Disclaimer: No pertenece ninguno de los personajes que aparecen en este fragmento de historia.
CAPÍTULO 12. La decisión correcta.
Pietro se deslizó a su velocidad sobrehumana entre los estantes repletos de zapatillas deportivas de todas las marcas, formas, tallas y tamaños. Se detuvo frente a un anaquel examinando los zapatos que tenían su número. Puesto que habían retirado de la venta su modelo preferido, tuvo que pararse a mirar cada una de las zapatillas. Era importante que tuvieran la suela gruesa y que esta a la vez fuera flexible, cosa difícil de encontrar, por lo que le llevaría unos minutos, a pesar de poder hacerlo con presteza.
Un ruido metálico contra la madera de unos estantes le hizo volver la cabeza hacia el final del pasillo. Pietro entreabrió la boca con sorpresa y frunció el ceño, echando la espalda levemente hacia atrás.
Un hombre corpulento y de anchos hombros se hallaba al fondo de la tienda. Tenía las manos situadas a ambos lados del cuerpo, cerradas en puños. Seis garras de adamantium sobresalían de sus nudillos, tres en cada mano. La vena del seno sagital hacía relieve en su frente, sus rodillas levemente flexionadas. Logan.
Pietro se recompuso de su pasmo inicial, cruzándose de brazos y cerrando la boca. Alzó las cejas, adoptando su expresión habitualmente atrevida.
-¿Qué te trae por aquí, Lobito? ¿No tienes cosas mejores que hacer que desgarrar los tímpanos de la gente?
Logan gruñó y avanzó dos pasos hacia Pietro, que se mantuvo en el sitio, apoyando su espalda contra una columna de madera. No parecía asustado en absoluto.
-Ahora mismo acabo de encontrar algo mejor que desgarrar- replicó Logan, enseñándole los dientes por un instante- Si eres listo, sabrás qué es.
La sonrisa desapareció momentáneamente del rostro de Pietro, que se irguió, colocándose frente a Lobezno.
-La verdad es que hoy estoy un poco espeso- contestó el chico, esbozando una sonrisa cínica.
Logan elevó ligeramente una de sus comisuras en respuesta y se lanzó contra él, garras por delante. No contó con que Pietro se esfumaría y reaparecería tras él, dándole un enorme golpe en la espalda con una de las vigas que había arrancado de los estantes. Logan gritó de rabia, girándose contra él, pero Pietro ya no estaba allí. Sin embargo, había logrado destrozarle un fragmento de la manga de su camiseta gris.
Lobezno avanzó por el pasillo girando el recodo de una estantería llena de zapatillas, sin ver a nadie en las proximidades.
-No te escondas, vuelve aquí...- gruñó, antes de verse atrapado en una espiral de tela y cinta adhesiva.
Terminó atado contra la pared de la tienda, sin ser capaz de librarse de los montones de ropa y pegamento que lo ceñían contra el muro.
-¿Quién se esconde, lobito?- le soltó Pietro, ufano, tirando la cinta adhesiva al suelo- Tal vez te mueras de hambre esperando a que tus amiguitos consigan liberarte.
Logan trató de cortar las ataduras con sus garras, pero las tenía hacia arriba, sin posibilidad de moverse apenas.
-No creo que eso suceda- terció una voz femenina tras Pietro, desde lo alto- Probablemente antes, tú serás churruscado por un rayo.
Pietro alzó las cejas, dándole la espalda a Logan para descubrir a Tormenta, que se había elevado en el aire y sus ojos comenzaban a tornarse blancos.
Los clientes y los dependientes habían abandonado la tienda y un grupo de adolescentes observaba la escena desde la puerta; Kurt Wagner, Bobby Drake y John Allerdyce estaban a la cabeza.
-¿Os habéis traído a los críos para hacer de espectadores?- se mofó Pietro, echando a correr.
Al segundo después, John y Bobby tenían las manos atadas con cinturones de karate y Pietro se hallaba varios metros más allá, colocándose las gafas y probándose una gorra.
John soltó un silbido de admiración.
-Ese tío está como una cabra- murmuró-, pero sabe lo que se hace. Es mi ídolo.
-¿Idolatras a un miembro de la Hermandad?- le espetó Bobby, molesto.
John se encogió de hombros, impasible. Bobby sacudió la cabeza; John no tenía remedio.
Un remolino de viento comenzó a formarse en el interior de la tienda, haciendo que las estanterías se hicieran trizas y que las zapatillas salieran volando en todas direcciones.
Pietro se volvió hacia Tormenta, con una sonrisa torcida.
-¿En serio crees que un tornadillo de nada va a detenerme, rayos?- se burló el chico- No te creía tan ingenua.
-Yo en cambio ya sabía que eras muy pagado de ti mismo- repuso Ororo, enviándole un rayo.
Nadie normal hubiera podido escapar de la electricidad. Sin embargo, Pietro no era normal. Poseía posiblemente la única mutación que permitiría al afectado moverse a más velocidad que aquel rayo.
Un segundo más tarde, Tormenta se hallaba junto a Logan, atada de la misma manera. Pietro se detuvo unos pasos delante de ellos, con su actitud engreída tan característica.
-Soy tan pagado de mí mismo porque tengo razón para serlo- le dijo a Ororo.
Detenerse fue su perdición. Cuando quiso darse cuenta tenía los pies pegados al suelo, sin posibilidad de esfumarse como hacía siempre. Horrorizado, se percató de que era hielo y de que el responsable de ello estaba a sus espaldas. Giró un tanto el cuerpo, descubriendo a Bobby Drake, uno de los chicos a los que había atado las manos con aquellos cinturones de karate, soplando. De su boca salía una especie de vapor blanco que se condensaba y terminaba formando hielo. Hielo que ahora rodeaba sus pies sin dejarle escapatoria.
Frunciendo el ceño, se volvió hacia Tormenta y Lobezno.
-Os parecerá bonito; para vencerme necesitáis a unos críos- les espetó.
-Sea como sea, Quicksilver. Ahora estás perdido- sentenció Tormenta, sus ojos completamente blancos.
Sobre la cabeza de Pietro comenzó a tomar forma un halo de luz, entre nubes que daban vueltas unas alrededor de otras.
"Estoy... perdido", se dijo Pietro, sin poder creérselo.
Tras lavarse las manos, Wanda salió del cuarto de baño para mujeres. Enredaba con la cinta roja con la que había estado jugando durante todo el viaje a Yonkers. Alzó el rostro, parándose en seco al ver a una mujer joven que le resultaba conocida, y no precisamente porque le agradase su existencia.
-Wanda Maximoff- la llamó la mujer, levantando levemente la barbilla, desafiante- ¿Deseando matar a otro viejo?
-Jean Grey- susurró la chica- Estoy deseando matarte a ti.
Sin embargo, Jean no alcanzó a oír lo último porque mientras decía aquello, Wanda situó sus manos al frente, como si le estuviera enseñando las palmas, y una fuerza enorme que adquirió un tono escarlata impactó contra Jean en cuestión de segundos, sin darle tiempo a reaccionar. La espalda de Grey chocó contra un escaparate, rompiendo el cristal en miles de pedazos que salieron esparcidos en todas direcciones. La mujer terminó en el suelo de una tienda especializada en tés, rodeada de tazas y vasijas hechas añicos.
La energía procedente de las manos de Wanda se propagó hacia los alrededores, provocando un incendio. La dueña del local gritó, aterrorizada, saliendo de allí por pies.
Pese a que Jean había acabado destrozada por el golpe monumental, se incorporó un tanto alzando la cabeza. Entre los rizos pelirrojos que le dificultaban la vista y su visión doble, apenas sí pudo distinguir la silueta de Wanda, que se acercaba a ella sin vacilaciones.
Jean se había enfrentado ya en otras ocasiones con ella, pero no la reconocía. Jamás había sido tan violenta e irascible; por lo menos, que Jean recordara. Sin embargo, ahora Wanda se dirigía hacia ella y parecía muy dispuesta a hacer lo que había dicho que deseaba hacer: acabar con ella.
La pelirroja hizo acopio de las fuerzas que le quedaban y abrió la mano en dirección a Wanda, haciendo que esta saliera disparada hacia atrás, de la misma manera en que la Bruja Escarlata la había empujado a ella.
No obstante, Wanda debió de haber hecho uso de sus poderes para cambiar la probabilidad, y una ráfaga de viento llevó un colchón de una tienda cercana hasta donde su cuerpo hubiera terminado, de no ser en el caso de que no hubiera contrarrestado el ataque de Jean. Aunque aterrizó sobre algo blando y no se hizo mucho daño, lo hizo de forma violenta. Wanda no pudo evitar que su cuerpo girara y acabara finalmente en el suelo.
Sin darle tregua a Jean, elevó de nuevo las manos haciendo que la cinta roja que se había traído consigo aumentara de tamaño y se ciñera alrededor del cuello de Jean, que se llevó las manos hasta ahí, con desesperación. Se ahogaba y no tenía a quién pedir auxilio.
"Jean, no te ofusques", irrumpió una voz en su cabeza. Era el profesor. "Usa tus poderes contra ella. Defiéndete, no dejes que gane".
Jean cerró los ojos, tratando de concentrarse en las instrucciones de Charles. "Jean". El oxígeno se le agotaba poco a poco, dejándola casi incapaz de pensar en nada. "Jean, escúchame". Aun así, hizo su último esfuerzo, separando los párpados.
Allí estaba la Bruja Escarlata, riendo como si no hubiera un mañana. Riéndose de ella, de Jean. Riéndose porque creía haber vencido y estaba segura de su muerte. Jean enfureció; ya no le importaba que aquella cinta estuviera apretándole el cuello. Ya no le importaba estar a un paso de la muerte.
Sus ojos se volvieron negros como la noche, expulsando la conciencia del profesor. El fénix tomaba el control y Jean dejaba de ser solo Jean. Ni siquiera se percató de que la cinta se desintegraba y le permitía inspirar aire de nuevo. Solamente miró a Wanda, y ese simple hecho, envió a la chica contra la pared externa de los baños. Sin necesidad de nada más, Jean comenzó a asfixiarla, con una expresión imperturbable. Y es que la Jean razonable no hubiera pretendido acabar con Wanda, pero en ese momento, después de que ella hubiera intentado matarla, se alegraba de que el fénix hubiera sido liberado y de estar mirando cómo sucedía todo desde un segundo plano.
Wanda iba a morir, y Jean no pensaba hacer nada por recuperar el control de sus acciones. El fénix la entendía, actuaba por ella, la protegía. Él sabía qué hacer.
-Mi nombre es Scott Summers- se presentó el chico, pacientemente- Vivo en una escuela con otros mutantes.
-¿Una escuela?- repitió Marie, escéptica.
-Una escuela para mutantes- aclaró Scott, colocándose bien las gafas- Una escuela... de talentos. Enseñamos a otros mutantes a controlar sus poderes y de esa forma, a descubrirse como personas.
-A mí también me han enseñado a controlar mis poderes- dijo Marie, sin poder contenerse.
-Es diferente- contrarió él, cruzándose de brazos- Ellos lo hacen para utilizarte y nosotros para protegerte,
-¿Protegerme de quién?
-De los humanos y de otros mutantes- explicó Scott.
-Eso es exactamente lo que hace la Hermandad- replicó Marie, con hastío.
Scott se irguió sobre la silla, como si le hubieran pegado un puñetazo.
-¡Por supuesto que no!- exclamó, llamando la atención de varias personas- Su fin es exterminar a los humanos, mientras que el nuestro es negociar con ellos para que mutantes y humanos podamos convivir en paz.
-Y debería creerte a ti, que estás contra ellos- bufó ella, cansándose- Además, solo he hablado contigo en mi vida unos minutos. No tengo razones para fiarme de ti.
-El profesor dijo que pasaría esto- musitó Scott, frotándose el puente de la nariz.
-¿Quién es el profesor?- inquirió Marie, sin mucho interés.
-Es el dueño de la escuela, un mutante muy poderoso- respondió él, alzando los ojos- Uno de los más poderosos que vayas a conocer jamás.
-Anda, como Magneto- repuso Marie.
Scott la miró como si acabara de decir que el cielo era verde.
-Magneto es un asesino- afirmó- Esa será la causa de que no te dejen ver la televisión, para que vivas engañada.
-Un asesino- reiteró Marie, insegura- Un asesino no me acogería en su casa ni me hubiera dado tan buen trato.
-Eso es porque quiere hacer algo contigo, pero aún no sé qué- insistió Scott- No te equivoques, Marie. Te estoy ofreciendo otra posibilidad, la posibilidad de elegir el bien. Ahora tienes que tomar la decisión correcta.
Marie entreabrió la boca para decir algo, pero entonces oyó una explosión fuera de la cafetería. Se levantó precipitadamente y caminó hacia la puerta, como muchos otros clientes que instantes antes habían estado tomando la merienda tranquilamente.
Scott la siguió, agarrándola del antebrazo para detenerla.
-No puedes irte...
No obstante, según hablaba, notaba que se desvanecía. Había tocado la piel desnuda de Marie y ahora sufría las consecuencias. La soltó, como si su tacto le quemase (en realidad, la sensación era muy parecida). Scott cayó de rodillas, jadeando.
-No puedes impedírmelo.
Fue lo único que dijo Marie, antes de dejarlo allí. Notaba cierto picor en los ojos y la vista le había adoptado un cierto tono rojizo, pero siguió caminando. Probablemente, tendría algo que ver con Scott. Era muy extraño que llevase aquellas gafas tan peculiares; aparte estaba el hecho de que al rozar su piel, las fuerzas que le había robado se habían dirigido a sus ojos. Antes no lo hubiera apreciado, pero ahora que podía manejar sus poderes un tanto, lo notaba con claridad.
Unos pasos más allá, entre las personas que corrían en dirección opuesta, empujándola y desviándola algo de su trayecto, Marie pudo divisar a una chica pelirroja vestida de negro. Estaba de espaldas, muy quieta. Más allá, sus ojos se encontraron con los de Wanda, que se sostenía el cuello. Al no haber nadie más en los alrededores y puesto que Wanda estaba levemente elevada sobre el suelo y aquella mujer no hacía nada por evitar que se matara, Marie supo entonces que la pelirroja la estaba estrangulando a distancia.
Sin dudarlo, se quitó los guantes, lanzándolos al suelo. Aquella mujer estaba tan concentrada en acabar con Wanda que no se dio cuenta de que Marie se le acercaba sigilosamente por detrás.
Entonces, Marie colocó las manos descubiertas sobre los hombros desnudos de ella, que llevaba una camiseta de tirantes. Empujó hacia abajo haciendo que Jean flexionara las rodillas y entornara los ojos, comenzando a hiperventilar.
Wanda ya podía respirar, pero algo sucedía con los poderes de Marie. Jamás le había pasado nada parecido al tocar a Pietro o a Dominik. Y tampoco con Cody, Scott y Sapo. Su corazón aumentó la frecuencia de los latidos, entrando en taquicardia. La energía del fénix se trasladaba desde el cuerpo de una Jean medio desfallecida a una Marie en un principio extasiada.
Nunca había sentido tanto poder, tanta furia, tanta pasión, recorriéndole las entrañas. Una gotita de sudor cayéndole por la espalda. La alarma anti-incendios. El tacto cada vez más frío de la piel de Jean. Y las voces, aquellas voces. Marie creyó que se volvería loca. Las oía a todas, con una claridad diáfana. No obstante, no eran como las que solía oír normalmente cuando tocaba a alguien durante el tiempo suficiente. Estas parecían reales y tenían los tonos de personas a las que conocía.
"¿Qué está haciendo?", sonaba una Wanda estridente. Sin embargo, Marie alzó la cabeza como pudo hasta ella, y vio que no estaba hablando. Debía ser lo que pensaba. ¿Cómo era posible que Marie lo escuchara? "Esa p**a se ha cargado mi lazo...".
"Tengo que detenerla...", la voz de Scott Summers. Sus pisadas veloces resonaban a la espalda de Marie por el pasillo desierto.
"Esos tíos... son alucinantes" Era un chico, pero Marie no lo conocía. Aquella voz no la había escuchado nunca. "En cuanto tenga oportunidad..."
"Voy a matarlo. Sí, eso haré. Dejará de ser un engreído de una vez por todas, ya que no podrá ser más ninguna cosa", aquella voz la reconocía vagamente. Se trataba de una mujer. No obstante, Marie no podía identificarla.
"Estoy... perdido", un susurro apenas audible, pero a Marie no le costó saber de quién era. Pietro.
Soltó con brusquedad a la Jean inconsciente, recuperando su conciencia. Cuando se le pasó el mareo inicial, corrió hasta Wanda, inclinándose junto a ella.
-¿Estás bien?- le preguntó, maldiciéndose a sí misma por no haber cuidado bien de ella. Debió haberla acompañado al baño.
Wanda asintió.
-Tu hermano necesita ayuda, vámonos a buscarlo,
No fue necesario que Marie añadiera nada más. Wanda se levantó a una velocidad que casi no tuvo nada que envidiarle a la de Pietro y le tendió la mano a Marie. Ella fue a recoger sus guantes, poniéndoselos, y por fin, aceptó la mano de Wanda. Las dos juntas echaron a correr hacia la tienda de deportes.
