Disclaimer: No me pertenece ninguno de los personajes que aparecen en este fragmento de historia.

CAPÍTULO 10. La calma que precede a la tempestad.

Una tarde de primavera, la casa de la Hermandad temblaba por completo. Ya estaba anocheciendo cuando Marie cayó al suelo, exhausta; su espada de plata a un lado. Ese día hacía un mes que se había escapado de casa.

Como acostumbraba desde entonces, había estado entrenándose con Warren, Avalancha y Pietro. Solían hacer grupos de dos y peleaban entre ellos, procurando no hacerse mucho daño. Marie se había hecho a ello y lo disfrutaba, a pesar de que suponía que debía tocar a otros. El dolor que ella sentía con el roce había ido remitiendo, aunque aún seguía latente. No podía decirse lo mismo de la persona a la que tocaba. Sin embargo, se trataba de un dolor soportable, tanto para ella como para la otra persona.

-Bien hecho, Pícara- sonrió Raven, tendiéndole la mano para ayudarla a levantarse- Vas mejorando- añadió, antes de irse.

Marie asintió, contenta. Sonrió ligeramente al notar una repentina brisa de aire y una mano conocida en su hombro.

-Parece que hacemos un buen equipo- le dijo Pietro.

Ella ladeó la cabeza para sonreírle. Últimamente lo hacía demasiado. Hacía mucho que no vivía tan tranquila y a gusto. Ya casi había olvidado aquel viaje a Yonkers y su encuentro con los X-men. Había concentrado toda su energía en adaptarse a su nueva vida y controlar su poder, como así lo consideraban sus convivientes. Era por eso que no había vuelto a hacer más preguntas. Hacía bastante que no pensaba que los que la rodeaban le desearan algún mal, exceptuando Sapo. Sin embargo, apenas lo veía.

-Hoy os toca cocinar a Ángel y a ti- anunció Avalancha, dándole varias palmaditas a la chica en el hombro.

Marie miró a su alrededor, en busca de Warren, pero éste ya se había ido. Seguramente al desván abierto del tejado. Aunque Marie nunca lo había visitado, sabía que vivía allí, pero no había ninguna comunicación desde el desván hasta el resto de la casa, ni escaleras ni nada que se le pareciera. Marie creía saber por qué. En la última planta, justo debajo de donde vivía Ángel, residía Magneto. O al menos, eso era lo que decían los demás miembros de la Hermandad.

-Es la primera vez que me toca con él- comentó Marie, dirigiéndose hacia la casa, junto con Pietro y Dominik- De todas formas, solo he ayudado a tu hermana en una ocasión.

-Sí, ya era hora de que demostraras tus dotes culinarias- le dijo Dominik.

-Mis dotes culinarias son nulas- rió Marie, caminando hacia su cuarto de baño para asearse.

En el camino, Pietro la detuvo por el antebrazo. Marie se volvió hacia él a tiempo de ver su mueca de dolor, ya que la había tocado directamente, en una zona descubierta. Ella apartó el brazo rápidamente.

-¿Te encuentras bien?- le preguntó Marie, preocupada.

-Eso no es lo que más me preocupa en este momento- replicó él, encogiéndose de hombros- ¿Podemos hablar?

-Tú nunca pides entablar conversación- repuso Marie, frunciendo el ceño- Lo haces y punto.

-Cierto- respondió Pietro, entornando los ojos- Vayamos a tu habitación.

-¿Por qué no me enseñas la tuya?- sugirió Marie, con una sonrisa traviesa- Llevo un mes aquí y aún no la he visto.

Pietro alzó una ceja mientras se dirigían al cuarto de ella.

-Cuando la veas será porque hayas entrado con otros fines muy diferentes- sonrió.

Sin embargo, no lo hizo como acostumbraba. Por lo que Marie había podido observar, Pietro llevaba varios días extraño. Más serio de lo habitual. Intentó recordar si Pietro había discutido con alguien recientemente, pero que ella supiera, no había tenido ningún altercado con nadie en la casa.

Cuando llegaron a la habitación de Marie, Pietro cerró la puerta apoyándose contra ella. Miró a la chica fijamente, pero sin verla en realidad. Debía estar pensando en algo y seguramente dudando sobre si haría bien contándoselo.

Marie no tardó en cansarse de aquel silencio en tensión, en el que él la contemplaba sin desviar los ojos.

-Bueno, ya está bien- dijo ella- ¿Vas a decirme qué te pasa?

Pietro despertó de su ensimismamiento momentáneo y alzó la mirada, enfocándola.

-A mí nada- respondió, al cabo- No es de mí de quien quería hablar.

-Vaya, eso es nuevo- contestó Marie, asombrada- Siempre sueles hablar de ti.

Pietro sonrió ligeramente, mientras tomaba asiento a su lado sobre la cama, recostándose. Miraría al techo, así resultaría más fácil.

-No esta vez- susurró, ladeando la cabeza hacia ella- Se trata de mi hermana.

Marie contuvo la respiración durante un instante. Al tener a Pietro tan cerca, podía ver perfectamente las pequeñas ojeras bajo sus iris claros.

-¿Wanda?- preguntó Marie, tratando de no distraerse mirando los ojos de él- ¿Qué pasa con ella?

-Sería mejor si preguntaras qué no pasa con ella- contestó él, situando ambas manos tras la nuca- ¿No has oído nada por las noches?

-Vuelvo a la cama agotada, Pietro. Ya no me paso las noches en vela.

Pietro regresó la vista al frente.

-El fármaco ha dejado de hacerle el efecto que debería- la informó él, tras un breve silencio- Sale de su cuarto a escondidas a hacer a saber qué. Adivina quién tiene que ir tras ella para que no cause demasiados estragos.

-¿Quieres que te ayude?- se ofreció Marie- Podríamos turnarnos para...

-No- la cortó él, inexpresivo.

Marie lo miró, desconcertada.

-Entonces, ¿por qué me lo cuentas?

Pietro dirigió sus ojos hacia ella.

-No lo sé- respondió con sinceridad- Sólo quiero que me hagas un favor.

-Mientras no sea indecente...

Él rió brevemente.

-Puede- sonrió- ¿Te gustaría?

Marie enrojeció, apartándose de él un tanto.

-No estamos hablando de mí- dijo ella, incapaz de mentirle- ¿Cuál es ese favor?

-Quiero llevar a mi hermana a una cafetería antes de que pierda la consciencia de sí misma.

-¿La consciencia?- reiteró Marie, confusa- ¿Eso implica su enfermedad?

Pietro la miró, abriendo algo más los ojos, con sorpresa.

-Comenzó a empeorar hace una semana- dijo- Por lo que supongo que no has hablado con ella en todos esos días.

Marie asintió, avergonzada.

-Entre los entrenamientos y los descansos, no he tenido tiempo de...

-No te excuses- la interrumpió él, sonriendo- Así que, dime. ¿Vienes o no a esa cafetería con mi hermana y conmigo?

-Claro- accedió Marie, contenta de poder salir de aquellas cuatro paredes a un sitio diferente- Aunque... ¿sabes que podría pensar que hay intenciones ocultas por las que me invitas a ir contigo a una cafetería?

Pietro aproximó el rostro al de ella. Por un instante, Marie dejó de respirar, perdida en sus ojos azules.

-¿Sabes que realmente no me importa lo que podría pensarse?- le murmuró, cautivándola- Quizá tenga esas intenciones ocultas que tú crees.

Marie calló, demasiado abrumada por su cercanía tan repentina como para responderle. Inspiró aire, cerrando los párpados, al percatarse de que la nariz de él casi rozaba la suya.

-No...- musitó Marie, queriendo alejarse pero sin que sus músculos la obedecieran.

-¿No qué?- replicó él, apartándole un mechón castaño de la cara.

-No... a esto- farfulló ella, aferrando la muñeca de Pietro, con la que él había echado hacia atrás aquel mechón.

Aunque la mano de ella estaba enguantada, Pietro pudo sentir el pulso acelerado de Marie a través de la tela.

-¿Por qué?- cuestionó Pietro en voz baja, sabiendo que a Marie le costaría mucho alejarse una vez tendidas sus redes.

-Te haré daño- respondió ella, abriendo los ojos lentamente.

-Ya me lo haces todos los días cuando entrenamos- replicó Pietro, reacio a dejarla escapar.

-No te toco ni siquiera durante el tiempo necesario como para ver tus recuerdos- repuso Marie, echando la cabeza hacia atrás un tanto- No puedes comparar eso con...

-Sólo serán unos segundos- la cortó él, situando una mano en su cintura- No tiene por qué pasar nada.

Marie se mordió los labios, indecisa. Deseaba recibir cualquier cosa que él quisiera darle; oh, cómo lo deseaba. Sin embargo, la última vez que había hecho algo parecido, el chico había acabado en el hospital, y probablemente aun seguiría allí.

-Sé que lo quieres tanto como yo- insistió Pietro, acercándose inexorablemente.

Marie volvió a cerrar los ojos, sin poder evitar inspirar el aroma que emanaba de la piel del chico. En esos momentos, se supo perdida. No tuvo fuerzas para aumentar la distancia que había entre ellos y tampoco opuso resistencia. Esperó. Esperó a que aquellos labios que tantas veces había observado secretamente sin comprender por qué le atraían tanto, rozaran los suyos. Antes de hacerlo, el aliento de Pietro se deslizó en su boca entreabierta, y no mucho después, se entremezcló con el suyo cuando él posó sus labios sobre los de ella. Sabía a menta y a algo más que Marie no podía discernir; podría pasarse la eternidad tratando de averiguarlo.

Notó las manos de Pietro sobre sus pequeños hombros, los pulgares de él rozando su piel con presteza, sin permanecer así mucho tiempo. Marie tuvo la necesidad acuciante de aferrarse a él, aunque la parte de su cerebro que seguía siendo sensata le dijo que tuviera cuidado. Por eso, sólo los dedos de su mano izquierda se colocaron suavemente sobre la camiseta de Pietro. Percibir el corazón desbocado de él a través de la tela no hizo más que enardecerla. Pietro se hizo con su mano derecha, envolviéndola con la suya.

Todo lo que los rodeaba dejó de tener importancia. Tras los párpados de Marie se formaba un remolino de imágenes que parecía no tener fin, colores vivos que iban y venían. Seguramente, producto del placer que la invadía debido al hecho de estar tan cerca de Pietro. Su lengua se enlazaba con la de ella con maestría, recorriendo lugares recónditos en la boca de Marie, que ella jamás hubiera pensado que existieran. Marie no pudo reprimir el impulso de hundir las yemas de los dedos en su cabello plateado, aun aferrada por la mano de él.

De pronto las imágenes comenzaron a cobrar vida propia, obteniendo sonido. Voces distorsionadas. No eran producto de su imaginación prendada, sino de su maldición. Fue entonces cuando Marie notó que las manos de él ya no la buscaban con tanto ímpetu y que el beso se había vuelto mucho más lento. Aterrada, se separó de él, maldiciéndose por ser tan ingenua, por haber olvidado que no era una chica corriente. Por haber olvidado que no podía hacer cualquier cosa que otros considerarían normal o cotidiana, como tocar a otras personas. Y ahora, abriendo los ojos, sólo rezaba por que Pietro no hubiera sufrido las consecuencias de su error.

Aliviada, al ver que él la estaba mirando con sus iris claros, se dispuso a apartarse. Sin embargo, Pietro no la dejó, abrazándola por la cintura, a pesar de su palidez extrema y su flojo agarre.

-Casi te pasa lo mismo que a Cody- se lamentó ella, atreviéndose a acariciarle el pelo- ¿Por qué me haces esto?

-Porque es lo que quiero- jadeó él como si fuera obvio, sin dejar que ella viera su rostro-, y también es lo que quieres tú.

-Eso no importa- replicó Marie, angustiada- Podrías haberte quedado en coma o algo peor...

-Pero no ha pasado- la cortó Pietro, separándose de ella. Corrió a su veloz manera hasta el ventanal- Perdona si soy tan masoquista, pero no me arrepiento- trató que no le temblara la voz por la debilidad, sin éxito- Volvería a repetirlo.

Marie caminó hasta él con lentitud, aunque podría haberlo hecho en menos de un parpadeo, ya que le había dado tiempo a absorber sus poderes.

-Yo no- susurró, haciendo que Pietro se girara, alzando una ceja.

-¿No te ha gustado? Si es así, finges muy bien.

Ella resopló, algo molesta.

-Sabes perfectamente que no es por eso- dijo- No quiero que te pase lo mismo que...

-Que al tal Cody- completó él, entornando los ojos-, lo sé, lo sé. No puedes pasarte toda la vida con la misma cantinela...

-Pietro- lo interrumpió Marie, cansada- No estoy dispuesta a correr el riesgo hasta que esté segura de que ya no es tan peligroso.

-Resulta que a mí me encanta correr riesgos- replicó Pietro caminando hasta la puerta del cuarto- Oye, tengo hambre. ¿No tenías que estar preparando la cena con Ángel?

Marie soltó un grito ahogado, alarmada.

-Warren me va a matar, ya no me da tiempo a asearme.

Dicho eso, desapareció a la velocidad de Pietro.

-Nunca acabaré acostumbrándome- sonrió él, antes de abandonar la habitación de Marie.

-Ya era hora- refunfuñó Warren, cuando vio a Marie aparecer de la nada- Ni siquiera con los poderes de Pietro eres capaz de ser puntual.

Marie se acercó a la encimera, donde se hallaba él, cortando una cebolla en rodajas.

-Perdona, me he entretenido...

-Desde luego- la cortó él, imperturbable- Es obvio. También es evidente que ha sido por culpa de Pietro- calló un momento antes de seguir hablando- No creo que lo hayas tocado para continuar con el entrenamiento.

Marie enrojeció levemente, pensando, alicaída, que cada vez que tocase a alguien, si no se controlaba, sería lo mismo que llevar escrito en la frente que lo había hecho. Nadie tenía por qué enterarse de eso.

-Deberías ser más discreta- prosiguió Warren parpadeando varias veces mientras se volvía hacia ella; debía de haberle caído zumo de cebolla en los ojos- No diré nada; te lo debo.

Marie lo miró, inquisitiva.

-Sé que los demás saben que además de absorber sus dones, puedes hacer lo mismo con sus recuerdos- Warren le devolvió la mirada, fijando sus iris claros en los de Marie- Aun así, tú no les has contado nada de lo que viste en mi cabeza aquella vez. Es mi forma de agradecértelo.

-¿Cómo lo saben?- cuestionó ella, desconcertada- Yo no le he hablado a nadie de ello. Quizá Sapo...

-Sí, me enteré de aquel incidente- respondió Ángel, dándose la vuelta de nuevo para seguir cortando verduras; en esta ocasión, un tomate- No fue él. Supongo que debiste haberle tocado durante el tiempo suficiente para ver alguno de sus recuerdos, pero que yo sepa, no ha dicho palabra sobre ello.

-¿Entonces...?

-Pietro es un bocazas- respondió él, encogiéndose de hombros- Debió decírselo a

Dominik, y Dominik le cuenta todo a Blob.

-¿Fueron ellos los que te contaron que vi los recuerdos de Pietro? No tenía idea de que tuvieras demasiada relación con ninguno- dijo Marie- No te ofendas- añadió apresuradamente, al darse cuenta de lo que había dicho.

-No la tengo- replicó Warren, con una sonrisa leve- Pero eso no impide que no se me escape nada. Te sorprenderías- agregó, ladeando la cabeza hacia la ventana.

Marie siguió el trayecto de sus ojos hasta el exterior, donde vio a Wanda sentada sobre el único sitio del jardín donde había césped. Estaba jugando con un pañuelo del color de la sangre; entretanto, el sol se ponía. Con todo, era una imagen embriagadora. Marie sonrió, imitando a Warren mientras comprendía.

Tocaron varias veces a la puerta del despacho, despertando a Charles de su ensimismamiento. Como tantas otras ocasiones, se hallaba frente al ventanal, contemplando cómo las nubes se movían y cambiaban de forma. Exhaló un suspiro e hizo que la puerta se abriera sin mover un solo dedo, a la vez que se volvía hacia Jean, quien se mantenía en el umbral.

-¿Se puede, profesor?

-Ya estás dentro- sonrió él, distraído.

-No sé si lo sabrá ya, pero estábamos planeando hacer una salida a Yonkers este fin de semana y llevarnos a los alumnos más mayores con nosotros.

El profesor alzó los ojos hacia Jean, enfocándola.

-Aunque tú también sigas siendo una de mis alumnas, confiaré en ti- dijo, avanzando hacia ella; la leve sonrisa que dibujaban sus labios se borró un tanto- Llevaos a Logan con vosotros. Presiento que será mejor que él esté allí.

-No sé si esté dispuesto- titubeó Jean- Últimamente no ha estado muy complaciente, que digamos. Estará enfadado con usted por no conseguir hacer progresos con su memoria.

-Eso no ha sido culpa mía- replicó Charles, con severidad- Aun así, a ti te escuchará. Es conveniente que os acompañe.

-¿Por qué tanto interés en que venga con nosotros?- cuestionó ella, sentándose en una silla. Miró al profesor con fijeza, tratando de dilucidar lo que pretendía. Entonces, Jean alzó las cejas- ¿Por la chica? ¿Estará allí?

-Pietro planea llevarla este sábado a una cafetería- respondió el profesor-, probablemente, en el mismo centro comercial donde los visteis aquella vez.

-¿Cree que pueda haber algo entre esos dos?- inquirió Jean, con curiosidad.

-Tal vez- contestó Charles al cabo de un rato- Sólo puedo acceder a los pensamientos de él; cada vez me cuesta más hacer lo mismo con los de ella.

-¿A qué se debe?

Charles calló por un momento, pensativo.

-Quizás a su mutación; no estoy seguro- dijo finalmente- Pero intentarlo me da jaqueca.

-¿Como con Logan?- preguntó Jean, cruzando las piernas.

-Parecido- respondió Charles, alzando sus ojos hacia ella nuevamente- Te aconsejaría que no trataras de hacer lo mismo cuando hables con ella.

-Me es difícil contenerme si se me presenta oportunidad- replicó Jean, con una sonrisa de disculpa.

-Aunque... quizá fuera mejor que Scott hablase con ella- reflexionó el profesor- Es el único de nosotros que ha tenido algún contacto con la chica.

Jean no pudo evitar hacer una mueca de disgusto.

-Si no hay otra manera...

-Tendréis que distraer entretanto a sus acompañantes- añadió Charles, pasándose la mano por el cabello.

Jean abrió mucho los ojos, al escuchar aquello.

-¿Acompañantes?- reiteró, sorprendida- ¿No era sólo Quicksilver quien iría con ella?

El profesor sonrió enigmáticamente.

-También va con ellos la hermana melliza de Pietro.

-La Bruja Escarlata- susurró Jean, con un escalofrío.

El profesor asintió, dando por concluida la conversación.