Disclaimer: No me pertenece ninguno de los personajes que aparecen en este fragmento de historia.

CAPÍTULO 5. Pretensiones.

Cuando Marie llegó a la sala de estar, Pietro ya estaba sentado en el suelo con las piernas cruzadas frente a la chimenea, a pesar de que ella había escuchado cómo se cerraba una puerta de una habitación cercana cuando iba bajando las escaleras. Tenía razones para pensar que había sido Pietro, puesto que esa leve brisa que generaba cuando empleaba su velocidad sobrenatural, le había rozado el brazo izquierdo.

Al escuchar sus pasos, Pietro ladeó la cabeza levemente.

-¿Preparada?- le susurró él.

Marie se sentó a su lado y colocó sus manos enguantadas hacia delante, buscando el calor del fuego.

-La cuestión es- repuso ella, con una sonrisa triste-, si estás preparado tú.

Pietro la miró, alzando una ceja.

-Yo siempre estoy preparado.

-Me alegro- terció Mística, quien acababa de llegar, adoptando la apariencia que solía cuando estaba Marie- Porque vamos a empezar.

Un escalofrío recorrió la espina dorsal de Marie. Raven siempre llegaba sin hacer ruido alguno, silenciosamente. Podría haber estado escuchando las conversaciones que anteriormente había mantenido con los otros habitantes de la casa, y ninguno de ellos se habría dado cuenta.

-Espero que esta vez salga mejor - añadió Mística, sentándose sobre el sofá, tras los chicos.

-Yo también- susurró la muchacha, quitándose el guante de la mano derecha.

Sin darle tiempo a concienciarse de lo que iba a hacer, Pietro aferró su mano con la suya. En un principio, a lo que ya se estaba acostumbrando Marie, no pasó nada. La sensación fue incluso agradable. El tacto de él era suave y cálido.

Al sentir los primeros vestigios de dolor, su mano comenzó a temblar entre los dedos de Pietro. Se sintió tentada a soltarse, pero él la aferró con más fuerza. El suplicio, sin embargo, fue menor en aquella ocasión.

El torrente de imágenes combinadas con sonido no se hizo esperar, y pese a tener los ojos cerrados, el rostro de Pietro al que Marie miraba desapareció para dar lugar a algo totalmente distinto. No pudo evitar cerrar los párpados. Pietro hizo lo mismo.

El chico sentía que todo lo enérgico que solía sentirse iba desapareciendo poco a poco, a medida que sus fuerzas se iban con Marie. Era una sensación embriagadora y dolorosa al mismo tiempo, pero no dejó escapar la mano de ella en ningún momento.

-¿Qué estabas haciendo para provocar el fuego?- le espetó un Pietro más joven a su hermana, que se acurrucaba contra él, llorando. Tendrían unos dos o tres años menos de los que tenían en la actualidad; aproximadamente la edad de Marie.

-No lo sé, no lo sé- sollozó ella, observando cómo la casa del vecino estallaba en pequeñas explosiones.

Una pequeña multitud los rodeaba, sin dejarles escapatoria.

-Habéis matado al viejo- los acusó una señora, que portaba una horca.

-¡Es ella!- gritó un niño, abriéndose paso entre los aldeanos- ¡Yo la he visto! Tenía una cerilla en la mano.

Pietro miró a su hermana, alarmado.

-Yo solamente estaba encendiendo el calentador- susurró Wanda, mirando al suelo.

-¡Bruja!- le espetó una anciana, con un candelabro en la mano.

-No podemos permitir que otros como ella vivan aquí- declaró un hombre robusto- Imaginad lo que podría pasar cuando tengan una disputa con alguno de nosotros, indefenso frente a su magia.

-¡No pueden quedarse!- vociferó alguien entre la muchedumbre.

-Ahora sería el momento perfecto para que volvieras a incendiar cosas- musitó Pietro, dirigiéndose a su hermana.

-No puedo- respondió ella, desesperada.

-¡¿Pensáis dejarlos escapar impunes?!- apoyó otro- ¡Pueden volver a hacer lo mismo!

Un hombre avanzó hacia ellos, alzando un hacha. Debía ser un leñador.

Wanda aferró el antebrazo de su hermano, con un gemido ahogado. Pietro agarró a la niña por el hombro, dispuesto a echar a correr en cualquier momento.

-¡Hay que matarlos...!

Antes de que pudiera acabar la frase, una placa de metal que conformaba el techo de un almacén aterrizó sobre él y los que los rodeaban, con tanta fuerza, que los aplastó.

Wanda y Pietro cayeron hacia atrás, con los ojos muy abiertos por la sorpresa.

La muchedumbre se apartó, presa del pánico.

Sobre aquella placa de metal había un hombre de piel pálida y cabello castaño. Sus rasgos eran severos. Esbozó una sonrisa cínica y alzó el brazo izquierdo.

Pietro aflojó su agarre, cayendo desfallecido al suelo. Marie tomó aire, angustiada. Había estado mucho tiempo manteniendo el contacto con él, más que con Warren, con Sapo o con Cody. Se temió lo peor.

Ella también se había debilitado mucho, pero en esa ocasión, no tuvo la sensación de ahogo que la embargaba cuando tocaba a otra persona. No había controlado el tiempo que había mantenido su mano en la de Pietro y Mística no la había apartado.

Pensó, irritada, que eso era lo que Raven quería. Quería ver hasta qué punto podía llegar sin matar a la persona con la que mantenía el roce. Aquello la hizo sentirse como una rata de laboratorio.

De todas formas, no iba a dejar que haberse sometido de nuevo a aquella tortura fuera en vano. Por eso se levantó, ante la mirada expectante de Raven.

-¿Qué se supone que debo hacer ahora?- preguntó, con frialdad.

-Correr- contestó Mística, como si fuera evidente- Si has tocado a Pietro, tendrás el don de Pietro.

Marie se concentró en un sitio en concreto. Llegaría a la cocina y luego volvería al mismo lugar en el que estaba en aquel momento. Levantó una pierna, luego la otra. Pero no se esperaba lo que pasó a continuación.

Avanzaba a una velocidad vertiginosa y el tiempo pasaba demasiado despacio. Sin embargo, sus piernas no estaban acostumbradas a moverse así; jamás habrían podido moverse así. Era por eso, por lo que a medio camino, sus piernas se cruzaron y Marie cayó de bruces al suelo. Trató de agarrarse a algo y tiró del picaporte de la puerta de la cocina. Como se movía tan rápido, con la inercia, la puerta salió disparada hacia el interior de la cocina y ella aferraba con tanta fuerza el pomo, que las manos comenzaron a sangrarle.

Sin darle tiempo a recuperarse, Mística tiró de ella hacia arriba, haciéndole daño en el brazo.

-Vamos, en pie- le ordenó- Sigue. Inténtalo de nuevo.

-Pero ya has visto lo que ha pasado- replicó Marie, enojada- Podría destrozar toda la casa tratando de imitar a Pietro.

-Por eso quiero que lo hagas de nuevo- dijo Raven, severa- No dejarás de intentarlo hasta que domines el don de Pietro.

Marie miró al muchacho con desasosiego, quien aún se encontraba inconsciente en el suelo. Tenía el rostro tensado, como si aún estuviera manteniendo el contacto con ella.

Raven tiró de la manga de su camiseta, llamándole la atención.

-No te distraigas. Lo harás otra vez. Podríamos pasarnos así toda la noche.

Marie trató de mirarla con odio, pero no fue capaz. ¿Por qué tenía tanto interés Mística en que ella dominara las capacidades de Pietro? ¿Pretendía obligarla a hacerlo una y otra vez? Parecía que sí. Marie quiso rebelarse, pero algo en los ojos de Mística le dijo que era mejor no hacerlo.

Pronto, Pietro despertaría y Marie dejaría de tener sus poderes. Era cuestión de tiempo. Tiempo que tendría que aprovechar si no quería arriesgarse a tener que tocar al chico de nuevo y pasar ambos otra vez por la tortura que suponía su roce.

Fue por eso, por lo que lo intentó de nuevo. Trató de correr más despacio, pero aun así, seguía haciéndolo de forma casi invisible a los ojos de Raven. Pierna izquierda delante, pierna derecha avanza. Milésimas de segundo. Pierna izquierda delante, pierna derecha avanza. Marie tenía que concentrarse en el orden en que se tenía que mover si no quería tropezar.

Varias veces estuvo a punto de caer, pero lo evitó a tiempo. Las lágrimas de impotencia por no atreverse a enfrentar a Raven se habían secado antes de derramarse por la celeridad que había obtenido de Pietro.

Antes de que pudiera aprender a manejarlo, su velocidad fue disminuyendo poco a poco hasta que volvió a ser la que tenía normalmente, es decir, nula. Se volvió a colocar el guante.

-Repetiremos esto- sentenció Raven, dándole la espalda.

-¿Otra vez?- casi le gritó ella, sin aliento- Si no me he caído.

-Tienes que ser capaz de hacer cualquier cosa que puedas hacer sin haber tocado a Pietro antes, a esa velocidad. Dejaré que descanses- Raven hizo una pausa-, que descanséis los dos- se corrigió- Y en una hora lo repetiremos.

-¿Cómo puedes sugerir eso siquiera?- le espetó Marie, tratando de levantarse sin éxito- ¡Casi mato a dos personas hoy! Ya no es por mí, sino por ellos. ¿No se supone que vivís juntos? ¿No debería importarte lo que les pase?

Mística se dio la vuelta. Sus ojos relampaguearon con furia, cambiando a su amarillo natural por un segundo. No obstante, fue suficiente para que Marie lo viera y tragara saliva, asustada.

Marie quiso pensar que no debería haberle dicho eso, aunque fuese lo que creyera de verdad. No obstante, no pudo retractarse. No podía hacerlo. Ya lo había dicho y sufriría las consecuencias si tenía que hacerlo.

-En primer lugar- empezó a hablar Raven, con lentitud. Hizo caso omiso de lo último que le había dicho la chica. Se acercó tanto a Marie que su aliento le rozó la mejilla- No es una sugerencia. Querías que te ayudara, ¿no es así?

Marie asintió como pudo, cerrando los ojos con fuerza ante la cercanía de la mujer.

-Bien- dijo Raven simplemente- Pues eso es lo que estoy haciendo. Deja de portarte como una niñita malcriada. Te veré en el jardín en una hora- miró casi con desprecio a Pietro, quien había recobrado la conciencia y se erguía sobre un codo, escuchando la "conversación"- A ti también, Pietro.

Dicho aquello, Mística se marchó con el sigilo que la caracterizaba, dejando a los jóvenes solos.

Marie se mantuvo durante un momento quieta, en silencio, con los ojos fijos en la nada. No sabía qué era lo que quería. Si poder controlar aquello que le pasaba, suponía correr el riesgo de que otros murieran por su culpa, quizá fuera un precio demasiado alto.

-Eh- la llamó Pietro, en voz baja- ¿Qué ha pasado? No parecía de muy buen humor- añadió, señalando con la cabeza en la dirección por la que se había ido Mística.

Marie se giró paulatinamente, recordando que él también seguía allí. Se aproximó a Pietro, quedándose a una distancia prudencial.

-¿Cómo te encuentras?- le preguntó ella, sin hacer caso de lo que él había dicho.

-Ahora mismo podría correr un maratón compitiendo con humanos y aun como estoy, seguiría ganando- respondió él, con una sonrisa torcida decorándole el rostro- Así que no me puedo quejar.

Marie sonrió levemente, distraída.

-¿Qué te ha dicho Mística?- insistió él, irguiéndose un tanto- O mejor dicho, ¿qué le has dicho tú a ella?

-Me he enfadado y he dicho cosas que pienso pero que no quería decir- contestó Marie, mirando por la ventana.

El hombre que había visto aquella mañana montándose en el coche, se dirigía a la casa por el camino de tierra.

-Suele pasar- dijo Pietro, encogiéndose de hombros.

Al ver que Marie no le estaba escuchando, llevó sus ojos adonde ella estaba mirando. Alzó una ceja.

-Ése es Blob- le informó él- Puede ser una bola de sebo o transformarse en un ser raquítico. Prefiere estar en su forma opulenta, porque adquiere mucha fuerza.

Marie se volvió hacia él.

-Lo vi esta mañana- afirmó ella- Montándose en un coche.

-No le importa ocuparse de los recados- dijo Pietro, haciendo acopio de toda la fuerza que le quedaba para ponerse en pie- Va una vez al mes a la ciudad a hacer la compra. Cada uno de nosotros hace una lista en donde pone todo lo que quiere y se la da.

-¿Acierta con las marcas?- preguntó Marie, asombrada.

Pietro soltó una carcajada ronca, casi silenciosa.

-No siempre- respondió él- Por eso, la primera vez que vaya a comprar algo que le pidas, es mejor que vayas con él.

Marie asintió, cansada. Quería irse a su cuarto y echarse sobre la cama, pero no encontraba una forma adecuada de hacerlo, estando allí Pietro.

-Por cierto, no tenía ni idea de que podías hacer que reviviera el pasado.

Aquel comentario por parte del chico le hizo cambiar de opinión. Quizá fuese mejor que se quedara allí y le preguntara algunas de las muchas dudas que la habían asaltado desde que había llegado a aquella casa. Pietro no se parecía a Warren. Marie estaba segura de que apenas tendría inconveniente en contestarle a cualquier cosa.

-Puedo hacerlo- dijo ella, sentándose sobre el sofá- También puedo ver lo que tú revivas del pasado.

Pietro se recostó sobre el mismo mueble y colocó los pies cruzados uno sobre el otro encima de las rodillas de Marie.

-La verdad es que si puedes elegir qué parte quieres ver del pasado, no eres muy buena escogiendo- consideró Pietro, con un tono desenfadado. No parecía molestarle en absoluto que ella hubiera presenciado aquello con sólo tocarle.

-Eso no puedo hacerlo.

Marie se apartó, yéndose al extremo del sofá y deshaciéndose del peso de los pies de él. Pietro resopló, esbozando una sonrisa descarada.

Antes de que Marie pudiera añadir algo, Blob entró en la estancia, con dos montones de bolsas, uno en cada mano. Su barriga era tan amplia que apenas dejaba ver su cabeza; también en parte, por culpa de su gran estatura. Ahora Marie sabía por qué la sala de estar tenía una puerta gigantesca.

Al ver a Marie y a Pietro, Blob inclinó la cabeza a modo de saludo y siguió avanzando sin decir nada hasta que llegó al umbral de la cocina. Allí vio que la puerta de la cocina se había soltado de las bisagras y había ido a dar contra el fregadero, rompiéndose a la mitad. Las astillas estaban repartidas por el suelo de forma irregular y los fragmentos de madera más grandes entorpecían el paso.

Cuando Pietro se preguntaba por qué Blob se había detenido, se dispuso a mirar lo que había tras él, en la cocina. En un principio no vio nada extraño, pero luego sus ojos se dirigieron al suelo y vieron lo que había ocurrido con la puerta de la cocina. Casi dio un respingo, sorprendido. Aquello debió haber ocurrido mientras él había estado inconsciente, y no se había dado cuenta hasta ese momento.

Blob dejó las bolsas en el suelo y se rascó la sien, observando todo el desastre. Pareció que fuera a decir algo al respecto, pero se arrepintió en el último instante y procedió a entrar en la cocina, con cuidado de no pisar ninguna de las astillas.

Mientras tanto, Pietro miró con otros ojos a Marie.

-¿Eso lo has hecho tú con mi extremadamente atractiva velocidad y fuerza?- le dijo en voz baja, con un deje de picardía- Quién lo diría. En las manos de una mujer podrían ser un arma tremendamente...

-Sí, sí lo he hecho yo- lo cortó ella, incapaz de seguir escuchándolo por más tiempo- Pero no ha sido a propósito. Mística quería que aprendiera a controlar tus... habilidades.

-Está claro que vais progresando- replicó él, con sarcasmo.

-¿Quién era el hombre del recuerdo?- cuestionó Marie, cambiando de tema.

Pietro calló, borrando los resquicios de sonrisa que aun se entreveían en su rostro.

-Uno de los más carismáticos, mandamases y habilidosos que vayas a conocer jamás- respondió él, finalmente- Y que conste que no te lo estoy diciendo porque lo conozca. Quizá me haya expresado mal. No lo conocerás. Lo máximo a lo que puedes aspirar tratándose de él, es saber de su existencia. Muy irónico, puesto que vive aquí. Se hace llamar...

-Magneto- completó Marie- Entonces, eso es lo que puede hacer, manejar los metales a su antojo.

-Si solo fuera eso... Puede moldearlos como le parezca, y además, crear campos magnéticos. Es un tío con clase- concluyó Pietro, de forma casi inexpresiva.

-Él os salvó a tu hermana y a ti de todo ese gentío que os quería ver muertos- recordó Marie- ¿Fue después cuando os unisteis a la Hermandad?

Pietro asintió casi imperceptiblemente.

-No sabíamos qué era lo que pasaba con nosotros, pero eso nunca fue un gran problema- dijo él, con una sonrisa torcida- Siempre que pudiésemos controlarlo, como en mi caso. No era igual con Wanda, como ya te puedes imaginar.

Un leve matiz amargo se desprendía de sus palabras. Marie nunca hubiera pensado que en los tiempos en los que vivía aún se hicieran persecuciones de brujas. Quizá, lo que siempre les habían hecho creer que eran brujas, o personas que no estaban muy bien de la cabeza, en realidad fueran mutantes; pero, que, sin embargo, en aquel momento de la historia no tenían idea de cuál podría ser la causa de su naturaleza sobrehumana.

Mientras Marie cavilaba, Blob hizo acto de presencia de nuevo en la sala de estar.

-¿Quién ha tirado la puerta de la cocina?- cuestionó, molesto- ¿No habrás sido tú, Pietro?

-¿Por qué iba a ser yo?- replicó el chico, divertido- ¿Tiene el aspecto de haber sido arrasada por mí o qué?

Marie lo miró, sin saber muy bien qué debía hacer. Eso lo había hecho ella, pero Blob era demasiado... gigantesco y amenazador, y en ese instante parecía bastante irritado. Así que dudaba si decirlo.

Pietro le guiñó un ojo a la chica y ella desvió la vista, mientras Blob se daba la vuelta para examinar detenidamente el desastre de la cocina.

-Pues sí lo tiene- declaró Blob- Más te vale arreglarlo cuanto antes. Hoy me toca a mí hacer la cena.

-¿En serio me ves por la labor?- repuso Pietro, alzando una ceja.

Blob dio un paso adelante, haciendo retumbar la casa. En esas, Marie se levantó.

-Lo he hecho yo- dijo débilmente- Lo siento mucho. Enseguida lo limpio.

El gran mutante cambió de expresión, mientras analizaba a la chica.

-Eres la nueva- murmuró solamente.

-Qué observador- resopló Pietro, entornando los ojos.

-Bueno, por hoy haremos la excepción- dijo Blob, haciendo caso omiso del chico- Sé que Mística te quería entrenar. Supongo que no debe quedar mucho para eso, así que no te dará tiempo a ordenar todo esto.

-Gracias- susurró Marie, con una sonrisa tímida.

Blob gruñó y les dio la espalda, regresando a la cocina. Cada vez que movía una pierna y la alzaba del suelo, la casa entera temblaba ligeramente. Hasta la propia Marie se alzaba un tanto del sofá donde estaba sentada.

-¿Duerme arriba?- le preguntó a Pietro, quien se estaba levantando.

-No. Es el único que tiene el cuarto abajo del todo. Tendría que ser un espectáculo verlo subir las escaleras- se burló él- Creo que los cimientos de la casa no lo aguantarían.

Marie alzó la cabeza por encima de su hombro, vislumbrando a Mística en el mismo camino de tierra que había utilizado Blob. Les estaba haciendo señas para que salieron.

-Llegó la hora del martirio- sonrió Pietro- Vamos, ya verás como no es tan duro como antes.

Aunque Marie quiso creer que Pietro tenía razón, se equivocó. Fue mucho peor que la primera vez que lo tocó. Entre otras cosas, porque se puso a llover y Mística no estaba de muy buen humor. En esta ocasión Marie trató de tocarlo el menos tiempo posible y seguir practicando con sus poderes. De ese modo, no vio ningún recuerdo más suyo. Mística no puso ninguna objeción, pero después de repetir el procedimiento varias veces, entró en la casa y los dejó allí fuera, medio desfallecidos.

Un rato después, Wanda corrió hacia ellos con un paraguas y los ayudó a ir hasta sus respectivas habitaciones. Fue la primera vez que Marie vio un cuarto que no fuera el suyo, aunque tampoco lo recordó cinco minutos después. Estaba tan exhausta y tan dolorida, que tenía la vista borrosa. Wanda también tuvo que ayudarla a ella a ir hasta su cuarto.

-¿Cómo se le ocurre? Maldita mujer...- susurraba la hermana de Pietro, constantemente.

Tuvieron que colocar una manta sobre la cama de cada uno, para que no mancharan nada de barro, ya que estaban cubiertos por lodo de la cabeza a los pies. No tenían fuerza ni para ducharse.

Wanda se ofreció para llevarles la cena, pero ninguno de los dos tenía hambre. Una vez hubo cerrado la puerta, Marie se dejó caer sobre el colchón. Quería llorar, quería agarrar por los pelos a Raven y golpearla cuantas veces pudiera, quería irse, pero no se le ocurría otro sitio en el que debiera estar más que allí. Al fin y al cabo, lo que Mística pretendía obligándola a tocar una y otra vez a otras personas, era lo que ella también pretendía, ¿no? Llegar a dominar aquella fastidiosa sensación que tenía al tocar a alguien, de manera que pudiera hacerlo como cualquier persona normal. Sin embargo, había pasado un día entero tocando a Pietro, y no había mejorado. Es más, se sentía como si la hubiera atropellado un camión, porque sus músculos se debían haber desgarrado a someterlos a movimientos excesivos sin estar acostumbrados a ello. Aparte estaba el hecho de sus ojos enormemente resecos; comprendía la razón por la que Pietro llevaba a todas partes a modo de diadema aquellas gafas tan extrañas similares a las de un buceador.

Cerró los párpados, durmiéndose en el acto. Esperaba que el día siguiente fuera mejor que aquel. Antes de perder la consciencia totalmente, se dijo que lo había pasado tan soberanamente mal, aparte de por el "entrenamiento" de Mística, porque tenía que adaptarse y hacerse a sus nuevos convivientes.

N/A: Bueno, a partir de aquí hay algo más de acción. (Ya era hora). Sé que varias personas leen el fic, por eso sigo actualizando. Igualmente, no estaría mal recibir alguna opinión de vez en cuando.