Disclaimer: No me pertenece ninguno de los personajes que aparecen en este fragmento de historia.
CAPÍTULO 6. Trastornos nocturnos.
Por el estado en el que Marie había llegado a la cama, nadie hubiese dicho que despertaría varias horas después. Sin embargo, lo hizo. No tenía muy claro qué la había desvelado, pero como ya estaba espabilada, se fue a darse una ducha. Le costó bastante quitarse el barro y el fango que se le había adherido a la piel, porque ya estaba seco.
Una vez acabó, fue al armario para ver si tenía ropa para dormir. Encontró un camisón negro y después de comprobar que no dejara ninguna parte de su cuerpo más a la vista de lo que debía, se lo puso. Tras quitar la manta manchada que aun se encontraba sobre la cama, iba a acostarse de nuevo, cuando escuchó algo. El ruido era tan insignificante que creyó que lo había imaginado. Sin embargo, poco después volvió a escucharlo.
Se incorporó un tanto sobre la cama, quedándose sentada. No tenía idea de qué podía ser. Era como... si rasgaran la pared con un objeto muy puntiagudo. Temerosa, inspeccionó su habitación, buscando el lugar de donde procedía aquel ruido tan desagradable. Nada allí dentro parecía ser la causa. Venía de fuera.
El corazón le latía cada vez más acelerado, conforme se acercaba a la puerta que daba al pasillo. ¿Sería el desequilibrado de Sapo tratando de asustarla? No había pensado demasiado en la posibilidad de que él la fuera a fastidiar tan pronto, pero era muy probable que hubiera decidido hacerlo a aquellas horas, cuando se suponía que no había nadie despierto en la casa. Sapo la había amenazado con hacerle pagar el haberse atrevido a tocarlo. No obstante, Marie no había tenido tiempo para pensar en ello durante el día.
Empujó la puerta con suavidad, lo más sigilosamente que pudo. Dejó la mano sobre el picaporte y apoyó la cabeza contra la madera, tratando de dilucidar qué eran aquellos chirridos. Fue inclinando el rostro poco a poco hacia la abertura que quedaba entre la puerta y la pared.
El pasillo estaba despejado y no había indicios de que hubiera alguien más allá del punto más extremo de su campo de visión. Una oscuridad medrosa se extendía hasta las escaleras, pero no era total. Había luz que se filtraba por una pequeña ventana que se abría al exterior, y que estaba situada al final del pasillo, en el lado contrario al que se encontraba la habitación de Marie.
Estuvo varios minutos en la puerta, esperando a oír de nuevo el ruido. No obstante, el pasillo permaneció en silencio. Cuando Marie iba a cerrar la puerta para acostarse de nuevo, los chirridos interrumpieron la tranquilidad que flotaba en el ambiente. Marie se dio cuenta de que procedían de la habitación que se situaba frente a la suya. No sabía quién dormía allí, pero sí estaba segura de que en aquel momento no estaba precisamente durmiendo.
Oyó un sonido metálico, como de algo que se deslizaba contra la madera de la puerta. Marie se asustó tanto, que estuvo a punto de cerrar la suya de golpe. Sin embargo, no lo hizo, porque también empezó a escuchar una voz femenina en el interior de aquel cuarto.
Que Marie supiera, sólo había dos mujeres aparte de ella en la casa: Raven y Wanda. Una de las dos era la dueña de aquella voz, y muy probablemente fuera la responsable de aquellos sonidos tan extraños.
Marie aguzó el oído contra la puerta casi cerrada de su habitación, tratando de reconocer la voz. Fuera quien fuese estaba sollozando, entre palabras ininteligibles. De vez en cuando, parecía que arrojaba cosas contra la pared. Le extrañaba que nadie más aparte de ella se hubiera despertado ya.
No se imaginaba a Raven o a Wanda haciendo aquello, pero no sabía nada de ellas. Se vio tentada a salir de su cuarto y a ir a consolar a la mujer, fuera quien fuese. No obstante, se quedó en el sitio, escondiéndose aun más tras su puerta, cuando vio abrirse la del cuarto más cercano al suyo.
La luz que entraba por la ventana hizo que el cabello plateado de Pietro emitiera destellos y sus ojos azules brillaron cuando aquella claridad incidió sobre ellos. No miró a los lados, solamente al frente. Tal vez, si lo hubiera hecho, hubiera descubierto a Marie espiándolo desde su cuarto.
Marie se quedó estupefacta cuando lo vio dirigirse a la habitación de donde procedían los ruidos y abrir la puerta, sin vacilación. El chico la dejó entreabierta, por lo que Marie podía escuchar parte de su conversación con la mujer desconocida. Lo único que podía ver Marie era que se había puesto de cuclillas frente a otra persona, de la cual solo vislumbraba sus rodillas ligeramente flexionadas, donde él situó su mano.
Pietro hablaba bajo, pero Marie no tuvo muchas dificultades para entender algunas cosas que decían, porque la mujer mantenía su tono de voz afligido.
-Tranquila, sólo es una...- escuchó que murmuraba Pietro. No supo cómo había acabado la frase- Cálmate, no es real.
Alguien se sorbió la nariz. Seguramente sería la mujer. Hubo un silencio durante un corto lapso de tiempo.
-Los veo, están por todas partes, Pietro- le dijo ella, de forma aprensiva- Quieren llevarme con...
Marie soltó una maldición interiormente. ¿Por qué no podía enterarse de cómo acababan las frases? Resultaba desesperante.
-Ya sabes que no van a llevarte a ningún sitio- replicó Pietro, tendiendo una mano hacia adelante, hacia la persona que estaba frente a él- ...aquí contigo, no va a pasarte nada.
Marie supuso que Pietro le estaba acariciando el pelo a la mujer. Cerró los ojos, apesadumbrada, pensando que ella nunca podría recibir ningún consuelo de ese tipo. Algo tan normal y común entre el resto de las personas y que ella no pudiera obtenerlo por culpa de su maldición.
Un nuevo sollozo resonó por el cuarto de enfrente, llegándole claramente a Marie y distrayéndole de su pena momentánea.
-Las voces no se van, no se van, ¡no se van!- alzaba la voz la mujer, pataleando.
Pietro la hizo ponerse en pie y se dirigieron a la salida. Marie cerró más su puerta, hasta dejar una pequeña rendija por la que siguió mirando.
Marie comprobó que había estado en lo cierto al pensar que podía ser Wanda la que había hecho todo aquel estruendo. Efectivamente era la hermana de Pietro quien se apretaba contra él mientras avanzaban lentamente por el pasillo en dirección a las escaleras. El chico la tenía fuertemente agarrada, un brazo rodeándole la espalda.
-Vamos a dar un paseo, ya verás como las voces pronto se irán- la animaba él, empleando un tono condescendiente, mientras bajaba el primer escalón.
Eso fue lo último que escuchó Marie antes de que Wanda y Pietro desaparecieran de su vista.
La muchacha se quedó muy quieta por unos instantes, tratando de asimilar lo que acababa de suceder. Wanda escuchaba voces; aquello significaba con toda probabilidad que tenía alguna clase de problema mental. ¡Si de entre todos los locos que había en aquella casa, le había parecido que Wanda era la única persona cuerda! Y así había permanecido hasta que habían llegado las altas horas de la noche y había tenido aquella crisis de ansiedad tan extraña.
A la cabeza de Marie llegó la absurda idea de meterse en el cuarto de Wanda, para ver qué era aquello con lo que había ocasionado los chirridos que la habían desadormecido. Sin embargo, pese a lo ridículo de la idea, Marie no reprimió el impulso, y como si estuviera bajo un hechizo, caminó hasta el cuarto de enfrente.
Empujó la puerta, que Pietro había dejado entreabierta. Las paredes parecían pintadas de un suave azul celeste, pero no podría afirmarlo con seguridad, ya que al ser de noche, no veía como lo hacía durante el día.
Iba caminando, observando su alrededor, cuando algo frío y duro le rozó la sien. Soltó un gritito ahogado, yéndose contra la pared opuesta y descubriendo al mismo tiempo con qué había estado "jugando" Wanda. Se trataba de un cuchillo de carnicero clavado en la pared, y lo que había rozado a Marie, había sido su mango. Había otras cosas que también habían sido incrustadas en la pared a conciencia, como lápices, tijeras y otras cosas que la aterraron menos que ver aquel enorme cuchillo.
Mareada, Marie miró a la izquierda, hacia la cama. Las sábanas tenían manchas de sangre diminutas, casi imperceptibles, pero Marie pudo verlas sin dificultad. ¿Acaso Wanda se autolesionaba?
Casi hiperventilando, la chica se aproximó a la mesilla, donde vio un montón de pequeñas cajas de cartón. Eran de fármacos y todas estaban vacías. Tomó una de ellas entre sus manos, leyendo "Haloperidol". Si al menos en aquella casa hubiera Internet, Marie podría saber qué era exactamente aquel medicamento y por qué problema en concreto se estaba tratando Wanda. Desgraciadamente, aún no existía.
Todo parecía indicar que había tenido aquella crisis porque ya no tenía más fármaco a su disposición para controlarse. Se le debían haber acabado las tabletas.
Aun con los latidos cardíacos resonándole en los oídos, Marie dejó caer la caja que tenía entre las manos sobre las demás, y se fue a su habitación tan rápido como le permitieron los pies.
Cogió la silla que había cerca de la ventana y la colocó contra la puerta, de forma que nadie pudiera entrar en su cuarto sin que ella lo oyera. En cuanto lo intentaran e hicieran presión sobre el pomo, éste se giraría de forma parcial sobre el respaldo de la silla y Marie lo oiría.
Sabía que estaba siendo paranoica, que nadie tenía por qué entrar en su cuarto. Sin embargo, era una forma de calmarse. ¿Es que no había nadie "normal" en aquella casa? ¿Alguien mentalmente sano?
Se acercó a la ventana, para correr las cortinas. Desde ahí, podía ver a Pietro abrazado a su hermana mientras caminaban por el camino de tierra. Marie se compadeció de ellos, pese a la renuencia repentina que había empezado a sentir con lo que respecta a acercarse a cualquier habitante de la casa. Wanda no tenía la culpa; ella estaba enferma de verdad.
En cuanto a los demás miembros de la Hermandad... Marie no sabría qué decir. Los mellizos consideraban a Sapo un psicópata, pero ella no creía que tuviera ninguna patología. Es más, estaba más inclinada a pensar que se escondía tras esa faceta demente para encubrir que era un pérfido que disfrutaba haciendo sufrir a otros. Sin embargo, no le había hecho falta estar allí más de un día para darse cuenta.
Se alejó de la ventana y volvió a la cama, sabiendo que le costaría bastante conciliar el sueño de nuevo.
A la mañana siguiente, Marie se levantó temprano. Desde el incidente con Wanda no había podido pegar ojo otra vez, por lo que se había pasado la noche entera dándole vueltas al coco. Había llegado a la conclusión de que quería visitar cuanto antes una librería donde vendieran libros especializados, y sólo se le había ocurrido una cosa.
Ya que Mística no había dejado en claro que ese día hubiese "entrenamiento", Marie pensaba aprovecharlo de una forma totalmente distinta. De ese modo, a las ocho de la mañana se dirigió a la cocina, esperando tener la suerte de encontrarse con Blob. Él estaba allí, pero también estaba Avalancha.
-Buenos días- saludó ella, tratando de esbozar una sonrisa.
-Buenos días, Pícara- respondió Dominik, bebiendo de una taza lo que parecía ser café.
Marie se sentó frente a él, mientras Blob se movía por la cocina como podía.
-¿No es muy temprano para que te levantes?- le preguntó Avalancha, con curiosidad.
Marie sonrió levemente al escucharlo.
-En realidad, no. A esta hora tendría que estar en el colegio.
-El colegio- bufó Dominik, entornando los ojos- Es una de las formas de perder el tiempo más absurdas de las que haya oído hablar. Sobre todo si estás en Secundaria- Blob gruñó, apoyando su opinión-, ¿no estás de acuerdo conmigo, Pícara?
Marie rió, sin tener muy claro qué responder a eso.
-Por cierto, ya nos enteramos ayer por Pietro de lo que le hiciste a Sapo- afirmó Blob, con su áspera voz.
Era la primera vez que Marie lo oía hablar. Creyó que si algún día a Blob le daba por gritar, podía hacer que la casa entera vibrara sin proponérselo. Marie desvió la vista.
-Lo siento- murmuró ella- Fue sin querer. Él es tu amigo y yo...
Blob soltó una carcajada profunda, haciendo que Marie callara y se sintiera mal. Los ojos de la chica se iluminaron cuando aquel hombre gigante depositó sobre la mesa una bandeja con un vaso de leche y dos tostadas frente a ella.
-Sapo no es mi amigo- dijo Blob, simplemente.
-Dudo que él sepa lo que significa esa palabra- terció Dominik, haciéndole un gesto a Marie para que comenzara a comer- Cada vez nos sorprendes más, pequeña. Si fuiste capaz de hacerle eso teniéndole miedo, imagínate cuando no se lo tengas.
Marie prestó atención a sus tostadas, incómoda.
-La verdad es que no me gusta poder hacer ese tipo de cosas a los demás- musitó, con tristeza.
-No tienes por qué avergonzarte de nada- la animó Dominik- Puede que tu don no sea precisamente grato, pero en principio, para ninguno de nosotros lo fue.
El hombre fue a tocarle la mano. No obstante, Marie la retiró, alarmada, percatándose de que se tenía que poner los guantes. Dominik también retiró la suya, con una sonrisa de disculpa. Marie se colocó un mechón tras la oreja, tragando saliva.
-Perdona- dijo él- No me había dado cuenta.
-No te preocupes- contestó ella, apesadumbrada- Es culpa mía. No volverá a suceder, subiré por los guantes a...
-Antes, desayuna- ordenó Blob, sentándose a su lado. La mesa se movió un tanto, llegando a un punto en el que parecía que fuera a caerse.
Marie obedeció, agradecida. Blob asintió, satisfecho.
-En realidad, me había levantado tan temprano porque quería pediros un favor- dijo Marie, tímidamente, al cabo de un rato.
Avalancha esbozó una sonrisa torcida. Blob se volvió hacia ella, expectante.
-Tú dirás.
-Quisiera ir contigo a la ciudad- dijo Marie, volviéndose hacia Blob- Necesito... ciertas cosas de mujeres.
Blob y Dominik no pudieron evitar mirarse entre ellos, divertidos. Marie se ruborizó visiblemente. No quería ir a la ciudad sólo por eso. Quería saber para qué enfermedades se recetaba el haloperidol y buscar información sobre sus convivientes, para saber a qué podía atenerse con ellos.
-Haberlo dicho antes- rió Dominik- Contigo ya tenemos el coche completo.
Marie sonrió ligeramente. Los coches solían tener cinco plazas. Si iban Blob, Avalancha y ella, ¿quiénes ocupaban las otras dos plazas restantes?
