LA PRINCESA Y EL DRAGÓN—

POR ZURY HIMURA


Gracias por el apoyo y por todas sus palabras. Por seguir este fic y por sus lecturas. Agradezco eso y mucho más. Que disfruten.

Disclaimer: RK no es mío. La historia sí.


DRAGON'S FLAME

UNTIL THE WORLD DIES

Capítulo 18

En su mano derecha se materializó su katana mientras que en la izquierda una espada corta también apareció. Ambas de filo negro, armas que jamás en su vida había visto, pero que seguramente simbolizaban su ira y decepción interna. Durante el acto, cuando él se iba acercando, llamó con el solo movimiento de su mentón a la copa que reposaba a sus espaldas y que había tratado de alejar de los demás vestigios. Cuando lo vio hacerlo, estiró su cuerpo sacando más fuerzas de lo que poseía a pesar de estar herida. Para alcanzarla e impedirle usarla, adivinando su estado emocional. Pero no sirvió de nada, las fuerzas se le estaban yendo y el objeto de rubí fácilmente se le había deslizado de sus manos empapadas de sangre.

En un abrir y cerrar de ojos, lo encontró junto a ella, tomándola entre sus brazos mientras la posaba en una parte plana de aquella colina en la que había subido con rapidez. Entonces, lo vio, alzando la manga de su ropa, mostrando su sello que unió contra la tierra donde ella descansaba. A su alrededor se pintó un circulo iluminado de color rojo, mostrando en la base de sus pies la escancia del dragón escarlata, mirándola, como si se tratara del espíritu real que se había quedado ahí para cuidarla. Para protegerla y siempre velar por ella.

A esa mujer le entregaba todo lo que era.

Posó su frente contra la de ella, limpiando suavemente la sangre de sus labios con su pulgar, mientras sobre sus mejillas cayeron un último par de lágrimas de sus ojos ámbar. La dejaría solo por un rato y entonces volvería a tiempo para completar su sello, antes de que uno de los dos muriera. Y, si tenía que ser él con tal de salvarla… que así fuera. Lo juraba.

—Perdóname. —La besó fervientemente y para consolarla. Como si ese acto fuera el ultimo que pudiera cometer en su existencia para asegurarle cuanto le amaba y que todo estaría bien. Acarició su cabello y parte de su cuello, para recordar, para llevarse en el tacto y en su piel aquello por lo que luchaba, por lo que entregaría todo lo que tenía—. Pero me juré que jamás te perdería… te lo juré.

Se levantó, dejándola descansar sobre el pasto. Mientras su sello siguiera neutralizado por ella, y como en esos momentos Kaoru ni siquiera contaba con las fuerzas suficientes para liberarlo… no podría hacer nada para salvarla. Hasta ese momento comprendía los pedazos de visiones que le dio de su futuro y la insistencia de parte de él para completar el sello desde ese entonces y prácticamente ser uno. Pues si la magia del dragón funcionaba en esos momentos era solo con los humanos, por ende, no podía sanar sus heridas como con ellos.

Puesto que el efecto del uso de su flecha combinada con las flamas del dragón era imparable. Cualquier dios herido con éstas solo tenía un destino y ese era la muerte. Por mucho que renaciera, dejaría de existir su actual esencia, y nadie aseguraba que con el uso de esas llamas simplemente se dejara de existir como todos lo creían.

El dragón era poderoso. El primero de todos los dioses antiguos, el que atestiguó la creación y las leyes… el que amó primero. El más sabio y benevolente. No había fuerza que se le comparara cuando a él, por su poder, se le había encomendado la vida de todos los mundos. El balance del bien o el mal y sus futuros. Nadie podía hacerle frente con su esencia completa, una que salvaba y que era incorruptible. Pero ahora que estaba en esa situación, no podía matar a cualquier dios sin sus llamas originales, justo como la de la flecha; unas que ella se había encargado de suprimir y que no podía liberar bajo las condiciones en las que estaba.

Sin embargo, había algo más que llamaba su atención y era la seguridad que apareció en el rostro de Kenshin, a pesar de su tristeza en frente suyo y su furia al girarse al encarar a los humanos. No entendía como actuaba, como si hubiera encontrado otra solución para salvarla, como si hubiese pensado la respuesta que necesitaba. Pero… si era lo que se temía, si era lo que debía entregar por ella… no lo dejaría.

Lo observó bajar la colina, mientras limpiaba sus mejillas con el dorso de su mano, ondeando sus espadas en dirección a Megumi. Como dolía, pensó Kaoru. Dolía verlo así, triste y lleno de nostalgia…lleno de rencor. Derrotado, aunque seguía de pie y con vida. Luchando por alguien que de igual forma lo amó. Como dolía… Lloró, aunque sus lamentos comprimían más su pecho herido agravando su sufrimiento; no podía hacer otra cosa más que llorar por él. Pedirle en silencio que no sufriera y que la perdonara. Que la perdonara a ella junto a todos aquellos que lo habían desafiado. Porque siempre deseó verlo feliz, aunque no pudiera decírselo.

Deseó restar su soledad y aumentar sus días cálidos acompañándolo siempre. Anheló amarlo aun antes de conocerlo, y, estar a su lado cuando lo vio agachar su mirada cada vez que dolía amar a los humanos. Soñó ser ella la que levantara su rostro y decirle que todo estaría bien, que siempre había otra oportunidad y que solo tenía que mantener su fe. Aspiró llamarlo, tenerlo en sus brazos y besarlo cada vez que sintiera que se desviaba de su camino. Ser ella su guía para que sus manos no se mancharan de más oscuridad. Una, que tarde o temprano volvería a atormentarlo, pero para cuando eso ocurriera ella estaría ahí para protegerlo. Quiso estar siempre para él y nunca verlo derramar más lágrimas. Esperó nunca darle un dolor de perdida con el que debía vivir por siempre…. Y aun así lo hacía.

Sonrió con reproche y amargura, pues era lo mismo que le estaba dejando.

Por su parte Kenshin… la estaba perdiendo. Lo abandonaba lo que más amaba y no podía hacer más que tomar su primera opción. Dolía, tener que verla herida por criaturas semejantes que muchas veces subestimó, que creyó que necesitaban de su protección cuando era claro que no eran merecedores de dicho regalo. Su esencia se debilitaba y podía sentirlo en su pecho, aquella princesa a la que le había jurado su vida estaba siendo arrebatada por una humana, parte del grupo que algún día defendió. A los que les dio todo…

Entonces… lo entendió. Lo que dolía más en esos momentos era perderla a ella y no la muerte de tantos. Lo que lo hería y devastaba era mirarla a los ojos y pensar que desaparecería. Y, si ese dolor en su pecho se clavaba cada vez más profundo era solo por una razón y esa era la siguiente: los humanos dejaron de ser su prioridad, su debilidad, desde hacía mucho tiempo… al conocerla y amarla. Ahora, Kaoru era su punto débil, pero que irónicamente lo hacía más fuerte. Era ella la que lo aniquilaba por dentro y la que lo reconstruía en su totalidad. La que abría los cielos para él cuándo se sumergía en oscuridad. Al fin, fue ella la que levantó esa maldición de sus hombros, sustituyendo su razón de existir… de amar, y, hasta de morir.

Se rio con ironía. Sabía que Karou se había convertido en algo tan grande que no podía explicar. Y, aunque había hecho una promesa no le importaba mientras que pudiera salvarla. Dolido, rompió la copa de rubí justo cuando llegó hasta donde estaba Megumi, girando sus espadas para que las piezas rojas su unieran a sus empuñaduras, pues solamente él podía darle a esa copa la forma que él deseaba. Entonces, cuando ambos se unieron la tierra tembló a lo lejos separándose. Ante esto sonrió satisfecho.

—¡Ya es tarde! —Gritó Megumi alejándose un poco para su seguridad; pues sus ojos del dragón, aunque estaban irritados por las lágrimas, eran distintos a los que alguna vez había visto. Su porte era uno más severo del antiguo, incluso su lenguaje corporal había cambiado a su totalidad. Su humildad y melancolía había sido sustituida por la ira y determinación de cobrarle lo que le había hecho. Y, por primera vez en su vida, le tuvo miedo… al dios al que siempre deseó pertenecer—. No la salvarás.

Kenshin giró la espada y atacó, encontrándose con el arco de Orión enfrente de él. Resopló con rabia al encontrarlo todavía en sus manos, al observar el objeto que él había creado pero que había servido para destruir lo que más amaba. Con coraje, lo cogió con su puño para alejarlo, sintiendo un poder conocido en la palma de su mano. Ante esto, se alejó, elevando su espada para estar preparado cuando tocó la escancia de Orión; pero también, para descansar un poco al sentir las palpitaciones aceleradas de su corazón. Suceso que ocurría y dolía, cuando más humanos morían… cuándo ella sufría.

—Dame el arco —le solicitó con una voz fría que solo erizó su piel.

Megumi no estaba segura de lo que Kenshin deseaba hacer; por lo visto haría uso de todos los vestigios que poseía y entonces… ¿acaso no le importaba morir? Era decir, ella deseaba su perdición después de ser rechazada, pero ¿acaso era lo mismo que él deseaba?

—Morirás… y no podrás salvarla —lo provocó solo para satisfacer su curiosidad. Sabía que moriría de todas formas, pero su trató estaba hecho con Orión quien le había prometido una segunda vida llena de placeres y todo lo que no tuvo en esta primera. Sin embargo, deseaba irse con el conocimiento necesario para que en su segunda oportunidad de vivir fuera más sabia y jamás le pasara lo mismo.

—Eres una estúpida bruja —dijo Doragon sonriendo de medio lado. Estaba furioso—. ¿Acaso no te das cuenta de que es lo contrario? Si no muero ella no vivirá. —Se detuvo alzando la mirada—. Cuando yo esté al borde de la muerte le daré el resto de mi esencia para que sea una completa y entonces pueda subir al cielo, donde estará lejos de su estupidez. Entonces, ella, será lo más grande que ustedes jamás han tenido. Vivirá con mi poder y entonces no será nunca más sacrificio. Nadie, nunca podrá tocarla. Y … aquí o en otra vida… —sonrió lleno de placer—tendrás que arrodillártele para levantar plegarias en su nombre…pidiéndole misericordia.

La Oráculo dio un paso hacia atrás temiendo su nueva actitud. Entendía lo que quería hacer. Deseaba unir los vestigios para debilitarse y atraer al dios que vendría a tomar su vida. Y, como la princesa y el dragón compartían un lazo por sus sellos unidos, entonces le daría el resto de su esencia para que completara lo que ella había tomado de él. Dejaría de ser una simple princesa y se volvería la reina de Doragon. Para esto, él necesitaba morir para darle su vida a cambio.

Lo que odiaba, lo que le enfurecía era el nivel en el que él estaba dispuesto a sacrificarse. Simplemente era imperdonable, era algo que ella quería. Enrabiada, se arrojó contra él para atacarlo. Jamás le permitiría darle un final feliz.

Pero entonces, después de que alguien la apartó de su lado, y, tan pronto como Kenshin alzó su rostro, se encontró con el puño cerrado del rey Hiko, quien había llegado a tiempo para proteger a su hermana, respaldado de su ejército. Luego, todos se detuvieron cautelosos, al igual que Doragon quien había caído en el piso con ceja ensangrentada. La tierra tembló e incluso entre ellos comenzó a separarse. A lo lejos, las olas del mar se elevaron tanto que incluso a su altura pudieron ver como arrasaba con las ciudades de la costa, mientras en las grietas las demás estrellas que se habían vuelto abundantes caían, fundiéndose en los ríos de lava que comenzaban a fluir.

Kenshin alzó la vista una vez que estuvo de pie, sonriendo con cinismo cuando en sus manos se materializó el arco que alguna vez perteneció a Ori, y, sorprendiendo a todos, cuando su plan de dejarse atacar por la Oráculo fue evidentemente una trampa para arrebatárselo.

¿Dónde estaba Doragon?

¿Qué había pasado con ese Kenshin amable y bondadoso, melancólico y piadoso?

—Gracias, bruja —se burló el pelirrojo, arrojando el arco contra el escudo de Perseo, para que, así como la pluma plateada había quedado dentro, el arco también se uniera. Pero entonces, observó a todo el ejercito de Hiko llegando hasta ese lugar—… y como ves… solo me falta esto —Señaló su katana combinada con los rubís. No usaría la corona de Andrómeda. No la teñiría con muerte… porque la amaba. Y, porque no era necesario sacrificar su amor.

—Si moriremos… —comentó Hiko levantando la mano mientras el cielo se oscurecía a su totalidad como consecuencia de la unión de otro de los vestigios—. Lo haremos con honor, peleando contra ti no importa las veces necesarias… hasta que este mundo se acabe.

—Morirán… —dijo Kenshin meciendo su katana de lado a lado y flexionando las rodillas para recibirlos. Estaba listo. El cielo estaba oscuro y quedaba ese ejercito grande que se las había ingeniado para sobrevivir. Pronto bajaría el dios causante de todo esto y al igual que ellos, entregaría su vida para darla a lo que más amó— eso tenlo por seguro. —Morirán… porque solo así moriré yo. Por ella.

Descolocados, todos callaron y se detuvieron para observar algo allá en lo alto de la colina. Lo cual también llamó su atención; pues, aunque al principio no quiso girarse y distraerse, al recordar que en esa sima se encontraba Kaoru, ladeó su rostro presintiendo lo peor.

—No los matarás… —Dijo ella quien se había puesto de pie con la ayuda de docenas de mariposas de luz— tú me lo prometiste.

¿Qué? ¡¿De qué estaba hablando?! Kenshin frunció el ceño y esperó a que terminara, aunque tuvo que contenerse para no correr hasta su lado.

—Al contrario, los salvarás… Nos salvarás, a nosotros los humanos —añadió ella sonriéndole exclusivamente a él antes de gritar a los cuatro vientos, con todo lo que pudo, a eso miles de soldados y a los miles de habitantes de a su alrededor, mientras caía al suelo—. Seré tu Ori, soy tu princesa, solo recuerden, recuerda…que mi nombre es Kaoru y, siempre te amaré…

—¡No!

Porque si deseaba salvarla tenía que salvarlos.

Por eso… en ese momento confirmó el maldito error al nombrarla. Y…

Se odio como su debilidad.

Continuará…


Notas de autor: falta solo poco para que termine y me siento extraña es la primera vez que hago esto con mis personajes principales….

Espero poder subir todo pronto. Así que disfruten y gracias a todos por leer.