—LA PRINCESA Y EL DRAGÓN—
POR ZURY HIMURA
Gracias por leer y comentar. Les agradezco de corazón. Que disfruten el capítulo.
Disclaimer: los personajes no son míos. La historia sí.
DRAGON'S FLAME
UNTIL THE WORLD DIES.
Chapter 16
Desde su primer regaño hasta su ultimo amor. Desde el primer roce de sus dedos hasta el último beso…
Su memoria estaba grabada en ella y él valía tanto hasta el punto de dar la vida.
Siempre, toda su vida, creyó en el mito… en la leyenda de lo elocuente que podría ser el amor verdadero. Lo irremplazable y lo valioso que era cuando se encontraba, y lo hermoso y sutil cuando se tenía entre tus manos. Pero también, lo melancólico y crudo que muchas veces solía ser. Lo desesperante y desolador que se clavaba en ti como huella. En su caso, ella experimentó de todos los conceptos habidos. Desde la dulce ilusión hasta el dolor de su tragedia.
En un hombre conoció lo que era ser amada, respetada y verdaderamente atraída sin la necesidad de beneficios materiales como los que tenía en su hogar. Con él experimentó lo ilusión grata y el guardar una esperanza que no se extinguiría, aunque las flamas de las adversidades se avivaran.
Porque lo tenía, era suyo y fue feliz.
Cabía decir, que, por primera vez, en este joven, conoció lo que era la libertad. A comparación de todas las historias tristes que sus compañeros soldados contaran, la de ella era una alegoría rosa que rozaba lo patético junto a la de ellos. Sin embargo, también estaba teñida de sombras y dolor. Uno que nadie conocía y tal vez nadie entendería. A ella la rodeaba la soledad nuevamente después de su primer amor. Compañera eterna que nadie sustituiría… hasta el final de los tiempos.
Aunque las memorias a su lado, siempre fueron una luz, el amor que aún le guardaba era tan potente que muchas veces quiso arrancarse el corazón para asegurarse de que lloraba de felicidad y no por la vesania. Pues su sola presencia llenó su vida más que lo habían hecho mil experiencias perdidas y vanas entre la sociedad. En las fiestas, en su casa o doquiera. Lloraba porque lo tuvo y lo perdió.
Estar en sus brazos era la felicidad materializada y la prueba más grande de que un dios existió y los unió por una oración. Una que se le fue confesada, junto a los recuerdos que dejaron en ella lágrimas de felicidad, así como de tristeza, cayendo y fluyendo justo como la lluvia que había visto esa última ocasión que lo tuvo en sus brazos. En aquella vez que escuchó hablar del dragón del cielo, cuando perdió a su máxima adoración.
Aoshi Shinomori, era el hombre que dio la vida por ella a mano de otros humanos. ¿La razón del ataque? Era desconocida. Estaba segura que ambos habían sido solo víctimas de una casualidad y burla de su destino. De un presente que detestó y blasfemó a los cuatro vientos. Aún más cuando por culpa de desconocidos perdía lo que la había sostenido y vuelto flor, lo que le había devuelto las ganas de seguir viviendo cuando la apatía y soledad junto a la depresión de un mundo materialista estuvo por absorberla.
Él murió por ella atravesándose entre las espadas. Entregándose a la muerte fría y oscura con tal de darle su luz. Fue este ser maravilloso e intachable quien sembró su felicidad dentro y quien con su muerte hizo marchitar toda su vida en tan solo un día. Fue ese maldito sacrificio que aborreció… pero adoró y valoró como la más grande prueba de amor. Su prueba de amor.
Después de este hecho, de sepultarlo y guardarle luto, mientras iba en busca de las flores más lindas de la capital y ofrecerle respeto, encontró a Sagara. Un chico medio despeinado que se encontraba pregonando en las calles sobre la venida de Doragon, ese dios al que su madre alguna vez le había rezado. Ese mismo al que su Aoshi Shinomori había alzado su última plegaria para que la protegiera en medio de su agonía. Era ese dragón al que se la había encomendado… deidad que se había humanizado parcialmente para acabar con su nombre, por hacer uso de su amor incondicional.
Pero… por las cosas que Shinomori le había enseñado sobre él… lo entendía. Suponía que no venía especialmente a destruirlos sino a detenerlos. Salvarlos de ellos mismos, antes de que su amor terminara con el suyo. Todo por el sobreuso de su nombre y poder… de su sentimiento que nunca pidió nada a cambio. Pues los seguía amando en medio de su ira.
Fue en ese instante en el que escuchó de su grandeza y bondad, pero también de su furia y de su determinación en la tierra. Pero más que nada, su figura representaba las creencias del hombre que perdió, una conmemoración viva de lo que los unió. Al que tenía que agradecer por haber conocido… el dios que despertó el anhelo de conocerlo cara a cara y decirle gracias.
Por curiosidad y para que su vida no marchara sin propósito, lo siguió. Para que la tentación de quitársela no abordara sus sueños y quebrantara su promesa a su único amor. Deseaba conocer a Doragon para que algún día pudiera entregarle su vida, así como lo hizo su amor. Y no sé… tal vez, en el transcurso él podía cumplirle uno de sus deseos después de la fallecer. Reunirse con el amor que le enseñó lo mejor en vida y lo probable en la muerte. El que le dio una esperanza de un futuro lleno de ambas opciones a su lado. Y, quien creyó y estuvo seguro en un dios que cumplía promesas; lo creía tras confesarle que le había pedido a Doragon conocerla… y se lo cumplió.
Por eso ella creyó...
Si Kenshin fue el responsable de unirla a Shinomori por medio de una oración, ella también deseaba encontrarle. Porque al final había sido la mano de un hombre quien se lo arrebató … y no un dios.
Sus ojos se cristalizaron y de ellos cayó una gota abundante y limpia sobre su pecho. Miró sus manos frías tiñéndose de rojo mientras sus dedos temblaban, sintiendo la calidez de la espalda, de quien había protegido, contra la de ella mientras sus piernas se doblegaban junto el peso de todo su cuerpo. Pero su sorpresa fue sentir las manos del dragón al que había añorado conocer hacía meses, sosteniéndola, con cuidado y alarmado, mientras a sus espaldas una mujer joven y hermosa vestida en escarlata se asomaba al mismo tiempo que sacaba su arco y lanzaba flechas a su alrededor.
¿La conocía? No creía… pero por la manera en la que actuaba podía decir que se trataba de la princesa a la que Doragon había jurado amar.
Veía decisión en su rostro, coraje en el frunce de sus hermosas y delgadas cejas negras. Mientras un par de lágrimas rodaban sobre sus mejillas. Su postura era recta y digna, mientras sus dedos dejaban salir con elegancia varias flechas seguidas unas de otras, sin parpadear. Lo sentía, sonaba frívola aun en sus pensamientos, pero, creía que esa mujer aun en esa condición, dando la cara por su dragón era digna de ser plasmada en su memoria. El escenario más perfecto y épico de lo que era una diosa.
Por otro lado, aunque deseaba, no podía escucharlos, solo los veía hablándole junto a Sagara, quien claramente golpeaba el piso a su lado mientras su rostro sucio se empañaba de lágrimas. Incluso, podía ver a Doragon desesperado pidiéndole a Ori algo, mientras ella seguía alejando al ejercito con su arma. Éste le señalaba el sello en la parte blanda de su muñeca, como si la necesitara para romperlo, y la herida de flecha que trataba de sanar en su cuello.
Sí, su cuello.
Al final había sido ella, Makimachi, quien con tal de proteger a Doragon había entregado su vida sin pensarlo. Solo esperaba que donde quiera que Shinomori estuviera no tomara eso como un suicidio y que le había fallado en su promesa. Pues su acto había sido apresurado; no lo había meditado tanto como para olvidarse de esta. Su intención fue solo protegerlos, y, creía que Aoshi lo aprobaría.
Solo… los había visto a ambos, la princesa y el dragón, con un futuro que ya ni siquiera unos mortales como ella y Shinomori tenían en sus manos. Uno que ella deseó lleno de felicidad para ellos. Una pareja, una oportunidad de un amor verdadero que en ella se extinguió.
Pero ende, estaba satisfecha. Moría por algo que la enorgullecía y se iría en paz.
Aun así, aunque la muerte la llamaba y ellos la miraban con desesperación, de la mano de Doragon… ah, era decir, Kenshin, sí, porque por fin pudo leerlo de los labios de la princesa, salieron miles de luciérnagas inspiradas en su bondad. Vaya, tonto, vaya mentiroso. Quiso tener voz para decirle y recordarle su promesa… ¿qué pasaba con venir a exterminar a todos lo que conocían su nombre? Entonces… ¿por qué su piedad?
Ah… ya entendía.
Miró a Ori, quien seguía arrojando flechas cubriendo a Doragon por todas las direcciones, pues si se detenía estarían perdidos. Ah, cuánto la admiraba, al proteger a su hombre de esa manera. Había dejado a un lado su amor por los humanos y él su rencor contra ellos. Era esa mujer. Ella le había devuelto algo que había perdido por los que alguna vez amó. Pero…
¿Qué pasaba? Podía verlos cada vez menos. Sus rostros se iban borrando y su visión se nublaba. ¿Se estaba muriendo? ¡¿Pero si era así por que no dolía?! ¡¿Qué ocurría?! ¡¿A dónde iría si todavía no le decía su deseo a Kenshin?! No podía irse así…
Pero entonces, el peso de su corazón se aligeró, sintiendo una flama de calor irreconocible en su interior. Una sensación que la calmaba y apaciguaba, que la arrullaba justo como la hermosa voz de su madre que la hacía dormir para que no viera cuando su padre llegaba abrumado por el alcohol y mujeres. Podía escucharla a ella y entonces, una promesa entrecortada de la voz de su dios.
—Porque. Tu vida… Aquí o en otro tiempo. Tu corazón, es una promesa.
Ah, no lo entendía, pero sabía que ya no podía aferrarse neciamente a una vida que ya no le pertenecía. Era un adiós a los vivos, a esos humanos que al igual que a su amado le quitaron la vida… la que regaló con tal de proteger.
—Lo siento, mi vida es mía. Shinomori… —Un amor que no pudo ver ni en sus últimos momentos, pero fue un precio que fue suplantado por el regalo de morir satisfecha y sin pena—. Gracias, Doragon.
II
Kaoru miró seriamente lo que Kenshin había hecho con el cuerpo de la joven. En sus últimos momentos le había otorgado paz, al no tener el tiempo de sanar sus heridas y no poderla salvarla. Pero, lo más importante habían sido dos cosas. La primera, era que le había hecho una promesa con todo el peso de su corazón. Y, la segunda era el regalo de un lazo que trascendería donde quisiera que estuvieran, volviéndola luz de sus luciérnagas que volaron en el aire como el polvo cósmico brillante.
Sorprendida pero reconfortada por ese paso, se sintió aliviada, decidiendo mirar hacia otra dirección para respetar su luto, pero también apenada por no tener el tiempo de romper y liberar el sello junto al poder que ella había neutralizado. Eso hubiera servido de mucho en esos momentos, pero simplemente no podía permitir que una lluvia de flechas y espadas viniera sobre ellos mientras lo rompía. En un instante salió de sus pensamientos y entonces, fue halada de la mano por Kenshin quien ayudó a Sagara con la fuerza de su otro brazo, después de que ambos terminaran de secar sus lágrimas.
—Mira el cielo. Las estrellas caerán —advirtió él apretando su mano mientras caminaban más de prisa y el ejército contrario se recuperaba de las flechas que ella había utilizado para neutralizarlos.
—¿Y ellos? —Preguntó Kaoru, no podían dejarlos morir. Tenían que regresar y separar esos dos vestigios. No podían dejar que… Se detuvo, observando los ojos irritados de Doragon—. ¿Viste lo que había dentro de ella antes de morir, no es cierto? —Lo sentía temblar y caminar más lento de lo normal.
Él asintió mas nunca paró.
Y, hasta ese momento lo entendió. Era un dolor constante cada vez que alguien que él amaba moría, eso significaba que por cada humano que fallecía experimentaba dolor. Entonces… él… toda su vida, desde la existencia de estos no solo había estado en soledad, sino en dolor. Cada instante, cada segundo y cada respiración. Y aun así… había aprendido a ser fuerte.
Con un nudo en su garganta, apretó más fuerte su mano. Quería parar y sanarlo, abrazarlo con todo lo que tuviera y sostenerlo en sus brazos. Decirle que lo amaba y acariciarlo hasta que pudiera grabárselo. Quería remplazar toda su agonía por sonrisas y felicidad. Hacer algo por él…porque dentro de ella reconoció el dolor por él.
Pero…
Miró hacia el escudo y la pluma enterrados en la tierra mientras las estrellas caían. Separando la tierra, rompiendo a los humanos que eran la debilidad del que amaba. Volteó a verlo con dolor y angustia. Atestiguando los gruñidos y guiños de dolor en su rostro mas no se detenía. Si él siempre había estado para ellos… ¿quién le ayudaría a él?
—Kenshin… ¡¿qué necesitamos para separar los vestigios?! —Preguntó antes de que los dioses bajaran; tenía un presentimiento de que esperarían a debilitarlo más para acabar con él—. Yo tengo el arco y la corona… sé que uno de los siete es la llave para que todo esto se detenga.
—No, Kaoru, ellos lo quisieron así. Que vivan con las consecuencias.
Sagara lo miró de reojo mientras limpiaba sus lágrimas. La muerte de Makimachi lo había marcado tanto que le había quitado las fuerzas de seguir, pero era ese dios el que le había insistido en luchar por su vida, así como Makimachi también lo había prometido.—. ¿Y quién diantres es Kaoru?
La princesa sintió una punzada en su corazón, ocasionando que parara solo un par de segundos para tomar un poco de aire. Pensó que se trataba de la tristeza por la muerte de la chica, pero cuando alzó la mirada observando la preocupación de Doragon, lo supo. Ah, ya entendía… eso ocurría cuando tenías un nombre y un humano lo sabía.
—Por favor… —Kenshin comenzó ajustando el peso de su compañero a su lado mientras le solicitaba—. No menciones su nombre nunca más.
Sagara entendió sin que se le explicara a profundidad y asintió sin argumentar nada más. Su vista se quedó en el cielo mientras seguían corriendo observando las estrellas encendidas que atravesaban la atmosfera cayendo descuidadamente en varias partes del territorio mientras la gente moría. No estaban muriendo por su mano, sino por la de ellos mismos. Habían cavado su propia tumba.
—Por favor, Kenshin… —insistió Kaoru halándolo de su mano—. Solo dime el nombre del vestigio y yo me encargaré. Tú puedes ir con Sagara a algún lugar…
—¡Ni te atrevas! —La fulminó con su mirada dorada. Fría, reprobatoria y amenazante. Eran esas ocasiones en las que veía una faceta diferente en él y que contradecía su ser humilde y pasivo—. ¿Crees que te voy a dejar ir con la lluvia de estrellas? Somos parte humanos. A diferencia de mí ... no eres tan inmortal que digamos, ¿recuerdas?
—Dímelo —Se plantó ella, y lo detuvo alzando el mentón—. Le diré al rey Hiko y que ellos se encarguen entonces —le prometió creando una de sus mariposas de luz.
Doragon resopló llegando a una cueva y posando a un lado a Sagara. Acababa de perder a una niña y le había dolido por no ser capaz de hacer nada. Sin embargo, no la perdería a ella. No la daría por salvar a otros, ni siquiera a él mismo.
—La copa de rubí de Cráter, ésta debe romperse en mil pedazos y usar una décima como la llave antes de que se vuelva a formar. Sin embargo, tienes poco tiempo antes de que se reconstruya.
—¡¿Y dónde está?!
Kenshin se acercó a ella cogiéndola del rostro y acariciándola mientras la besaba. La amaba tanto… que no podía contenerse. Al separarse, deslizó una hebra de su cabello negro sobre su dedo y lo acomodó tras su oído con suavidad.
—Una vez que la rompas tomará su forma original al no ser yo él que la moldee. En tu horquilla, esos rubís, la tienes tú.
Ella acarició su cabello y luego su broche. Sonriendo, agachó su mirada cogiéndole la mano y elevándola para posar un beso en el dorso.
—Kenshin, espera, ¿qué es eso? —Sagara señaló a lo lejos para que Doragon pudiera distinguir. En una colina, cerca de ahí se encontraba Hiko, sosteniendo un arco con una flecha de fuego y a su lado había muchas más. Los estaba apuntando al estar completamente descuidados.
Kaoru frunció el ceño. Esas flechas eran semejantes a las que le había dado a Kenshin en el templo. Admirada, lo miró preguntándole qué había pasado con la flecha que le había dado.
—No lo sé —dijo Doragon, desatorando su capa y dejándola caer al piso mientras desenfundaba su espada y se echaba a caminar sin titubear—. Pero no dejaré que las use.
«Mierda» blasfemó en sus pensamientos Kenshin, al recordar que el sello entre ambos no había sido completado por Kaoru; pero no había tiempo, si lo hacían en ese momento Hiko podía atacarla. Así que con el peso de su corazón tuvo que dejarlo pasar. Estaba débil… estaba sufriendo. Pero no esperaría o la arriesgaría; había visto el futuro de Ori y su corazón seria atravesado por una de esas flechas.
Había jurado servirle y entregarle su vida. Salvarla y amarla, así que no la entregaría al dolor, no la persona que más amaba en el universo entero.
—A una sola princesa… —Kenshin salió de la cueva esa era la única forma que tenia de asegurarse de que ella viviera y cumplir sus promesas.
—Volveré contigo también —susurró ella con un pacto y para que él no la escuchara al partir. Si Hiko estaba ahí y se enfrentaría a él, no habría nadie que pudiera separar los vestigios y salvar a los humanos. Y, aunque Doragon insistiera en lo contrario, sabía que en el fondo le dolía abandonarlos, así que no había otra opción—. Mío… mi dragón del cielo, hasta el final de los tiempos.
Sagara corrió tras ella. Su herida aun dolía, pero tenía que ver por la princesa de Doragon. A lo lejos, observó a Kaoru llegando al centro de la conmoción, rompiendo la horquilla y cogiendo uno de los rubís, antes de que se formara la copa y terminara por juntar cuatro vestigios sin quererlo. Lo ajustó en su arco para romper el escudo. Pero pronto, dentro de su rango de visión, apareció esa mujer vestida de blanco, quien había sobrevivido a las varias colisiones en la tierra gracias a los poderes divinos.
—Te prometí que te amaría, Kenshin… —susurró Kaoru acomodando el arco en sus manos—. Por eso no puedo perimir que sufras más y que te culpes en el futuro por no haberlos salvado.
Sagara entrecerró la mirada, para mirar mejor al estar muy lejos de ellas, y distinguir qué era lo que la Oráculo tenía en sus manos.
Continuará.
Notas de autor: la historia está terminada… ¡yay! Y empezaré a publicar los capítulos cuando termine de corregirlos. Estoy muy feliz ya que hace no sé cuántos años que no termino un fic… y por favor no me asesinen. Gracias por todo,esto es por el día de acción de gracias… así que gracias a ustedes que me siguen leyendo.
Oh y también gracias al grupo de chicas que se autonombraron: "Noticeame Zury-senpai" y me han matado de risas siempre. Gracias por animarme siempre y dejarme sus memes. Gracias por su buena onda en medio de todo, amigas y amigos, ¡Los amo!
