Disclaimer: No me pertenece ninguno de los personajes que aparecen en este fragmento de historia.

CAPÍTULO 23. Un castigo ejemplar.

En los últimos días, la casa de Magneto se había transformado por completo. Había pasado de ser un lugar totalmente calmado a estar repleto de bullicio. Desde que Eric Lehnsherr había salido de su escondite, lo que quedaba de la Hermandad trabajaba sin descanso. Bueno, ¿he dicho lo que quedaba de la Hermandad? Quería decir, la mayoría de lo que quedaba de la Hermandad, ya que a Sapo se le daba demasiado bien escabullirse y Pietro... Digamos que no acataba las órdenes exactamente como se las imponían. Eso sumado a la ausencia de Raven había generado un ambiente de tensión, inquietud y desesperanza entre la mayor parte de los integrantes de la Hermandad.

Aquel día, sin embargo, las cosas transcurrieron de un modo un poco diferente. Magneto se había llevado a Blob y a Sapo consigo el día anterior en una excursión a una reunión de mutantes que se celebraba en unas ruinas de una fábrica abandonada. Dominik y Pietro se habían quedado en la casa, completamente solos. Se suponía que debían estar allí para cuidar de ella.

Ambos se encontraban en la habitación de Blob, la única que tenía televisión a la que podían acceder, aparte de la de Pietro. Dominik recostado sobre un sofá y Pietro sentado en el suelo dándole golpecitos con los dedos al ritmo de una música que sólo él conocía. Cabe decir que Pietro no había visitado su cuarto desde que Mística se llevó a Wanda y desde que Marie dejó la Hermandad. Ahora dormía en la primera planta, cerca de Dominik. Podía dormir tranquilo,- lo poco que dormía-, ya que Sapo descansaba en los árboles que rodeaban la casa. Desde aquel fatídico día en el que Pietro había perdido a su hermana, Sapo no hacía más que mirarlo con desdén y con odio, como si estuviera esperando que algo malo pasara. Tampoco es que eso le importara demasiado a Pietro, ya que no creía que las cosas pudieran irle mucho peor.

La televisión estaba puesta a un volumen bajo, un programa de cotilleo que sonaba casi como un murmullo que contrastaba con el sonido que hacía la lluvia al golpear el ventanal. En esos últimos días había estado lloviendo sin cesar, sin tregua. A pesar de los ruidos que hacía la mano de Pietro contra el suelo, Dominik tenía ya los párpados entrecerrados, a punto de dormirse, cuando el chico atizó el piso con fuerza y se levantó a la velocidad de un rayo. Dominik dio un respingo, despejándose por completo.

-¿Qué pasa?- preguntó, frotándose los ojos y desechando los últimos vestigios de sueño que le quedaban.

-¿Que qué pasa?- bramó Pietro, volviéndose hacia él- ¡Que no aguanto más, joder! Tengo que irme de aquí, tengo que...

-¿Ir a ver a Pícara?- supuso Dominik, poniéndose en pie con lentitud- Si Magneto se entera de que te has marchado...

-No se enteraría- repuso el chico, casi con desesperación- Estaría aquí antes de que él volviera. Mucho antes.

-Es posible- accedió Dominik- Aun así, creo que ya tienes suficientes problemas y cosas en las que pensar, como para que ahora vayas buscando más.

-Necesito saber por qué- insistió Pietro, dejándose caer contra el alféizar de la ventana, mientras se pasaba las manos por el cabello- Por qué se fue. Ella me prometió...

-Pietro, eres muy joven- cortó Dominik, aunque él solo le llevaba unos cinco años- A lo largo de la vida verás que la gente suele prometer muchas cosas, que a menudo no cumple.

-Me importa tres leches lo que suela hacer la gente- gruñó el muchacho- No creo que sea tan difícil de entender. Sólo quiero saber sus motivos.

-¿Sus motivos o si ya tenía pensado irse desde hacía tiempo con Warren?- replicó Avalancha, mordazmente, alzando una ceja.

-Yo no he mencionado a Warren- masculló Pietro, dándole la espalda.

-Claro que no. Pero te conozco, Pietro. Sé que en algún momento lo has pensado- Pietro ladeó el rostro, inclinando la cabeza al escucharlo- Yo estaba allí cuando Pícara lo atacó sin querer. En ese momento no era ella la que controlaba su cuerpo.

-¿Y cómo sabes que ella no tenía intención de atacarlo?- musitó el muchacho, girándose hacia él- ¿Cómo sabes que no estaba todo preparado para buscar una excusa que resultara creíble y que les ayudara a marcharse con los frikis X?

Avalancha lo miró como si no fuera capaz de creer lo que acababa de decir.

-Lo que pasó no pudo haber sido preparado, Pietro- repuso, con seriedad- Fue... brutal. Tenías que haber visto como el ala casi se le partió en dos.

-A la palomita le fascina el rollo suicida- replicó Pietro, entornando los ojos- Nunca ha estado muy bien de la cabeza; lo más probable será que no le importaba tener que sacrificarse por una causa mayor, como la de Marie.

-¿Y esa causa mayor era...?

Pietro le lanzó la mirada que le hubiera lanzado alguien que lo considerase algo corto de cascos.

-¡Irse con el ruedas!

Dominik exhaló un suspiro de resignación, acercándose al chico y situando una mano en su hombro. Pietro lo miró con recelo.

-Ángel se quedó inconsciente por el dolor- dijo, con lentitud- En cuanto a Pícara, no pudo haber fingido ser poseída por el fénix. Yo lo vi; fue solo un instante, pero sus ojos eran negros por completo. Al segundo después, volvían a ser como siempre.

-Quizá te lo imaginaste- bufó Pietro, reacio a creer en sus palabras.

-Los celos te ciegan, Pietro- observó Dominik, impasible- Te aseguro que no tienes que preocuparte por Ángel.

Pietro se desasió de su agarre, molesto.

-Tú no puedes asegurarme nada- contrarió- En todo caso, sería Marie o él mismo quien podrían corroborar que me equivoco, y eso no suele pasar.

Dominik se cruzó de brazos con exasperación.

-Puedo asegurártelo porque Ángel ya sentía interés por otra persona cuando Pícara llegó a la Hermandad- dijo, como si estuviera luchando interiormente consigo mismo.

Pietro notó que estaba nervioso, aunque sus facciones no lo dejaran ver. Frunció el ceño, confundido. La única chica con la que Ángel había tenido relación antes de conocer a Marie era Wanda. Pero no podía ser... ¿o sí?

-¿Debo suponer que estás hablando de mi hermana?- cuestionó Pietro, sin rodeos.

Dominik asintió, apesadumbrado.

-¿Cómo lo sabes? ¿Hablabas con él a escondidas para que yo no me enterase?

Avalancha soltó una carcajada, impertérrito.

-El mundo no gira a tu alrededor, Pietro...

-Cuando echo a correr, lo hace- lo cortó él, con una sonrisa torcida.

-No estamos hablando de eso- replicó Dominik con hastío- Si sé todas esas cosas, es porque simplemente me limito a ser observador.

-Yo también observo y no me he dado cuenta hasta que tú me lo has dicho.

-Tendrás que aprender a observar mejor- Dominik sonrió levemente- O quizá el problema sea que no observamos las mismas cosas.

-Puede ser- accedió Pietro, encogiéndose de hombros. Hubo un corto silencio antes de que el chico añadiera:- Voy a ir a buscarla.

-Se me ocurre otra cosa que tal vez sea más conveniente para todos- irrumpió una voz femenina a sus espaldas.

Tanto Pietro como Dominik dieron un respingo, antes de darse la vuelta y descubrir a Mística apoyada contra el marco de la puerta. Pietro apretó la mandíbula, cerrando las manos en puños.

-Al fin te dignas a aparecer- comentó Avalancha, cruzándose nuevamente de brazos.

-¿Cuál es esa cosa?- inquirió Pietro, a pesar de que a él también le gustaría conocer las razones por las que Raven se había mantenido lejos de la Hermandad aquellos días. Sin embargo, le interesaba más cualquier otra cosa que tuviera que ver con Marie.

Los labios de Raven fueron dibujando una sonrisa paulatinamente a medida que avanzaba hacia Dominik y Pietro, y dejaba ver la mano que traía tras la espalda, en la que sujetaba unos folios, un sobre y un bolígrafo.

-¿Para qué es todo esto?- preguntó el chico, cogiendo lo que ella le tendía. En el sobre estaba escrita una dirección, acompañada de un nombre: Anna Marie D'Ancanto. Pietro era lo suficientemente listo como para saber lo que Raven pretendía que hiciera- ¿Quieres que le escriba?

-No pensé que la idea te pareciera tan mala- respondió Raven, alzando una ceja al escuchar el matiz de decepción que teñía sus palabras.

-Preferiría ir a verla; además no soy muy bueno con estas cosas- alegó Pietro, aunque sin soltar los materiales que le había dado la mujer.

-A mí me parece bien- terció Dominik- Yo podría ayudarte si lo necesitas. Quizá sea lo más prudente en este momento.

-Sí, no creo que a Eric le guste que te vayas en estos momentos- indicó Raven.

-Mira quién fue a hablar- replicó Pietro, entornando los ojos- ¿Tanto se tardaba en ir a dejar a mi hermana adonde sea que la hayas llevado?

-Tenía otros asuntos que atender- contestó Mística, fijando sus ojos ámbar en los de Pietro. Una amenaza latente parecía relampaguear en el fondo de sus iris, pero él no pareció darse cuenta- Asuntos que no te conciernen en absoluto- agregó.

-¿Ah, no?- tentó Pietro, avanzando hacia ella, ceñudo- ¿Y qué me dices sobre las razones que tiene Ma... Pícara para estar con el ruedas en vez de con nosotros?

-Ella necesita estar con Charles- respondió Raven, concisa.

-¿Necesita?- reiteró Pietro, desconcertado- ¿Es por lo del fénix que...?

No obstante, antes de que Pietro pudiera acabar de formular la pregunta, los hombros de Raven se tensaron y el vello de los brazos se le erizó. Al notarlo, Pietro calló y siguió la mirada de la mujer hacia la puerta, donde un hombre alto, de cabello castaño, -que se podía entrever bajo el casco rojo que llevaba- y facciones duras reclamaba su atención.

-Eric- musitó Raven, apartándose de Pietro y de Dominik tan rápido como se había acercado.

Magneto ladeó el rostro, sin ser necesario que dijera nada más para que Raven lo siguiera. Una vez llegaron al rellano que daba a la zona de la casa donde él vivía, se deshizo del casco, dejándolo a un lado, ya que en ese momento dejó de requerir el llevarlo puesto. Cuando se fue a vivir al medio de la nada, se preocupó por que le construyeran los muros de esa parte de la casa con el mismo material que conformaba el casco. Esa era la razón por la que Charles no podía conocer sus pensamientos si estaba en sus aposentos, aunque no llevara el casco.

Eric se detuvo e inspiró aire, mirándola con fijeza. Raven no pudo hacer más que bajar los ojos y clavarlos en el suelo, su corazón latiendo desbocado. Entonces, él hizo que un destello plateado emergiera de su bolsillo y se posara en su mano. Separó los dedos, enseñándole una llave a Raven. La llave que permitía el paso a sus habitaciones.

-¿Ves esto?- dijo él, en voz baja, haciendo que ella alzara la mirada hacia la llave- Pues no vas a volver a utilizarla.

-Pero...- trató de decir Raven, interrumpiéndose cuando Magneto situó un dedo sobre sus labios.

-Has abusado de mi confianza- siseó él, contra su oído- Eres la única persona en la que confiaba plenamente, pero me has defraudado. Así que has perdido todo derecho a permanecer aquí. Recoge tus cosas y vete con tu querido Charles.

-Eric, no estás razonando...

La mujer calló al notar las férreas manos de Magneto sobre sus brazos. Su rostro se aproximó peligrosamente al suyo. No obstante, Raven no desvió la mirada, alzando la barbilla ligeramente sin sentirse amedrentada.

-También deberías cuidarte de hacer comentarios de ese tipo a partir de ahora- la advirtió- Ya te he dejado pasar demasiadas cosas, encanto. Me gustas, pero no tanto como para arriesgarlo todo por ti; ya deberías saberlo.

-Me lo dejaste claro hace mucho- musitó ella, apartando un tanto la cara.

-Bien- masculló Eric, soltándola- Has dejado ir a la chica. Era nuestra principal arma contra los humanos, pero creo que aún podemos arreglarlo.

Raven levantó el rostro, mirándolo esperanzada.

-Nunca la habría incitado a irse si luego no pudiera hacer que regresara- mintió ella, sin pestañear- Jamás te haría ningún mal, Eric.

-Sea o no voluntariamente, volverá- le prometió él, acariciándole la barbilla- ¿Sabes por qué me ha molestado tanto lo que has hecho?- prosiguió, atrayéndola hacia él, sin que Raven opusiera resistencia alguna- Estoy seguro de que ese inmaduro de Pietro irá por ella y entonces, es muy probable que si ella está a gusto allí, lo convenza para quedarse también. No quisiera perder más miembros.

-Lo entiendo, Eric- murmuró Raven, apretando la mano de él que la acariciaba, entre las suyas- La causa es demasiado grande y yo he podido hacer que todo se vaya por la borda. Sólo quería que ella estuviera bien, preparada para servirte cuando el momento lo requiera.

-Prefiero creer que tus intenciones eran buenas- suspiró Eric, reacio a dejarla escapar tan fácilmente- Por eso, te daré otra oportunidad. Puedes quedarte, siempre y cuando me ayudes a evitar que más miembros abandonen la Hermandad.

-Gracias, yo...

-Aun no he acabado- cortó Magneto, rodeándola con un abrazo posesivo- Me la traerás llegado el momento.

Raven asintió, sabiendo que se refería a Marie. Según las visiones de Irene, en un futuro no muy lejano no haría falta que nadie condujera de nuevo a la chica hasta Magneto, vendría ella misma. Alargó el brazo para coger la llave plateada que aun yacía en la palma de Eric, pero él la alejó.

-En esto me mantengo firme. No volverás a ver la llave- sentenció él, dándole la espalda.

Ella le lanzó una mirada, desolada. Al menos, en eso no tenía que fingir.

-Lo siento, Eric- murmuró, siendo sincera- Nunca quise herirte.

-Yo lo siento más- replicó él, inclinándose para recoger su casco y abriendo la puerta del pasillo que llevaba a su cuarto.

-¿Pretendes acrecentar las distancias entre nosotros?- cuestionó ella, con tristeza.

-¿No es obvio?- repuso Eric, ladeando el rostro hacia Raven con apatía- Si alguna vez me has apreciado en verdad, sabrás mantenerte lejos. Preferiría olvidar que alguna vez hubo algo entre nosotros.

-Podría volver a repetirse, si no me desecharas con la misma facilidad que se tiran los despojos a la basura.

Magneto esbozó una sonrisa torcida, volviéndose levemente hacia ella.

-Sé retirarme a tiempo, querida. Si en alguna otra ocasión vuelves a compartir mi cama, no me gustaría que me pusieras el rostro de ninguna otra persona.

Raven entreabrió la boca para decir algo, pero él alzó una mano y habló antes de que ella pudiera replicarle.

-No soy estúpido, Raven. Sé que a pesar de todas las veces en las que te he pedido, te he implorado, que dejaras de ver a esa mujer, te ha entrado por un oído y te ha salido por el otro- la acusó, guardándose la llave en el bolsillo. A continuación, abrió los brazos como si intentara abarcar todo su alrededor con ellos- Eres libre de hacer lo que quieras, esa fue la única condición con la que te uniste a mí en su día, y seguirá siendo así. Ahora bien, esta es la única condición que te impondré ahora: ayúdame con la gran causa, o no lo hagas, pero no te interpongas. De otro modo, me veré obligado a tomar medidas que para nada nos agradarían a ninguno de los dos, y sería una pena, ¿no crees?

La mujer inclinó la cabeza, apesadumbrada.

-¿A quién elegirás ahora? Puede que ningún miembro esté tan dispuesto a seguirte hasta el final como lo estoy yo.

-Como lo estabas- la corrigió él-; ahora ya no lo tengo tan claro. Por ahora, me acompañará Mortimer.

Mística lo miró con incredulidad.

-Ese sapo es un miserable ser traicionero por naturaleza. Un despreciable, sin ningún tipo de valor- soltó ella, con desdén-, y un ignorante. No sabrá hacer todo lo que yo sé.

-Desde luego que no, encanto- convino él, con una sonrisa cínica-, pero para eso ya estás tú. Harás lo que hacías antes, pero sin privilegios. Creía que ya te había quedado lo suficientemente claro.

Raven apretó los labios, con impotencia y enojo.

-En cuanto a lo de Mortimer, será solo provisional. Hasta que encuentre a alguien más adecuado para la tarea.

-Me tienes a mí- insistió ella, con aflicción.

-Te tenía- suspiró él-, hasta que me desobedeciste. Enmienda tu error y quizá te perdone, aunque sabes de sobra que lo mío es más la venganza que el perdón.

Raven sacudió la cabeza, con hastío.

-¿Y por qué no Pietro? ¿O Avalancha? ¿O Blob, incluso?

-Precisamente porque mi mano derecha tiene que ser implacable, despiadado, frío y calculador- alegó él, como si fuera evidente- Pietro no me sería útil, tiene la cabeza en otro sitio. En cuanto a Avalancha y a la masa, quizá me sirvan en misiones concretas, pero no para ese puesto.

-A pesar de todo, sabes que puedes seguir contando conmigo, Eric- le recordó Raven, alicaída.

-Lo sé.

Hubo un corto silencio antes de que Raven volviera a hablar.

-Si no tengo la llave, ya no podré venir a visitarte cuando quiera- razonó, apenada.

-No. Descuida, te llamaré cuando precise algo de ti.

Mística asintió, observando como cerraba la puerta con llave tras de sí, dejándola sola en el rellano. Exhaló un suspiro de aceptación, retirándose en busca de una habitación que pudiera ocupar sin que los demás miembros de la Hermandad la molestaran. Quizá la de Marie le sirviera, ya que seguiría estando deshabitada.

Le llevaría tiempo recuperar a Eric, pero lo conseguiría. Al fin y al cabo, nadie era más consciente que Raven de la debilidad que Magneto tenía por ella. Conseguiría que volviera a su lecho, y después de eso, Eric volvería a ser tan maleable y dócil como aquel en el que se convertía cuando ella quería que así fuera. No le sería muy difícil, ya que Raven sospechaba que ella era la única persona aparte de Charles, que lo conocía en profundidad, y eso le daba ventajas a la hora de manejarlo.

Caminaba hacia el cuarto de Marie, dándole vueltas a todas esas cosas, cuando un ruido sordo sonó a su espalda. Raven se giró con rapidez, adoptando una posición con la que podría efectuar cualquier movimiento velozmente en caso de que necesitara defenderse.

Frente a ella, había aterrizado Sapo, quien se había lanzado desde una rama de un árbol hacia el interior de la casa, entrando por una ventana abierta. La ventana del rellano. Sapo esbozaba una sonrisa traviesa, mientras avanzaba hacia ella.

-¿Disgustada porque te han bajado el rango?- se burló, enseñándole sus asquerosos dientes.

Raven no era el tipo de persona que se repugnaría y traumatizaría al ver las manchas verdosas y las porciones negruzcas de la dentadura de Mortimer.

-Más bien disgustada porque seas tú el que lo ha adquirido en mi lugar- replicó ella, sin devolverle la sonrisa.

-Lástima que las cosas no salgan como planeamos, ¿no es cierto?- dijo él, con un tono apenado fingido- Qué desgracia para ti que se me ocurriera coger el teléfono justo en el instante en el que mantenías una conversación tan interesante. A mi señor no le gustaría saber que tu interlocutor era una mujer- dedujo, deteniéndose a unos cuatro pasos de ella- ¿Cómo se llamaba? ¿Inés? ¿Ingrid? O acaso... ¿su nombre era Irene?

-No dirás nada a tu señor sobre ello- amenazó Raven, sin alterarse lo más mínimo.

-¿Y eso por qué?- rió él, ufano- Antes, todos teníais el seguro perfecto. Si hacía algo malo, debía tener miedo de la ramera del señor, porque el señor me castigaría si ella lo convencía para hacerlo. Pero ahora no hay ramera alguna que temer. Todos deben temerme a mí.

Raven solamente dio un paso hacia él antes de apresar sus labios con una mano y estrangular su cuello con la otra. Vanamente, Sapo trató de atacarla con su lengua o con su veneno, pero no podía escupir por la fuerza de su agarre.

-No dirás nada a tu señor sobre ello- repitió ella, impasible- De lo contrario, yo misma me encargaré de arrancarte la lengua mientras duermes. Creo que he sido bastante clara- Raven clavó sus ojos dorados en los negros de Sapo, en los que no costaba ver el miedo- ¿No lo he sido?

Sapo trató de asentir, con efusividad. Entonces, ella lo liberó, haciéndolo caer al suelo, mientras él se llevaba la mano al cuello, tratando de respirar.

-Sin embargo- tosió él, poniéndose en pie con dificultad-, no podrás negar... que tu castigo ha sido ejemplar. Podría haber sido peor... podría habernos librado de ti. Yo le hubiera estado agradecido.

-Sigue provocándome y no será la lengua lo único que te arranque, insensato.

Los labios de Sapo dibujaron de nuevo esa sonrisa que resultaba tan desagradable a la vista, antes de dar un gran salto, cruzando la ventana por la que había entrado y desapareciendo entre el ramaje del árbol más cercano.

-Me encargaré de ti, gilipuertas- juró ella, sus ojos reluciendo en la penumbra- Antes de que comience la guerra contra los humanos, te estarán comiendo los gusanos.

Lejos de allí, en la Mansión X, Marie se dispuso a contar la verdad sobre la pelea que había tenido lugar entre John y Rasputin hacía un rato. Bueno, casi toda la verdad.

-Sus alumnos... solo se limitaron a hacer lo que consideraron correcto- comenzó, sin atreverse a mirar más allá del borde de la mesa, mientras sentía que unos ojos verdes tan ardientes como el mismo fuego se clavaban en ella con más intensidad que los de ninguno de los que estaban allí- Creyeron que yo no tenía permiso para estar aquí y ya me conocían porque me habían visto en aquel altercado que tuvo lugar en el centro comercial. Uno de ellos quiso enfrentarme, pero Johnny lo impidió. Quizá todo llegó demasiado lejos...

-¿Quizá?- repitió Peter, cortándola- ¡Se lo dije, profesor! Se pondría de parte de Allerdyce, ¿no ve que fue todo culpa suya?

Antes de que John pudiera replicarle, Marie se adelantó, sin poder soportar aquello por mucho más tiempo.

-¡Toda la culpa no fue suya!- le espetó, levantándose de la silla sin delicadeza alguna- No estoy diciendo que sea inocente. Claro que él tomó parte, y claro que él intervino de una forma que ha tenido consecuencias fatales para tu amigo, el tal Daniels. Pero eso no te da derecho a hacer que toda la culpa recaiga sobre John. Daniels tiene tanta culpa como él.

-¡Eso no es verdad!- exclamó Peter, imitando a Marie y poniéndose de pie, imponente.

John hizo lo mismo, antes de contestarle.

-¿Niegas acaso que nos lanzara esas cosas de hueso que le salen de los brazos?- cuestionó él, apretando la mandíbula- Ha estado a punto de matarnos. Yo solamente nos defendí en la justa medida.

Rasputin alzó un puño, como si se estuviera preparando para golpearlo. Comparado con Peter, John era pequeño y enclenque. Aunque, claro, comparado con Peter, todo el mundo podría considerarse pequeño y enclenque. Salvo quizá, Blob y Lobezno.

-¡Alto!- terció el profesor, fijando sus ojos en Peter, que bajó el puño con lentitud- Se me ocurre algo para poner fin a todo este asunto. Un castigo, un castigo ejemplar.

-¿Un castigo?- reiteró Marie, indignada.

Ahora se suponía que tenía que aceptar los castigos que impusiera el profesor, haciendo el papel de una estúpida colegiala sumisa y obediente. Le pareció que él se daba cuenta de lo que pensaba, porque le dedicó una leve sonrisa antes de seguir hablando.

-Así es, pero no será tan malo- aseguró Charles- Sacaréis cosas buenas de él.

-¿Cosas buenas?- bufó John, malhumorado- ¿Qué se puede sacar bueno de un castigo, aparte de ese rollo de aprender que no se puede volver a hacer aquello por lo que supuestamente te lo mereces?

-Para ti, nada, Allerdyce- respondió el profesor, honestamente- Creo que volverás a repetirlo si se presenta de nuevo la ocasión. Sin embargo, para Marie y el señor Rasputin... quizá empiecen a llevarse mejor.

Marie le lanzó una mirada de rechazo a Rasputin, a la vez que él se la devolvía, con recelo.

-¿En qué consistirá ese castigo?- preguntó entonces Peter, dirigiéndose al profesor.

Charles esbozó una sonrisa aun más grande, inquietando a sus alumnos.

-Pasaréis una semana entera en la biblioteca ordenando los libros de la sección de fisiología- anunció él, recibiendo un resoplido por parte de John y una mirada un tanto rencorosa de Peter- Comenzaréis esta misma noche. Tras la cena, tres horas, y después os iréis a la cama directamente.

-¿Tres horas?- repitió John, alarmado- ¿Se cree que no tenemos otra cosa que hacer?

-¿Aparte de ir a clase y de estudiar?- replicó el profesor, mordazmente- No lo creo, señor Allerdyce. Quizá el castigo le sirva para aprobar de una vez fisiología.

-Quizá no- repuso él, con una sonrisa torcida.

-Nos estamos demorando- indicó Charles, haciendo caso omiso de John y yendo hacia la puerta- Tanto ustedes como yo deberíamos estar ya en clase- el profesor ladeó el rostro hacia Marie-, tú también, Marie.

-¿Yo? Bastante tengo ya con su castigo injusto- se quejó ella, cruzando los brazos- ¿Por qué tendría que ir a sus clases? Le recuerdo que no estoy aquí por voluntad.

-Podrías ir a una y ver qué tal- respondió el profesor- Siempre será mejor que pasarte la tarde entera encerrada en tu cuarto. Deberías ir con... tu primo- señaló a John con un gesto- a la clase de biología molecular básica de la señorita Ororo Munroe, que es la que le toca ahora.

Marie terminó accediendo a regañadientes, mientras John esbozaba una sonrisa de oreja a oreja.

En cuanto perdieron a Rasputin y al profesor de vista, Marie lo aferró por un brazo, haciendo que caminara más despacio. John seguía sonriendo de aquella manera que la desquiciaba tanto.

-¿Por qué estás tan contento?- le preguntó ella, frunciendo el ceño con desconfianza.

-Las clases con Stormy no son tan malas- contestó John, volviéndose hacia ella- Además, serás mi compañera de pupitre. Nos lo pasaremos bien.

Marie sospechó que había una promesa oculta en sus palabras, que no tenía nada que ver con las lecciones de los pupilos de Charles. Se limitó a devolverle la sonrisa, un tanto forzada.