—LA PRINCESA Y EL DRAGÓN—
Por Zury Himura
Gracias por todo el apoyo durante la creación de este fic. Por sus comentarios y vistazos. Les agradezco tanto por estar conmigo hasta este capítulo. Que disfruten.
Disclaimer: RK no es mío. La historia sí.
DRAGON'S FLAME
UNTIL THE WORLD DIES
Chapter 17
Ladeó su rostro suavemente para esquivar una de las tantas flechas que se le habían lanzado, y, para terminar con juegos que comenzaban a hacérsele absurdos estiró su brazo cogiendo la última con su puño. En frente de ese rey humano, abrió su palma dejando que el fuego se consumiera entre sus dedos, sin efecto alguno. Luego, elevó la mirada hasta posarla en la oscura de él, dejando que la pequeña lanza cayera al piso para después aplastarla con su pie hasta quebrarla.
—No quiero creer que necesitas otra prueba, aparte de esta, para saber que te han engañado, o para que te des cuenta que te han utilizado hasta ahora. —musitó Kenshin avanzando hacia el rey que había abandonado las flechas restantes a un lado—. Además, ya están pereciendo, la lluvia de estrellas que cae del cielo se hará más severa si otro vestigio es encontrado o unido. Pero… ¿es necesario que te lo diga? Incluso, ¿también tengo que decirte que no dejaré que hieras lo que más amo?
Estaba en las piezas del futuro de la princesa. Sería atacada con una flecha y se le sería atravesado el corazón. Si vida se derramaría en las manos de los humanos mientras que él… no se había visto en ningún lugar más que haciendo uso de los artefactos antiguos. Así que no importaba lo que pasaba, si era Hiko o si terminaba rompiendo su promesa matándolo, no dejaría que ese futuro se materializa ni estuviera cerca de la mujer a la que más amaba. Jamás, aunque tuviera que destruir lo que era.
—Sabía que esto sería poco para vencerte, en realidad solo quería atraerte hasta acá y alejarte de ella.
Ah, entendía. ¿Cómo era ese dicho entre los humanos? ¿Divide y vencerás? Al comprenderlo, rio con cinismo. Lo último que necesitaba en esos momentos, en los que el cielo se estaba cayendo encima, era separarse de Kaoru. Ni un humano, ni algún otro motivo impediría que la protegiera. Y, si creía que al tener neutralizado su espíritu y no liberarlo a su totalidad al estar bajo la influencia de Kaoru era una ventaja con la que podía ganar, se equivocaba. Aun poseía su esencia y parte de sus habilidades para terminar con eso e ir de vuelta a ella. Lo único que le molestaba… lo que odiaba en ese momento era la insistencia de ese hombre con ella. Lo mucho que se ameritaba derechos o creencias de poder ayudarla cuando era meramente lo contrario.
¿Acaso tenía que terminar enseñándole? ¡¿Debía enfurecerse realmente para que viera plenamente lo que pasaba a su alrededor?!
—Oh, ya veo —Kenshin desenfundó su espada y dio un par de pasos adelante—. Pero bien, has visto que no me harán nada. Ésta no es mi llama y por ende no tiene ningún efecto en mí. Lo siento, pero solo te dejaste influenciar. —Corrió a alta velocidad, tal que solo ocasionó una sonrisa en el rey, el cual se movió gradualmente mientras desenvainaba y cancelaba el ataque de aquel que se creyó siempre su dios.
—Esta fue mi decisión, cuando vi la lluvia de estrellas después de los vestigios, supe lo que había ocurrido y lo mal que estaba informado. Así que no, te equivocas, si estoy aquí no fue por la influencia de los ancianos.
Kenshin sonrió mientras se movía ágilmente de lado a lado, satisfecho de que su oponente tuviera habilidades semejantes como para hacerle frente. Sin embargo, por mucho que disfrutara de un buen duelo tenía una persona a la que debía volver. Necesitaba asegurarse de que seguía a salvo.
—Y nunca dije que fueron ellos los que lo hicieron —sonrió, empujándolo con una patada—. Al final, tú y yo somos demasiado parecidos.
Ante esto Hiko reaccionó violentamente, atacando uno de sus costados con el mango de su arma.
—Deja de decir estupideces. Que para nada me compararás con un dios hipócrita que al final solo destruye su propia creación.
—No, no me malinterpretes. Tal vez debí ser especifico. Pero quise decir que los dos caímos al mismo tiempo y de la misma manera. En eso nos parecemos. Nuestros caminos se desviaron de nuestra meta desde el primer momento en que la vimos. A ella, la princesa. ¿Acaso no lo ves?
El pelinegro se detuvo, aferrándose a su espada. Por más que deseaba negarlo y decirle a ese tonto que se equivocaba, no podía hacerlo. Porque era la verdad. Tenía razón en lo que decía. Su mundo había cambiado desde que Ori había aparecido y supo que jamás sería el mismo. Aunque anheló seguir sus metas para vengar a su hermana, desechar el rencor de esa manera por haberle arruinado su vida, y que los humanos dejaran de ser manejados, todo esto se desvaneció al mirarla a los ojos. Cuando por primera vez la tuvo en sus brazos y acarició su rostro. Cuando ella le hizo promesas de cambio y de que volvería. Con una de sus sonrisas… e incluso su despedida. En realidad, había cambiado todo… por ella.
—Dime, ¿dónde quedo tu ira contra los dioses y tu rencor? ¿Dónde queda tu guerra estúpida que has dejado en el olvido? En estos momentos… tu guerra es por ella, y, ¿cómo lo sé? Porque la mía lo es. La amo, más que a mi 'creación'; es más grande el sentimiento por ella que la misericordia que les tuve alguna vez a ustedes. Y, es por ella por la que daré mi vida, pero no a ti, no aquí, no en este mundo, sino cuando ella lo disponga. Así que si tu amor se compara al mío… ¿por qué insistes en herirla?
Hiko, bajó su espada a uno de sus costados. En sus planes no estaba rendirse ni dejársela a él. Lucharía hasta la muerte por esa mujer y la haría suya. Sin embargo, si se detenía era por la misma razón, esas flechas habían sido creadas por su hermana, por ser la 'flama' de Doragon quien planeó detenerlo con estas de una buena vez. Entonces, si no servían y al fin veía lo que ocurría… acababa de darse cuenta de que estaba en lo incorrecto y que incluso su familia lo usó, ¿siempre viviría con el remordimiento?
Al final y después de todo, solo le quedaba salvar a la princesa. ¿De Doragon o de su hermana?
—Estas flechas … no eran para ella.
Ambos se miraron sin entenderlo al principio. Pero Doragon no necesitó de una explicación. Era evidente lo que estaba ocurriendo. Enfundó su espada y giró rápidamente acelerando su paso lo más rápido que pudo, mientras Hiko le seguía pidiendo explicaciones al no entender por qué abandonaba su duelo. No obstante, podía presentir que correr tras él, seguido de su ejército, era lo correcto. Solo debían ser cuidadoso de las enormes estrellas empapadas de fuego que caían del cielo.
II
Bajó su arco lentamente dejándolo enterrado en medio de sus pies, solo para escucharla.
—Hace rato, intenté detenerte con las cadenas que Orión y Tauro me dieron hace tiempo, pero me di cuenta de que ese asunto ya había sido solucionado por tu querido dragón —mencionó con odio Megumi rodeando el escudo de Perseo para cubrirse de las estrellas que seguían cayendo. Aunque su voz era una dura y rencorosa, su lenguaje corporal decía lo contrario. Lucía calmada, como si esa guerra la tuviera asegurada a pesar de que todos a su alrededor seguían muriendo—. Me di cuenta de que ya no podía controlarte así que hice un trato directamente con Orión mientras ustedes huían, el cual aceptó. Solo por si las cosas se salían de control, me ha dado su palabra.
Kaoru esperó paciente, ya que no podía mostrarle que la copa que lentamente se iba reconstruyendo a su espalda era uno de los vestigios y que los humanos no estaban supuestos en conocer. Incluso el rubí en medio de sus dedos y su arco se movía insistentemente para lograr llegar a su logar de origen. Sabía que no poseía de mucho tiempo y que estaba siendo muy tonta al considerarla, pero de verdad deseaba ayudar a Doragon de la manera correcta, imponiendo un ejemplo de lo que debía ser el perdón. Pero también estaba interesada en lo que esa mujer decía, si encontraba una falla en el supuesto acuerdo que había hecho posiblemente salvarían más vidas humanas de las que estaba dejando perder en esos minutos.
—Le ofrecí mis servicios, mi alma junto a mis habilidades para la caza del dragón. Y, aunque no me puede ofrecer lo mismo que a ti… dijo que cuando la guerra terminara les daría algo que nunca olvidarían. Y que el juego de los dioses para quedarse con el trono de Doragon apenas comenzaba…—Levantó las manos y las estiró, una tras la otra, mientras el arco de Orión se iba materializando en sus manos.
Kaoru miró las suyas horrorizada, observando como los rastros de luz iban abandonando sus palmas y como estas se unían al vestigio que se le había concedido a una humana. Lo prohibido, lo que nunca se debía de hacer. Con esto la estaban elevando casi a un nivel sagrado, donde su alma se perpetuaría en alguna de las estrellas de la constelación. Descolocada bajó la vista observando su piel ser rasgada por el rubí que fue atraído por una fuerza invisible. No, pensó, la copa comenzaba a materializarse y entonces, una vez estuviera completa quedaría en la base del escudo de Perseo, prácticamente unida a dos vestigios. Respiró rápido y con temor; sabía lo que significaba. Ella, la Oráculo, tenía el arco, y la copa ya estaba formada. Después de eso… Doragon estaría acabado. Megumi no necesitaría de la corona o de su katana.
La sangre de su mano comenzó a fluir y quiso darse vuelta para cubrir la copa con su cuerpo. Pero…
—Y con esto… —Sus dedos se deslizaron sobre la cuerda, apuntando a Karou, mientras que se iba materializando la flecha sagrada con las llamas de Doragon. Guiñó su ojo para seleccionar su blanco antes de que la otra reaccionara—. Solo me aseguraré de que haya espacio para una sola princesa…. Ori. Yo.
Rápidamente soltó la vara cubierta en llamas, dejándola que esta se incrustara en el corazón de la mujer a la que más odió por el solo hecho de existir. Rio al verla tocar la flecha y caer de rodillas ante ella. Megumi se acercó, cogiendo su mentón para verla a los ojos, para humillarla y verla derrotada. Había ganado, podía verlo en sus ojos llorosos y el hilillo rojo saliéndole de la coyuntura de sus labios mientras que su ropa se iba tiñendo de color carmín y esta se iba desvaneciendo en el suelo.
—No lo hagas… —repitió titubeante Kaoru mientras tocaba su pecho para sacar la flecha con dolor extremo. Mientras que más sangre salía de su boca.
—¿Ah? —se burló Megumi tocando su oído cuando la escuchó balbucear—. No te escucho. ¿Que no quieres que haga qué? —La soltó con desprecio—. Claro que no te voy a dar el regalo de una muerte rápida… te dejaré aquí para que mueras con nosotros en una agonía que recordarás siempre, en cada una de tus reencarnaciones. Pero, espera… como esta es la flecha de Doragon eso significa que dejarás de existir… —Se echó a reír con malicia.
—No, no lo hagas, por favor —negó Kaoru nuevamente para sacarla de su error, señalándole detrás suyo. No se refería a Megumi, no le estaba pidiendo nada, no le estaba hablando a ella. Sino a ese hombre que apareció detrás suyo con mirada llena de ira, con ojos dorados llenos de lágrimas y reproche, peligrosos y desconocidos. Sedientos de sangre y de venganza… de dolor. Había llegado Doragon—. Por favor…
Continuará…
Notas de autor: Bueno estamos más cerca del final. Y como ven aquí empieza lo más importante. Nos leemos en el próximo capítulo.
