Disclaimer: No me pertenece ninguno de los personajes que aparecen en este fragmento de historia.

CAPÍTULO 8. Razones sin lógica.

-¿Quiénes?- cuestionó Avalancha, mientras bajaban precipitadamente las escaleras del centro comercial.

-La rayos y el gafas de verano- respondió Pietro, tirando de Marie para que caminara (o mejor dicho, corriera) más rápido.

Marie no entendía nada de lo que estaba pasando. Tampoco es que pudiera pensar mucho en ello; estaba demasiado estresada tratando de seguir el paso ligero de Pietro, quien seguía aferrando su mano enguantada. Se le estaban agarrotando los dedos de la fuerza con la que la tenía agarrada. Era como si estuvieran... huyendo. Huyendo de Scott y de su amiga. ¿Cómo había dicho él que se llamaba? Ororo.

Cuando llegaron al coche, no había rastro de nadie siguiéndolos. Marie hizo acopio de todas sus fuerzas y se soltó por fin de Pietro.

-¿Por qué huimos?- preguntó ella, sin aliento- ¿Se supone que huimos de esos que llamáis frikis X?

Avalancha y Pietro intercambiaron una mirada significativa, mientras se metían en el coche, uno a cada lado de ella.

-Verás, Pícara- comenzó Dominik- Yo no lo llamaría huir. Lo que pasa es que...

-No nos conviene pelear con ellos ahora mismo- completó Pietro, mirando por la ventanilla a ambos lados de la calle.

-¿Y por qué peleáis contra ellos?- cuestionó Marie- A mí Scott me ha parecido muy simpático.

-¿Scott?- repitió Pietro, incrédulo, dejando de prestar atención al exterior para dirigirse a la chica- ¿Has hablado con gafas de verano?

-Menos mal que habíais entrado juntos- ironizó Avalancha, entornando los ojos.

Pietro hizo caso omiso del comentario.

-¿Has hablado con él?- insistió.

Marie lo miró con fijeza.

-Claro; de otro modo, ¿cómo iba a saber su nombre?- replicó ella, aunque lo cierto era que si Marie sabía su nombre, era porque su amiga lo había llamado- Se acercó a ayudarme con unos discos que se me habían caído.

-Como siempre- bufó Pietro, con un deje de desdén- Haciéndose el caballeroso.

-¿Por qué te molesta tanto?- le preguntó Marie, ceñuda.

Él resopló en respuesta, regresando su atención a la ventanilla.

Dominik sacudió la cabeza, riéndose hacia sus adentros.

En ese momento, vieron a Blob y a Sapo pasando de largo. Debían estar dirigiéndose hacia el centro comercial, donde creerían que aun seguían Dominik, Marie y Pietro.

-¡Eh!- los llamó Pietro, abriendo la portezuela del coche.

Blob y Sapo se giraron y se acercaron. Blob tenía un paquete estrecho y alargado en la mano.

-Pensábamos que estabais en el centro comercial- gruñó Blob, frunciendo tanto el ceño que le apareció una arruga dividiéndole casi totalmente la frente en dos-

De hecho, Sapo tiene que comprar no sé qué...

-Cambio de planes- lo interrumpió Avalancha, inclinándose por delante de Marie y de Pietro, y echando a este último hacia atrás por el hombro- Los X-men nos han visto.

-¿Dónde están?- terció Sapo, con la mano derecha cerrada en un puño y golpeando la otra. Un brillo perverso comenzaba a nacer en sus ojos negros como la noche.

-Estaban en el centro comercial- respondió Pietro, malhumorado- La han visto también a ella- añadió, ladeando la cabeza hacia Marie.

-Será mejor que nos vayamos, antes de que nos encuentren- dijo Avalancha, haciéndoles un gesto a Blob y a Sapo para que entrasen en el coche.

Blob asintió de acuerdo y Sapo refunfuñó, pero ambos hicieron caso de Dominik.

Habían recorrido medio camino a la casa cuando Sapo se volvió y le lanzó a Marie el paquete con el que Blob había estado cargando. Marie dio un respingo, sin esperarse aquello.

-Podrías ser menos brusco- le recriminó Dominik, observando a la chica con curiosidad. Pietro le daba la espalda a Marie pero se giró un tanto para ver lo que le había dado Sapo.

Ante el comentario de Dominik, Sapo se encogió de hombros, impasible.

-¿Qué es?- preguntó Marie, intrigada- ¿Es para mí?

-Tomátelo como un regalo de cumpleaños- respondió Blob, desde el volante.

-Pero si no es mi cumpleaños- replicó ella, con una sonrisa leve.

-Pues un regalo de cumpleaños adelantado- repuso Dominik, impaciente- Ábrelo ya.

Marie obedeció y se dispuso a quitar el embalaje. Se sorprendió mucho al descubrir que era una espada corta de plata.

-Es un regalo de Mística- aclaró Pietro, cruzándose de brazos y volviendo a mirar por la ventanilla.

-Ya aprenderás a utilizarla- agregó Dominik, con una sonrisa incómoda.

Marie fijó sus ojos en Avalancha, desconcertada.

-¿Voy a tener que utilizarla?- preguntó con un hilillo de voz- ¿Contra quién?

-Contra el simpático de Scott- resopló Pietro, con ironía.

-Pietro- lo llamó Dominik, severo. Utilizó un tono de advertencia.

-No estarás hablando en serio- musitó Marie, con miedo- Con esto podría matar a alguien.

-Esa es la intención- masculló Pietro, entornando los ojos.

Marie lo miró, pero él la ignoró; parecía enojado por que hubiera hablado con el tal Scott. Marie no podía creerlo. No podía ser que estuvieran hablando en serio. Así que era cierto: eran unos asesinos. ¿Pretendían de verdad que ella fuera como ellos? Si era así, quería bajarse del coche en aquel mismo instante. Quería salir corriendo y perderse del bosque. Ya no le importaba estar perdida.

-Quiero irme de la Hermandad- murmuró ella finalmente, con angustia.

-Has tardado- dijo Sapo entre dientes, alegrándose.

-No hablas en serio- le contestó esta vez Pietro.

Marie alzó la cabeza hacia él.

-Estoy hablando tan en serio como tú al decir que con esta espada tendría que ir por ahí cargándome gente- replicó Marie mordazmente.

Pietro apretó los labios con enojo. Por una vez, Marie lo quedaba sin habla. Quería convencerla de que se quedara, pero después de cómo se había portado, no creía que tuviera mucho sentido intentarlo. Era demasiado orgulloso como para hacerlo y que Marie se llevara la idea de que a él le importaba si ella se iba o se quedaba.

-Pícara, no te precipites- intervino Dominik, tratando de restaurar la calma- Nadie te ha explicado para qué es el arma.

-Pero Pietro...

-Pietro es un imbécil- la cortó Blob, coreado por la risa burlona de Sapo.

Pietro no hizo ningún comentario. Le dirigió una mirada asesina a Blob, pero no añadió nada más. Si hablara, muy probablemente empeoraría las cosas.

Avalancha se sentó orientando las piernas en dirección a Marie.

-Preferiría esperar a que te lo contara Mística- dijo, cavilando sobre cuál sería la mejor forma de hablarle de aquello- Pero no pareces dispuesta a esperar.

Marie negó con la cabeza, resuelta.

-Como sabes, todos los que estamos aquí somos mutantes y hay distintos...

-Grupos a los que algunos de nosotros se afilian- completó Marie, recordando lo que le había dicho Raven cuando la encontraron en el bosque- Me lo dijo Mística. Así que la Hermandad es uno de esos grupos, y supongo que los X-men también.

Dominik la miró, desconcertado.

-Sí, exacto- pudo decir él. Iba a continuar hablando, pero Marie lo interrumpió.

-Quiero que me digáis una cosa. ¿Por qué es mejor estar con la Hermandad que con los X-men?

Al escuchar aquello, hubo distintas reacciones. Blob movió el volante bruscamente haciendo que el coche derrapara, Sapo se atragantó con la mosca que se estaba comiendo, y Pietro centró toda su atención en ella. El único que no se inmutó fue Avalancha, quien parecía bastante concentrado en buscar una respuesta a su pregunta.

-La diferencia principal radica en lo que ellos quieren y lo que nosotros buscamos- dijo Dominik, finalmente- Si permaneces con la Hermandad, no tendrá que pasar mucho tiempo hasta que te des cuenta de que estás en el sitio adecuado. Aún es pronto, Pícara. Sólo llevas aquí un día.

Marie lo miró fijamente durante un instante.

-¿Para qué queréis que tenga esta espada?- preguntó, con seriedad.

El mentón de Dominik tembló casi imperceptiblemente.

-Para que aprendas a utilizarla, pero como medio de defensa.

-Defensa- reiteró Marie, con desconfianza- ¿Defenderme de quién?

-De cualquiera que quiera hacerte daño- contestó Dominik, deseando que Marie dejara de hacer preguntas de una vez.

Marie no añadió nada más hasta llegar a casa, por suerte para Avalancha. No fue porque no quisiera saber nada más, sino porque sospechaba que la única forma de saber más era precisamente lo que no quería hacer: esperar.

Algo lejos de allí, en el condado de Westchester, se erigía una mansión enorme recubierta por enredaderas que empezaban a florecer con los primeros indicios de la primavera.

Scott y Ororo recorrían sus pasillos con prisa, en dirección al despacho del profesor. Los niños se quedaban en los extremos de los corredores, permitiéndoles el paso; estaban acostumbrados a no hacer preguntas. Sabían que a pesar de ello, se acabarían enterando de lo que sucedía.

No obstante, los niños no fueron los únicos que vieron a Scott y a Tormenta dirigirse al despacho de Charles Xavier. Alguien más que no sería invitado a la reunión los seguía con sigilo, ocultándose tras cada columna que hallaba en su camino. Logan.

Logan sabía que aunque los X-men lo hubieran acogido en su seno, jamás lo considerarían uno de ellos. Especialmente, Cíclope. Cíclope y Tormenta sabían de su pequeño secreto. Jean Grey muy probablemente también, pero fingía no tener idea.

A pesar de los rechazos y desprecios constantes, aunque encubiertos, Logan no se daría por vencido. Estaba allí con un objetivo principal: conocer su pasado, y no renunciaría a él por mucho que Scott Summers tratara de hacerlo a un lado.

En aquel momento, mientras iba tras Tormenta y Cíclope, Logan supo con seguridad que en aquella ocasión, no se trataba de él. Se trataba de algo mucho más importante que no tenía por qué estar relacionado con él. Lo sabía porque habían salido aquella mañana; probablemente a comprarle un regalo de cumpleaños a Jean. Logan era lo bastante inteligente como para percatarse de que algo les había sucedido mientras habían estado fuera. No podía ser una mera casualidad que ahora fueran casi a la carrera a ver al profesor.

Logan se mantuvo a varios metros más allá de la puerta, lo suficientemente lejos como para que no chocaran con él en cuanto salieran del despacho, y lo suficientemente cerca como para escuchar la conversación que mantendrían. Esperaba que el profesor estuviera demasiado ocupado como para percatarse de su presencia allí, pero esperaba mucho.

Scott y Ororo abrieron la puerta y entraron tras recibir en respuesta un murmullo desde el interior ("Adelante"). El profesor estaba dentro.

Logan se aproximó un poco más, manteniéndose en la penumbra de un arco. Alguien podría estar a dos metros de él y aún seguir sin distinguirlo en la oscuridad: solamente podría vislumbrar el reflejo de sus ojos.

-Profesor...- se oyó a Scott.

-Nosotros...- trató de decir Ororo.

-¿Quién es ella?- los cortó Charles, impertérrito.

-Eso quisiéramos saber- suspiró Scott, acostumbrado a que el profesor supiera a qué venían antes de que entrasen por su puerta- Sólo alcanzamos a ver cómo se la llevaba Quicksilver.

-No sabemos si está con la Hermandad porque la están forzando o porque esa es su voluntad- concluyó Ororo.

Hubo un breve silencio. Logan agudizó el oído desde su escondite.

-¿Es mutante?- preguntó Scott, al cabo.

-Muy probablemente- respondió el profesor, dirigiendo su silla de ruedas hacia la puerta- Utilizaré a Cerebro para averiguarlo. Podéis iros, hacedle compañía a Jean. Los alumnos planean hacer una fiesta sorpresa.

Poco después, Tormenta y Cíclope salieron de la estancia, tan rápido como habían entrado.

-Ya puedes salir- murmuró el profesor, acercándose hasta donde se ocultaba Logan.

Lobezno hizo una mueca, descubriendo su posición. Extrajo un puro de su bolsillo y siguió al profesor por el pasillo, buscando en sus bolsillos un mechero.

-No te molestes- le dijo Charles, varios pasos por delante- Aunque llevaras fuego contigo, tendrías que apagarlo en cuanto llegásemos a Cerebro.

-Ya- gruñó Logan, con su habitual ceño fruncido- ¿Va a decirme qué es lo que pasa?

-Scott y Tormenta han tenido un encuentro con la Hermandad- respondió el profesor, girando un recodo.

-Eso no es lo más importante que ha ocurrido- replicó Logan- Esos dos han visto a alguien con ellos, ¿no? Por eso, usted va a buscarla.

-En efecto- contestó el profesor, pasándose una mano por su cabello negro- Me intriga qué es lo que Eric puede querer de una chica tan joven.

-¿Lo que quiere usted?- repuso Logan, alzando una ceja mientras guardaba el puro de nuevo en su bolsillo; se maldijo a sí mismo por haberse olvidado del mechero.

Charles ladeó la cabeza hacia él, impasible, aunque le irritaba lo que Logan pensaba y eso, Lobezno lo sabía.

-Sólo quiero ayudarla.

-Ya, pues yo diría que más bien quiere utilizarla- declaró Logan, sin pelos en la lengua-, como es mi caso.

El profesor lo miró con fijeza.

-¿Qué te hace pensar que te utilizo?- cuestionó Charles, con tranquilidad.

-Podría ser el hecho de que sigo aquí sin respuestas, aunque me enfrento a otros por su causa- respondió Logan, casi con enojo- ¿qué le parece?

-Me parece que no piensas con claridad. En tu cerebro hay barreras que bloquean mi intrusión. Es difícil que...

-No me venga con excusas- gruñó Logan- Llevo casi un año aquí y usted apenas sí ha hecho algo por intentarlo.

Charles apretó la mandíbula.

-Si eso es lo que crees, ¿por qué no te marchas?

Logan calló, sin responder. En realidad, no seguía allí únicamente porque quería recuperar sus recuerdos. Lo ataba algo más. Alguien más. Jean Grey.

-Eso pensaba- murmuró el profesor- Si cambias de opinión, ven a verme.

Lobezno permaneció en el más absoluto silencio mientras veía cómo el profesor se internaba en la sala de Cerebro.

N/A: Aquí tenéis un nuevo capítulo. Ya veis que van apareciendo otros personajes; irán cobrando importancia a lo largo de la historia. Espero que os guste. Un saludo!