Disclaimer: No me pertenece ninguno de los personajes que aparecen en este fragmento de historia.

CAPÍTULO 9. Una muestra de confianza.

Cuando Marie subía las escaleras en dirección a su cuarto, tomó una decisión. Cambiaría de estrategia. No servía de nada oponerse contra aquellas personas que, a pesar de tener intenciones desconocidas para con ella, la habían ayudado y tratado como si fuera... como si fuera una más entre ellos. Si eran asesinos... pese a su aparente deseo de saberlo, como Marie había mostrado hacía unos minutos en el coche cuando regresaban de Yonkers, realmente no quería ni podía saberlo aún. No podría soportarlo.

Era por eso, que decidió orientar su comportamiento de otra manera. Si se enemistaba con todos en la casa, no estaría haciendo más que darle la razón a Sapo.

Inclinó la cabeza y observó una vez más la espada que llevaba en la mano y que Mística le había regalado. Era bonita, de ornamentación fina. Dos serpientes de plata se enroscaban alrededor del mango en su extremo más cercano al filo. A Marie siempre le hubiera gustado aprender esgrima, pero su padre nunca le había dejado ir a clases. Recordar a su padre hizo que una lágrima indiscreta recorriera su mejilla.

-¿Pícara?

Marie se limpió la lágrima lo más rápido que pudo y alzó la mirada hacia el final del pasillo. Allí estaba Wanda, apoyada contra el marco de la puerta de su cuarto, sin atreverse a caminar más allá. Marie esbozó una sonrisa algo forzada y se acercó a ella, con lentitud.

-¿Estás bien?- le preguntó la muchacha.

Marie jamás hubiera pensado que aquella chica que la miraba con preocupación pudiera tener algún problema. Jamás lo hubiera pensado si la noche anterior no hubiera visto y oído cómo le daba una especie de ataque de ansiedad.

-Sí, estoy bien- contestó Marie, tratando de calmarse interiormente- ¿Y tú? ¿Lo estás?

-Mejor que mi hermano y tú- sonrió Wanda, con una de las manos situada sobre el picaporte de la puerta de su cuarto, sin dejar que Marie volviera a ver lo que tenía allí dentro- ¿Cómo puedes siquiera estar en pie? El entrenamiento de Mística sobrepasó los límites de la cordura.

Marie se encogió de hombros, pensando que era una ironía que Wanda dijera aquello de "los límites de la cordura".

-Nunca la había visto tan enfadada- añadió la hermana de Pietro, tratando de sacarle conversación.

Sin embargo, Marie no se veía muy por la labor.

-Yo tampoco, aunque tampoco es que haya tenido muchas oportunidades en mi vida- murmuró ella, dirigiéndose a su cuarto, enfrente del de Wanda.

-Estarás cansada- dijo Wanda, resaltando lo evidente- He vuelto a cocinar hoy, porque no había nadie más en la casa. Tienes la comida en tu habitación.

Marie se detuvo, conmovida. La hermana de Pietro no tenía la culpa de su pésimo estado de ánimo. Wanda parecía estar esforzándose por hablar con ella y Marie no hacía más que rechazarla, pese a que ella no era la responsable de su enfermedad ni de todo lo que estaba pasando por la cabeza de la propia Marie.

Se volvió hacia ella, intentando sonreír.

-Gracias, Wanda- le dijo, con sinceridad- No tenías por qué hacerlo.

-Ya lo sé- repuso ella, devolviéndole la sonrisa-, pero quería hacerlo. Espero que te aproveche.

Marie iba a contestar, pero en ese momento una ráfaga de aire interrumpió sus pensamientos y le hizo olvidar lo que iba a responderle. Pietro estaba ahora junto a su hermana y le tendía la caja con el haloperidol que debía tomar.

-Aquí tienes, cariño- le susurró, cerrando los dedos de ella en torno al medicamento- No olvides tomarlo.

Wanda le besó la mejilla en agradecimiento y luego volvió a prestarle atención a Marie.

-Podríamos cenar los tres- sugirió ella- Pícara...

-Pícara debería irse a dormir- la cortó Pietro, aparentando indiferencia- Está agotada. Entra en tu habitación, ahora voy.

Wanda asintió y dirigiéndole una mirada de disculpa a Marie, obedeció a su hermano, dejándolo solo con la chica.

A Marie le supo amargo que la única persona de la casa que la llamaba por su nombre hubiera dejado de hacerlo.

-¿Por qué has hecho eso?- pudo preguntarle Marie, con aflicción.

Pietro la miró casi con desdén. Ella captó el mensaje y retrocedió, dolida.

-Sólo busco lo mejor para mi hermana- respondió él, impasible- Encariñarse contigo no hará más que hacerle daño. Al fin y al cabo, quieres irte. Ninguno de nosotros te obligaría a permanecer aquí.

Dicho eso, sin dirigirle una mirada más, Pietro entró en la habitación de su hermana y cerró la puerta, tan rápido que a Marie no le dio tiempo a asimilar que la había dejado allí sola, en mitad del pasillo.

Marie notó algo húmedo en el pómulo. Se llevó la mano ahí, sin ser muy consciente de lo que estaba haciendo. Cuando miró su mano mojada, descubrió que estaba llorando. Estaba llorando y no se había percatado. Aquello era el colmo. Ni siquiera sabía por qué le importaba tanto.

Abrió la puerta de su habitación, casi con violencia. Paró en seco cuando vio una figura femenina que se recortaba contra el fondo. Mística.

No obstante, Marie ni siquiera se molestó en fingir que no había estado derramando lágrimas hacia unos instantes, o quizá aun lo estaba haciendo.

-¿Pasa algo?- preguntó con un hilo de voz, desde el umbral.

Raven se levantó, caminando hacia ella.

-Iba a preguntarte qué tal el viaje, pero ya me han contado que habría podido ser mucho mejor- contestó Mística, deteniéndose a tres pasos de ella- Ya veo que no te ha gustado mucho mi regalo.

-No le veo ninguna utilidad- repuso Marie, recomponiéndose- Me dijiste que ibas a ayudarme, pero no sé en qué va a ayudarme saber manejar este arma.

-Podrías tomártelo como una forma de pasar el tiempo mientras no estés entrenando con tus poderes, en vez de una ofensa.

-Ya- musitó Marie, alejándose de ella y sentándose sobre la cama- ¿Y eso cuándo será? Porque ayer no parecía que fuera a tener tiempo para hacer nada más aparte de esa tortura a la que llamas "entrenamiento".

Mística se aproximó a Marie, tomando asiento junto a ella.

-Eso pareció- coincidió, sabiendo que le convenía calmar los malos ánimos de la chica- Verás, no soy de las que piden perdón. Por eso vamos a hacer una cosa.

Marie la miró, recelosa.

-¿Qué?

-Digamos que... necesitas una muestra de confianza que te ayude a decidirte si debes quedarte aquí, y yo voy a dártela.

La duda se reflejaba en los ojos verdes de Marie, pero eso solamente fue por una décima de segundo. Antes de que Raven cambiara de forma. Marie soltó un grito ahogado, al ver cómo su piel se transformaba completamente y adoptaba un color azul zafiro. Como ya sospechaba desde uno de sus enfrentamientos con ella, los ojos de Raven también cambiaron de color, pasaron a ser de un tono ámbar. En otras circunstancias, Marie sentiría miedo. Sin embargo, aquellos ojos trataban de inspirarle seguridad y tranquilidad.

-¿Así... es como eres de verdad?- preguntó Marie, impresionada.

-Así soy- asintió Raven- Ahora ya lo sabes. ¿Asustada?

Pese a su asombro inicial, Marie sacudió la cabeza con ímpetu.

-Hace dos días, quizá sí. Ahora podría creerme casi cualquier cosa.

-Guarda la espada, querida- le aconsejó la mujer, irguiéndose- Te hará falta en un futuro, aunque ahora no lo creas. Recuerda que sólo queremos ayudarte. Siempre hemos querido ayudarte.

Marie desvió la mirada. Cuando Mística estaba saliendo, la llamó. Raven ladeó la cabeza, indicándole que la escuchaba.

-¿A qué hora es el entrenamiento?

Mística esbozó una sonrisa de satisfacción.

A la mañana siguiente, Marie bajaba aprisa las escaleras hacia la cocina. Se había recogido el cabello y llevaba la espada en la mano izquierda, dispuesta a comenzar un nuevo día conviviendo con la Hermandad.

Debían ser las nueve cuando la chica entró en la cocina, encontrándosela aparentemente vacía. Dejó la espada en uno de los taburetes que allí había y procedió a prepararse el desayuno.

Cuando fue a la despensa para ver qué podía comer, se dio un susto de muerte al ver que no estaba sola. Llevó una mano al pecho, tratando de calmar su corazón desbocado.

Pietro se dio la vuelta, con un cartón de leche en las manos. Sus ojos azules contrastaban con las pequeñas bolsas oscuras que había debajo de ellos, resaltando en su pálida piel. Por un momento a Marie le pareció ver un brillo inusual en su mirada, pero rápidamente se desvaneció.

-Estás aquí- observó él, saliendo de la despensa y dándole un pequeño empujón en el hombro intencionadamente- Pensaba que te habrías ido ya.

Marie se mordió el labio inferior, cerró los párpados e inspiró aire, antes de seguir a Pietro.

-¿Eso es lo que quieres?- cuestionó ella, sentándose sobre la encimera- ¿Que me vaya?

Pietro la miró fijamente, aun con la leche en la mano.

-No- contestó- Eso es lo que quieres tú.

Marie calló, esperando que él dijera algo más. Aunque conocía a Pietro desde hacía muy poco, sabía que no había acabado.

-Si vas a irte, hazlo ya, Pícara.

Marie frunció el ceño.

-He decidido no hacerlo- dijo, acercándose a Pietro- Al menos, no por ahora.

-Bien por ti- masculló él, dándole la espalda mientras llenaba un vaso de leche.

-¿Por qué ya no me llamas Marie?- murmuró Marie, acongojada.

Pietro apenas movió la cabeza hacia ella.

-Porque me he dado cuenta de que si lo hago, te estaría considerando una amiga- respondió él, en el mismo tono que Marie- O más que una conocida o una compañera.

-¿Y eso está mal?- cuestionó Marie, con una sonrisa leve.

Él dejó el vaso en la encimera, volviéndose hacia ella.

-Dímelo tú- la instó, encogiéndose de hombros- Si te vas a ir, ¿qué sentido tiene?

-No me voy- replicó Marie, atreviéndose a situar una mano enguantada en su antebrazo.

Pietro la miró con fijeza.

-Espero que estés diciendo la verdad- dijo él, callando por un segundo- Marie.

-No suelo mentir- replicó ella- Pietro.

El chico hizo un amago de sonrisa, la más sincera que Marie le hubiera visto hasta el momento.

-Me alegra que hayáis hecho las paces- dijo Wanda, desde el marco de la puerta de la cocina.

Marie se sobresaltó, alejándose del chico, avergonzada. En cambio, Pietro fue hasta su hermana.

-¿Y a ti quién te ha dicho que tuviéramos que hacer las paces?- cuestionó él.

Wanda sonrió misteriosamente, dándole la espalda.

-Mística os está esperando fuera- dijo ella, sin más- Ángel y Avalancha están con ella.

La hermana de Pietro abandonó la estancia, antes de que Marie pudiera reaccionar.

-¿Ángel y Avalancha?- susurró Marie, nerviosa- ¿Voy a tener que absorberlos a ellos también?

No podía imaginar tener que pasar de nuevo por la tortura que suponía tocar a Ángel. La única vez que lo había hecho, la había recorrido probablemente el dolor más atroz de su vida.

-Ya sé que soy tu favorito, pero no me esperaba que lo insinuaras de ese modo...- se burló Pietro.

Marie le dirigió una mirada severa y cogió la espada; ya no tenía hambre, el desayuno podía esperar.

-¿Se sabe ya quién era esa chica, profesor?- preguntó Scott, acomodándose las gafas.

-Es obvio que para eso estamos aquí- replicó Logan, entornando los ojos.

-Nadie te ha dado vela en este entierro- le espetó Scott.

-Se la he dado yo- intervino Charles, dirigiéndose al ventanal de su despacho- No tengo forma de saber lo que Eric pretende hacer con ella.

-Inténtelo por la noche, profesor- sugirió Jean, desde su asiento en un rincón- No creo que se acueste con el casco puesto.

-Ya lo he hecho- suspiró el profesor, abatido- No sé lo que está haciendo para bloquearme por tanto tiempo.

-¿Se mueve mucho?- probó Ororo, quien estaba sentada junto a Jean.

-No, está en un punto fijo- respondió Charles, volviéndose hacia sus alumnos- Parece que está en una casa, pero no podría asegurarlo.

-¿Por qué no?- preguntó esta vez Scott.

-Porque a él no soy capaz de detectarlo.

-Entonces, ¿cómo sabe todas esas cosas?- repuso Logan, escéptico.

El profesor se giró hacia él, mirándolo con seriedad.

-No las sé, las deduzco. Los miembros de su Hermandad de mutantes están todos juntos en el mismo sitio- explicó Charles, con hastío- Seguramente Eric estará con ellos.

-Ya- gruñó Logan, caminando hacia la puerta-, eso es lo que cree usted.

-El profesor sabe más que tú de todo esto, Logan- replicó Jean a su espalda- Deja que siga hablando, no te vayas todavía.

-Os estáis desviando del tema principal- advirtió Logan, ladeando la cabeza levemente- Lo que debería preocuparnos no es Magneto, sino la chica.

-No dejes que los árboles te impidan ver el bosque- objetó el profesor, dirigiéndose hacia Lobezno- No te equivoques, Logan. He estado vigilando a la chica, y he visto sus razones para permanecer con ellos.

-¿Que son...?- inquirió Scott, con curiosidad.

Al hablar con ella en la tienda de discos, le había parecido alguien normal. Quizá algo distraída, pero nada fuera de lo usual. Jamás la habría relacionado con Magneto y con su Hermandad de Mutantes Diabólicos, de no haberla visto con Quicksilver.

-Solo está perdida- respondió Charles, haciendo que Logan le prestara atención-, huyó de su casa hace unos días. Besó a su mejor amigo y éste entró en coma. No sabe mucho de los que viven con ella; solamente que la ayudaron cuando lo necesitó.

-Siempre la misma historia- masculló Scott, de forma hosca.

-Por ahora no podemos hacer nada- declaró el profesor- Esperaremos a que salga de la casa y aprovecharemos para hablar con ella.

-Pero seguramente irá acompañada, como la última vez- replicó Tormenta- ¿Cómo vamos a acercarnos a ella si no la dejan sola?

-Tendremos que planear algo para distraerlos- apoyó Jean- Mientras, uno de nosotros puede intentar convencerla de que estará mejor en esta escuela que con Magneto.

Todos se mantuvieron en silencio durante un corto lapso de tiempo.

-¿A alguien le interesa al menos su nombre?- espetó Logan, malhumorado- Esto parece una carrera para ver quién es el que consigue más mutantes en su bando.

-Marie, se llama Marie- contestó Charles, cansado- Ellos la llaman Pícara. No se trata de ninguna carrera, sólo quiero ayudarla.

-Eso es lo que me dijo a mí- dijo Logan, entre dientes.

-Hace una semana mantuvimos esta misma "conversación"- le recordó el profesor, harto de la situación- Si no estás cómodo, ya sabes lo que tienes que hacer.

-¡Usted prometió ayudarme!- vociferó Lobezno, apretando los puños.

-No lo he olvidado, y aún tengo la intención de hacerlo- replicó Charles, impasible- Será mejor que te calmes; entonces podremos hablar.

-Eres demasiado irascible- le dijo Scott a Logan- No se puede mantener ninguna conversación en la que estés tú delante. A todo tienes alguna objeción. No estábamos hablando de ti, sino de la chica. Si no te gusta dejar de ser el protagonista, ya sabes donde está la puerta.

Aunque las garras de Logan se abrieron paso a través de su piel por la furia, decidió contenerse. Empezaba a creer que el profesor nunca haría que recuperase la memoria, pero si mataba a Scott, esa posibilidad se esfumaría y tendría que buscar un nuevo lugar adonde ir. Además, dejaría de ver a Jean. Sabiendo que el profesor ya conocería todo lo que estaba pasando por su mente en aquel momento, abandonó la estancia dando un portazo.

A los cuatro pasos en su andar precipitado por alejarse de allí cuanto antes, se detuvo y olfateó el aire. Un olor familiar lo embargó y dejó que las garras volvieran a introducirse en su interior, haciendo una leve mueca de dolor. Conocía muy bien aquel aroma, aroma a niño.

-Salid de ahí y apartaos si no queréis que la pague con vosotros- gruñó, esperando a que los tres adolescentes salieran de su escondite.

Un chico rubio de cabello corto y ojos azules fue el primero que emergió de detrás de una columna. Logan juraría que era la misma que él había utilizado como escondite hacía una semana para escuchar lo que tenían que decirle Scott y Ororo al profesor. Más tarde, oyó un resoplido, y poco después, apareció otro chico de pelo castaño claro enmarcándole el rostro y ojos verdes; una sonrisa descarada adornaba su rostro. Seguidamente, se escuchó un chasquido.

Los adolescentes miraron a su alrededor expectantes, pero no pasó nada.

-Parece que tenéis un amigo algo huidizo- comentó Logan, alzando una ceja.

Bobby, el chico de pelo corto, refunfuñó, a diferencia de su compañero, que se encogió de hombros, replicando:

-Kurt es un cobarde.

-Y más listo que vosotros, John- añadió Logan- No deberíais escuchar conversaciones ajenas.

-¿Y qué vas a hacer? ¿Castigarnos?- arguyó John, el muchacho de cabello castaño.

-Desde luego que no- respondió Logan- Solamente voy a pediros algo.

-¿Qué?- preguntó Bobby, casi con miedo.

-Tranquilo, cubitos de hielo- contestó Logan con sorna- De ti no quiero nada por ahora. En realidad, a quien quiero pedirle algo es a tu amigo aquí presente.

-¿A mí?- rió John- Espera, no digas nada. Deja que lo averigüe- se tocó la barbilla, fingiendo estar pensativo- ¿Fuego?

-¿Qué otra cosa iba a ser si no?- replicó Logan, con una sonrisa burlona- Trae.

John alejó la mano que aferraba un mechero del alcance de Logan.

-Verás, esto funciona así- le dijo el muchacho, sin temor alguno- Yo te doy fuego a cambio de información.

La sonrisa se borró del rostro de Logan, quien se acercó peligrosamente al chico.

-No, John. Esto funciona así: tú me das fuego y yo no te corto las piernas.

John tragó saliva. Al cabo de un minuto, encendió el mechero e hizo que la llamita de fuego viajara hasta el puro que quería fumar Logan.

Lobezno inspiró el humo, cerrando los párpados y exhalando simultáneamente. Fumar lo relajaba, hacía que la tensión de sus músculos desapareciera.

-Así me gusta- murmuró Logan, abriendo los ojos- Puesto que soy generoso y el profesor me está tocando ya las pelotas, os diré lo que queráis saber.

"Te estoy escuchando, Logan". La voz de Charles resonó en su cabeza, aunque desde donde estaba, se oía cómo hablaba, respondiendo a algo que le había preguntado Tormenta.

-¡Ya lo sé, por eso lo hago!- repuso él, rodeando el hombro de Bobby con un brazo y el de John con el otro- Vámonos de aquí.

-Tío, estás loco- le dijo John, ceñudo- ¿Con quién hablas?

-Con el profesor- gruñó Logan, girando una esquina y llevando a los chicos al jardín- Mirad donde está vuestro escurridizo amigo.

-¡Eh, Kurt!- lo llamó John, haciendo que el Rondador Nocturno se volviera. Al ver a Logan, dio un respingo. Las chicas que lo rodeaban se fueron al darse cuenta de quien reclamaba su atención.

-¿Yo?- balbuceó Kurt, señalándose a sí mismo con un dedo.

-¡No hay otro Kurt, imbécil!- le espetó John, socarrón.

-No te pases- murmuró Bobby, dándole un codazo a su amigo.

Kurt desapareció con su peculiar chasquido y se materializó frente a Lobezno, en medio de los otros dos jóvenes.

-Nadie diría que sois colegas- comentó Logan, sacándose el puro de la boca- Bien, supongo que si estabais allí, habréis escuchado gran parte de la conversación.

-Supones mucho- se atrevió a decir Bobby, mirando con recriminación a John y a Kurt- Estos dos no se callaban.

-Tú tampoco es que te mantuvieras en un silencio sepulcral- replicó John, con ironía.

-Críos- resopló Logan, apoyándose contra un árbol- Bueno, no tengo todo el día. ¿Qué es lo que sabéis?

-Escuchamos algo de una chica y de Magneto- respondió John, un destello de admiración momentáneo en sus ojos verdes-, pero no sabemos lo que está pasando.

-¿Es del colegio?- preguntó Kurt, con curiosidad- ¿La tiene secuestrada la Hermandad?

-Lo primero, frío- contestó Logan, estampando el puro contra la palma de su mano izquierda, produciéndose así una quemadura que poco a poco fue desapareciendo gracias a su don curativo.

-Entonces, ¿es lo segundo?- cuestionó John- ¿Y vais a ir a rescatarla?

-Entre nosotros -susurró Logan, haciendo que los tres chicos se acercaran un tanto para escuchar lo que tenia que decir-, según la historia de Cíclope, cuando la vio con ellos, no parecía asustada ni reacia a ello, así que no creo que esté secuestrada.

-Así que la Hermandad tiene un nuevo miembro- declaró Bobby.

-Eso no es lo que he dicho- sonrió Logan, despidiéndose con una mano y volviendo a internarse en la mansión.

Los tres chicos se quedaron allí, especulando sobre lo que sucedía.

-Tampoco es que nos haya descubierto nada nuevo, aparte de que está con la Hermandad- dijo Bobby, al cabo de un rato- Eso podía deducirse porque estaba relacionada con Magneto.

-Te equivocas- repuso John, dejándose caer sobre la raíz del árbol donde anteriormente se había apoyado Logan- Es diferente que esté por voluntad a que esté obligada. Estoy deseando ver sus poderes en el próximo enfrentamiento...

-No van a dejarnos participar en el próximo enfrentamiento- replicó Bobby, tomando asiento junto a John- Aterriza. Ellos creen que no estamos preparados.

-Entonces, según tú, no sabremos quién es esa chica hasta dentro de mucho- resopló John.

-Al menos, algo ha cambiado- susurró Kurt, sentándose frente a sus amigos- Nos ha dado una muestra de confianza.

-¿Quién? ¿Lobezno?- bufó John- Dudo que confíe siquiera en sí mismo.

-Bueno, nos ha contado lo de la chica- contestó Bobby, pensativo- No es mucho, pero es algo. No suele hablar con nadie desde que vino a que el profesor lo ayudase. Puede ser algo bueno que se relacione con nosotros...

-No sé qué consideras tú que entre dentro del término "relacionarse"- dijo John, con burla.

Sin embargo, tanto él como sus amigos permanecieron en la misma posición durante unos minutos, asimilando la información que les había brindado Logan y lo que había dicho Kurt sobre la muestra de confianza.