—LA PRINCESA Y EL DRAGÓN—
Por Zury Himura
Corrección por May
Gracias a todos lo que siguieron, leyeron y comentaron el fic. Espero que les haya gustado y que disfruten. Gracias por todo.
Disclaimer: los personajes de RK no son míos. Esta historia lo es.
Capítulo 20
Epílogo
Su capa voló con el cálido aire de ese verano. Observando nuevamente las casas que se habían levantado a costa del trabajo en equipo de todos lo que se habían unido para empezar desde cero, se quedó quieto en medio de ese campo de trigo. Alrededor del mundo, no estaba seguro de lo que había ocurrido, solo podía decir que efectivamente todo había quedado como él lo había planeado. Las tierras se habían separado y por ende nuevos líderes se habían elegido con ayuda de su más fiel compañero. Para mantener un orden y seguridad, siete coronas se habían dado sin importar estatus… éstas bajo su nombre.
Habían pasado ya bastantes años desde que los vestigios se habían separado. ¿Cuántos? No tenía idea, había decidido olvidarlo cuando la pena de vivir cada día con la ausencia de lo que se le había arrebatado fue cobrando con heridas en su alma y corazón. Por ende, quiso mitigar el dolor con la supresión de algunos de sus recuerdos. Para que la espera se aligerara y su vista al cielo o incluso a los humanos no lo fatigara como al principio. Para que su vida sea más soportable sin ella ¿Esto significaba que la había olvidado?
No. Simplemente aguardaba su regreso en silencio. A pesar de que ya hubieran pasado varias décadas, su rostro seguía presente y su esencia en su piel intacta. Y, aunque Sagara alegaba que esos años seguramente para un dios no eran nada… para él lo eran. Vivía en soledad y expectativa, sentía los días largos con su ausencia. No obstante, el dolor de seguir con vida, sin que el tiempo afectara su cuerpo y la muerte no le fuera un problema, fue un peso que no soportó al pensarse solo. Al preguntarse cuántos miles o cientos de años tendría que permanecer ahí en su búsqueda. Pues en cada noche después de su muerte cada siete años bajo el cielo de Orión se dio cuenta de que una estrella brillaba con más fuerza que otras y parte de la esencia de Andrómeda era sentida en la tierra, al menos para él.
¿Cómo podía saberlo? Solo lo podía sentir. Su sello aún estaba incrustado en su piel, aunque los había ocultado mejor para que la humanidad no le temiera. Pues, aunque habían pasado bastantes años, las leyendas y recuento de la historia se había pasado entre las generaciones, haciéndole cada vez más difícil caminar libremente por las calles. Ocasionando que resguardar su rostro y apariencia, ocultando de que se trataba de Doragon, el dragón del cielo que no había subido; debía mantenerse así para brindarles tranquilidad.
Todo por ella. Para cumplir una promesa que no estaba seguro que al descubrirse podría mantener.
Así que viviría en las sombras, líder de otros y dueño de todos con tal de que la paz se mantuviera y se dejaran de herir. Para que no volvieran a mencionar su nombre en plegarias, sino el de él como un líder que les traería paz. A un humano que estaría supuestamente de su lado. Hasta que Ori llegara.
—¿Cuánto tiempo estarás allá afuera? —preguntó Sagara quien seguía metiendo algunas maderas a la residencia donde ahora vivirían, mientras la más grande supuestamente en sus planes, era construida en la colina donde Ori había muerto—. Hay muchos niños curiosos allá afuera que me han preguntado: «Hey tú, cabeza de gallina, ¡¿quién es ese hombre misterioso cubierto totalmente de negro?! ¡¿Es un fantasma?!»
Kenshin sonrió y entró a la casa para ayudarle, observando de reojo la colina donde el castillo se construía.
—¿Y qué les has dicho?
Sagara se rascó la cabeza y siguió limpiando para empezar con sus planes de construcción—. Bueno les dije: «él es tu nuevo rey»
—Un fantasma hubiera sido mejor, así hubieran dejado de molestar.
Era cierto que Kenshin había cambiado con todos esos años. Y, bueno, era lo de menos. Había perdido algo tan importante a manos de aquellos seres que ahora trataba de ayudar. Prácticamente había sido obligado a ayudar a los asesinos de aquello irremplazable… de la única muerte de la que jamás podría recuperarse. Por eso lo entendía y trataba de no forzarlo a nada, mucho menos de sonreír o ser amable como cuando le conoció.
Tampoco era sorpresa verlo frio o distante, después de todo, la preocupación de que Kaoru no volviera tal cual posiblemente rondaba en su mente. Nadie sabía si la princesa renacería como todos la conocieron; debía ser la misma persona, pero nadie podía asegurarles de que sería opuesta a como a un principio. Sobretodo qué haría con el inmenso poder de Doragon si se enteraba de que estaba en sus manos y bajo su disposición, si sería mala o buena, y, en su mente… si lo amó, amaría o no. Era un riesgo que Kenshin había tomado al posar el sello en su corazón. Por eso, entendía que el hombre después de esperar tantos años, se sintiera frustrado si apareciera alguien diferente… alguien a quien debió darle un luto definitivo y a quien entregó todo y que desapareció.
Entonces, si ese era el caso… ¿Qué pasaría? ¿Dónde quedaría su promesa? Kenshin… ¿qué haría? ¿Simplemente la despojaría de su poder y volvería al cielo a ocupar el lugar que siempre le perteneció y que todos codiciaban?
—Mientras esté a tu lado… no dejaré que nadie te toque —le prometió Sagara dejando de martillar lo maderos. Él estaba solo—, no dejaré que nadie sepa quién eres o siquiera tu nombre. No importa cuántas veces tenga que mentir creándome una historia que ya ni se si es verdad o no. O cuántas veces tenga que pensarme una historia o contarla de diferente manera; tú eres el dragón del cielo y nada cambia eso.
Y, era por esa exacta razón fue por la que plasmó su nombre en una estrella de su constelación. Puesto que, sin Kaoru y el resto de su esencia, no poseía el poder para llevarlo allá arriba y honrar su ayuda. Por lo tanto, podía estar ahí con los mismos beneficios, o la misma maldición, vivir… siempre y cuando le acompañara por los años. Tal y como lo había hecho desde hacía tanto, viendo cómo los humanos cambiaban y se levantaban. Esperando…
—Gracias, pero no necesito que cuides tanto de mí —resoplo, quitándose la capucha negra que dejo a un lado para ayudarlo—. Es suficiente con lo que haces en mi nombre con los demás reinos. Además, recuerda quién soy; no es que puedan tocarme, sino lo que yo puedo hacerles.
El otro muchacho sonrió tranquilamente. A pesar de su cambio aun podía ver su antiguo 'yo' muy adentro. Solo esperaba que la princesa no se tardara tanto y que llegara a tiempo antes de que se volviera otro, por la amargura y la soledad.
—¿Estás seguro que reprimir tus sentimientos con tu sello es lo correcto? Es decir —pausó para elegir las palabras correctas—, cada día estás perdiendo más quién eres… quien fuiste. El amor que te formaba como persona está siendo aplastado. Lo estas mitigando por dolor y culpa. Te está cambiando y no estoy seguro que para cuando ella venga…
Los ojos dorados de Kenshin lo fulminaron.
—Para cuando ella venga…. —musitó con ironía y con una sonrisa escéptica—… esperemos a que ella venga.
Pues sus sentimientos no habían cambiado, solo se había vuelto menos expresivo. Solo… para mitigar el dolor trataba de distraerse ocultando su recuerdo. Y, que terminaría de dejar atrás una vez llegara a la piedra donde ambas de sus esencias reposaban, ahí, en la colina donde había muerto. Donde ambos habían muerto…
Luego de que su amigo guardó silencio, miró nuevamente a través de la ventana, observando como rápidamente la noche había llegado y las estrellas comenzaban a brillar. Tenían que salir y averiguar más sobre las noches de Orión y comprender ciertas cosas que los ayudarían a planear su futuro. Entonces… esperaría, así como cada año, guardando sus sentimientos. Sus dudas y rencor. Desde ese día y de ese momento en adelante… sabía que no sería el mismo, así como nunca lo fue desde que ella murió.
Solo esperaba volver a verla,
Y que cumpliera su promesa.
La princesa que poco a poco se iba esfumando de su memoria,
Lo que siempre buscó…
Ori.
Notas de autor: Gracias de nuevo. Y si no explique alguna cosa se queda para Ori.
