Disclaimer: No me pertenece ninguno de los personajes que aparecen en este fragmento de historia.
CAPÍTULO 21. Cuando la verdad no es una
Pietro entró en la casa a toda prisa, pero no fue a buscar a Mística. En aquella ocasión, quería saber qué era lo que estaba ocurriendo realmente. Y lo quería saber por sí mismo, no por lo que le transmitiera Raven. Por eso, en primer lugar visitó la habitación de Marie y abrió su armario, con violencia, descubriendo que estaba totalmente vacío. Pateó el cajón inferior hasta que la madera cedió y el cajón cayó, partido por la mitad. Igualmente, estaba vacío. En la mesilla, todos sus pares de guantes habían desaparecido y lo único que quedaba de Marie en el pequeño trozo de casa donde mayoritariamente ella hacía su vida, eran los geles que utilizaba. Con las cejas tan unidas que casi parecían una sola, de lo fruncido que tenía el ceño, y la mandíbula apretada, cogió uno de esos recipientes de plástico a rebosar de jabón y se lo llevó a la nariz, inspirando el perfume que emanaba de él. El vello de los brazos se le erizó, mientras una sensación cálida lo embargaba. Era como si ella estuviera allí de verdad.
Cerró el bote, guardándoselo en el bolsillo, y sacudió la cabeza, desolado. En menos de un día había perdido a las dos personas que más le importaban. La pérdida de Wanda le dolía, como cabría esperar, pero se sentía abatido, porque la de Marie habría podido ser evitable. Le asqueaba el hecho de sospechar que se le rompería el corazón si lo que había dicho Sapo era cierto. Si todo había sido premeditado, si Marie había roto su promesa de quedarse... Atormentarse con especulaciones inútiles no iba a ayudarlo en absoluto, por lo que abandonó la habitación de Marie y se encaminó escaleras arriba. Al área prohibida.
Mística le contestaría con evasivas, Magneto sería conciso. Puede que inicialmente se enfadase porque se hubiera saltado la única norma entre los miembros de la Hermandad de no visitar sus aposentos, pero después le agradecería que lo hubiera hecho, cuando supiera que había perdido a dos miembros.
Al llegar a la cumbre de los escalones, en menos de una décima de segundo, descubrió una puerta de ébano con una cerradura de plata. Eso significaba que debía haber una llave. Previsible. ¿La tendría Mística? Pietro era lo suficientemente inteligente como para creer que ella no la llevaría consigo por seguridad. Así que la llave debía estar o fuera de la casa o dentro, en un sitio muy cercano a donde vivía Magneto para que los demás miembros de la Hermandad no vieran a Raven coger dicha llave y supieran el sitio en el que la escondían. Por eso, Pietro examinó lo que había en el rellano, encontrando una maceta y un cuadro.
Miró primero detrás del cuadro, -una réplica de la "Creación de Adán" de Miguel Ángel- sin hallar nada más que polvo. Así que solo quedaba la maceta. La levantó del suelo, con los mismos resultados. Frunció el ceño, al oír un tintineo en el último movimiento. La llave debía estar dentro de la maceta. Repugnado, introdujo la mano en la tierra, rezando por que no tuviese lombrices. Sus dedos no tardaron en dar con algo metálico.
-Aquí estás, bonita- susurró, un poco más animado. Sacó la mano de la arena, dejando ver la llave que había ansiado encontrar.
Dejó la maceta en el suelo y se dispuso a introducir la llave en la cerradura, girándola varias veces hasta que la puerta se abrió.
En cuanto dio un paso al interior del pasillo contiguo, sintió una presión en el pecho y una fuerza invisible lo empujó contra la pared. Alzó una ceja, al ver que la cremallera de metal de su chaqueta había adoptado una "curiosa" posición, señalando hacia arriba y hacia un lado. Pietro no pudo evitar esbozar una sonrisa cínica, elevando la mirada y encontrándose con la de un hombre unos veinte años mayor que él, de cabello castaño y ojos gris mate.
-Pietro...- sonrió el hombre, sus labios trazando una curva un tanto torcida con un deje de algo parecido al desdén- Pensé que te dejé todo claro acerca de venir por aquí cuando te admití en mi casa.
-De eso hace mucho tiempo- replicó él, alzando la barbilla con una actitud que muchos calificarían como desafiante, a pesar de la posición en la que se encontraba, sin poder moverse.
-¿Por qué te arriesgas?- cuestionó Eric, acercándose unos pasos y cerrando la puerta, para poder mirarlo de frente- ¿Qué hay aquí que por lo que correr el riesgo de que te mate merezca tanto la pena?
-Tú- respondió Pietro, como si fuera evidente- Quería hablar contigo.
-¿Tanto te urgía? Podrías haber buscado a Mística y ella me hubiera dicho cualquier cosa que me quisieras contar- repuso Magneto.
-La verdad es que no deberías fiarte tanto de ella- dijo el chico, ufano.
-¿Ah, no?- Eric lo dejó caer al piso con un leve movimiento de la mano.
Un parpadeo más tarde, Pietro estaba de pie a dos pasos de él.
-No creo que sepas lo que ha pasado hoy- dedujo Pietro- De otro modo, estarías cabreado.
-¿Qué es lo que ha pasado hoy?- inquirió Eric, con una lentitud inquietante.
-Mi hermana se ha escapado esta noche y esta misma mañana, todos hemos ido a buscarla- relató Pietro, adquiriendo un semblante más serio- Allí estaban los frikis X. Por lo visto el ruedas sabía que Wanda estaba allí y mandó a sus lameculos a por ella.
-Deberías hablar con más respeto de Charles y no subestimar a sus alumnos- declaró Magneto, regalándole una mirada fulminante.
-El caso es que ya van perdidos tres miembros hoy- prosiguió Pietro, haciendo caso omiso de lo último que Magneto le había dicho-, y ya veremos si cuatro, con Mística.
Magneto apretó los labios, furioso.
-¿Qué tres son?- preguntó, ya que su confianza en Raven era plena, o casi plena.
De hecho, tenía claro que uno de esos tres miembros era Wanda; él mismo le había ordenado a Raven que se deshiciera de ella, enviándola a algún manicomio o matándola. Le daba lo mismo con tal de que no molestara cuando empezase la guerra contra los humanos.
-Mística se ha llevado a mi hermana a una especie de... clínica por lo de su enfermedad.
-¿Quiénes son los demás?- inquirió, temiéndose una traición a su voluntad por parte de Raven, debido a los comentarios anteriores de Pietro.
-Ángel ha perdido un ala y me parece que ya no va a poder sobrevolar los cielos nunca más.
-Lástima; hubiera sido un buen... aliado- murmuró, pensando que hubiera preferido usar otra palabra en lugar de "aliado", como "soldado"; más acorde con el uso que le hubiera dado de haber seguido siéndole útil.
Pietro calló, sintiéndose renuente a hablarle de Marie. Sin embargo, había venido hasta allí para eso, ¿no? En el fondo, esperaba que Magneto hiciese algo por recuperarla, ya que de los tres miembros que se habían marchado de la Hermandad aquel mismo día, Marie era la única que estaba sana física y mentalmente. O al menos, eso era lo que quería creer Pietro, que ella estaba bien, que la sangre de la cual habían seguido el rastro hasta la huella de las ruedas del jet de los frikis X, no era de Marie.
-¿Quién ha sido el tercero?
Pietro alzó la mirada, manteniendo el rostro inalterable. Iba a decir Marie, pero se contuvo a tiempo.
-Pícara.
Magneto se puso rabioso. Los ganchos de hierro de los que colgaban los cuadros se retorcieron produciéndose un chirrido muy desagradable justo antes del estruendo que ocasionaron los lienzos enmarcados al caer contra el suelo, liberando fragmentos de vidrio por todas partes.
-¿Dónde está Raven?- cuestionó, alzando la voz algo más de lo debido.
-No ha llegado aún- respondió Pietro, intentando mantener su apariencia sosegada- De hecho, ella tenía medio de transporte propio, una furgoneta de color blanco.
Magneto permanecía en un tenso silencio, pero Pietro no estaba dispuesto a permitir que ese silencio durara demasiado.
-Sapo dice que oyó a Mística hablar por teléfono con alguien. Decía algo de llevar a Ma... a Pícara con el profesor X- prosiguió, haciendo que Magneto le prestara atención-, y parece ser que eso es lo que ha hecho. Ahora, Pícara está con los frikis X y Ángel también, aunque supongo que este último ya no te interesa tanto.
-Supones bien- masculló Eric, con enojo- Puedes marcharte, te perdono la vida.
-Oh, vamos, tampoco es que te puedas permitir perder a un miembro más- bufó Pietro, caminando hasta la puerta.
La cremallera de su chaqueta subió hasta arriba del todo, elevando la prenda y haciéndole un pequeño corte en el cuello. Pietro se detuvo, tragando saliva de forma casi imperceptible.
-Anda con más cuidado, muchacho- siseó el hombre, pasando por su lado- Es hora de buscar nuevos miembros.
Pietro frunció el ceño, manteniéndose en el sitio.
-¿Y qué pasa con Pícara? ¿Vas a dejar que se vaya sin más?
Magneto se volvió hacia él, con una sonrisa cínica.
-¿Tanto te importa esa chica?- replicó; Pietro cerró los puños con impotencia- Tranquilo, conseguiremos que vuelva a nosotros tarde o temprano. Mientras tanto, sal más y búscate otras. Necesito que tengas la mente fría para lo que se avecina.
Anonadado, Pietro siguió sin moverse, observando como Magneto salía de su escondrijo y bajaba las escaleras. Como había dicho, iba a buscar nuevos miembros para la Hermandad.
La luz incidió sobre los párpados de Marie, haciéndola despertar. Tan solo había dormido una mísera hora. Había estado toda la noche moviéndose de un lado a otro de la cama, la mayor parte del tiempo dándole vueltas a la cabeza y el resto, mientras dormía.
Recordó todo lo que había pasado el día anterior de golpe, y dio un salto, bajándose de la cama. Dio unas cuantas zancadas hacia el armario, abriéndolo y encontrando unos vaqueros oscuros junto con una camiseta negra de manga larga. Efectivamente, toda aquella era su ropa, pero con algunas prendas nuevas, que por el momento no tenía ningún interés en examinar.
Tras ponerse un par de guantes a juego con la ropa que había escogido, salió de la habitación, cerrando la puerta tras de sí. No tenía muy claro adonde ir, o mejor dicho, no tenía idea alguna.
Una voz masculina irrumpió en su mente, eclipsando todos sus pensamientos. "Bienvenida a mi casa, Marie". Marie dio un respingo, asustada. Miró a su alrededor, sin ver a nadie. El pasillo estaba totalmente vacío. "Me llamo Charles Xavier y vivo aquí con otras personas que son como nosotros. No tienes por qué tener miedo".
-¿Dónde está?- preguntó Marie a la nada, sintiéndose estúpida por formular aquella pregunta al aire- ¿Por qué no sale a donde pueda verlo?
Escuchó la risa de él en su cabeza, lo cual la desconcertó y la molestó a partes iguales. "Es que no me encuentro cerca del lugar donde estás tú. Tendrás que venir a verme".
-No conozco la casa- replicó Marie, cruzándose de brazos.
"Yo te iré dando instrucciones. Camina y gira a la derecha al final del pasillo".
-Es que... ¿usted ve lo que yo veo?- preguntó Marie, mientras obedecía, asustada y desconcertada.
"También puedo escuchar perfectamente lo que piensas. Ve ahora hacia la izquierda y sube las escaleras que están detrás del recodo que encontrarás en la mitad del corredor".
-¿Cómo está Ángel?- inquirió ella, subiendo los escalones que daban a un diseño totalmente diferente dentro de la mansión. El suelo y las paredes habían dejado de estar recubiertos por madera y parqué para pasar a estar revestidos por placas metálicas.
Marie se preguntó dónde había visto aquel entorno antes. No pasaron ni tres segundos cuando cayó en la cuenta de que se encontraba en un sitio muy parecido a la sala tan extraña que aparecía en una de las fotografías colgadas de la pared de los aposentos de Magneto. Otros dos segundos después, se percató de que Charles no le había contestado su pregunta. Se detuvo, sin saber muy bien qué hacer o decir.
-¿Hola? ¿Hay alguien ahí? ¿Por qué no me responde?
Poco después, el sonido de unas ruedas contra aquel suelo tan peculiar, la hizo volverse. Al final del corredor, apareció un hombre que aparentaba una edad entre los treinta y los cuarenta años, de pelo oscuro a ambos lados del rostro y ojos marrones, sobre una silla de ruedas.
-Discúlpame, Marie. Me cuesta menos hablar contigo como lo haría cualquiera- afirmó él, tendiéndole una mano, que ella sacudió ligeramente tras inclinarse un poco para poder hacerlo con mayor facilidad- Solamente dirigirme a ti por telepatía me da dolor de cabeza.
El profesor siguió avanzando por el pasillo, haciéndole un gesto para que lo siguiera.
-¿Tiene que ver con mi don?
Charles alzó una ceja.
-Así es. Me alegra saber que ya no consideras tu mutación una maldición.
Marie inclinó la cabeza, confundida. Mientras tanto, Charles esbozaba una sonrisa un tanto arrogante.
-Antes no me ha respondido a mi pregunta- dijo ella, entonces, mirándolo- ¿Qué pasa con Ángel?
-Warren está estable- contestó Charles, de forma concisa- Ahora mismo está monitorizado, mientras sus heridas sanan. En cuanto a su ala... me temo que no podrá volver a utilizarla.
-Quisiera ir a verlo.
-Está en una sala de aislamiento. Nadie puede entrar a menos que sea estrictamente necesario- explicó él, abriendo una puerta que daba a una habitación similar a un laboratorio. En el centro había una camilla, con correas.
Marie se quedó en el umbral, sin atreverse a seguir avanzando. Aquel lugar no le inspiraba un mínimo de confianza. El profesor se giró hacia ella.
-No tienes por qué preocuparte, Marie. Nadie va a hacerte daño, y tampoco a tu amigo.
-¿Cómo puedo fiarme de usted? Ni siquiera me dejan verlo.
-Podrás verlo cuando se encuentre mejor. Por ahora es muy arriesgado. Te he hecho venir aquí, para hablar de otra cosa. Por favor, toma asiento- la instó él, señalando una silla cercana.
Marie vaciló un instante antes de sentarse. Entonces, el profesor hizo mover a la silla de ruedas en la dirección en la que se encontraba la chica y miró un segundo la puerta, haciendo que ésta se cerrara. Marie hizo el amago de levantarse y correr hacia la salida, pero Charles alzó la mano en un gesto tranquilizador.
-No tengas miedo. He cerrado la puerta porque no es conveniente que escuchen nuestra conversación.
Marie asintió, sintiendo que el corazón iba a salírsele por la boca de puro nervio.
-Esto no se trata de Warren, sino de ti- aclaró el profesor, clavando los ojos en los de ella.
-Es por lo del fénix, ¿verdad?- dedujo Marie.
-En efecto. Raven te ha enviado a mí para ver qué podemos hacer para arreglarlo.
Marie frunció el ceño.
-¿Puedo hacerle una pregunta?- inquirió ella, entonces.
-Ya estás haciéndola. Adelante.
-¿Por qué ayuda a Mística, me ayuda a mí, si somos de la Hermandad? ¿No se supone que nosotros somos los buenos y ustedes los malos?
Charles soltó una pequeña carcajada.
-Algunos dirían que es al revés, sobre todo en el caso de los humanos- respondió él, poniéndose serio-, pero esa no es la cuestión. Raven y yo nos criamos juntos, no es mi hermana, pero la aprecio como tal. Se fue con Eric cuando descubrió que compartía sus ideales. Sin embargo, nunca hemos dejado de estar en contacto.
Marie inclinó la cabeza, entendiendo muchas cosas.
-¿Usted puede arreglar mi problema?- preguntó, las manos comenzándole a sudar.
-Lo intentaré- le prometió el profesor, con una sonrisa sincera- No puedo eliminar el fénix, pero puedo enjaularlo. Ya lo hice una vez con Jean, y el fénix dejó de manifestarse la mayoría de las veces; solo lo hacía cuando ella se encontraba en peligro extremo.
-Eso es alentador- pudo decir Marie, una pequeña sonrisa asomaba en sus labios.
-El problema es que contigo me costará más, debido a tu mutación. Nos dolerá a ambos por lo que tomará tiempo conseguirlo.
-¿Cuánto tiempo?
-Días o incluso meses. Dependerá de cómo el fénix haya arraigado en ti.
Marie exhaló un suspiro con tristeza. Aquel hombre no podía estar hablando en serio. ¡Meses! Meses sin volver a la que consideraba su casa, meses sin saber nada de Pietro o de Wanda, Dominik y Blob.
-Y... ¿no podré ir a visitar a mis amigos si esto se alarga demasiado?- preguntó, esperanzada.
-Si vas allí, Eric no te dejará volver y todo lo que hayamos avanzado hasta entonces no servirá de nada.
Marie se mantuvo en silencio durante unos minutos, mientras todas sus ilusiones por poder volver pronto a casa se hacían añicos. Siempre que parecía haber encontrado la felicidad, le era arrebatada por una o por otra causa. No obstante, en esta ocasión, conseguiría llegar a ella y hacer que fuera duradera. Se animó pensando que sólo había un modo de lograrlo: retomando el control sobre sí misma para evitar volver a hacer daño a nadie.
Alzó la mirada, dirigiéndola hacia el profesor, resuelta.
-Lo haré, pero ¿cómo conseguirá hacer que duerma el fénix?
-Será una tarea difícil- anunció Charles, dándole la espalda y yendo hacia la camilla con correas- Para eso, habrás de tumbarte aquí, y dejarás que te ate.
-¿Por qué tiene que encadenarme?- inquirió Marie, un escalofrío recorriendo su espina dorsal.
Charles ladeó el rostro hacia ella.
-En tu mente hay una serie de puertas. Una vez entre en ella, esas puertas se abrirán y el fénix tratará de someterte- explicó- Seguramente tratarás de hacerme daño, pero las correas y un pañuelo que te pondré alrededor de los ojos, lo impedirán.
-¿Cómo sé que esto no es un modo de inhabilitarme para defenderme en el caso de que todo sea mentira y quiera torturarme?
El profesor la miró a los ojos, mientras extraía un pañuelo de color blanco de uno de los bolsillos de su chaqueta de tweed. El pañuelo con el que cubriría los ojos de Marie.
-Raven tiene gran aprecio por ti, no te dejaría en mis manos si así fuera- respondió él- De todos modos, puede que después de esto sigas pensando que te he querido someter a una tortura. Estarás dormida, pero sentirás dolor. Los dos sufriremos. Entrar en tu mente es como tocar tu piel. En este caso, no absorberás mis poderes porque no tendré contacto físico contigo. ¿Sigues estando dispuesta a hacerlo?
Marie titubeó un segundo antes de ponerse de rodillas frente a él y dejar que le atara el pañuelo alrededor de la cabeza.
-Tienes la camilla justo detrás de ti- le indicó Charles- Recuéstate sobre ella y no temas cuando te ate las correas en las muñecas y en los tobillos, sobre todo cuando te inyecte un somnífero muy potente vía intravenosa.
Marie tragó saliva, mientras palpaba tras de sí, buscando la camilla. Cuando la encontró, se acostó, obedeciendo las instrucciones de Charles. Se estremeció al sentir un pinchazo inesperado en la parte interna del codo derecho, cayendo en la cuenta al tiempo de que debía ser porque el profesor le había clavado una jeringa con la sustancia con la que iba a dormirla. Pensó que igual no hubiera hecho falta ningún fármaco, ya que estaba exhausta.
Antes de que se le cerraran los párpados y cayera en los brazos de Morfeo, Marie percibió el roce del cuero de las correas contra los tobillos. Charles la estaba atando a la camilla, como le había advertido que haría. Sin embargo, Marie sintió una furia irrefrenable recorrerla en ese momento. Quería soltarse, quería abalanzarse sobre Charles y estrangularlo por osar ponerle una mano encima. Fue una sensación muy intensa, en la que su consciencia y la del fénix se entremezclaron, recibiéndose en un abrazo en el que cada cual intentaba doblegar al contrario. Era como si fuera ella y como si no lo fuera; en cualquier caso, sus músculos no obedecieron ninguna orden y se mantuvieron quietos. Y después paz. Una paz total. Aquella pelea silenciosa había sido tan breve, que Marie llegó a creer que en realidad había sido producto de su enfermiza imaginación.
Sus ojos se habían cerrado y sus extremidades se habían relajado, pese a la fuerte tensión que había notado en ellas cuando Charles la había amarrado. Marie solo veía oscuridad, una oscuridad en la que se dejaba caer y flotaba, como si de una pluma se tratara. Caía y caía, y no veía el final de la caída, pero hubiera permanecido así su vida entera. Todo era calma y sosiego, en el más completo mutismo. Marie no sabría describirlo con palabras, pero si de ella hubiese dependido, hubiera permanecido así mucho tiempo. Sabía que en realidad estaba dormida, y sin embargo, nunca había estado más despierta.
El silencio comenzó a romperse, en cuanto sintió calidez a ambos lados de la cabeza. Debía proceder de las manos de Charles, tan cercanas a ella, que le permitían percibir su tacto aunque no la estuviera tocando. La caída dejó de ser invisible a sus ojos, para golpearla en el rostro. No era física, pero Marie sintió el dolor expandirse por sus articulaciones. La oscuridad se había transformado en una luz cegadora y unas voces irrumpieron en su cabeza. Marie no vio nada más allá de la luz sin horizonte, a excepción de una mancha borrosa de color rojo. La mancha pareció agrandarse y aproximarse a ella un tanto, pero no lo suficiente como para que Marie distinguiera de qué se trataba.
"Él quiere someterte y manejarte, yo quiero liberarte...", un tono siseante resonó en su mente, a la vez que la mancha roja la rodeaba. "No dejes que nos controle".
"¿Marie?", irrumpió la voz del profesor, haciéndose oír entre los susurros que inundaban todo el entorno de Marie. Una brecha se abrió en la pared roja que había conformado la mancha alrededor de ella. "¿Puedes oírme?"
Una punzada de dolor la hizo doblarse, desapareciendo cuando la mancha recuperó terreno y cerró la brecha. "Puedo hacer que el sufrimiento desaparezca, si me dejas. Puedo hacer que se vaya y nos deje en paz", insistió el ente extraño.
"No quiero que nos deje en paz", musitó Marie, intentando ponerse en pie sobre aquel diáfano suelo que no se diferenciaba del resto de muros imperceptibles que se hallaban en torno a ella, salvo el borrón rojo, cuyo color se aclaró.
"Marie", la llamaba Charles, débilmente. El simple hecho de que él estuviera allí también y tratara de intervenir en su especie conversación con la mancha, atormentaba a Marie física y psíquicamente. "Recuerda que sigues siendo la dueña de tu cuerpo, y también puedes serlo, de tu mente. Sólo tienes que concentrarte."
"Dígame qué hacer, por favor", le suplicó Marie, creyendo que la cabeza le estallaría de un momento a otro por la presión que la embargaba al intentar contactar con el profesor, externo a ella.
No obstante, a más tortura, más se aclaraba la mancha. No mucho, ya que aun contrastaba muchísimo con todo lo demás blanco, pero Marie podía notarlo, y aquello la animaba. Si aquella entidad roja representaba la consciencia del fénix, Marie estaba dispuesta a hacer todo lo que fuera posible para que desapareciera.
"Niega su existencia. Imagínate que no está ahí y..." La voz de Charles se cortó y Marie dejó de percibir la calidez que emanaba de sus manos contra las sienes.
Marie se inquietó. Si hubiese podido hiperventilar, en aquellos instantes lo habría hecho. Con la vacilación de Marie, el borrón había crecido de nuevo, sin dejarle ver nada más que rojo, un rojo como el de la sangre. "Estamos solas ahora, Marie", le dijo el fénix, "Ya no hay dolor, solo venganza".
Marie se abrazó a sí misma, percibiendo cómo los tentáculos y las prolongaciones de la mancha se abalanzaban sobre ella, como si la fueran a engullir. Las otras ocasiones en las que el fénix había ganado y se había hecho con el control, Marie había sido vagamente consciente del proceso. Sin embargo, ahora que estaba enjaulada en su propia mente, podía verlo. Nadie acudiría en su ayuda, tendría que deshacerse ella sola de la mancha si quería seguir siendo ella misma. Era aterrador ver cómo el fénix trataba de apoderarse de su persona, de sus recuerdos y de deseos que Marie ni siquiera sabía que tenía hasta que no los vio pasar frente a ella, entremezclándose con la mancha y desapareciendo en el rojo. Trató de pensar desesperadamente en una forma de librarse del fénix, antes de que los pensamientos dejaran de pertenecerle.
Entonces, recordó que en una ocasión había conseguido recuperar el control; no hacía mucho de ello. El día anterior, cuando Warren había recibido aquel impacto que le había desgraciado un ala- en parte, por su culpa-, se había imaginado a ella misma tocando al fénix y robándole las fuerzas. Había funcionado esa vez, pero Marie no tenía idea si lo haría en aquel momento. Quizá la solución no fuera huir del fénix, sino recibirlo en un abrazo. Un abrazo mortal.
Abrió los ojos y alargó una mano, hacia la neblina roja. En cuanto sus dedos la rozaron, la mancha empequeñeció, permitiéndole ver de nuevo la luz. No obstante, la diáfana claridad rápidamente dio paso a una oscuridad que se tragó a Marie. La chica salió disparada, dejándose llevar por un gran remolino de imágenes y sonidos; su consciencia que regresaba a ella.
Poco después abrió los ojos, pero a la realidad. Sus iris en un principio eran negros, lo que asustó a Charles. Paulatinamente fueron tornando a su verde natural, para la tranquilidad del profesor, que movió la silla hasta situarse a su lado para que Marie pudiera verlo. La muchacha parpadeó varias veces, tratando de ubicarse. Tras unos segundos, cayó en la cuenta de que permanecía en el laboratorio, recostada sobre una camilla de sábanas blancas. Unas correas de cuero rodeaban sus muñecas y sus tobillos. Cerca, estaba Charles que le sonreía, y más allá, varias estanterías con frascos de cristal cuyo contenido Marie prefería no saber.
Sus ojos se fijaron en los del profesor, y le devolvió la sonrisa, sin energía. Su corazón comenzó a latir más calmadamente, con fuerza.
-¿Cómo te encuentras, Marie?- le preguntó él, en un susurro.
-Vuelvo a ser yo- respondió la chica, irguiéndose todo lo posible, teniendo en cuenta que sus muñecas no podían separarse de la camilla. Un mareo la sacudió rápidamente, haciendo que volviera a su posición inicial con brusquedad- ¿Qué me pasa?
-Los efectos del somnífero aun no se han disipado, y has intentado levantarte demasiado deprisa- le explicó Charles, desatándole los tobillos- Sólo has ganado esta batalla, pero no la guerra, Marie. Tienes que aguantar lo suficiente para que yo pueda entrar en tu mente y quedarme el tiempo necesario para enjaular a la bestia.
-¿Mañana lo haremos de nuevo?- cuestionó Marie, con tristeza. Había sido muy doloroso y no quería repetirlo. Incluso sentía el peso en sus articulaciones.
-Mañana lo haremos de nuevo- afirmó el profesor, procediendo a liberar sus muñecas- Ahora, deberías ir a almorzar.
-¿A almorzar?- reiteró Marie, desconcertada- ¡Pero si ni siquiera he desayunado!
El profesor asintió, con una sonrisa leve.
-Hemos pasado toda la mañana aquí, son más de las dos y media de la tarde. Debes tener hambre.
-¿Cómo es posible?- murmuró Marie, teniendo más cuidado en esta ocasión a la hora de incorporarse un tanto sobre la camilla.
-En la mente el tiempo transcurre de forma diferente- aclaró Charles, apartándose un poco para dejarle espacio- Este tipo de somníferos funcionan durante una media de ocho horas, pero contigo sus efectos se reducen, debido al fénix.
Marie asintió, asimilando la nueva información. Entonces, alzó la vista, clavándola en el profesor.
-¿Dónde se toma el almuerzo aquí?
Charles sonrió, avanzando hacia la puerta; Marie yendo tras él.
-Baja las escaleras que hay al final del pasillo a la izquierda y encontrarás otro pasillo. Al fondo están las cocinas; puedes coger cosas de la despensa o de la nevera y prepararte lo que te plazca.
-Gracias, Charles.
Charles se giró hacia ella, al escucharla llamarlo por su nombre.
-Mientras estés aquí, será mejor que te dirijas a mí como profesor- le dijo, divertido, aunque sus facciones no lo expresaran- Las clases comienzan a las cuatro.
-Clases- repitió Marie, frunciendo el ceño- ¿Tengo que ir?
-Deberías, si quieres integrarte.
-¿Y si no quiero?- cuestionó Marie- Solo me quedaré unos días.
Charles la miró con seriedad.
-Dudo mucho que solo sean unos días, Marie- declaró- Échale un mínimo de dos meses.
-¡¿Dos meses?!- se escandalizó Marie- No puede estar hablando en serio.
-Ya te dije antes que podríamos tardar mucho tiempo en debilitar al fénix- replicó Charles, con calma- Con Jean, fueron varios años.
Marie inclinó la cabeza, sintiéndose impotente. No regresaría a casa tan pronto como creía. La única persona más cercana en la que confiaba plenamente, era Ángel y estaba moribundo. ¿Pietro y Wanda lo sabrían ya? Seguramente sí. Mística les debía haber dicho ya lo que había pasado y las razones por las que se había ido.
-No será todo tan malo, ya lo verás- la animó el profesor, adivinando sus pensamientos- Harás nuevos amigos.
-Me gustan los que tengo- repuso Marie, en un murmullo, observando cómo Charles abandonaba la estancia.
Marie hizo lo mismo unos segundos después, siguiendo el trayecto que había hasta las cocinas que le había indicado el profesor. Mientras caminaba, sonreía con ironía, recordando a Dominik un mes atrás: " El colegio. Es una de las formas de perder el tiempo más absurdas de las que haya oído hablar. Sobre todo si estás en Secundaria". Dominik y su sencilla forma de ver la vida. Lo echaría de menos, pero no tanto como añoraría a Pietro. Pietro y su sentido del humor, sus bromas, su forma tan peculiar de preocuparse por ella. En definitiva, echaría de menos a Pietro y a su forma de ser antes de que todo se torciera y la angustia y sus absurdos celos lo invadieran.
