CAPÍTULO 11. Cara a cara.

-No sabía que supieras conducir- comentó Marie, dirigiéndose a Pietro, mientras se sentaba en el asiento del copiloto.

Pietro ladeó la cabeza hacia ella, con una sonrisa torcida.

-Hay muchas cosas que no sabes de mí, amor.

Marie sintió cómo se ruborizaba y desvió la vista, algo incómoda.

-Creía que ya te había dicho que no me gustaba que me llamaras así.

-Te escuché- replicó él, encogiéndose de hombros- Por eso sigo haciéndolo.

A sus espaldas se oyó una risita mal disimulada por parte de Wanda, que no había dicho nada desde que se había subido al coche. Se hallaba jugando con una cinta de color rojo, cambiándola de posiciones mediante un complejo movimiento de dedos. Marie no hubiera notado la diferencia, no habría visto que estaba más enferma que antes si Pietro no le hubiera dicho nada.

Marie entornó los ojos, decidiendo hacer caso omiso de Pietro. Por el contrario, preguntó:

-¿Sabe Mística que nos vamos a la ciudad?

-No es nuestra madre, no tiene por qué enterarse de todo- contestó Pietro, haciendo un ligero mohín.

-Mística sabe muchas cosas- susurró Wanda, en cambio.

Marie se volvió hacia ella brevemente, preguntándose a qué se referiría con eso.

-Quiero saber cosas de ti- le dijo Pietro de repente, haciendo que Marie le prestara toda su atención.

-¿Cosas de mí?- repitió Marie, un tanto divertida- ¿Qué tipo de cosas?

Pietro dejó por un momento de mirar la carretera para fijar sus ojos en ella. Levantó la comisura derecha, de forma descarada.

-Todo.

Marie rió, olvidándose por un instante de su preocupación por Wanda.

-Sé un poco más específico.

Él volvió sus ojos a la carretera, sonriendo. Marie pensó que debía estar maquinando algo. Seguramente, alguna pregunta indiscreta que formularle. Parecía importarle un pepino que su hermana estuviera en uno de los asientos traseros. De todas formas, Wanda parecía estar más entretenida estampando la cinta roja contra el cristal y haciendo que ésta reapareciera en el asiento trasero del lado opuesto.

-No me lo pones fácil- dijo él, al cabo; la misma sonrisa decorándole el rostro- Por ejemplo, ¿cuál es tu color favorito? ¿qué prefieres comer? ¿te gustan los pepinillos? ¿quién es tu miembro de la Hermandad favorito?- calló un momento-No, espera, esa me la sé; soy yo. ¿Usabas mucho la bicicleta cuando...?

-Para el carro- lo cortó ella, frunciendo el ceño- Son muchas preguntas. Además, mi miembro de la Hermandad favorito es Warren.

-Sin querer me has dado la respuesta a otra cosa que quería saber de ti- prosiguió Pietro, mientras movía el volante suavemente para aparcar.

-¿Qué es...?

-Se te da muy mal mentir- respondió él, inmovilizando el coche, con una sonrisa torcida.

Antes de que Marie pudiera contestarle, Pietro ya estaba propinando golpecitos a su ventanilla. Ella se giró, sin poder evitar sonreír. Marie cogió la mano que él le tendía para ayudarla a bajar. Una milésima de segundo después, Pietro se hallaba haciendo lo mismo con su hermana y comprobando que todas las portezuelas del coche estuvieran cerradas.

-Qué sitio tan enorme- dijo Wanda entonces, dejando de lado su cinta roja para admirar el edificio que constituía el gran centro comercial.

-Ya verás; en la cafetería donde te voy a llevar sirven unos crepes con los que te vas a lamer los dedos del gusto- le aseguró su hermano, tomándola del brazo.

Acto seguido, Pietro le ofreció el otro brazo a Marie, que lo miró alzando una ceja.

-Puedo caminar sola, gracias.

-Eso ya lo veo, pero compláceme- repuso él, sin retirar el brazo- Siempre he querido llevar una chica a cada lado.

-¿Y nunca lo habías hecho antes?- replicó Marie, aceptando finalmente su brazo- No lo puedo creer. Estás admitiendo algo.

-No sé por qué te parece tan extraño- bufó Pietro, apartándose un mechón del pelo con un movimiento de la cabeza.

-Extraño es que haya tanta gente en esa tienda de música- terció Wanda, señalando un establecimiento plagado de personas.

-Todos son adolescentes- observó Marie- Quizá alguna banda haya sacado un disco nuevo.

-Sí, tal vez- murmuró Pietro, no muy convencido- Vayamos a la cafetería; está a unos pasos de aquí.

-¿Por qué tanta prisa?- cuestionó Marie, sonriente- Ya todos sabemos que te gusta correr, pero se trata de pasar un rato agradable conmigo y con tu hermana. Podríamos estar una hora caminando si mientras conversamos.

-Sí, Pietro- convino Wanda, un brillo de ilusión en sus ojos- Por una vez deja de ser tan impetuoso.

-Va a ser que no.

-¿Hay algo que te inquiete?- le preguntó Marie, confundida. Parecía nervioso.

Pietro fijó sus ojos en ella.

-¿Aparte de ti?- Marie se ruborizó al escuchar aquello- Pocas cosas, amor.

Marie sacudió la cabeza, tratando de centrarse. Quería saber por qué estaba tan intranquilo de repente.

-No eludas la pregunta- insistió ella.

Pietro resopló, rindiéndose.

-Solamente acabo de recordar que tengo que comprarme unas zapatillas deportivas nuevas- respondió- Ya sabes que se me rompen muy a menudo.

Marie frunció el ceño.

-¿Y eso te preocupa?

Pietro se soltó de su brazo para rascarse la nuca, algo agitado.

-Es que... tendría que dejaros solas un momento.

-No pasaría nada- corroboró Marie- Estaremos las dos juntas.

-Sí- apoyó Wanda, mientras analizaba a un camarero cercano, distraídamente- No nos separaremos.

-También podríamos ir a por las zapatillas después de la cafetería...- sugirió Pietro, reacio a irse y dejarlas allí.

-No te preocupes; ve ahora- lo instó Marie- Antes de que hayamos hecho el pedido habrás vuelto.

Wanda ya caminaba hacia el interior de la cafetería a paso firme. Pietro apretó la mandíbula, girando la cabeza hacia Marie.

-Está bien- accedió él tras un instante de silencio- Te confío a mi hermana.

-Eso no hacía falta que lo dijeras- sonrió Marie- Estaré al pendiente.

-¿Esto no será un complot que has ideado con mi hermana para librarte de mis preguntas?- replicó él- Hagas lo que hagas, no vas a escapar.

-Ve ya. Te las contestaré todas, si llegas antes de que Wanda y yo acabemos de tomarnos el café, por supuesto,

-La duda ofende.

Dicho eso, Pietro desapareció en menos de un parpadeo, dejando a Marie sola a la entrada de la cafetería. La chica siguió el mismo trayecto que había realizado Wanda hasta una de las mesas, sin darse cuenta de que alguien la observaba desde un rincón tras unas lentes rojas.

Sin ser consciente de ello, Marie se sentó frente a su amiga, que estaba leyendo la carta.

-¿Estás especialmente interesada en algo?- le preguntó.

Wanda alzó sus ojos hacia ella por un momento, para después volver a prestar atención a la carta.

-Probaré los crepes que dice Pietro- dijo finalmente, tendiéndole la carta a Marie- Cuando decidas lo que quieres, pide. Tengo que ir al baño.

-Puedo acompañarte si quieres...- se ofreció Marie, dejando la carta a un lado.

-No es necesario- la cortó Wanda, más seria de pronto- Puedo ir sola.

-¿Estás segura?- insistió Marie, sintiendo un nudo en el estómago. Tenía la sensación de que algo no iba bien.

Wanda la miró fijamente. No tenía una expresión precisamente amigable en aquel momento. Marie le devolvió la mirada, percibiendo una opresión en el corazón. Por un instante, creyó que el tiempo se detenía. Poco después, Wanda comenzó a reír sin más y salió de la cafetería, hacia el baño que estaba situado unos metros más allá.

Inexplicablemente, cuando Wanda desapareció de su vista, Marie se sintió bastante aliviada. Cogió la carta que había dejado sobre la mesa y leyó el contenido despistadamente.

La tercera vez que le echaba un vistazo a la carta, se cansó y comenzó a tamborilear la mesa con los dedos. Miró el reloj. Hacía más de cinco minutos que Wanda se había ido al baño y otros diez desde que Pietro la había dejado con su hermana con la excusa de que iba a comprarse unas zapatillas nuevas. No se preocupó demasiado por Wanda. Sin embargo, Pietro... no debería tardar tanto.

Marie soltó la carta, alarmada, dejándola caer al suelo, cuando una sombra se irguió sobre ella. Levantó la cabeza, el corazón casi a punto de salirse del pecho. No se trataba de Pietro ni de Wanda, sino del chico que la había ayudado a recoger unos discos del suelo casi un mes atrás, y que había propiciado que Avalancha y Pietro se la llevaran casi forzadamente al coche para regresar a casa a toda prisa. ¿Cómo olvidarlo? Era muy apuesto, y además, había sido muy amable con ella la única vez que se habían encontrado.

-Hola,- la saludó él, llevando hacia atrás la silla donde minutos antes había estado sentada Wanda- ¿puedo sentarme?

Marie estaba desasosegada. Se habían visto una vez, sí, pero no le parecía normal que él quisiera volver a hablar con ella, a no ser que buscara algo. A no ser que quisiera algo de ella. Además, él era uno de esos X-men, a los que los miembros de la Hermandad casi no podían ver, del desprecio que les profesaban. Marie recordó que la había visto con Pietro antes de que éste se la llevara rápidamente. Por tanto, el tal Scott -Marie no había olvidado su nombre-, debía saber que tenía algún tipo de relación con la Hermandad.

Antes de que Marie respondiera (aunque, de hecho, no parecía que fuera a hacerlo), Scott tomó asiento frente a ella.

-¿Te acuerdas de mí?- le preguntó, despertándola de su embelesamiento.

Marie lo miró con fijeza, sin entender qué quería él de ella. Podría habérselo preguntado directamente, pero sólo fue capaz de proferir: "Ese asiento está ocupado".

Scott rió. Era una risa suave, no parecía que hubiese nada malintencionado en ella.

-No te preocupes. Antes de que...- Scott buscó un término que le pareció adecuado para continuar- tu amiga vuelva, yo ya me habré ido, Marie.

Marie frunció el ceño al escuchar su nombre de la boca de aquel extraño.

-No recuerdo haberte dicho cómo me llamaba- replicó ella, situando las manos por debajo de la mesa.

Por alguna razón en la que no estaba demasiado dispuesta a pensar en aquel momento, Marie no creía que el hecho de estar conversando con el tal Scott estuviera bien. No entendía exactamente por qué, pero tenía un miedo atroz de que los mellizos la descubrieran hablando con él. Pronto regresarían, sí. Llevaban mucho tiempo para lo que se habían propuesto hacer cada uno, por lo que no tardarían mucho en volver. Y si la veían con aquel tipo... Marie no quería discusiones con ellos. Eran sus dos mejores amigos en la casa, y lo pasó fatal aquella ocasión en la que Pietro se enfadó con ella porque creía que iba a abandonar la Hermandad.

-Será mejor que te vayas- le dijo Marie, entonces- No quiero problemas.

-¿Por qué ibas a tener problemas?- replicó él, inclinando el cuerpo un tanto sobre la mesa.

A pesar de la posición tan poco afable en la que se encontraba Scott, Marie no sintió miedo. Sabía que sus manos eran como un arma cargada, siempre listas para disparar.

-No hagas como si no lo supieras- contestó ella, con firmeza.

Scott pareció sorprendido al escucharla. Quizá la Hermandad ya le había hablado de los X-men y la había puesto en su contra; lo cual, era muy probable, teniendo en cuenta que al menos, que ellos supieran, Marie llevaba viviendo con la Hermandad un mes.

-No entiendo qué quieres decir con eso- repuso Scott.

Le costaría más de lo que había supuesto tratar de hacerla comprender que estaría mejor con los X-men. No obstante, Scott no se caracterizaba por ser una persona que diera su brazo a torcer fácilmente.

-Lo entiendes perfectamente- insistió Marie, mirando a ambos lados de la cafetería, por si volvían Pietro y Wanda- No eres plato de gusto para la Hermandad, por lo que, siento ser brusca, pero no me apetece que me vean contigo. Si quieres tomarte un café o lo que sea, puedes hacerlo en cualquier otra mesa- agregó ella, recostándose sobre el respaldo de la silla.

Scott esbozó una sonrisa lejos de ser simpática.

-Tienes miedo- dijo solamente.

-¿Miedo de ti?- bufó Marie, incorporándose un tanto en el asiento- Es evidente que no me conoces.

-Y no te conozco- convino Scott, imitándola y apoyando ambos antebrazos sobre la mesa-, pero puedo saber con certeza que tienes miedo. No te equivoques; no tienes miedo de mí, sino de ellos.

-¿Ellos?- repitió Marie, desconcertada.

-De esos que llamas tus amigos- corroboró Scott- Tranquila, ahora no nos molestarán. Podemos hablar con libertad.

-No tengo nada que hablar contigo- le espetó Marie, enojada. Estaba dispuesta a irse de allí a buscar a Wanda, con tal de perder de vista a Scott.

Sin embargo, lo que dijo él le hizo cambiar de opinión.

-Puedes volver con ellos, o quedarte aquí conmigo y escucharme. Ellos te mienten; yo te diré la verdad.

Marie volvió a sentarse, prestándole atención. Scott sonrió, con satisfacción.

-¿Qué verdad es esa?- cuestionó ella, confundida.

-¿Acaso te han dicho alguna vez por qué se llaman a sí mismos miembros de una Hermandad?- prosiguió Scott, acomodándose en el asiento- ¿Te dejan ver la televisión? ¿Sabes cuáles son los fines por los cuales fue creada la Hermandad? ¿Cómo supieron exactamente cuándo aparecer en tu vida?

Marie adoptó un semblante que reflejaba confusión. Tal vez, demasiada. Scott había dado en el clavo. Todas aquellas preguntas sin respuestas... Las había olvidado porque se encontraba bien con ellos. La habían acogido sin exigirle nada a cambio. Le habían dado comida y techo, y si había tenido problemas con alguno de ellos, como Sapo, los demás la habían defendido. Sí, Marie podía decir que era feliz. Sin embargo, lo era porque había dejado de darle vueltas a las cosas. Vivía en la más completa ignorancia, pero no estaba segura de si quería salir de ahí.

-Te tienen con ellos para utilizarte- le aseguró Scott- Si no te han contado nada de eso en su momento, es porque no les interesa que lo sepas.

Marie alzó la cabeza, mirándolo.

-¿Por qué no les iba a interesar?- replicó, aunque en su tono de voz podía entreverse que no estaba muy convencida.

-Por eso mismo que te acabo de decir: para utilizarte- insistió él.

Marie lo miró, ceñuda.

-¿Y por qué iban a querer utilizarme, según tú?- repuso ella- ¿Por qué no ibas a querer tú hacer lo mismo? Sólo sé que eres uno de esos frikis X, como dice Dominik.

Scott alzó una ceja.

-¿Así es como nos llaman?

-No cambies de tema. Dime de una vez quién eres y qué es lo que quieres.

Él centró sus ojos en ella.

-Bien, ahora que estamos cara a cara, te lo diré.

Disclaimer: No me pertenece ninguno de los personajes que aparecen en este fragmento de historia.