LA PRINCESA Y EL DRAGÓN—

POR ZURY HIMURA

Corrección por May


Gracias por los comentarios y espero que disfruten el capítulo.

Disclaimer: RK no me pertenece. La historia es mía.


DRAGON'S FLAME

UNTIL THE WORLD DIES

Capítulo 19

La magia que la había guardado durante todos estos años, la esencia que se le había dado por el valor de su espíritu, poco a poco se escapaba de sus manos. El tiempo, las estrellas e incluso el cielo mismo eran recuerdos que lentamente se oscurecieron en su mente. Las expresiones, las experiencias y aquellos sentimientos que descubrió volaban al cielo junto al aliento con el que se le iba su alma. Y ese corazón que descubrió y que no supo que seguía teniendo, aunque estaba herido y sangraba gradualmente dejaría de latir.

Sonrió. Pues sabía que si seguía viva era por el sello de Doragon en la que la había colocado. Era su manera de aferrarse a ella, suponía. Así que con las ultimas fuerzas que le quedaron, se arrastró saliendo de él. No necesitaba esa vida… porque había encontrado la razón más hermosa para morir. Lo sentía, de verdad le dolía hacerle esto, pero era la única forma en la que podía salvar el alma del hombre al que amaba.

Una vez afuera mordió sus labios empapados de sangre, sintiendo como su garganta se iba llenando de ese sabor metálico que luchaba por salir. Sus ojos azules se cerraron con dolor y dejó caer su cabeza en la tierra, empuñando con su mano las rocas y lodo para aguantar el sufrimiento que esperaba pronto cesara.

Sus sollozos eran audibles, aunque no deseaba causar lastima ni simpatía. Sin embargo, era un dolor que estaba dispuesta a soportar, por él… porque su primera opción había sido él y no los demás. Respiró profundo llevándose consigo el olor a tierra, lenta y frágilmente mientras su pecho ardía, colapsaba en la oscuridad. Delicadamente sintió ser elevada un el aire, mientras una mano suave y gentil iba limpiando su rostro. Esos dedos viajaron sobre sus mejillas, como si su piel se tratara de una delgada y fina pieza de vidrio que hasta con un suspiro fuera a romperse.

Pero entonces, un cosquilleo en su cuello llamó su atención, cruelmente, provocando que abriera sus ojos cansados y que se rendían ante la agonía. Ahí, observó no un rio de sangre que se mecía entre sollozos, sino el color de su espíritu, su cabello rojo, derramado contra su piel blanca y combinándose con la sangre en su pecho, mientras él cubría su rostro para que no lo viera llorar. La mano de Kenshin seguía acariciando su rostro y la otra se aferraba fuertemente a su cintura para sostenerla, mientras él permanecía hincado en el suelo para cargarla, rogándole que no se fuera.

Ella arrugó sus labios sintiéndose mal por flagelarle de esa manera. Sin embargo, no se comparaba una vida con miles de ellas. Y, por ende, prefería que viviera sabiendo que ella había muerto por voluntad y no por sacrificio, que creyera que su amor había sido por los humanos y no por él, a tal grado como para volverse ofrenda. En otras palabras, prefería morir haciéndolo creer que los había preferido a ellos y no a él, porque si no lo hacia él viviría lleno de culpabilidad al saber que ella se había entregado para salvarle de un sufrimiento mayor. Porque más fácil era morir por alguien que ver a ese alguien morir.

Aunque, nunca diría la razón, no se lo echaría en cara generando angustia y culpas por lo que le restaba de la eternidad. Si moría era porque lo amaba, porque en él encontró la humanidad que alguna vez perdió. Ese dragón era la razón por la que vivió, y en esos momentos le entregaba, subliminalmente, todo lo que era. Así como su juramento, solo a un rey serviría y solo a él se daría.

Ojalá que algún día entendiera lo mucho que le amo, que lo recordara y por ende el amor a sus humanos. Pero que nunca la olvidara.

Porque si lo hacía…

Porque si la olvidaba…

Porque si se lo decía…

Partiría con el miedo de nunca más ver su rostro. Su valentía se iría a la basura y sus miedos se la llevarían a un mundo lleno de oscuridad donde nunca podría despertar para cambiar las cosas. Lo abandonaría deseando aferrarse de su cuello, llorándole a sus brazos y robando un último beso en donde rogaba no ser separada de él. Si él la olvidaba… su espíritu y lo que quedaba se rompería. Y, de tan solo imaginarse que dejaría de existir sin poder hacer nada… le aterraba. No respirar y vivir ahogada en el olvido.

Y, es que… no se arrepentía de lo que había hecho. Pero lo que apenas había pensado era verdad. Se iba con miedo, por ser él lo más grande y puro que poseyó sin siquiera tenerlo. Le atemorizaba no volver a ver su cara o su sonrisa, besarlo o hablarle. Perderse sus días y noches y secar las lágrimas que derramaba. No estaría a su lado para verlo vivir y experimentar las nuevas cosas de la vida. No podría acogerlo entre sus brazos y mirarlo antes de irse a dormir. Temía… ser olvidada. No ser suya y dejar de existir. Temía… al poder del amor que se estaba perdiendo.

Como nunca antes temió.

Sus lágrimas resbalaron sobre su pecho y su rostro cuando él alzó su cabeza para hablarle y asegurarle de que todo estaría bien. Ni siquiera le reprochaba, porque sabía que no serviría de nada. Ese no era el momento, lo único que podía hacer era reafirmarle sus sentimientos. Hizo uso de su magia una y otra vez, pero no podría cumplir lo que se proponía. Esa herida era grave y en lo que su magia funcionaba terminaría desangrada. Incluso él lo sabía, lo único que podía hacer para ayudarla era matarla en ese mismo momento y ahorrarle el dolor. Regalarle el regalo de una muerte sin sufrimiento y en paz. No obstante, se sentía egoísta. Se estaba aferrando a algo que ya estaba perdido. Que se le estaba arrebatando por lo mismo de su presunción y egoísmo.

Entonces, por primera vez después de muchos años… se arrepintió.

Si no hubiera bajado, si su decepción no hubiera cobrado lo mejor de él, ella no estaría muriendo. No estaría sufriendo a manos de los que amo. Ella… no los hubiera elegido como lo hizo, entonces, entonces…. Si era del destino, allá en el cielo, se hubieran conocido y no hubiera sido necesario todo esto. Por su culpa, por su estupidez y afán de no ser nombrado. Por no guardar más culpabilidad de ser el creador del caos. Porque dentro de él… aunque había querido matarlos… ellos seguían siendo preciados y no deseaba verlos morir. Sin embargo, con la muerte de Ori… de su amada Kaoru todo cambiaba.

— ¿Y… Sagara? —preguntó ella preocupándose incluso por el fiel compañero que siempre había seguido a su dragón. De verdad… no deseaba dejarlo solo. Se odiaría mil veces si lo hacía.

—Allá… —Él guardó silencio, no le diría que se había quedado cubriéndolo y peleando con Hiko. En serio que no deseaba hablar de otro hombre en ese momento. Calmándose, alzó el rostro reprobando su cinismo envuelto en un platica casual. ¿Acaso era tan irrelevante lo que había hecho? ¿Lo que estaba haciendo? ¡¿Sabia su significado?! Pensó con coraje. ¡Lo estaba dejando! Lo estaba hiriendo…—. Pero eso no me importa… sino que mueres con dolor.

—No… no lo hagas —presintió que se apiadaría de ella y le daría una muerte pacifica—. Quiero experimentar hasta la última sensación a tu lado… y si lo haces nunca te perdonaré.

—Una vez que pase… —Una vez que mueras… tuvo miedo de decir—, mi segundo sello en tu corazón se irá contigo —Y lo mismo pasará conmigo, quiso continuar, pero era incapaz de despertar en ella una esperanza cuando él tampoco estaba seguro si funcionaria. Pues, el segundo sello que había guardado en su corazón y ocultado incluso hasta de sí misma, una vez que fuera activado, como en este caso con la flecha que era lo único que podía matarla, ella estaría sellando su esencia completamente en su alma. Dejaría congelado su poder hasta que algún día, según sus plegarias, hubiera la posibilidad de verse nuevamente.

Su poder se iría con ella, aunque solo algunos beneficios en él quedarían. Era un riesgo que tomó al posar el segundo sello, porque no estaba seguro de que funcionaría, ni siquiera si la volvería a verla para desatarlo o recuperar su esencia. Era ella el contenedor, no solo del poder que todos los dioses ambicionaban, sino de su amor. Y que con ella moriría. Entonces, si la volvía a ver, si ella renacía como lo esperaba… completarían su sello y se volverían uno. Pero, si no… si esa era el último momento en el que la vería… entonces, se llevaría gran parte de él. Para que nunca estuviera sola…. Incluso en el más allá.

Kaoru pestañeó débilmente con una sonrisa—. ¿Cuándo dejara de llover? —preguntó refiriéndose a la lluvia de estrellas.

—Pronto…

A pesar de que el rostro de Kenshin estaba manchado de sangre, seguiría siendo el más grato recuerdo que se llevaría con ella. Así que, titubeante, elevó su mano para limpiar un hilillo de sangre que escurría de su labio. Prueba de que antes de que llegara ahí se había enfrentado a Hiko y que seguramente Sagara se había quedado haciéndolo frente y ganarle un poco de tiempo. No obstante, podía verlo cambiado. A pesar de que estaba triste y que lamentablemente lo había destruido por dentro, el color de su mirada era más intenso de lo normal y su línea de la mandíbula seguía tensa. Estaba furioso, la cuestión era que estaba tratando con todo lo que podía para ocultarlo de ella. Era evidente que la amaba, así como ella lo amó también a él.

Y, a pesar de eso, de ser su despedida, sabía muy bien que significaban esos pequeños cambios. Su espíritu incorruptible se había desviado por el dolor de sus sentimientos y si no hacía algo antes de irse terminaría solo lleno de furia con todos esos humanos. No lo dejaría perderse, no lo dejaría que matara la bondad dentro de él a casusa de su dolor. Así que si era necesario atarlo a ella por la eternidad con tal de que no se perdiera…lo haría.

—Tú me prometiste… —titubeó Kaoru con debilidad. Deseaba ponerlo un peso más antes de partir— que nunca más los matarías. Que no los herirías… esa fue tu promesa, a la princesa que juraste servir. —Todo era por él, ya no por ellos.

Doragon resopló con ironía, dejando que un par de lágrimas cayeran de nuevo de su barbilla. Hasta el final se iba dejándolo pensar que solo habían sido ellos… el precio de su sacrificio.

—Tú también prometiste que nunca me dejarías y que siempre estarías a mi lado… —sollozó, aunque fue algo que no pudo controlar sus sentimientos estaban saliendo a flote por la agonía que sentía por dentro. Y, así más lagrimas comenzaron a salir—. Dijiste que siempre estarías conmigo y que me elegías a mí. —Estaba siendo egoísta, pero ella lo estaba obligando—. No completaste el sello lo cual te hubiera protegido siempre. Sin embargo, has roto tu promesa y —me abandonas… calló y lo dejó solo en sus pensamientos. Se inclinó posando su frente contra su pecho—…. Aun así, no puedo dejar de amarte. Hasta la eternidad…

—Hasta que tus flamas se consuman —prosiguió ella con dificultad al respirar.

—Hasta que el tiempo perezca.

—Aquí o en otra vida —añadió él reforzando el sello que había puesto en ese pedazo de tierra, liberando parte del de ella que también se imprimió ahí—. Bajo el mismo cielo y en otro tiempo —La besó liberando su espíritu y lo que le restaba de su esencia. Finalmente era una humana. Delicadamente marcó su muñeca con el dragón de su suya—. Te reconoceré entre mil caras, a través de mil años. Te encontraré y haré que cumplas tu promesa no importa el tiempo o el lugar. Viviré para eso… te esperaré.

Ambos se unieron en una sola voz: —. Hasta que el mundo se acabe, incluso hasta el más allá. Siempre te amaré.

—Te esperaré, aunque pase una eternidad —culminó Kenshin agachando la mirada y posando un beso que acabaría con su vida. Sería la única promesa que rompería… pues no la dejaría sufrir más—. Mi princesa, ahora duerme, yo me quedaré cuidando, atestiguando como el mundo a nuestro alrededor vive y muere.

Se quedó quieto por varios minutos, sentado en el pasto observando su rostro iluminado por las estrellas que caían, abrazando su cuerpo, y apretando su mano a pesar de sentirse escrutado.

Bien podían venir en ese momento y cortarle la cabeza, al estar en el momento más vulnerable de su existencia, pues para él ya nada valía. Solo deseaba estar ahí y abrazar su cuerpo hasta que la calidez lo abandonara. Quería llorarle como esa sería la última vez que lo haría. Deseaba permanecer a su lado hasta que no pudiera recordar bien lo que haría. Deseaba… tan solo deseaba….

—¡Que romántico! ¡¿Quién diría que ambos de ustedes, idiotas, terminarían deseando morir uno por el otro?!

Kenshin abrió bien los ojos al escuchar esa voz joven y rasposa que fácil reconoció. Y, lentamente giró hasta verlo completamente. Con odio lo miró, quiso desenfundar su espada y terminar con él. Sin embargo, estaba aún débil y con la partida de Kaoru deseaba mantener su promesa.

—¡¿Qué demonios haces aquí?! —le exigió el pelirrojo aun con lágrimas en las mejillas abrazando fuertemente a Kaoru.

—Bueno, vine a ver a mi princesa, pero ya veo lo que ha pasado… —dijo el recién llegado dando vueltas a su alrededor—. Sabes que con esto no podrás subir al cielo, ella ha muerto neutralizando tu sello… y bueno, te perderás de la diversión que se ha desatado allá arriba por ver quién es el que ocupara tu trono.

Eso era lo que menos le importaba en esos momentos. Podía tragarse sus palabras y largarse de ahí. Incluso estaba dispuesto a entregar su vestigio y gritar su nombre por toda la eternidad.

—Lárgate de aquí, Orión —gruñó Kenshin sosteniendo a la mujer en sus brazos al ponerse de pie, observando directamente al joven que lucía de alrededor de dieciocho años—… ¿O debo llamarte Yahiko?

El joven dio varios pasos hacia atrás. Era verdad, en el pasado él había cometido el error de bajar a la tierra y volverse humano. Sin embargo, había sido el mismo Doragon quien lo había perdonado dejándolo llegar nuevamente al cielo… donde vivió observando a su doncella vivir y morir sin a oportunidad de renacer tal cual. Solo él tenía ese poder… el cual él deseaba, para regresar el tiempo, para hacerla vivir nuevamente como la muchacha que él conoció y no como sus reencarnaciones. Porque injusta era la vida que le entregaba la autoridad solo a una persona, cuyas reglas era separarlos de aquellos a los que se suponía debían amar sin poder interactuar. Si lo lograba, si el poder del dragón se volvía suyo… sus planes funcionarían y dejaría de ser necesario.

—Ese nombre… —dijo Orión—, me fue dado por una humana que me amó —sonrió al recordar—, sin embargo, tú no puedes pronunciarlo. No cuando has abandonado todo por esto. Por una princesa que no te amó y que murió por elegirlos a ellos. Que siempre te utilizó tal como habían sido sus planes desde el momento en el que fue a mí y se volvió Ori. Ella… solo deseaba atarte y detenerte en tu locura. Se sacrificaría si era necesario… pero sería por ellos y no por ti. Tú solo fuiste un iluso que se emocionó al pensar que su soledad terminaría —Justo como yo, pensó.

Doragon bajó la mirada observando a Kaoru. Su amor le decía que eran mentiras y que debía serle fiel. Sin embargo, ella había muerto demostrándole lo contrario. Y, aun así, fuera como fuera… sus sentimientos no cambiaban, aunque se acababa de encajar la espina de la duda. Pero, el reproche, coraje, odio, resentimiento y… soledad, no cambiaba el hecho de que la amó. De que su historia había sido esa y que la buscaría nuevamente y la haría cumplir su promesa, si es que también su sacrificio de él funcionaba algún día. Averiguaría si en verdad lo amó como dijo o si solo lo utilizó. Viviría con esa duda… esperando no volverse loco al no tenerla… esperando y mirando al cielo, contando los días y las estrellas, solo para verla. Entonces… y entonces…

—¡¿Qué has hecho?! —grito el muchacho cuando no pudo elevar el cuerpo de Kaoru para llevársela con su magia.

Ante esto, Kenshin sonrió.

Esa era la magia del su segundo sello que había ocultado en el corazón de Kaoru. Desde ese momento hasta que el sello se reconstruyera, y si funcionaba, ella terminaba siendo solo suya. Aunque él ni nadie sabía lo que había hecho o lo que el segundo sello significaba, incluso de que todo su poder se había dio con Kaoru. Y, con su ignorancia se iba la oportunidad de matarlo y acabar con él.

—En unos años… —Le dio la espalda llevándose consigo el cuerpo de Kaoru—. Cuando la encuentre y rompa mi sello, volveré al cielo y te veré la cara, porque fui yo el mismo que neutralizó tu poder aquí en la tierra hace unos años contra otra deidad… así que necesitas de ellos para acabar conmigo. Hasta ese entonces, sin mi esencia nadie más podrá ocupar mi sitio. Tómalo como una maldición o como parte de la ironía. Pero hasta ese entonces nos veremos.

Bajó la colina inclinándose para recargar a Kaoru junto a los vestigios, clavando a un lado la espada pera romper el escudo y liberar los otro de ellos. Mientras, a su lado, llegaba Sagara, alegando lo que había hecho, y prometido, Orión con todos los demás antes de dirigirse a Kenshin y subir de nuevo al cielo; ya que Doragon no tenía el poder suficiente como para controlarlo. El universo sin él y sin Kaoru sería un poco solitario de mirar.

Sin importar los muertos a su alrededor, incluyendo a los ancianos, el rey y la Oráculo, pasó de medio lado dejando los artefactos en el suelo y posando su sello en cada uno para purificarlos. Entonces, los llevó consigo, envueltos en la camisa que su compañero le ofreció.

«En unos años cuando la encuentre le pregunte cara a cara qué fue lo que realmente sintió. Si fue por mí o si fue por ellos, si siempre correspondió a mis sentimientos se completará nuestro sello. Cuando la encuentre volverá a ser mía, mi Ori, mi Kaoru, mi princesa, o simplemente un recuerdo. Pero hasta ese entonces… viviré para esperarla»

Con un dedo separó la tierra, con ayuda del poder de uno de los vestigios y entonces, dejo que el agua aplacara las flamas y lava en ella. Gradualmente, los cielos se aclararon y sol volvió a hacer acto de presencia, aclarando el suelo en la tierra y prestando de su resplandor mientras ellos seguían caminando a un rumbo desconocido, pasando por algunos heridos y muchos otros caídos. No diría nada, no haría nada. No hasta que ella llegara.

«Aguardando su regreso con una promesa intacta. Esperando sentado en la oscuridad de la noche y en la claridad del cielo. La esperaré hasta que pronuncie mi nombre y sea solamente ella… la princesa. Para ese día entenderé más de los sentimientos y podre protegerla, tal como este sello que en esta tierra dejaré. Entonces, cuando ella llegue y su existencia se sepa… los vestigios reaparecerán, dándole una segunda oportunidad a la humanidad de elegir su destino. A Ori, mi princesa y yo su dragón. Hasta ese entonces aquí estaré… por mi eternidad y hasta que las flamas de dragón y el mundo se acabe…»

La princesa y el dragón.


Notas de autor: este es el final de la historia. ¡Muchas gracias por todo! Ah, y falta otro capítulo….