.

—Me imaginé lo que implicas. Pero... —Se acercó ella atreviéndose a quitarle la capucha de la cabeza, era aquel que siempre había admirado. Aquel que siempre quiso conocer. Entonces, con su dedo índice rozó la piel de sus labios con sutileza—...sigo siendo un alma solitaria, a la que ningún hombre quiere conocer por temor a la ira de un dios. Por eso, quiero consagrarme solo a uno, quiero darle mi cuerpo a aquel de mayor poder para olvidarme de esta tierra y sus siete coronas. Te daré los vestigios.

Kenshin quiso dar un paso hacia atrás, pero dentro del agarre de la mujer había algo que simplemente lo atrajo, e imaginó que se trataba del sello en las cadenas de Andrómeda que ella seguía en alguno de sus brazos. Después de todo seguían conteniendo parte de su esencia y dentro de él parte de está residía también.

—¿Qué quieres? —Quiso saber de una vez. Ningún hombre daba grandeza a cambio de nada. Menos esa mujer, ella daba grandeza a cambio de algo superior.

—Amas a los inocentes tanto a los pecadores y no estás dispuesto a que nadie sufra lo que está por venir, todo por Ori. —Se enderezó seria, solo quería demostrarle que esta vez sí estaba dispuesta a cerrar el trato. Prácticamente traicionaría a su rey—. Por eso… hazme tu princesa, no, hazme tu reina y sírveme. Cae a mis pies y ámame a tal grado de que sea yo la única que veas, la única que escuches… la única por la que serías capaz de dar todo lo que tienes. Yo… por mí… sirve a esta princesa.

—¡¿En serio?! —Gritó Makimachi, quien había salido de entre los arbustos con Sagara apoyándose de ella.

—¡¿Si sabes a quién le estás hablando, cierto, bruja?! —Completó el muchacho quien sostenía su herida junto la luciérnaga de Doragon, el cual solo se giró levemente para reprobar su presencia.

Ya ni modo. Era tarde, habían estado ahí y habían salido por coraje. Nunca dejarían que un dios de su calibre se arrodillara ante una humana con delirios de grandeza, mucho menos para salvarlos a ellos… otros humanos.

—Fueron tan idiotas que no apreciaron mi regalo de dejarlos con vida, ¿eh? —Llamó a las tropas con la sola señal de su dedo—. El rey está por llegar y tampoco tendrá piedad. Así que mueran por mí, para mí.

Ante esto Kenshin dio un paso a un lado interponiéndose enfrente de ellos para protegerlos. Solo estaba dejando entrevista su debilidad, pero se lo había prometido a Kaoru, la mujer a la que amaba.

A la única…

—Juro… —comenzó Kenshin diciendo. Alzando las expectativas de Megumi al empezar con algo tan comprometedor que solo la hacía esperar el acto que siempre había deseado—. Que sólo serviré a una mujer y tendré una princesa a la que honraré durante mi existencia. Juro que daré mi vida y alma y que sólo ante ella me postraré. «Juro» protegerla con todo mi poder y rendirme a sus pies con tan solo una de sus palabras. Y «juro» amarla siempre

Kenshin se detuvo solo para desenfundar su katana y ondearla levemente a su lado para dejarla al descubierto.

, Oráculo, puedes tener lo que quieras de mí. Puedes pedirme y acabar con todo si eso te place. Pero mi juramento se ha hecho a una sola princesa y me daré solamente a ella. Esa princesa, la ama a la que serviré… no eres tú.

Que serviría.

Que amaría.

La Oráculo reaccionó de la peor manera posible, enrollando fuertemente las mangas de su vestido mientras gruñía con desesperación. Nunca la habían humillado tanto en su vida y juraba que nunca lo harían. Furiosa, caminó hasta el soldado que cargaba el cofre y lo abrió, sacando una pluma dorada de entre sus ropas, mientras usaba su sello para romper el de los artefactos.

—Tú eres el dragón del cielo, el poderoso e inigualable. El que nunca cae ni se subestima —gruñó dándole la orden a los demás soldados para atacar si el trataba de acercársele—. Entonces, ¿por qué decides humillártele a esa estúpida princesa subyugada? ¡¿Por qué a ella?!

Estuvo por hablar, pero el acto que le siguió lo detuvo.

—«Eso…» —Varias flechas cayeron del cielo creando una luz enceguecedora para detener a los soldados que se habían acercado hacia donde Doragon esperaba con katana desenfundada—. Es cosa que a ti no te importa —añadió Kaoru quien había llegado a tiempo, pero había aguardado solo para escuchar el juramento de Kenshin—. Doragon es mío.

Megumi se hecho a reír, tomando el escudo de Perseo y levantándolo en el aire mientras el diamante se iba formando hasta crear la capa delgada y hexagonal que formaba su sello. Luego, cogió la pluma y la insertó en medio de esté antes de que terminara de formarse. Cuando al fin los seis lados estuvieron formados y la pluma dorada quedo inmortalizada dentro del escudo inquebrantable, lo plantó en el suelo, esperando las consecuencias de su maldad. Entonces abrió la boca para hablar con su carta triunfante—. Tu nombre, oh gran Doragon... Ken..

En seguida, los cielos se nublaron levemente y la luna ocultó el sol dejando solo un aro de oro para alumbrar a la populación. De las nubes cayeron truenos, alertándolos de que se avecinaba lo peor.

Kaoru corrió arrojando una de sus flechas negras al aire para que Makimachi la cogiera—. Úsala y sal de aquí —Entonces, llegó hasta Doragon usando una segunda para crear un campo temporal que solo serviría por unos minutos. No dejaría que esa bruja dijera el nombre de Kenshin así como así.

Rápido, lo tomó de la mano y lo haló tras ella sin importarle por primera vez lo que pasara con los humanos. Pues sabía que después no tendría tiempo y sería demasiado tarde para lo que la había llevado hasta ahí.

—¿Qué haces? —Preguntó decidiendo correr más rápido y cogerla entre sus brazos para ayudarla. Ni siquiera sabía a dónde se dirigían, pero se dejaría llevar—. Sabes que, aunque lo diga no puede debilitarme con eso. —Lo sabía. ¿Entonces por qué?

Kaoru le pidió que parara y bajó de su regazo. Se puso de pie y le miró tímidamente, apresurándose antes de que el efecto de su poder terminar—. Lo sé, pero desde hoy correré contigo, mas no de ti. Quiero verte a los ojos y saber que eres mío. Escucharte decir que soy yo lo que necesitas para terminar con tu soledad y apaciguar tu ira. Ofrecerte mi todo y nunca rendirme a tu lado. Saber que en este mundo o en cualquier otro tiempo… seré tuya y estaré por siempre a tu lado. Serás mi único amor, hasta que la infinidad del tiempo y el olvido me extinga, hasta que la flama del dragón del cielo se apague y todas las estrellas colapsen, hasta que tu mundo se apague. Aun después de esta vida y la muerte puedas llamarme. Te pertenezco, te elegiré a ti y estarás primero. Con esto… te doy todo lo que soy, te doy todo de mí. Así que por favor acéptalo.

—¿Sabes lo que acabas de hacer? —Murmuró Kenshin tomándola de los brazos, mientras ella negaba y asentía, confundiéndolo. Su tiempo se había acabado y pronto estarían rodeados de los soldados del rey Hiko guiados por la Oráculo, quien había escuchado su promesa—. Te acabas de convertir en mi reina —La tomó del rostro besándola fuertemente, mientras los hombres a su alrededor seguían acercándose para acabar con sus vidas.

—Hasta que los universos se extingan… —comenzó él con voz entrecortada.

La orden para el mejor arquero del ejercito fue dada. Hombre que cerró los ojos a pesar de que el cielo se fue oscureciendo y algunas estrellas comenzaron a brillar de forma extraña. Calmado, ajusto las dos flechas que atravesarían la espalda de Doragon. El blanco era justo, la dirección era la correcta.

—Hasta que el tiempo perezca… —añadió ella sujetando su mano, mientras lloraba.

Atravesaría su corazón en un segundo después de que sus dedos soltaran la cuerda. Así, guiñó desprendiendo uno de sus dedos.

—Hasta el más allá.

La flecha salió disparada a alta velocidad. Acabaría con la leyenda que comenzó con un dragón y una princesa. El destino era el corazón de esté que se había dado al mundo y después a ella.

—Seré tuya —dijo ella—. Seré tuyo... —pronunció él. Y, entonces, ambos terminaron:—. Hasta que todo acabe.

Continuará….


Notas de autor: «comentario random» Mañana, acá en mi país, se cierran las elecciones presidenciales. Estoy tan acostumbrada a la paz, que me da cosa despertar el miércoles con odio en las calles. Tiempos duros se acercan, gane quien gane. Esta elección solo despertó una bestia que nadie sabía que habitaba en eeuu. Estoy segura que nada será lo mismo.

«Broma de mi amiga» pidámosle ayuda a los illuminatis, hehe. ¡Me hiciste el día!

Por otra parte… gracias por el apoyo de todos y por leer y seguir mi trabajo. De verdad muchas gracias.