Disclaimer: No me pertenece ninguno de los personajes que aparecen en este fragmento de historia.
CAPÍTULO 2. La Hermandad.
Tras un largo periplo por el bosque a pie, los nuevos amigos de Marie decidieron que era hora de ser más pragmáticos. Quizá se debiera a las constantes quejas de Pietro porque iban demasiado despacio para su gusto.
-Lo siento, Mística, pero como no aligeremos el paso, yo os abandono- refunfuñó el chico, cruzándose de brazos- Como no espabilemos, nos dan las uvas antes de haber llegado a casa.
-¿Qué propones, entonces?- replicó Raven, de malos modos.
Pietro se encogió de hombros, y dijo, como si fuera lo más evidente:
-Volver igual que hemos venido.
-Con la chica a cuestas va a ser un problema- terció Warren, haciendo que todos ellos miraran a Marie.
Ella tragó saliva, incómoda. El peso de las miradas de los mutantes caía sobre ella como una pesada losa. Sintió que era un estorbo para ellos.
-Puedo... irme- murmuró ella, inclinando la cabeza.
-De eso nada, monada- negó Pietro, agarrándola del brazo y acercándola hacia sí, pese a la más que obvia tensión de ella, que trataba de mantenerse lo más apartada de él- Has aceptado entrar en la Hermandad, así que ahora eres uno de los nuestros.
Mística y Warren se miraron, pensando a la vez que Pietro no estaba muy bien de la cabeza.
-No cometerás el error de retractarte, ¿verdad?- prosiguió mientras, Pietro- Te creía más lista. Que estos tarados no hayan pensado nada que nos facilite el transporte a casa, no significa que yo no lo haya hecho...
-Si vamos a cargar con Mística y con ella, sobre todo con ella, - lo interrumpió Warren, cansado- ¿cómo piensas llevártela sin que te haga daño?
Pietro entornó los ojos.
-No es tan difícil- repuso, volviéndose ahora hacia Marie, a quien aún agarraba del brazo- Sólo puedes hacer daño si tocamos tu piel, ¿no es cierto?
Marie dudó.
-Creo que sí- respondió finalmente.
Pietro esbozó una sonrisa triunfante, quitándose la capa con capucha negra tan poco favorecedora que llevaba encima y colocándosela a Marie, quien lo dejó hacer, sin tener demasiado claro que era lo que pretendía él.
-Ahora uno de los dos carga con ella, y el otro con Mística- concluyó Pietro, halagándose a sí mismo interiormente.
-Mejor que sea Ángel quien te lleve, querida- opinó Raven, con malicia- Eres demasiado valiosa como para que Pietro te estampe contra un árbol.
-¡Eh! ¿Por quién me tomas?- se molestó el muchacho- Tendría mucho más cuidado que la palomita.
Warren hizo caso omiso del apelativo cariñoso de Pietro, y se quitó él también sus ropas oscuras. Iba vestido igual que cualquier persona normal, observó Marie. Sudadera blanca y vaqueros grises; lo que no se podía decir de Pietro. Lo más impactante fue que tenía dos aperturas en la sudadera, por las que emergían unas grandes alas blancas que la deslumbraron. Un ángel, un ángel de verdad. ¿Quién podía afirmar con total seguridad que existían? Ahora ella podía hacerlo.
El ángel se aproximó a ella, que lo miraba embobada.
-No te dejaré caer- le dijo, rodeándola con un brazo por la cintura, y haciendo que ella situara el brazo izquierdo alrededor de su cuello.
-Eso dices ahora- masculló Pietro, acercándose a Mística, y dejando que ella se encaramase a su espalda.
Antes de que pudiera darse cuenta, Pietro y Raven se habían esfumado, y Marie se encontraba sola con Warren. En ese momento, el ángel movió las alas hacia delante, elevándose. Marie soltó un gritito ahogado, aferrándose más fuerte a él y cerrando los ojos.
-No pasa nada- la tranquilizó Warren- No es tan malo como parece. Tienes vértigo, ¿no?
Marie asintió, aún con los ojos cerrados.
-En menos de lo que piensas, habremos llegado- aseguró él.
-¿Adónde vamos?
-A casa- respondió- No está muy lejos de aquí. Es donde todos los miembros de la Hermandad convivimos. Ya verás que es bastante grande.
-¿Y qué ha hecho Pietro para llevar a Raven hasta allí?- le preguntó Marie, atreviéndose a abrir un ojo.
-Lo mismo que ha hecho antes cuando te ha dado la rosa- dijo él, entornando los ojos- Es muy rápido.
-Así que ese es su don...- murmuró Marie, pensando en lo desgraciada que era por lo que le había tocado vivir a ella.
Warren gruñó en un asentimiento mudo. Se notaba que no le caía bien Pietro.
-Por cierto, es mejor que la llames Mística. No le gusta su nombre humano.
Cuando Marie notó que el ángel disminuía la velocidad, abrió de nuevo ambos ojos, para ver entre los árboles una gran casa pintada de blanco. No había ningún indicio de civilización en varios kilómetros a la redonda.
-¿Por qué te uniste tú a la Hermandad?- le preguntó Marie, antes de que llegaran.
Warren le dirigió una mirada severa, haciendo que ella se sintiera estúpida por haberle formulado aquella pregunta. No parecía muy dispuesto a responderle. Quizá había tocado su fibra sensible y era un tema que prefería no compartir con nadie. De hecho, Marie no creía que Warren fuera muy comunicativo.
Finalmente, el ángel aterrizó frente a la casa y Marie se alejó como pudo de él, colocándose mejor los guantes. Dirigió la mirada al suelo, decepcionada. Estaba en un sitio dejado de la mano de Dios, rodeada de desconocidos que afirmaban conocerla pero ella no sabía nada de ellos. Podría parecer una tontería, pero con el rechazo reflejado en los ojos del ángel, Marie se había percatado de que seguía igual que antes, o incluso peor. No podía confiar en las verdaderas intenciones de aquellos extraños para con ella. Sin embargo, prefería esperar cosas buenas de ellos, prefería pensar que la ayudarían con su problema. La pobre, estaba muy perdida.
Warren no le dirigió ninguna mirada más y se fue volando hacia el tejado. Marie se quedó nuevamente sola, frente al gran caserón. La puerta no tardó en abrirse y Raven bajó las escaleras que conducían al camino de tierra donde estaba Marie.
-Bienvenida a tu nueva casa, querida- le dijo la mujer, situando una mano en la espalda de la chica, suavemente- Te llevaré a tu habitación.
-¿Hay muchos miembros en la Hermandad?- preguntó Marie, con miedo de que le pasara lo mismo con ella que con Warren hacía unos minutos.
Sin embargo, Mística ladeó la cabeza hacia ella con una sonrisa afable, sin despegar la mano de su espalda y llevándola al interior de la casa.
-Unos ocho- respondió- Ahora nueve, contigo. Ven, acompáñame.
El interior de la casa era lóbrego, pero amplio. De fondo sonaba la televisión a un volumen bastante bajo. De vez en cuando, un ruido extraño interrumpía la aparente calma. Parecían golpes quedos contra una pared.
Marie tragó saliva, sin saber qué esperarse de todo aquello.
Mística la llevó escaleras arriba, sin encontrarse con nadie por el camino. Cuando llegaron a la segunda planta, se encontraron con un gran pasillo vacío, las baldosas y las paredes grises. Había tres puertas a la derecha y otras tres a la izquierda.
-Es la última puerta a la izquierda- le informó Raven- Dejaremos que descanses. En el armario tienes ropa, todo lo que necesitas. Nos veremos mañana, Pícara.
-¿Pícara?- reiteró Marie, confundida. ¿Por qué la había llamado así?
Raven sonrió enigmáticamente.
-Tu nombre real- aclaró Mística, volviendo a bajar por las escaleras.
-Pícara- susurró Marie, caminando hacia su nueva habitación, mirando a su alrededor.
Las paredes tenían manchas de pintura más clara, como si alguien hubiera querido pintarlas de otro color al original, pero no hubiera tenido suficiente pintura para acabar.
Cuando Marie tenía la mano sobre el picaporte, una corriente de aire repentina le rozó el brazo, con tanta fuerza, que la hizo tambalearse. Frente a sí, un chico de cabellos plateados se apoyaba contra el marco de la puerta y esbozaba una sonrisa traviesa. Pietro.
Marie alzó los ojos, recelosa.
-¿Ya lo sabes?- le dijo él, inclinando la cabeza hacia ella.
La chica lo miró, ceñuda, apartándose y abriendo la puerta de la que sería su futura habitación.
-¿El qué debería saber?
-Oh, vamos, no te hagas la desinteresada- contestó Pietro, de forma acusadora- Antes te he dejado con la boca abierta.
A Marie le molestó el tono que empleaba. Aun así, decidió seguirle el juego.
-¿Te refieres al modo en que me has dado la rosa antes?- le preguntó, de forma casi inocente.
Ambos estaban en el umbral de la puerta del cuarto, sin entrar todavía.
Pietro asintió, con una sonrisa engreída.
-¿Ya lo sabes?- repitió él, posando la mano derecha sobre el marco de la puerta y estirando el brazo.
Marie fingió estar pensativa, tocándose la barbilla con una mano.
-El ángel me ha dicho que eres muy rápido- dijo, finalmente.
La sonrisa desapareció de la cara de Pietro.
-No lo sabes bien, amor- convino- Pero eso es trampa.
Marie se encogió de hombros y se dispuso a cerrar la puerta en sus narices. Sin embargo, cuando se dio la vuelta, tenía a Pietro a escasos centímetros.
-Vaya- murmuró ella, con la espalda apoyada contra la puerta.
-No te imaginas lo rápido que puedo llegar a ser- declaró, con tono presuntuoso.
Marie despertó de su embelesamiento y lo apartó suavemente.
-También idiota, por lo que veo- replicó ella.
-Eso que has dicho ha estado muy feo...- la recriminó él.
-No deberías acercarte tanto- cortó Marie, volviéndose hacia él. Avergonzada, se dio cuenta de que estaba enrojeciendo. "Al menos, está oscuro. No se enterará", se dijo.
-¿Por qué?- preguntó él, sonriendo de forma jactanciosa- ¿Acaso no te gusta?
Marie resopló. Aquel Pietro le estaba resultando un tanto pesado.
-Puedo hacerte daño- contestó ella, entornando los ojos.
-¿Así que estás preocupada por mí?- rió Pietro. De alguna manera, había adoptado un semblante de alivio.
Marie bufó, cruzándose de brazos.
Viendo que más comentarios como los que había hecho hasta ahora no serían bien recibidos, Pietro cambió su expresión a una más seria.
-No vas a hacerme daño, ni a mí ni a nadie- le aseguró- Tienes los guantes, ¿no?
Ella lo miró con duda.
-No sé si solo me pasa con las manos- murmuró Marie, bajando la mirada.
-Podemos comprobarlo si...
-¡No! No te acerques- dijo ella, alzando la voz y las manos al mismo tiempo.
Los ojos se le habían humedecido de la desesperación. Pietro se apiadó de ella.
-Está bien, no va a pasar nada, cálmate- le dijo, manteniendo las distancias, en un tono tranquilizador- No me acercaré, si tanto te aterra. O al menos, no por ahora- añadió, guiñándole un ojo- Te veré mañana. ¿Cuál era tu nombre?
Marie vaciló. ¿Cómo debía decirle que se llamaba? Mística le había dicho que su nombre real era Pícara. Tal vez lo más sensato fuera decirle que se llamaba así. Sí, eso haría.
-Pícara.
Pietro sonrió.
-Tu otro nombre, Pícara- aclaró.
-No sé si sea correcto- confesó Marie- A Raven no le gusta que la llamen Raven. Me lo ha dicho Warren.
-Raven es Raven- replicó Pietro, quitándole importancia al asunto con un gesto- Quiero saber cómo te llamas de verdad. Cómo te has llamado siempre, Pícara.
Marie desvió la mirada, incómoda.
-Anna Marie.
-Encantado de conocerte, Anna Marie- sonrió Pietro, desapareciendo con una ráfaga rápida de aire.
-Pietro...- dijo ella, pero ya era tarde. Él se había ido.
Lo que no se esperaba fue que la escuchara y volviera, apoyándose de nuevo en la puerta abierta del cuarto, con una sonrisa felina.
-¿Querías algo, Anna Marie?
Marie se mordió el labio inferior, nerviosa.
-Marie. Sólo Marie- murmuró- También me ha gustado conocerte.
Pietro elevó la comisura derecha, de forma presuntuosa, antes de esfumarse, cerrando la puerta con estrépito.
Una vez sola, Marie observó el cuarto que le había sido asignado. Había un gran ventanal frente a la puerta de entrada, y al lado del ventanal, habían colocado una cama individual de sábanas blancas. Se acordó de que Raven le había dicho que disponía de un armario lleno de prendas adecuadas para ella, y fue a comprobarlo. En efecto, no le haría falta ropa.
Cerca de la cama, había una mesilla con un solo cajón. Abrió el cajón, con curiosidad. Descubrió varios pares de guantes de distintos colores, algunos de cuero, otros de pana y otros de seda. Tomó los de seda entre sus manos; eran lo suficientemente finos como para que pudiera sentir el tacto de su piel o del de otra persona sin tener contacto directo con ella, aunque no tanto como le gustaría.
Marie suspiró, dirigiéndose a la otra puerta del cuarto. No sabía si abrirla o no. A lo mejor era una puerta de otra habitación donde dormía otra persona. Decidió arriesgarse y abrirla un poco, lo suficiente como para ver el interior de la otra estancia. Era el cuarto de baño.
Marie cerró la puerta y quitándose las ropas oscuras con las que se había cubierto Pietro antes, procedió a deshacerse también del abrigo. Fantástico. Ahora olía a perfume de hombre; aunque no estaba tan mal. Se descubrió a sí misma inspirando el aroma de la ropa. Avergonzada, en cuanto se dio cuenta de lo que estaba haciendo, la dejó caer al suelo.
A continuación, cayó de espaldas sobre el colchón. No debería confiarse tanto, estando con unos completos desconocidos, pero al diablo con todo. No podía más, tenía demasiado sueño y le dolía la cabeza de tanto pensar. No tardó en cerrar los ojos, sumiéndose en un sueño profundo.
Los rayos del sol incidieron sobre los ojos de Marie, haciendo que despertara. Desconcertada, miró a su alrededor, preguntándose donde estaba el despertador de su habitación para apagarlo. Fue entonces cuando lo recordó todo. Se había escapado de casa. No había despertador ni nada que le pudiera resultar familiar en aquella estancia que era su nueva habitación.
Estaba en una casa que a partir de ese momento compartiría con unos desconocidos que le habían ofrecido su mano. Estaba lejos de la que había considerado siempre su familia, lejos de la escuela, lejos de cualquier persona que conociera. Lo más inquietante es que tan solo conocía a tres de las ocho personas que vivían en aquella casa. ¿Qué iba a hacer si se encontraba con alguien que no sabía quien era?
Además, se llamaban a ellos mismos la Hermandad, como si fueran una secta. Marie no sabía muy bien qué pensar de todo aquello. Por muy ridículo que pareciera, se dio cuenta de que estaba viva y comprobó que no le faltaba ninguna parte de su cuerpo, que los desconocidos no le había hecho nada mientras dormía.
Se levantó de la cama, aun llevando el vestido raído con el que se había ido de casa. Necesitaba una ducha urgentemente.
Tras hacer la cama, se dirigió a la ventana, asomándose por ella para contemplar mejor el exterior de la casa, ya que no había podido verlo bien el día anterior, debido a que era de noche.
Divisó el camino de tierra, varios árboles a su alrededor, diferentes a los del bosque. Podría decirse que era un jardín, pero aquellos árboles se distribuían por el terreno de forma distinta, sin ningún orden aparente.
Le sorprendió ver a un hombre obeso saliendo de la casa y dirigiéndose a un enorme coche que había aparcado al final del camino de tierra. Marie se sintió culpable al pensar que era imposible que aquel hombre cupiera en el coche, por muy grande que fuera el coche.
El hombre se giró y miró a la casa, antes de montarse en el coche. Cuando se quitó la gorra y señaló en su dirección, Marie asintió, devolviéndole el saludo, perpleja al ver cómo repentinamente adelgazaba y entraba en el coche. Cerró las cortinas, tragando saliva. Aquello que había visto le parecía casi más imposible que lo que podía hacer Mística.
Marie fue hasta la puerta principal, y miró a ambos lados del pasillo pero estaba vacío. Aun así en una de las habitaciones, la más cercana a la suya, tenían puesta música a todo volumen. Cerró la puerta, con un suspiro de resignación.
Cogió una camiseta y unos vaqueros de su nuevo armario y fue al baño, que no era precisamente espacioso, pero, al menos, tenía todo lo que necesitaba. Colocó dos toallas cerca de la ducha, y se aseguró de que el champú y el jabón estuvieran en un sitio donde pudiera acceder a ellos fácilmente. Una vez hecho todo esto, procedió a asearse sin ninguna prisa. Quería quitarse toda la porquería que se le había adherido a la piel al caminar por el bosque.
Miró la marca del champú y del jabón, mientras se aclaraba el pelo. "Marcas nuevas, ropas nuevas, habitación nueva, vida nueva", pensó, con tristeza. ¿Cómo iba a pagar al dueño su estancia allí? Porque tenía que haber un dueño, y sinceramente no creía que le ofrecieran todo aquello sin querer nada a cambio. ¿Quién iba a querer cargar con una adolescente como ella que apenas sabía hacer nada? No trabajaba, por lo que no ganaba dinero. Quizá ahora sí tendría que hacerlo.
Repartiendo el jabón entre sus dos brazos y el abdomen, pensaba en otras cosas. Quiso sentirse mal por haber dejado la escuela, pero no podía. Antes sus compañeros no la trataban demasiado bien, pero después de que sucediera lo de Cody, la maltrataban. Los profesores no hacían nada por evitarlo. Al contrario, a veces ellos también disfrutaban haciéndola sufrir.
Dejó que el agua se llevara sus lágrimas , prometiéndose a sí misma que sería la última vez en mucho tiempo que lloraría.
Iba a salir de la ducha, cuando vio que la puerta del baño se abría bruscamente. Marie soltó un gritito, alcanzando una toalla lo más rápido que pudo y envolviéndose con ella.
En la entrada del cuarto de baño había un hombre bastante extraño. Su piel tenia un tono verdoso que resultaba desagradable a la vista, y sus ojos negros como pozos estaban clavados en ella, una sonrisa traviesa en su rostro. Recogió la lengua tan larga que le salía por uno de los lados de la boca.
Marie tragó saliva, sin poder evitar adoptar una expresión de repulsión.
-¡No sé quién eres pero... pero vete de aquí!- gritó ella, cuando se recuperó de la impresión- ¿No ves que estoy desnuda?
-Sí lo he visto, sí- afirmó él, pasando la lengua por los labios.
Ella se tapó más con la toalla, situándose detrás de la mampara de la ducha. Le ardía la cara de rabia y de asco al mismo tiempo.
-¡Fuera de aquí, depravado!
-No sabía que la nueva fuera tan maleducada- replicó él, manteniéndose en la puerta, sin ninguna intención de irse- En fin, no había venido para verte sin ropa, desde luego.
-¿Ah, no?- resopló Marie, irónicamente.
-Mística quiere que te reúnas con ella en la sala de estar en media hora- anunció él.
-No sé dónde está la sala de estar.
-Te llevaría, pero no te has portado bien conmigo- repuso el hombre, divertido.
-¿En serio? ¿Yo no me he portado bien? ¿Y acaso tú sí irrumpiendo en el cuarto de baño de una chica?
Él se encogió de hombros, dándole la espalda.
-Tenía que avisarte- dijo, simplemente, caminando fuera del baño.
-¡Espera! ¿De verdad no vas a llevarme a la sala de estar?
-Te llevaría si me pidieras perdón- rió él.
Marie apretó los puños, indignada.
-¿Perdón yo? ¡Pero si eres tú el que se tendría que disculpar!
-Mira, nueva, o Pícara, como me han dicho que te llamas- le espetó el hombre- No estoy dispuesto a aguantar a jovencitas tan groseras como tú.
-Habló, el que se ha metido en el baño de una chica mientras se estaba duchando.
-Búscate la vida, yo ya he hecho todo lo que tenía que hacer- replicó Sapo, saliendo de la habitación a saltos.
-¡Esto es alucinante!- pensó ella, en voz alta, mientras se vestía- Empezamos con buen pie... Aunque bueno, tampoco es un gran problema no saber llegar hasta allí sola. La casa no es tan grande.
Cuando ya estaba preparada, salió del cuarto y bajó las escaleras. La sala de estar debería estar en la planta baja, supuso.
En el vestíbulo, se encontró con una chica algo mayor que ella, de cabellos castaños hasta la cintura. Estaba regando unas plantas, pero sin ayuda de ninguna regadera. El agua obedecía el movimiento de su mano e iba desde un grifo que había en la pared hasta las plantas. Marie se quedó muy quieta, observando la escena, fascinada.
-Es maravilloso- pudo decir ella- ¿Cómo lo haces?
La chica se giró hacia Marie, con una sonrisa. Se levantó y le dio la mano.
-Con magia. Soy la Bruja Escarlata- se presentó ella- Es así como me llaman aquí, aunque mi nombre de verdad es Wanda. Tú debes de ser Pícara.
Marie asintió, devolviéndole la sonrisa. Se dio cuenta de que su cara le resultaba muy familiar, pero no sabría decir por qué.
-¿Te conozco?- le preguntó.
Wanda rió suavemente.
-No. Si te suena mi cara, es porque ayer conociste a mi hermano mellizo.
Marie alzó las cejas, sorprendida.
-¿Pietro?
-Exacto- sonrió Wanda- Será mejor que no te distraiga más, o Mística se enfadará. Te está esperando en la sala de estar.
-No sé dónde está la sala de estar- respondió Marie.
-Oh, se suponía que Sapo tenía que decírtelo- dijo Wanda, frunciendo el ceño- No sé cómo pueden fiarse de él.
-Si es él el que tenía que avisarme, hemos tenido un pequeño incidente en el baño...
Wanda se cubrió la boca con las manos, asombrada.
-Vaya, lo siento- dijo- Ese Sapo está loco. En mi opinión hay demasiados locos en esta casa, ya los irás conociendo. Los únicos normales somos mi hermano y yo.
A Marie le entraron ganas de decirle que su hermano no era precisamente lo que ella consideraba alguien normal, pero se calló. Quería tener amigos en la casa.
-No te preocupes, yo iré contigo- sonrió Wanda.
-Gracias- agradeció Marie, mientras caminaban por un pequeño pasillo- No quisiera molestarte.
-No lo haces- replicó la hermana de Pietro, moviendo la cabeza de un lado a otro efusivamente- La vida empezaba a ser aburrida sin más compañía femenina que la de Mística. Aquí es. Nos vemos luego, Pícara.
Marie asintió, volviendo la vista al frente. Mística se hallaba sentada en un sillón, frente a la chimenea, con la misma apariencia del día anterior. No parecía muy contenta.
-Siento llegar tarde- murmuró Marie, incómoda.
Raven se levantó, invitándola a sentarse.
-Te compraremos un reloj- dijo, encogiéndose de hombros- ¿La habitación es de tu agrado?
-Sí, muchas gracias. No era necesario que...
-Hoy comenzaremos tu entrenamiento- la interrumpió Mística. No parecía de muy buen humor.
-¿Mi entrenamiento?- repitió Marie, confusa. ¿Qué entrenamiento era aquel? ¿Entrenamiento para qué?
-Tus poderes de absorción- respondió Raven, cansada- Te dije que te ayudaría a controlarlos. Eso es lo que vamos a hacer.
N/A: En primer lugar, agradecer a pablowsky, Irbis y Estrellitapolar por comentar. Muchas gracias! Especialmente, a ti, Irbis, por tomarte la molestia de hacerlo cuando no es tu idioma materno. También, gracias a aquellos que la han leído y no han comentado! Me he puesto muy contenta:) Tengo varios capítulos escritos ya. No tardaré en actualizar. Saludos!
