Disclaimer: No me pertenece ninguno de los personajes que aparecen en este fragmento de historia.

CAPÍTULO 7. Oculta.

Tras subir a por sus guantes y a por algo de dinero, Marie volvió al vestíbulo, donde estaba Avalancha.

-Sube al coche- le dijo él- Ahora vamos. Tenemos que coger algunas cosas. Parece que no, pero el viaje a Yonkers puede llegar a ser demasiado tedioso.

-¿A Yonkers?- repitió Marie, sorprendida- ¿Ahí es dónde soléis ir a comprar? ¡Pero si está en otro condado!

Avalancha se quedó mirándola fijamente durante varios segundos, tanto que Marie tuvo que desviar la mirada.

-¿No eres consciente de la distancia que recorriste cuando te encontramos en el bosque?- cuestionó Dominik, entonces- Fue un trayecto considerable.

Marie asintió y salió de la casa, caminando hacia el coche. Estaba más lejos de su hogar de lo que creía. Si en algún momento se planteaba la idea de marcharse de allí, le costaría bastante orientarse. Como ya había visto desde el cielo cuando Warren la había llevado, aquella casa en la que vivía desde hacía dos días estaba en medio de la nada.

Tiró de la manilla de la puerta trasera izquierda, y se sentó en el asiento del extremo izquierdo. Estaba buscando el cinturón para abrocharse, cuando la forzaron a inclinarse hacia delante. Algo tiraba férreamente de la cadena de plata que tenía al cuello, dificultándole la respiración. Marie alzó la cabeza, entre toses, descubriendo algo pegajoso y de color rosa, enrollándose en la cadena. Parecía... una lengua. Debió suponerlo. La lengua del asqueroso de Sapo, que en ese momento estaba en el asiento del copiloto.

Marie se quitó el guante y fue a agarrarle la lengua, sin importarle volver a tener esa sensación fastidiosa que le resultaba ya tan conocida. Sin embargo, Sapo, que no quería volver a pasar por lo mismo, desenrolló la lengua y la volvió a meter en su boca, relamiéndose sus labios verdosos.

Ella comenzó a toser más fuerte, llevándose la mano al cuello. Cuando supo que podía hablar casi como lo haría normalmente, elevó sus ojos verdes hacia Sapo.

-Hace un momento te habría gritado por qué hacías esto- carraspeó Marie- Pero ya veo por qué. Estás loco.

Sapo esbozó una amplia sonrisa, enseñándole sus dientes fluorósicos. Marie hizo una mueca de repulsión.

-Bueno, pero el susto te lo has llevado, ¿no?- se burló él- Sólo llevas un día aquí y ya crees que eres más que nadie. Deberías aprender el sitio que verdaderamente te corresponde en esta casa.

-¿Cuál es ese sitio, Sapo?- intervino Avalancha, tomando asiento a la derecha de la chica.

-No seas entrometido- le espetó el mutante, dándose la vuelta y dirigiendo su atención al frente.

La portezuela del conductor se abrió y Blob se metió en el coche, cambiando de forma. Marie observó, fascinada, cómo su rostro cambiaba radicalmente al enflaquecer. Pensó que sería muy útil que pudiera hacerlo si quería que no lo encontrasen. Era impresionante cómo podía cambiar tanto la cara, pasando de ser robusta y con algunos panículos adiposos, a tener los pómulos afilados y los ojos hundidos.

Blob estaba arrancando cuando la puerta trasera derecha se abrió y entró Pietro en el coche, quitándose sus peculiares gafas y cerrando la puerta tras de sí.

-¿Estabais intentando libraros de mí o qué?- soltó el chico, con un tono arrogante- No podéis; si quisiera podría adelantaros y sólo andando rápido.

-Deja de ser tan plasta y no nos tientes- le espetó Dominik.

-No sabía que tú fueras a venir, Avalancha- le contestó Pietro, sin mucho interés.

-Yo tampoco sabía que nos fueras a acompañar hoy- se lamentó Dominik, entornando los ojos- De haberlo sabido, me hubiera quedado en casa.

-Se nota que me tienes en alta estima- ironizó Pietro, cambiando el tono de voz cuando vio a Marie tras Avalancha- Tampoco sabía que fueras a venir tú también- dijo, dirigiéndose a la chica.

-Pues ya ves- respondió Marie, encogiéndose de hombros- Yo también podría decir lo mismo que Avalancha: ni idea de que fueras a venir.

Pietro inclinó su cabeza plateada por delante de Dominik, quien se echó para atrás, molesto.

-No finjas- musitó el muchacho- Sé que te alegras de que esté aquí.

Marie enrojeció, desviando la mirada hacia el paisaje que pasaba a toda prisa por la ventanilla. En esas, Dominik apartó a Pietro con un brazo.

-No creo que nadie se alegre de eso, Pietro- repuso el hombre, con burla- Y tampoco creo que Pícara sea la excepción.

-La gente cree muchas cosas- objetó Pietro- Y la mayor parte del tiempo se equivoca.

-Pícara tiene mucha cabeza para fijarse en ti- replicó Dominik, con una sonrisa torcida- Deja de incordiarla.

-Se llama "buscar", no "incordiar"- contrarió el chico, cruzándose de brazos, mientras disfrutaba de la situación tan embarazosa a la que estaba sometiendo a Marie.

Ella hacía como si no estuviera allí, fingiendo estar distraída. Sin embargo, Pietro sospechaba que en cualquier momento se pondría tan roja que podría ver el reflejo por su ventanilla.

-Además, si viera que le soy indiferente, dejaría de hacerlo- añadió Pietro, dándole el golpe de gracia.

A Marie le empezaron a temblar las manos, por lo que antes de que nadie lo viera, las entrelazó y las llevó a la zona cercana a la portezuela del coche. No obstante, a Pietro no le pasó desapercibido el gesto y sonrió para sí, acomodándose contra el respaldo del asiento.

Dominik movió la cabeza de un lado a otro, con reprobación. Pensó, como muchas otras veces, que Pietro estaba chalado, y que aquellas no eran formas de llamar la atención de ninguna chica. Pícara jamás le haría caso. De hecho, Dominik ya estaba planeando hacer una apuesta con Blob sobre eso. Necesitaba dinero y de algún sitio tendría que obtenerlo. Podría hacerlo ilegalmente, pero la policía ya lo conocía y tenía bastantes antecedentes.

Tras un buen rato de silencio, Sapo interrumpió la calma.

-Baja la ventanilla- le ordenó a Blob, que bajó la música para prestarle atención.

-¿No puedes esperar?- gruñó el mutante gigantesco, con fastidio.

Sapo volvió a sonreír ampliamente, enseñando aquellos dientes que constituirían una visión traumática para Marie por el resto de sus días.

-¿Tengo pinta de estar dispuesto a esperar?

Blob refunfuñó, haciendo lo que Sapo le había pedido; o más bien, exigido.

Marie se preguntó por qué tenía tanto interés en que bajara la ventanilla. Cuando vio lo que hizo, prefirió no haber tenido tanta curiosidad a la hora de saber cuál era el propósito de Sapo.

Tras cinco minutos con la ventanilla bajada, Sapo sacó su larga lengua en un movimiento reflejo y estranguló un gorrión, que luego se comió. Marie cerró los ojos con fuerza. Aquello era una de las cosas más asquerosas que había visto en su vida. Decidió que no volvería a quitar la vista del paisaje, pasara lo que pasara.

Nadie hizo ningún comentario al respecto, pero no hizo falta. Pietro y Dominik miraron hacia otro sitio, y Blob... Blob no pudo evitar ver la escena con detalle. Después, centró su atención en la carretera y volvió a subir la ventanilla de Sapo, sin que éste se quejase.

Tras el incidente de Sapo, no tuvo que pasar mucho tiempo para que llegaran a la ciudad. Claro, que Marie no se dio cuenta, porque se había dormido. El cansancio del día anterior y las horas que había pasado despierta después de enterarse de que Wanda estaba enferma, habían hecho mella en ella.

Abrió los ojos cuando Avalancha comenzó a zarandearla suavemente. Los demás se estaban ya bajando del coche.

-Vamos, dormilona. No te quedes ahí. Tenemos que estar en casa antes de que anochezca.

Marie se frotó los ojos con las manos enguantadas, notando los músculos del brazo entumecidos. Imitó al resto y bajó del coche.

El mutante que más resaltaba del grupo era sin duda, Sapo, por su baja estatura y extraño tono de piel. La gente que pasaba por allí se lo quedaba mirando, sólo el tiempo justo hasta que él sonreía y le enseñaba los dientes. Entonces, ellos se marchaban a paso ligero.

-Sapo, compórtate- refunfuñó Blob, malhumorado- No debemos llamar la atención.

Sapo se cruzó de brazos y le sacó la lengua.

-¿Adónde vamos primero?- preguntó Pietro, situando las manos tras la nuca.

-Nos dividiremos- anunció Blob, mientras se aseguraba de que el coche estaba bien cerrado- Sapo y yo tenemos que ir a un sitio- le guiñó el ojo de forma casi imperceptible a Dominik, quien asintió- Avalancha irá con vosotros. Cerca de aquí hay un supermercado; es grande, tiene todo lo que podáis necesitar.

Dicho esto, Pietro, Marie y Dominik se encaminaron hacia el supermercado. Marie rezaba por que hubiera una librería de libros especializados, aunque con la mala suerte que tenía últimamente, seguramente no encontraría ninguna. Sin embargo, sus esperanzas por sentarse a solas a buscar la información que precisaba, se desvanecieron cuando Dominik les dijo que era mejor que no se separaran.

-¿Por qué?- repuso ella, reacia a dejar escapar una oportunidad así- Podríamos quedar en un punto concreto que todos conozcamos y reunirnos cuando pasen unas horas...

-No- la cortó Avalancha, con firmeza- No insistas, Pícara. No es bueno que vayas sola por ahí, y ahora menos. Deben estar buscándote.

-¡Pero este es otro condado!- replicó la chica, casi desesperándose- No creo que la policía sepa nada de que me escapé de casa. ¡No le importaba a nadie!

-Eso crees tú- respondió Avalancha, apretando la mandíbula- No podemos arriesgarnos. He dicho que no, y es que no. No hay más que hablar.

Marie se cruzó de brazos, enojada. ¿Jamás iba a poder averiguar nada sobre aquellos con quienes vivía, salvo lo que ellos le contaran? Un día echado a la basura. "Aunque si me hubiese quedado en la casa, tampoco tendría nada mejor que hacer", se dijo, con decepción.

-No te enfades, amor- terció Pietro, rodeándole los hombros con un brazo y recibiendo a la vez una mirada irritada por parte de Marie- Te dejaremos espacio si no quieres que veamos lo que compras. Pero no nos puedes pedir que vayamos a otra tienda y te dejemos sola, ¿entiendes?

Marie desvió la vista al suelo, derrotada. Se animó pensando que al menos podría comprarse el champú que solía utilizar, cepillo de dientes... Todas aquellas cosas necesarias para la vida cotidiana, con las que había escrito una larga lista. Además tenía que ir a la farmacia a comprarse una crema para las manos porque se le resecaban mucho. ¡Claro, la farmacia! Podría preguntarle a la persona que estuviera allí de dependiente sobre el fármaco que tomaba Wanda. Sonrió levemente, al darse cuenta de ello.

-¿Lo ves, Avalancha?- se burló Pietro, sintiéndose satisfecho- Está sonriendo. No le soy indiferente.

Avalancha, que iba varios pasos por delante de ellos, hizo un gesto con la mano, indicándole que quizá fuera preferible que guardara silencio.

Al oír aquello, Marie despertó de su ensimismamiento y se percató de que el brazo de Pietro aun seguía alrededor de su hombro. Uno de los mechones plateados de él le rozaba la mejilla suavemente. Marie le apartó el brazo sin brusquedad y siguió caminando a su nivel.

-Contente un poco- musitó ella, azorada- Sólo te conozco desde hace dos días. Podrías esperar...

-Un día y dos noches- especificó Pietro, con una sonrisa torcida- A mí me parece tiempo más que suficiente. Más teniendo en cuenta, que debo ser el único chico al que hayas aguantado tocar durante tanto tiempo. O quizá el único chico al que hayas tocado, sin más.

Marie se detuvo, inspirando con fuerza. Pietro también dejó de andar, sin saber qué iba a decirle ella.

-Para tu información- comenzó Marie, tratando de hablar lentamente, ya que si no, se podía poner a llorar allí mismo-, no eres el único chico al que he tocado. Creía que eso ya lo sabías, puesto que parece ser que vosotros sabéis todo de mí pero yo no tengo idea de quién sois. Y si he tocado a ese chico por mucho o por poco tiempo, no es asunto tuyo.

Marie se giró y caminó a paso ligero, llegando junto a Avalancha. Pietro podía haberla detenido, pero no lo hizo. Sólo se quedó muy quieto durante un momento, asimilando lo que Marie le había soltado.

-No le hagas caso- le decía Dominik a Marie, mientras tanto- Puede llegar a ser muy pesado. Sé que todavía no tienes por qué confiar en mi palabra, ni en la de ningún otro miembro de la Hermandad, pero, créeme: Pietro no tiene malas intenciones.

Marie lo escuchó atentamente, inclinando la cabeza, con los ojos fijos en el suelo.

-Él es así; una vez empieza, no sabe cómo parar- prosiguió Dominik, mirando al frente- Si te cansas de él, se lo dices y punto. Te dejará en paz enseguida.

La chica asintió, pensando que quizá había sido demasiado brusca al decirle tantas cosas de golpe. Pietro no tenía la culpa de su frustración permanente, pero no debía haberse entrometido. Se tomaba libertades que Marie no le había dado. Sin embargo, la chica comprendía que tal vez lo que le pasaba a Pietro fuera muy parecido a lo que le pasaba a ella. Necesitaba alguien con quien hablar, y no había encontrado a esa persona hasta que ella llegó a la Hermandad. Aunque había mucha cercanía entre Pietro y su hermana, ahora que Marie sabía de la enfermedad de Wanda, se daba cuenta de que eso solamente eran las apariencias.

Por fin, llegaron a un gran centro comercial, situado en medio de muchos edificios.

-Allá vamos- Avalancha esperó a que la puerta se abriera automáticamente y entró, encaminándose a un mapa cercano donde aparecían dibujadas todas las tiendas que había en aquel centro comercial.

-Vayamos a la farmacia- lo instó Pietro, llegando junto a ellos- Necesito eso que ya sabes.

Dominik asintió, y se fueron los tres a la farmacia. Tras recorrer medio edificio, la encontraron en la última planta. Era la farmacia más grande que Marie había visto en su vida; aunque, puestos a ser claros, en realidad, aquel sitio era sencillamente el único centro comercial de tales magnitudes que Marie había visitado en su vida.

Recorrió los numerosos estantes con la vista, fascinada. Había repisas y armarios con toda clase de medicamentos y cremas. En cada extremo de la farmacia había una caja registradora y un asistente atendiendo a los clientes.

Marie trató de distinguir a Pietro entre la multitud. Quería asegurarse de que aquello que le había dicho a Dominik que necesitaba, era el haloperidol que tomaba su hermana. Sin embargo, no lo vio. Tampoco descubrió a Avalancha entre la gente que iba de un lado a otro. "Así me vigilan", pensó ella, con ironía.

Marie exhaló un suspiro de resignación y caminó al área donde estaban expuestos varios tipos de cremas para las manos. Cogió la suya y tras ir por las demás cosas que necesitaba, se dirigió a la caja.

-Dígame, señorita- le dijo amablemente el dependiente.

-Quisiera comprar esto.

-Démelo, por favor.

Mientras el dependiente revisaba el precio de lo que Marie quería comprar, ella quiso arriesgarse.

-¿Podría preguntarle una duda?

El hombre la miró con una ceja alzada.

-Es sobre un fármaco- aclaró ella, ceñuda.

-Adelante,

-¿Para qué se utiliza el haloperidol?

El dependiente adoptó una expresión desconcertada.

-Esquizofrenia, manías, psicosis... En definitiva, problemas mentales- el hombre le tendió la bolsa con la crema para las manos y lo demás, y continuó:- No pareces el tipo de persona que lo necesita.

-No lo soy- replicó Marie, abandonando la caja y al dependiente confuso.

Así que todo lo que había visto el día anterior tenía sentido; Wanda era esquizofrénica y necesitaba aquel fármaco para tratarse la enfermedad. Aunque quizá tuviera algo más leve. Marie no lo podía saber con seguridad, porque por el día, Wanda parecía una persona totalmente normal, sana.

Cuando llegó a la salida, Avalancha la estaba esperando. Pietro apareció cinco minutos después, con un semblante inexpresivo, algo poco usual en él.

-¿Algún sitio más dónde tengáis que ir?- cuestionó Avalancha, mientras avanzaban por el corredor.

-No- negó Marie.

Pietro sacudió la cabeza, negando también.

-Tenemos que hacer tiempo hasta que Blob y Sapo vuelvan- dijo Dominik, rascándose la sien- ¿Dónde se os ocurre ir?

La tensión era palpable en el ambiente. Marie sabía que a Pietro le había sentado mal lo que le había dicho; o más bien, el modo en que se lo había dicho. No hablaba, a no ser que se requiriera. Además, no le había dirigido ni una sola mirada desde entonces.

-A ver discos de música- respondió el dueño de los pensamientos de Marie.

-Pues vayamos.

Los tres se internaron en otra gigantesca tienda, pero en esta ocasión, estaba llena de toda clase de discos y cintas. Nuevamente, Avalancha se quedó fuera mientras Marie y Pietro inspeccionaban la tienda en busca de algo que les gustara.

Marie se fue hacia la sección de música indie, recordando con añoranza, que era lo que solía poner su padre en el coche cuando la llevaba al colegio. Analizó los discos, pero ningún grupo le sonaba. Mientras pensaba con pesar que aquel era el tipo de música que le gustaba más a Cody, se dispuso a tomar algunos discos entre sus manos, pero se le resbalaron y rápidamente llegaron al suelo.

Con el corazón en un puño, Marie se agachó y comprobó uno por uno que no tenían ningún desperfecto ocasionado por la caída. Estaba haciendo esto cuando unas manos masculinas se apoderaron de los discos y los ordenaron, colocándolos en donde correspondía.

Marie alzó la vista, encontrándose con un joven bastante apuesto, de cabello castaño. Vestía vaqueros, chaqueta negra de cuero y gafas de sol con lentes de color rojo.

-Gracias- murmuró la chica, con timidez.

Él la deslumbró con su sonrisa.

-Te veía preocupada y sobre todo, bastante cargada- repuso él- Espero que no te hayas hecho daño.

Marie no daba crédito a lo que oía. A aquel desconocido le había importado durante un instante su bienestar, o al menos, fingía que lo había hecho. Aquello era mucho más de lo que hubiera esperado de un extraño.

-No, estoy bien- dijo ella, finalmente- Eres muy amable.

El joven rió, haciendo que Marie se pusiera algo roja.

-¿Te gusta la música indie?- se interesó él.

-Digamos... que me trae buenos recuerdos.

-¡Scott!- exclamó una chica, que se hallaba tras la estantería que tenían al lado- Ven aquí, creo que he encontrado el regalo perfecto.

-Esa debe ser mi amiga Ororo- esclareció él, volviéndose hacia la estantería y luego regresando su atención a Marie- Ten más cuidado la próxima vez.

Marie asintió, viendo cómo el llamado Scott desaparecía por el recodo de un armario. Hacía mucho que nadie la trataba así... como si fuera una chica normal. Claro, que el tal Scott no tenía forma de saber sobre su maldición.

Suspiró, afligida. Estaba caminando ya hacia la salida, cuando vio a Pietro varios estantes más allá, bastante concentrado. Tenía dos discos de música electrónica, uno en cada mano, sin decantarse por ninguno. Marie se mordió el labio, titubeando.

Era cierto que tal vez se hubiera pasado con él al hablarle en el modo en que lo había hecho cuando iban al centro comercial. Sin embargo, también era cierto que él había dicho cosas que no debía, pero Marie no creía que fuera a disculparse. En otras circunstancias, ella tampoco lo haría. No obstante, Pietro era lo más cercano a un amigo que tenía desde que se había ido a vivir con la Hermandad. Y no empleo el término "amigo" porque Marie pensaba que era demasiado pronto para considerarlo como tal.

Decidida, se aproximó adonde estaba el chico. Se retorcía las manos con nerviosismo cuando él se volvió para mirarla. Pietro alzó una ceja al verla tan inquieta.

Comprendiendo que él no estaba por la labor, Marie empezó a hablar.

-Siento haberte hablado de ese modo antes- declaró ella. Quería mirarle a los ojos, pero no podía evitar pensar que el suelo era una mejor opción.

-¿Qué modo?- replicó él, flemático.

A Marie se le pasó por la cabeza que estaba hurgando en la herida, como si supiera que ella era una orgullosa redomada y que estaba haciendo un esfuerzo colosal al pedirle perdón cuando ella no tenía que hacerlo. Como si supiera aquello, y disfrutara viéndola en aquella situación, aunque sus rasgos no lo mostraran.

-Ya sabes a lo que me refiero- resopló Marie, irritándose un tanto- Cuando te respondí así a lo que me dijiste.

-¿Qué te dije?

Marie se puso roja de la rabia.

-Deja de fingir que no sabes de lo que te estoy hablando- le espetó ella- A veces me cansa que seas tan fisgón, pero empiezo a acostumbrarme. Me molestó, pero hice mal en contestarte así- Marie tomó aire- Al menos, podías apreciar lo que me está costando disculparme.

Pietro calló por un momento, mientras situaba en un estante uno de los dos discos que tenía en las manos. Los ánimos de Marie se enardecieron al ver como después él metía la mano derecha en el bolsillo de la chaqueta y volvía sus ojos hacia ella. No podría asegurar si Pietro la había estado escuchando y se había tomado todo aquel tiempo para contestarle deliberadamente, o si mientras ella había estado hablando, él había estado más ocupado en decidirse por uno de los dos discos e ignorarla.

-Estás perdonada- dijo Pietro, impasible- Pero ya que hablamos de fisgones, no soy el único aquí.

Él situó ambas manos a la altura de la cabeza de Marie, arrinconándola contra la estantería llena de discos. Marie tragó saliva, pero no hizo nada por apartarlo. La chica notó cómo la sangre comenzó a acumulársele en las sienes cuando sus ojos quedaron a la altura de la yugular de Pietro.

-Dime, ¿por qué preguntaste por el haloperidol en la farmacia?- le susurró él.

El aliento de Pietro dio contra el puente de la nariz de Marie, haciendo que ella se estremeciera. De repente, le parecía que el ambiente se estaba haciendo muy pesado.

-Yo...

-No hace falta que respondas- la cortó Pietro, retirando las manos, pero quedándose en la misma posición- Es obvio que anoche debiste oír a mi hermana. También es evidente que solamente escuchándola no habrías podido obrar el milagro de saber sin más que estaba tomando haloperidol- prosiguió él, implacable- Lo que me lleva a concluir que entraste en su cuarto sin permiso. Admítelo.

-¿Admitir qué?- repuso Marie, poniendo algo de distancia entre ambos.

Sin embargo, Pietro la agarró por la muñeca, atrayéndola hacia sí.

-Admite que tú también eres una fisgona- contestó él, con una sonrisa cínica que a Marie le resultó familiar, pero no sabría decir de dónde- No tienes derecho a reprocharme nada de lo que haya hecho, cuando tú también lo has hecho. Reconócelo, Marie.

Marie frunció el ceño con fuerza, conteniendo los impulsos asesinos que la invitaban a quitarse los guantes y tocar al muchacho. Sin embargo, era cierto. Pietro tenía razón. Ella también había sido una fisgona. Para una vez que se hacía caso de su curiosidad.

-Está bien, Pietro- convino ella, desenlazando los dedos de él que seguían abrazando su muñeca cubierta por el guante- Yo también soy una fisgona, ¿contento?

-¿Por qué lo hiciste?- le preguntó él, cambiando a una expresión más afable- ¿Por qué fuiste a la habitación de Wanda?

-Estaba preocupada- respondió Marie, desviando la mirada- Me asusté mucho cuando oí esos sonidos tan extraños...

-Mi hermana está enferma- repuso Pietro- Necesita control y anoche no lo tenía- al ver la cara temerosa de Marie, añadió- Te aseguro que es completamente inofensiva, a pesar de lo que vieras en su cuarto. Jamás le haría daño a nadie que considerara amigo.

Marie asintió, algo incómoda. Era abrumador cómo Pietro confiaba en su hermana. Deseó poder confiar así algún día en alguien, o en sí misma. Confiar en que no heriría a nadie más.

Pietro aproximó la mano hacia el cuello de ella, apartándole un mechón de pelo. Marie dio un respingo, retrocediendo un paso.

-¿Estás loco?- pudo decir ella, tratando de que su voz no temblara, sin éxito- Podría haberte hecho daño...

-Tranquila, no pretendía tocarte- replicó él, alzando las manos en señal de paz- Quería ver una cosa.

-¿Qué?- preguntó Marie, con desconfianza.

-Tenías algo en el cuello- contestó Pietro, acercándose de nuevo- Déjame ver. Te prometo que ni siquiera te rozaré.

Marie le dejó hacer, en tensión. Pietro se inclinó para inspeccionarle el cuello y cuando le estaba echando hacia atrás de nuevo otro mechón, sus ojos se clavaron en un punto detrás de ella. Al ver que se quedaba quieto, como si hubiera visto algo impactante, Marie se giró, descubriendo al chico que la había ayudado antes con los discos. El tal Scott, que los miraba fijamente, y no precisamente con una expresión amistosa. A su lado, se hallaba una mujer joven de cabellos cortos, lacios y blancos, que hacían resaltar su piel morena.

Una milésima de segundo después, Marie se encontraba fuera de la tienda, con Pietro agarrándola con fuerza de la mano enguantada. Tenía el estómago revuelto y la cabeza le daba vueltas. Justo como se sentiría si Pietro se la hubiera llevado con él a su velocidad sobrehumana; exactamente lo que Pietro había hecho.

Marie trató de desasirse de su agarre sin éxito.

-¿Qué es lo que pasa?- inquirió ella, casi enojada por el comportamiento incomprensible del chico- ¿Conocías a esa gente? ¿O lo del cuello era solamente una excusa para acercarte y llevarme por la fuerza?

Pietro se giró hacia ella, con su habitual sonrisa torcida. Aun no la soltaba.

-Una mezcla de ambas cosas, amor- dijo, sin dejarle tiempo a responderle y arrastrándola tras de sí hasta donde estaba Avalancha, unos metros más allá.

-¿Qué ocurre?- preguntó Dominik, sobresaltado al verlos allí.

-Ocurre que me llevo este disco gratis- respondió Pietro, con una sonrisa triunfante, enseñándole el disco que no había dejado en el estante y al que había quitado el dispositivo anti-robo- y también que los frikis X están aquí y nos han visto.