Disclaimer: No me pertenece ninguno de los personajes que aparecen en este fragmento de historia.
CAPÍTULO 4. Un paso por delante.
Marie se hallaba sobre la cama, sin hacer nada. Miraba fijamente el techo, preguntándose por qué seguía en aquella casa. Sólo había estado unas horas allí y lo había pasado terriblemente mal. Incluso peor que cuando estaba con sus familiares.
El altercado que había tenido con Sapo le había quitado el hambre. Esperaba no volver a verlo más, algo absurdo ya que ahora vivía allí, donde él vivía. Sabía que quizá fuera demasiado pronto, pero había pensado en pedirle a Mística que pusiera un cerrojo en su puerta. De todas formas, dudaba que sirviera de algo, por lo que había visto al agarrar la lengua de Sapo. Ese... esa cosa podía saltar encima de un hombre y matarlo si hacer nada más. Seguramente, podría impulsarse sobre la puerta y deshacerse de ella sin ninguna dificultad. En cualquier caso, tenía que intentarlo. Quizá más adelante, si Sapo la dejaba tranquila. Quería intimidad, más teniendo en cuenta que vivía con unos completos desconocidos.
Suspiró y cerró los ojos. Aunque ya había descansado bastante, sólo le apetecía dormir. Y si era posible, no despertar. ¿Con qué clase de gente se había ido a meter? Uno parecía más animal que persona y no la dejaba en paz. Un ángel amargado que deseaba lo mismo que ella: no vivir más. En realidad, Marie sí quería vivir. Lo que no quería era vivir con su maldición.
En los "entrenamientos", como los llamaba Mística, había descubierto que podía ver los recuerdos de la persona a la que estuviera tocando si lo hacía durante el tiempo suficiente. Aquello la atraía y la repelía a la vez., porque aunque los que la rodearan en aquel momento no confiaran en ella, tendrían que hacerlo sin remedio. Ella podía saber cosas de ellos que el resto no, como había ocurrido con Warren. ¿Acaso el ángel temía que los demás lo humillaran de igual forma que los niños si sabían de su pasado? Sospechaba que la mayoría de los mutantes que allí vivían, en algún momento de su vida, habrían pasado por lo mismo. Ella misma había sufrido numerosas humillaciones por parte de sus compañeros de clase y los vecinos.
Era por todo aquello, por lo que comprendía que Warren odiara a los humanos, aunque no lo compartiera. Le habían hecho demasiado daño como para merecerse algo más que su desprecio. Solamente había visto uno de sus recuerdos, pero como él le había espetado, ella no sabía nada de él. No sabía por lo que había tenido que pasar antes de llegar a la Hermandad.
Sin embargo, recordó lo que había dicho Avalancha. Warren no estaba dispuesto a contarle nada ni de él mismo, ni de otras cosas que quizá le concernieran. En un momento de su corta conversación con Dominik y Warren, Avalancha había dicho algo sobre unos frikis. Los frikis X, los había llamado. Marie no olvidaba con facilidad y recordó que el mutante se había presentado preguntando por qué estaba así la sala de estar, preguntando si habían venido unos X-men y habían causado todo aquel desorden. Marie sumó dos y dos, y supuso que los X-men y los frikis X, como los llamaba Dominik, eran las mismas personas.
Según lo poco que había dicho Dominik, se enfrentaban contra ellos eventualmente. ¿Qué quería decir con enfrentarse? ¿Se peleaban porque eran dos especies de bandas callejeras? ¿Hacían debates? ¿Asaltaban sus casas? Marie no entendía nada. ¿Quiénes eran aquellos X-men? ¿Por qué se llamaban X? ¿Y por qué exactamente peleaban contra ellos? ¿Ella tendría que hacerlo en un futuro?
Demasiadas preguntas y muy pocas respuestas.
Temió que Sapo supiera acerca de su capacidad para ver los recuerdos de los demás. Probablemente él había visto lo mismo que ella cuando lo tocó, o quizá no, porque no había sido mucho tiempo. Marie no lo sabía. Le había prometido a Warren que no diría nada de ello, pero no podría evitar que Mística se enterase si Sapo se lo contaba.
Llamaron a la puerta, despertándola de su ensimismamiento. Marie se irguió, alerta.
-Adelante- dijo, levantándose.
Un destello plateado llegó a su lado antes de que pudiera parpadear. Marie soltó un gritito ahogado, llevándose la mano al pecho. Al ver que solo se trataba de Pietro, suspiró, con enojo.
-¿No puedes entrar como las personas normales?- le espetó ella, dirigiéndose hacia la puerta. Así, de paso, se apartaba de él.
-Es que yo no soy normal, por si no lo habías notado- replicó Pietro, sonriendo.
Marie resopló.
-¿Querías algo?- preguntó, algo malhumorada.
Pietro se acercó a ella.
-No tienes por qué ponerte así- se quejó él- Deberías ser más amable conmigo, considerando que antes te he defendido de Sapo.
Marie se volvió para mirarlo fijamente.
-Ya os he dado antes las gracias a tu hermana y a ti.
-Oh, vamos, no seas así- sonrió Pietro- Te he traído algo para comer.
Ella lo miró, como si fuera estúpido. Las manos de él estaban vacías.
-¿Ah, sí? Pues no veo que traigas nada.
Al segundo, Pietro estaba tumbado sobre su cama y con las manos tras la nuca. Había una caja de plástico a sus pies. Tenía comida dentro. O al menos, eso pensó Marie.
-¿Decías?- se burló él, elevando una ceja.
Marie se inclinó para coger la caja y ver lo que había dentro. Un trozo de pan tostado, ensalada y carne. Levantó la cabeza para mirar al chico y sonrió tímidamente. Decidió que se podía permitir bajar la guardia unos minutos.
-Retiro lo dicho- murmuró ella, sentándose en una esquina de la cama- Gracias.
Pietro tomó algo que tenía a la espalda y se lo lanzó. Marie lo cogió; era una botella de agua.
-Ahora, cuéntame- empezó él- ¿Qué ha ocurrido con Sapo?
-¿Por qué te interesa tanto saberlo?- replicó ella, sin ganas de recordar lo que le había pasado con el mutante.
Pietro se encogió de hombros.
-Me interesa- dijo él- Me interesa todo lo que pase. ¿Te he dicho alguna vez que me encanta enterarme de todo?
-¿Y por qué no vas a preguntárselo a él?- repuso Marie, dejando a un lado la comida y la botella de agua.
-Porque es un mentiroso- respondió Pietro, más serio.
-¿Cómo sabes que yo no lo soy?- cuestionó ella.
Pietro se incorporó un tanto, hasta quedar sentado sobre la cama.
-No lo sé- contestó él-, pero sí estoy seguro de que él sí es un mentiroso. Te daré un voto de confianza. No me defraudes, ¿eh?
-Eso no va a cambiar el hecho de que no quiera contártelo todo.
-¿Por qué no quieres contármelo?- le preguntó Pietro, ceñudo- ¿Debo creer entonces que Sapo tiene razón al querer atacarte?
Marie se mordió el labio inferior, derrotada.
-Está bien, tú ganas- dijo, indecisa.
Pietro sonrió como solía. Marie inspiró aire con fuerza.
-Yo lo ataqué primero- susurró- No quería hacerlo, pero él...
-¿Qué hizo?- la cortó Pietro.
Marie lo miró con fijeza. Vacilaba. Si le contaba lo que había pasado, ¿no la odiaría más Sapo?
-¿Me prometes que no echarán a Sapo de casa por mi culpa?
A Pietro le entraron ganas de reírse en su cara, por lo ridículo de lo que había dicho. Por muy loco que estuviera Sapo, Magneto no se permitiría perder a un miembro de la Hermandad. Sin embargo, se contuvo, tratando de adoptar el semblante más sobrio que pudo.
-No lo echarán, te lo aseguro- dijo él, finalmente- ¿Qué es lo que hizo para que lo atacaras?
-Yo sólo quería comer algo- se excusó Marie, mirando al suelo- Encontré unos bollos de leche en la despensa. Yo no sabía que eran de un tal Blob e intenté comerme uno.
Pietro entreabrió la boca, con intenciones de decir algo, pero lo pensó mejor y se calló, dejándola hablar.
-Sapo me lo quitó diciendo que no tenía derecho a comerlos porque eran de su amigo. Lo mismo hizo con el siguiente cuando intenté de nuevo comerme uno- Marie se retorcía las manos, con nerviosismo- Me retó, pero yo no iba a caer en su juego.
La chica tragó saliva, manteniendo el silencio por un momento.
-Después él... se lanzó contra mí y me quiso lamer la cara- Marie miró al chico, que puso cara de repulsión- O al menos, eso creo. No sé qué me pasó, yo no tenía muy claro lo que hacía. Me enfadé, tenía la mano derecha sin guante y quería evitar que su... lengua me rozara. Así que agarré su lengua sin pensarlo demasiado. Si te han hablado de lo que provoco en los demás, ya podrás imaginar que no resultó nada agradable para ninguno de los dos.
Pietro aplaudió. Marie lo miró como si estuviera loco. En realidad, había dudado que estuviera muy centrado desde que lo conoció la noche anterior.
-¿Te parece gracioso?- cuestionó ella, sintiéndose peor.
-No, me parece fantástico lo que hiciste- contestó él, sonriendo- Ya te irás dando cuenta de que nadie en esta casa tiene en alta estima a Sapo. Dudo que en ningún otro lugar haya alguien que lo tenga en alta estima, de hecho.
Marie calló, sin saber qué responder a eso.
-Y por cierto- añadió Pietro- Lo que haya en la despensa es común. Sapo además de ser un psicópata, es un mentiroso; ya te lo he dicho. Puedes bajar y coger lo que quieras sin problema. ¿No te ha hablado Mística de ello aún?
Marie negó con la cabeza. Había tantas cosas de las que nadie le había hablado...
-Tendré que hacerlo yo, entonces- sonrió Pietro- Cada uno tiene en el armario de su habitación un pequeño frigorífico. ¿No lo has visto?
-Ayer estuve tan cansada, que no me di cuenta- respondió Marie, avergonzada.
-En ese frigorífico puedes guardar lo que quieras para tu consumo personal- explicó él- También hay turnos para cocinar. Hoy era el mío y el de mi hermana. Supongo que algún día de estos te tocará a ti.
Marie se puso nerviosa.
-Pero yo no sé cocinar.
Pietro hizo un gesto, quitándole importancia.
-Yo tampoco, lo hace mi hermana- dijo, encogiéndose de hombros- La ensalada es lo único que he hecho hoy. De todas formas, los turnos van por pares.
Ella abrió mucho los ojos, temiéndose lo peor.
-Espero que no me toque con Sapo- murmuró.
Pietro rió al escuchar aquello.
-No dejamos que él cocine- dijo- Es asqueroso.
Marie asintió, de acuerdo.
Pietro carraspeó, poniéndose tenso; algo difícil de ver en él. Marie se inquietó. Por lo poco que sabía de Pietro, no tenía pinta de tomarse muchas cosas en serio.
-¿Pasa algo?- preguntó Marie.
-Anna Marie...
-Marie- lo cortó ella, sin poder evitarlo.
-Marie.
Pietro calló un momento, organizando sus ideas. ¿Cómo decía aquello que quería decir sin que ella notara que le importara tanto?
-Esta mañana has entrenado con Warren- comenzó él- Has... No lo has pasado muy bien, ¿no?
Pietro se llamó estúpido mentalmente. Eso no era lo que quería decir. Obviamente, ella no lo había pasado bien. Aquello era evidente.
Marie bajó la mirada, en un asentimiento mudo.
-Mística quiere que lo hagas de nuevo esta tarde- dijo Pietro, a bocajarro.
Ella le prestó atención, con el corazón en un puño.
-¿Otra vez?- preguntó, con un hilillo de voz- ¿Hoy?
-Exacto.
-No voy hacerlo- se negó Marie, casi con lágrimas en los ojos- Ya se lo dije a ella antes. No pienso volver hacerlo...
-No sería con Warren- la interrumpió Pietro.
Ella se tranquilizó un tanto. Lo que más le asustaba era la idea de que volvieran a crecerle los huesos y le abrieran la espalda. Al menos, las heridas habían sanado solas. Sin embargo, le quedarían unas cicatrices enormes de por vida.
De todos modos, pensándolo mejor, no podía ser Ángel. Él no quería que Marie volviera a ver ninguno de sus recuerdos.
-¿Con quién?- preguntó, acordándose de la presencia de Pietro y de su afirmación anterior.
-Conmigo- respondió él, encogiéndose de hombros y recostándose sobre el cabecero de la cama.
-¿Contigo?- repitió Marie, incrédula.
-Exacto. Conmigo.
-Pero... pero ¿tú estás seguro?- replicó ella- Puede llegar a ser muy doloroso.
Pietro elevó una ceja y levantó la comisura izquierda.
-Puedo soportar muchas cosas, amor.
Marie resopló, incómoda.
-¿Podrías...?- trató de decir- ¿Podrías dejar de llamarme así?
Pietro sonrió más ampliamente.
-¿Por qué te molesta?- repuso- ¿Nadie te ha llamado nunca así?
Marie enrojeció, levantándose y dándole la espalda.
-Pues no. Tampoco es que me apetezca...
Pietro apareció frente a ella con la ráfaga de viento tan característica que dejaba a su paso. Marie dio un respingo.
-Tampoco es que me apetezca que empiecen ahora a hacerlo- completó ella, con el ceño fruncido.
-Solamente es un apelativo para que me prestes más atención- replicó Pietro, sin tapujos- No te lo tomes tan en serio.
Marie esbozó una sonrisa traviesa, algo poco usual en ella.
-¿Quieres que te preste atención?- rió disimuladamente.
Pietro levantó ambas cejas.
-¿No es obvio?
Dicho aquello, desapareció tan rápido como había aparecido ante ella unos segundos atrás. Antes de que Marie llegara a cerrar la puerta, él se apoyó por un momento en el marco.
-Come. A las cinco en el salón. Tienes un reloj en el armario.
Y se esfumó de nuevo.
Raven subió los escalones que llevaban a la última planta. Al final de ellos, había una puerta de ébano con una cerradura de plata. A Magneto le gustaban los lujos.
Mística se agachó junto a la puerta, donde había una maceta. Metió la mano en la tierra donde crecía la planta, y extrajo una llave fabricada con el mismo metal de la puerta. Introdujo la llave en la cerradura, haciendo el menor ruido posible, y empujó la puerta hacia delante, cerrándola una vez entró por ella a un pasillo lúgubre.
La última planta de la casa era como un apartamento, con su cocina, cuarto de baño, estudio y dormitorio. Así que, básicamente, podía decirse que la casa constaba de dos cocinas, varios cuartos de baños y muchos dormitorios. En cuanto al estudio, aquel era el único que había, aunque apenas era utilizado. Allí era donde la Hermandad guardaba todos los documentos y archivos que robaban al gobierno de vez en cuando.
Ese día, Magneto se hallaba en el estudio, viendo la televisión. Así lo encontró Mística cuando llegó a la estancia. Magneto cogió el mando y apagó la tele, cruzándose de brazos en su asiento giratorio.
-Los humanos pretenden establecer una ley de registro de mutantes- dijo él- Puede ser el inicio del exterminio.
-Me parece extraño que Charles no vaya a hacer algo al respecto- opinó Raven, sentándose sobre el escritorio, con las piernas cruzadas y el cuerpo un tanto inclinado hacia él. En esta ocasión tenía su verdadero aspecto, y la luz que se filtraba a través de los agujeritos de la persiana arrancaba destellos de su piel zafiro.
-Lo hará- respondió Magneto, entrelazando sus manos, con los codos apoyados sobre la mesa- Sólo está esperando el momento adecuado.
-Como siempre, tan prudente.
-Y tan calculador- añadió Eric, una pequeña arruga formándose en su entrecejo. Calló por un momento- La diplomacia no servirá de nada. Los humanos se creen superiores a nosotros y no les temblará la mano a la hora de eliminarnos a todos en cuanto tengan oportunidad.
Había un brillo en los ojos del hombre, que dejó caer los brazos sobre el escritorio y se apoyó contra el respaldo de la silla.
-Ya has pensado algo- dedujo Raven, sonriendo.
-Como siempre, tan observadora- murmuró él, devolviéndole la sonrisa- Cambiaremos las tornas de una manera u otra.
-No esperaba menos. Siempre vas un paso por delante- lo halagó ella- ¿Qué estás planeando?
-Dependerá de los progresos que hagas con la chica...
-Pícara. Tiene un don espectacular- admiró Mística- Utilizado a nuestro favor...
-Podría ser letal para los humanos- completó Magneto, con una sonrisa torcida- La cuestión es encontrar los medios para expandir su poder, para que les llegue a todos los humanos por igual.
-Deja eso en mis manos, Eric.
-Tenemos que darnos prisa- la advirtió él- Ha de ser preferiblemente antes de que se emita esa ley. Mientras tanto, encárgate de que ella sepa controlarse.
Raven asintió, sonriendo.
-Hemos de ir...
-Un paso por delante- completó esta vez Mística.
