Disclaimer: No me pertenece ninguno de los personajes que aparecen en este fragmento de historia.

CAPÍTULO 18. Treinta monedas de plata.

-¡Wanda!- exclamó Marie, poniéndose en pie como pudo.

Pietro la miró sin saber el porqué de su reacción. ¿Qué tenía que ver eso con que hubiera dejado a gafas de verano fuera de combate? Marie volvió su atención hacia él, sintiendo el pulso en las sienes.

-¿Dónde está Wanda?

-Pues ahí...- contestó Pietro, hablándole como si tuviera problemas de visión, y girándose al tiempo para señalar el lugar donde su hermana había estado antes, y que ahora se hallaba vacío.

Pietro echó hacia atrás levemente la cabeza, con sorpresa.

-La había dejado ahí...- murmuró, abrumado- ¿Adónde ha podido ir?

-No debiste dejarla sola para ir a golpear a Scott- dijo Marie, con desaprobación. Antes de que acabara la frase ya se había arrepentido de haberle soltado aquello. Sin embargo, las palabras habían salido de su boca antes de que pudiera detenerlas. Podía hacerse una idea de cómo contestaría Pietro a eso, ya que tenía los ánimos crispados. Su concepción de él en el momento no estaba tan equivocada.

Pietro apretó la mandíbula con furia y cerró los puños, arañándose las palmas casi sin darse cuenta de la fuerza con la que lo hacía.

-Nadie me dice qué es lo que debo o no debo hacer - le espetó él- Si me apetece darle una paliza a gafas de verano, se la doy; aunque te importen un comino mis motivos, que por cierto, te incluyen- le dijo, dándole un golpecito con el dedo índice en el pecho- Si me apetece pasar de todo lo que tú y tu gran amigo Warren digáis, paso.

Marie retrocedió, sin saber enfrente de quién estaba en realidad. ¿Era posible que Pietro pensara que era mejor discutir con ella que atender a lo que pasaba a su alrededor, dadas las circunstancias? ¿Era posible que se olvidara de su hermana de ese modo y en aquel preciso instante solamente para desfogarse con ella? Marie no daba crédito.

-Si me apetece...

-Lo he pillado- le cortó ella, entornando los ojos- Puedes hacer lo que te dé la gana. Siento haberte hablado como si te importara lo que yo diga- Marie calló un momento, tomando saliva para seguir- Oh, espera. Es verdad, que tampoco debería hacerte perder el tiempo con mis disculpas, ya que según tú, eso no cambiará nada.

Pietro resopló, frunciendo el ceño con fastidio.

-Sí que te afectó lo que te dije- masculló, comenzando a esbozar su característica sonrisa torcida.

Marie se mordió el labio inferior con enojo, aunque no el suficiente como para hacerlo sangrar.

-Claro que sí- repuso ella-, igual que a ti lo que te acabo de decir. Pero a diferencia de ti, no finjo que me da lo mismo lo que dicen los demás.

La arruga que se había formado en el entrecejo de Pietro aumentó su profundidad y sus cejas se aproximaron aun más.

-¿Otra vez psicoanalizándome...?

-Apártate- lo interrumpió Marie, acercándose a él.

Pietro cruzó los brazos, con fastidio.

-¿Por qué habría de hacerlo?- replicó el chico, manteniéndose en el lugar.

-¡Apártate!- gritó Marie, antes de lanzarse sobre Pietro y evitar que una roca gigantesca acabara con él.

Por unos segundos, el mundo pareció detenerse cuando Marie cayó sobre Pietro, que aprovechó para agarrarla de la cintura a pesar de la tensión latente entre ambos. Los ojos verdes de Marie quedaron prendados de los azules de Pietro, haciendo que todo el enfado entre los dos se desvaneciera tan rápido como había aparecido.

-Si no te apetece apartarte, lo haces porque tu vida está en juego- susurró ella sobre sus labios, antes de coger su mano y ayudarlo a levantarse.

Pietro no hacía más que mirarla anonadado, ajeno a lo que los rodeaba.

-¿Te parece si voy a ayudar a Dominik y tú buscas a tu hermana en medio de todo este desastre?- sugirió Marie, haciéndolo despertar de su ensimismamiento.

-Me parece- pudo decir él, carraspeando. Inmediatamente después se acercó a ella con rapidez y rozó suave y velozmente sus labios sin darle tiempo a ninguno de los dos a sentir nada desagradable.

Marie lo miró con pasmo, a lo que él se encogió de hombros y respondió: "Por si acaso". Antes de que Marie pudiera procesar lo que acababa de pasar, él ya había desaparecido para ir en pos de Wanda.

Sacudió la cabeza, tratando de borrar cualquier pensamiento relacionado con Pietro. Necesitaba ahora más que nunca mantener los ojos abiertos y estar alerta. Era más consciente del peligro que la rodeaba, consciente de que lo próximo que podía pasarle podía no ser solamente quemarse una mano, sino algo mucho más grave. Aparte estaba el hecho de que los demás miembros de la Hermandad llevaban peleando un buen rato cuando ella no había hecho más que hablar con Logan y morder el polvo.

Fue por eso que tras inspeccionar su entorno y aferrar con fuerza su espada de nuevo, se dirigió hacia donde estaba Tormenta levitando. Se arrastró por el suelo llenándose de barro, con el mayor sigilo del que fue capaz. Quería tocarla y tomar para sí sus habilidades para cambiar el clima, pero no podría alcanzarla a menos que trepara por el árbol que había tras ella. Marie solo había escalado por un tronco una vez en la vida y la cosa no había acabado muy bien. Tuvo suerte de que el árbol no era muy alto y por tanto, las heridas provocadas por la caída no fueron importantes. Sin embargo, en esta ocasión, si caía no solo se haría unos rasguños.

Marie tragó saliva, envainando su espada y situando ambas manos sobre el tronco del árbol. Era enorme; ahora que se fijaba bien, ¿no era el árbol más grande que jamás había visto? De pronto, era terriblemente consciente de que tenía vértigo. Un vértigo atroz.

Soltó un grito ahogado cuando percibió una mano en su hombro. Sin darle tiempo a darse la vuelta, el desconocido le cubrió la boca con un pañuelo. Marie trató de desasirse sin éxito; el desconocido era demasiado fuerte. Entonces, él comenzó a susurrarle:

-Escúchame, Marie- Marie cerró los ojos al escuchar la voz tranquilizadora de Ángel en su oído- No hagas nada peligroso. Yo abatiré a Tormenta, pero mientras necesito que me hagas un favor.

Warren se apartó de ella, dejándola respirar. Finalmente, Marie se giró hacia él, descubriendo su deplorable aspecto. Tenía arañazos por todo el pecho y una incisión que se extendía desde su frente hasta el pómulo derecho.

-No tenemos mucho tiempo; solamente el que Cíclope tarde en recuperar el sentido- dijo él en voz baja- Acabaré con ella- añadió, ladeando el rostro hacia Ororo, que seguía flotando en el aire y atacando a Dominik-, y para eso necesito tu ayuda.

Marie asintió, expectante ante lo que él fuera a decirle.

-La distraerás lo suficiente para que yo pueda hacerla caer desde atrás.

Ángel voló hacia un árbol cercano, siempre oculto en la sombra.

Marie se quedó pensando unos segundos qué podía hacer para que Tormenta dejase de prestar atención a Dominik, para dedicársela a ella. Hizo lo primero que se le ocurrió. Tomó una piedra y la lanzó hacia donde estaba Ororo. No tenía muy buena puntería, pero surtió el efecto deseado. Al ver la piedra pasar por su lado, Tormenta ladeó el cuerpo hacia el lugar de donde pensaba que se la habían arrojado. Ascendió un tanto, evitando un trozo de terreno gigantesco que se había elevado desde el suelo peligrosamente. Analizó exhaustivamente el bosque, sin descubrir a Marie. Aquello fue su perdición. En realidad, cabe decir que no solo fue la suya.

Ángel aprovechó para abalanzarse sobre ella, apretándole un punto concreto entre el hombro y el cuello, muy próximo a la yugular. Eso hizo que Ororo cayera desfallecida en sus brazos. Varias cosas pasaron a la vez.

Al quedar Tormenta inconsciente, perdió el control sobre los rayos y truenos que había estado creando para combatir a Avalancha, y uno de ellos se dirigió directamente hacia Marie, que no pudo hacer más que verse expuesta y situar sus brazos por delante del rostro, esperando su muerte. Aquello no sucedió. Cuando sus ojos se abrieron, ya no eran verdes, sino negros. Había dejado por un momento de ser ella y las consecuencias fueron nefastas. En parte porque Dominik ya había lanzado una onda de choque antes de percatarse de que Ángel estaba junto a Ororo. Y ahora que el fénix había despertado, el rayo que había amenazado la vida de Marie se había esfumado, convirtiéndose en una fuerza de grandes dimensiones dirigida hacia la dirección opuesta. La fuerza lanzada por el fénix que controlaba a Marie y la onda de choque de Avalancha tuvieron un punto de nexo. Ángel. Ambas fueron a parar al ala izquierda de Warren, haciéndole una brecha irreparable que casi la partió en dos.

"¡WARREN!", gritó Marie desde su recóndito rincón, al que la había desplazado el fénix.

Ángel profirió un alarido que resonó por todo el claro, dejando caer a Ororo y desplomándose. Eran varios metros de caída, hacia el suelo repleto de rocas, raíces y lodo. Warren se precipitó sobre el fango y Dominik tuvo los suficientes reflejos como para coger a Ororo y luego lanzarla a un lado sin cuidado, para seguir corriendo hacia su amigo.

Marie luchó con todas sus fuerzas para tomar el control de sí misma otra vez. El fénix le abrió sus alas, indicándole que no estaba para nada dispuesto a cederle las riendas. Pero Marie no se dio por vencida, y mentalmente trató de tocar a aquella bestia inmaterial. Poco a poco el fénix fue perdiendo fuerzas para quedarse en el recoveco que le pertenecería siempre en la cabeza de Marie. Sus ojos fueron adquiriendo paulatinamente su verde natural, para dejarle ver los resultados de su intento de protegerse para herir a Ángel.

La cabeza poblada de rizos dorados que distinguía a Warren de los demás, se hallaba sobre el regazo de Dominik, que intentaba desesperadamente despertarlo. Varias lágrimas se derramaron por las mejillas de Marie, mientras echaba a correr hacia donde estaban Avalancha y Warren. Tropezó y cayó dándose un fuerte golpe en las rodillas, que apenas percibió ante la ansiedad que la atenazaba.

-Oh, Warren...- sollozó ella. Su angustia aumentó al percatarse de que no podía ni siquiera tocarlo, de que no podía siquiera hacerle saber que estaba allí junto a él.

Las manos le temblaban cuando se las metió en los bolsillos, buscando sus guantes.

-Ángel, despierta, vamos- repetía una y otra vez Dominik, zarandeándolo con suavidad.

Cuando Marie consiguió ponerse los guantes y serenarse, su mirada se cruzó con la de Avalancha.

-Tenemos que salir de aquí- advirtió ella, apartándole un mechón de la frente a Warren- Antes de que Tormenta y Scott se recuperen.

-Ayúdame a cargarlo- le dijo Dominik, colocando uno de los brazos de Warren alrededor de sus hombros; Marie hizo lo mismo con el otro brazo- Lo dejaremos en el coche hasta que Pietro vuelva con Wanda.

-En cuanto a eso... -Marie vaciló- no sabemos dónde está Wanda.

-¿No estaba Pietro con ella?- cuestionó Dominik, ceñudo.

Marie inclinó la cabeza, avergonzada.

-Estaba con ella, pero la dejó un momento porque... es una historia un poco larga.

-Ya- musitó Dominik, escéptico- Me la contarás cuando lleguemos a casa.

Marie desvió la mirada, incómoda. ¿Qué pensaría de ella Dominik si le decía que por culpa de su mala pata Pietro había dejado descuidada a su hermana? ¿Le creería si le decía que su mano estaba bien gracias a Logan? Seguramente no. Pero Pietro había estado allí, él lo había visto todo. Quizá Dominik sí lo creyera a él. Se sentía una completa inútil. No solo no había ayudado a los otros miembros de la Hermandad, sino que los había entorpecido y Warren estaba al borde de la muerte por su culpa. Por su maldita culpa.

-Será mejor que te quedes aquí con Ángel mientras yo voy a buscar a Pietro y a la loca de su hermana- dijo Dominik, una vez hubieron dejado a Warren recostado sobre los asientos traseros del coche. Les costó horrores colocarlo sin hacerle daño en el ala sana y tuvieron que plegar uno de los asientos delanteros para que le cupiera el otro ala, ya que si la doblaban era muy posible que el hueso se le terminara de romper y se quedara sin ella.

Marie asintió, arrodillándose fuera del coche junto a él, de forma que la cabeza de Warren quedaba mirando hacia ella. Una vez Dominik se hubo ido, no pasó mucho hasta que el joven abriera los ojos con lentitud. Parpadeó varias veces antes de enfocar el rostro de Marie. Al verla, levantó levemente la comisura derecha del labio.

Marie exhaló un suspiró de alivio, inclinándose ligeramente sobre él.

Los ojos de Warren se fueron irremediablemente hacia su ala rota y su piel adquirió una tonalidad pálida verdosa. Parecía que de un momento a otro fuera a vomitar.

-Warren, estoy aquí contigo- susurró Marie, intranquila- Te llevaremos a casa; todo está bien.

-No, no todo está bien- jadeó él, mirando al techo del coche- Pero lo estará- dijo, buscando los ojos de Marie con la mirada-, cuando me mates.

-¡Wanda!- llamaba Pietro a su hermana. Se había recorrido el claro entero y las inmediaciones sin encontrar rastro de ella. No había visto nada de lo que había ocurrido con Tormenta y Ángel mientras había estado corriendo de un lado a otro buscando a Wanda sin lograr encontrarla. Estaba comenzando a exasperarse.

Apoyó la espalda contra un árbol, echándose las gafas hacia atrás para apartarse el pelo que le caía sobre la frente. A falta de algo mejor, estaba limpiándose el sudor del cuello con la camiseta, cuando vio un destello a lo lejos, en la espesura del bosque. Achicó los ojos, tratando de vislumbrar de donde procedía. Parecía un vehículo con las luces de posición encendidas. El coche en el que habían venido no estaba cerca, así que debía de ser otro. ¿Serían humanos?

Pietro resopló, volviendo a colocarse las gafas y apresurándose hacia donde estaba la luz, deteniéndose detrás de un tronco. Asomó el rostro para ver el vehículo y sus ocupantes, descubriendo una escena que lo dejó helado. Era una furgoneta blanca que tenía las puertas traseras abiertas y dentro, en el compartimento posterior, Raven clavaba una jeringa en la yugular de Wanda, que estaba atada en un rincón, con los párpados cerrados.

El chico no esperó para arremeter contra Raven a su velocidad sobrenatural, alzándola por el cuello y golpeando su cabeza contra la pared de la furgoneta, que se tambaleó peligrosamente. Raven introdujo sus manos entre los brazos de él, empujándolos uno a cada lado con tanta fuerza que quedó a Pietro algo aturdido. La mujer no desaprovechó la oportunidad y le lanzó una patada al pecho, haciéndolo caer de rodillas. Pietro se llevó las manos al cuello, intentando respirar.

-¿Qué... estás haciendo con ella?- preguntó él, entre jadeos, cuando creyó que ya podía articular palabra.

Raven chasqueó la lengua con impaciencia, inclinándose junto al chico.

-No, Pietro, no. Esa no es la pregunta correcta.

Pietro alzó una ceja, su tórax temblando levemente anunciando su próximo intento de erguirse velozmente. Raven reaccionó a tiempo, situando un pie contra el pecho de él, impidiéndole el movimiento de ese modo, ya que si trataba de escapar, podría romperse el esternón. Pietro bufó, manteniéndose donde estaba, y mirando a su hermana con fijeza. Seguía inerte, como sumida en un sueño. Unas cadenas metálicas rodeaban sus tobillos y sus muñecas. A continuación, Pietro regresó su atención a Mística, cuyos labios se curvaron levemente mientras hacía más presión sobre el pecho del chico con la planta del pie.

-¿Cuál es... entonces la pregunta correcta?- inquirió él, con esfuerzo. Apenas sí podía inspirar aire.

Raven hizo menos fuerza con el pie, dándole un respiro (y nunca mejor dicho).

-La pregunta es: ¿por qué tu ridículo intento de someterme?- rió ella- Se supone que estamos en el mismo bando. ¿No deberías malgastar tus fuerzas con los perritos falderos de Charles?

-Mi bando es el de mi hermana- masculló Pietro, rodeando con las manos el pie con el que lo amenazaba Raven- Si eso supone que tú y yo estamos en bandos opuestos, me corre más prisa enfrentarme a ti que a los frikis X.

-Así que de eso se trataba...- murmuró Raven, mirando al techo para luego volver a mirar a Pietro- El bando de tu hermana sigue siendo el mío, cariño. Y si tú estás junto a tu hermana, entonces no tenemos por qué pelearnos.

Pietro frunció el ceño con recelo.

-¿Ah, sí? ¿Y entonces por qué parecía que querías cargártela con esa cosa?- cuestionó, señalando con una elevación de la barbilla la jeringuilla, que había acabado en el suelo cuando Pietro había irrumpido en el vehículo para apartar a Raven de Wanda.

-Nada más lejos de la realidad- negó ella- Son solamente barbitúricos, en dosis razonables para ella, claro.

-¿Por qué has hecho eso? ¿Para llevártela a casa a la fuerza? No hubiera hecho falta. Yo mismo hubiera podido...

-¿Qué?- lo cortó Raven, implacable- ¿Convencerla? Pietro, tu hermana ya ha superado todos los límites, acéptalo. No podemos dejar que vaya causando destrozos por ahí y tampoco podemos permitirnos estar pendientes de lo que hace o no hace. Se acaba el tiempo.

Pietro ya no pudo seguir conteniéndose y tampoco pudo seguir manteniendo su expresión inalterable. Rápidamente apartó el pie de ella a un lado, poniéndose en pie.

-¿Qué propones?- preguntó, notando como la sangre le ascendía por el cuello- Si no vas a matarla, entonces...

-Entonces, solo hay una opción, Pietro- afirmó Raven, manteniendo la calma- La llevaremos a un lugar seguro, donde pueda recuperarse de su enfermedad.

-¿A un manicomio?- replicó él, alarmándose.

-Yo no usaría ese término. Es un lugar para gente como nosotros- Pietro entreabrió la boca, pero Raven lo acalló con un gesto- No es la escuela de Charles. Puedes estar tranquilo por eso.

-No creo que eso me tranquilice demasiado- contrarió Pietro, caminando hacia su hermana, que aun estaba inconsciente- ¿Estará bien allí?

-Sí, por supuesto- se apresuró a responder ella- No me cabe duda.

Pietro no contestó. Se había agachado junto a Wanda y le acariciaba el cabello. ¿Qué iba a ser de ella? ¿Qué iba a ser de él sin ella? No conocía el mundo si no era de la mano de su hermana. Pero por otro lado, no iba a conseguir que Wanda estuviera mejor si la mantenía a su lado. Ya lo había visto antes; Wanda no atendía a razones. Y quizá si no dejaba que Mística se la llevara, no podría evitar que tratara de suicidarse y tal vez alguna vez lo lograría. Sí, eso era lo mejor. No lo mejor para el propio Pietro, pero lo mejor para Wanda. Debía irse a que solucionasen su problema. Después volvería a ser la misma de antes, cuando los fármacos le hacían efecto.

Pietro la besó en la frente y se dio la vuelta, levantándose y encarando a Raven.

-¿Cómo conseguirán que mejore?- inquirió, desconfiado- Los médicos le habrían recetado algo si pensaran que tiene arreglo.

-Los médicos a los que has ido eran humanos- alegó Raven, haciendo una mueca de desprecio- Tengo amigos que trabajan en laboratorios y con tratamientos avanzados. Son mutantes, como nosotros. Ellos sabrán perfectamente qué hacer con ella.

-¿Podré verla?

Raven se mantuvo en silencio unos segundos antes de responder.

-Sí, claro- aseguró, tratando de sonar lo más firme posible. A continuación se acercó a él, situando una mano en su hombro- Estará mejor en el sitio al que la llevo. Cuando la guerra contra los humanos comience, estará a salvo.

Pietro inclinó la cabeza, dejando que varios mechones plateados le cayeran sobre la frente. Wanda estaría a salvo. Podría repetírselo una y otra vez hasta convencerse a sí mismo de que hacía lo mejor, lo que Wanda querría que hiciera si pudiera pensar con claridad.

-Ahora, vete a buscar a los demás y volved a casa ya- lo instó ella, llevándolo afuera de la furgoneta- Os queda un largo camino por delante.

Pietro permaneció allí, muy quieto, observando por última vez a su hermana antes de que Raven cerrase las puertas del vehículo y este arrancase, alejándose de él y llevándose consigo a Wanda.

Raven abrió la puerta del compartimento que daba hacia los dos únicos asientos de los que disponía la furgoneta, sentándose en el de la derecha.

-¿Todo bien, Raven?- le preguntó la mujer que conducía, de pelo castaño y corto y ojos azules.

Raven le sonrió, mientras cerraba la puerta del compartimento con un brazo y se ponía el cinturón.

-Por ahora no podría ir mejor, Irene.

Irene Adler le devolvió la sonrisa, sin despegar la vista de la carretera.