Disclaimer: No me pertenece ninguno de los personajes que aparecen en este fragmento de historia.
CAPÍTULO 24. Todo bajo control.
Unos minutos después, John abría la puerta de un aula abarrotada de gente. Marie miró por encima del hombro de él, descubriendo a unos sesenta adolescentes, de su edad aproximada. Al fondo de la estancia había una gran pizarra, delante de la cual se encontraba Ororo, señalando el dibujo de una hexosa con una tiza. Un murmullo generalizado recorrió las filas de los alumnos cuando vieron a Marie tras John.
-Silencio- ordenó Tormenta, alzando la voz y consiguiendo que le hicieran caso. Parecía molesta porque hubieran interrumpido sus lecciones- Allerdyce, ¿qué significa esto?
-¿Tú qué crees?- resopló él, mientras invitaba a Marie a tomar asiento en un pupitre situado en la parte más alejada a la pizarra- Llego tarde.
-¿Y tu compañera?- preguntó Ororo, señalando con la cabeza a Marie, que se acababa de sentar al lado de John. Todas las miradas se fijaban en ella.
-Supongo que te refieres a mi prima Anna- contestó, algo socarrón- El profesor Xavier le ha dicho que podía quedarse.
Ororo frunció el ceño, pero no hizo ningún comentario al respecto, sino que continuó explicando a sus alumnos la estructura de la glucosa.
-¿Vas a seguir con la broma?- murmuró Marie, inclinándose hacia delante sobre la mesa, sin mirarlo.
-Por supuesto- respondió él, recostándose sobre la silla sin ningún interés por sacar algún cuaderno o folio y tomar apuntes- Es divertido.
-Tormenta sabe que no soy tu prima- declaró ella, en voz baja.
-Pero los demás no- indicó John, en el mismo tono- El hecho de que crean que eres mi prima ayudará con tu situación actual.
-¿Y qué situación es esa según tú?- replicó Marie, mirándolo con fijeza.
John se inclinó levemente hacia ella para hablarle.
-Una en la que no te tratarán bien. No hay un ser más cruel que un niño, y aquí hay muchos niños. A mi lado, te respetarán.
Marie entornó los ojos, un tanto hastiada.
-Admiro tu interés por mi bienestar, pero puedo defenderme sola. Muchas gracias.
-No es por eso- negó John, metiéndose las manos en los bolsillos de los vaqueros- Sé perfectamente que puedes defenderte sola. Recuerda que vi lo que ocurrió en el centro comercial- calló un momento antes de continuar- Mientras estés aquí, es mejor que tengas amigos en los que confiar.
-Ya tengo amigos, y no necesito más- le dijo Marie en voz baja, cansada.
-¿Están aquí?- cuestionó John, sin recibir respuesta alguna por parte de ella- Eso suponía. ¿Qué tiene de malo que seamos amigos?- bajó el rostro para hacer un amago de inspirar el aroma de su axila- ¿Acaso huelo mal y no me he dado cuenta?
Marie no pudo evitar reírse, quizá más alto de lo que debiera. Algunas miradas se volvieron hacia ellos y Tormenta dejó de hablar sobre las aldohexosas para dedicarles toda su atención.
-¿Qué os resulta tan gracioso?- inquirió Ororo; casi se podría decir que de sus ojos emanaban chispas.
-Nada importante- respondió John, volviendo a apoyar la espalda contra el respaldo de la silla- Sigue con la clase.
-La próxima vez que me interrumpáis, os vais fuera y no volvéis.
Marie dejó caer la cabeza contra la mesa, con suavidad. ¿Qué hacía ella allí? Había dejado el colegio hacía ya tiempo y había llegado a pensar que no volvería. No había vuelto, pero aquello era muy similar. La charla de Tormenta le parecía soporífera; casi era como un somnífero que no acabara de hacerle efecto. Sus párpados se mantenían entreabiertos muy costosamente, y su respiración se había vuelto mucho más lenta, siéndole cada vez más difícil mantenerse despierta. En su vida había dado biología molecular. Lo más parecido que le habían enseñado en la escuela era química, y aun así no tenía nada que ver con aquello. Marie se llegó a preguntar cuál era el propósito real de aquellas lecciones que muy probablemente no le servirían a la mayoría de los que estaban allí en un futuro. ¿Cómo iban a ganarse la vida solo sabiendo cuál era la estructura de los monosacáridos? Si estudiasen alguna carrera de ciencias, tal vez les sería útil. Sin embargo, tal y como estaban las cosas, los mutantes lo tendrían crudo para ir a la Universidad en los próximos años.
Un sonido a su derecha le hizo despertar de su ensimismamiento. Giró el cuello, para ver a qué se debía. Contempló, con una mezcla de sorpresa y desconcierto, como John había arrancado una hoja de una libreta que había sacado de debajo del pupitre, y la rompía en pequeños trocitos haciendo pequeñas bolas de papel con ellos. En su mano izquierda sostenía su mechero, que estaba encendido. Una llamita de fuego yacía en el extremo del encendedor, y John hizo que fuera hacia su mano derecha, cerrando el mechero al tiempo. A pesar de que dejó el mechero apagado a un lado, el fuego no se extinguió, sino que siguió danzando en su palma. Entonces, John envió una pequeña lengua de fuego hacia una de las bolitas de papel, haciendo que se desintegrara entre cenizas negras.
Consciente de que Marie lo miraba de soslayo, esbozó una sonrisa traviesa, mientras le pedía un bolígrafo al chico que tenía delante, que no era otro sino Bobby. El rubio apenas ladeó el rostro hacia su amigo, tendiéndole lo que le había pedido.
-Ahí tienes, espero que me lo hayas pedido porque vayas a hacer algo de provecho- le dijo, en voz baja.
Con la mano izquierda, en la que ahora no asía nada, John aferró el bolígrafo.
-Ya te digo- contestó, viendo como Bobby regresaba su atención a la clase, mientras enredaba con el bolígrafo.
No tuvo que pasar mucho hasta que situara uno de los extremos entre sus labios y se dedicara a tirar canutos con las bolas de papel a sus compañeros de clase. Marie no tardó en percatarse de que no eran canutos normales. El papel ardía justo en el momento en que aterrizaba sobre su objetivo. Al menos, Marie pensó que tenía un mínimo de consideración y no los lanzaba sobre piel directamente, sino sobre la ropa o las mochilas, dejando manchas oscuras en la tela.
Unos pupitres más allá, una chica volvió la cabeza hacia él cuando se dio cuenta de que era el culpable de que su estuche se hubiera abrasado por uno de los lados, ceñuda. John le guiñó un ojo, sonriéndole descaradamente. Ella negó en silencio, con reprobación, antes de girarse de nuevo para mirar a la pizarra.
-¿Disfrutas con esto?- cuestionó Marie, señalando alternativamente con la mirada las bolitas de papel y la pequeña llama de fuego que aún permanecía en su mano derecha.
-Soberanamente- respondió él, apartando los papeles de la mesa con el antebrazo izquierdo e inclinando el rostro hacia ella- Abre la mano- le dijo entonces, separándole los dedos cautelosamente.
Marie quiso alejar la mano y desasirse de su agarre cuando vio que con solo mirar el fuego, él hacía que fuera en su dirección.
-Tranquilízate, no voy a hacer que te quemes- le aseguró él, mirándola con una sonrisa que a Marie no le inspiraba mucha confianza- Sólo quiero jugar.
-Jugar con fuego es peligroso- replicó Marie, sus ojos fijos en la llamita de fuego que había llegado a la palma de su mano izquierda.
-¿Y eso no lo hace más excitante?- repuso él, haciendo que el fuego se acercara más a la tela del guante de Marie, y que comenzara a bailar alrededor de los dedos de ella.
A pesar de tener el corazón atenazado por el miedo que la embargaba debido a la calidez demasiado cercana del fuego, Marie no pudo evitar que sus labios se curvaran en una sonrisa apenas visible; sus ojos verdes fijos en el recorrido de la llama. Le resultaba fascinante la sensación que le provocaba el hecho de estar a punto de tocar la llamita de fuego sin quemarse. John sonreía con satisfacción, cuando Ororo lo llamó. Tanto él como Marie dieron un respingo. John hizo que la llama viajara rápidamente hacia su mano derecha y la cerró en un puño, apagándola.
-¡Allerdyce! Te lo advertí. La próxima vez que interrumpieras mi clase, tendrías que irte fuera. Tu compañera y tú quedáis exentos de la obligación de quedaros.
-Por fin, ya era hora- dijo él, entre dientes, levantándose y caminando junto con Marie hacia la puerta, sin molestarse en recoger las bolitas de papel que había dejado en la mesa o el bolígrafo que Bobby le había prestado.
-¿No te importan las lecciones?- le preguntó Marie, una vez hubieron salido de la estancia.
John volvió la cabeza hacia ella, una luz centelleando en sus iris del color de la esmeralda, mientras caminaban por un corredor.
-Para nada- contestó él, sentándose sobre el alféizar de uno de los ventanales del pasillo que daba a un patio repleto de macetas, árboles y bancos.
Aquel día llovía, por lo que no era una buena opción salir al exterior. Fue por eso por lo que Marie tomó asiento frente a él, a pesar de que le hubiera gustado explorar aquel patio.
-Entonces, ¿qué haces aquí?- cuestionó ella, acomodándose contra la pared, que en esa zona era de piedra.
John clavó sus ojos verdes en ella, con tal intensidad que la hizo arrepentirse de haberle formulado aquella pregunta de aquel modo.
-No tengo otro sitio al que ir- respondió él, finalmente, cuando ya no parecía que fuera a hacerlo- Mis padres están muertos. El profesor supo de mí cuatro años después de que me internaran en un orfanato, cuando tenía ocho años- añadió, con algo que a Marie le pareció amargura.
-Parece que te entristece que te encontrara- opinó ella, rodeando sus rodillas con los brazos y apoyándose más contra el muro.
-La verdad es que no estoy muy convencido de que me alegre que haya sido él el que vino por mí- contestó John, desviando la mirada hacia el patio.
La lluvia golpeaba fuertemente los cristales del ventanal, pero a ninguno de los dos parecía importarle demasiado.
-¿Por qué?- inquirió Marie, interesada- ¿No te trata bien?
-Jamás me han tratado demasiado bien, pero no culpo a nadie. A mí tampoco me gusta tratar bien a los demás- admitió él, mientras abría y cerraba la tapa de su mechero rectangular una y otra vez- No, ese no es el problema. Quizás hubiera preferido correr tu misma suerte y que hubiera sido la Hermandad quien me hubiese encontrado.
Marie lo miró, inquisitiva.
-¿No has visto las noticias últimamente?- le preguntó él, sus ojos fijos en el encendedor.
Ella negó con la cabeza, esperando a que John siguiera hablando.
-Los humanos quieren tenernos bajo su control. Estoy seguro de que es el primer paso que darán para exterminarnos- dijo, volviendo su mirada hacia Marie- ¿Sabes lo que quiere el profesor?
Marie volvió a negar en silencio. John le recordaba a Magneto en ciertas cosas, pero lo dejó hablar sin decir nada al respecto por el momento.
-Quiere que vayamos a registrarnos como mutantes el próximo mes- prosiguió el muchacho-, a Yonkers, a cualquier comisaría.
-¿Es tan malo?- se atrevió a cuestionar Marie.
-Es muy malo- asintió él- Nos marcarán como reses cuando figuremos en su lista. Tendrán vía libre para discriminarnos.
-Creo que Magneto piensa lo mismo- afirmó Marie, colocándose todo el cabello a un lado, y recordando su conversación con Eric aquel día que había estado a punto de matar a Pietro-, pero según él, es algo bueno.
-¿Bueno?- reiteró John, desconcertado.
-Sí, bueno. Él dice que nos han dado una excusa, una excusa para acabar con todos ellos y comenzar la guerra.
John asintió, pensativo.
-Seguro que él no nos llevaría a firmar nuestra sentencia de muerte- dijo, al cabo- La firmaremos en cuanto hagamos caso de la ley de registro de mutantes.
-Seguro- convino Marie, algo confusa- Aunque tal vez a ellos solo les interesa saber cuáles son los mutantes peligrosos para tenernos controlados.
John alzó una ceja al escuchar aquello.
-A la mayoría de nosotros se nos considera peligrosos, y lo somos, ¿para qué negarlo?
-Es cierto- coincidió Marie, apesadumbrada-, pero el miedo a menudo nos convierte en bestias. Si los humanos creen que tienen una mínima razón para temernos, atacarán primero.
-Eso que acababas de decir justifica el porqué no quiero estar aquí cuando eso ocurra- respondió John, con un suspiro casi imperceptible- A Xavier le gusta la diplomacia, pero llegará un momento en el que no se pueda negociar con los humanos; si no ha llegado todavía.
-Puede ser- murmuró Marie, viendo cómo la lluvia caía incesantemente.
-No quiero registrarme- insistió John- No voy a darle el hacha a mi verdugo. No pienso hacerlo. ¿Tú sí?
Marie volvió la cabeza hacia él. Iba a contestar cuando Ororo apareció girando un pequeño recodo. Habían estado tan absortos en su conversación que ni siquiera se habían dado cuenta de que el timbre había sonado, indicando el final de la clase, y ahora los alumnos iban de un lado a otro, al aula donde tendrían la siguiente clase o a disfrutar de sus breves descansos.
-¿Ejerciendo tu mala influencia sobre los alumnos, Marie?- cuestionó Ororo, sus brazos en jarra y su expresión para nada amigable.
-No veo por qué tendría que ser una mala influencia para nadie- replicó Marie, dedicándole su atención- Siento que te molestara mi presencia en tus clases, pero tu profesor apenas me dejó elección. Si por mí fuera, no hubiera ido.
-Habrías hecho bien- dijo la mujer, de forma seca- No veo por qué iban a serte útiles en un futuro cuando te dediques a la delincuencia.
-¿A la delincuencia?- reiteró Marie, con el ceño fruncido.
-Es a lo que se dedica la Hermandad de Mutantes Diabólicos de Magneto- aclaró Tormenta, cruzándose de brazos- O eres tonta o finges no darte cuenta de las repercusiones que tiene que seas miembro de su hermandad.
-Eso no es de tu incumbencia- le espetó la chica, bajándose del alféizar.
John hizo lo mismo cuando Ororo reclamó su atención.
-Ya me he enterado de lo que le has hecho a mi sobrino. En mi opinión, el profesor ha sido demasiado indulgente, teniendo en cuenta que podrías haberlo matado.
John se encogió de hombros, impasible.
-Hay opiniones y opiniones- fue lo único que él dijo.
Ororo apretó los labios con enojo.
-No me parece bastante castigo- prosiguió ella- Vas a podar los rosales del jardín durante un mes.
John soltó una carcajada.
-¿Y eso por qué iba a hacerlo?- replicó, avanzando un paso hacia Ororo- ¿Porque lo dices tú?
-Porque de otro modo, haré que el profesor te expulse- amenazó Tormenta, con impasibilidad.
-Adelante- la instó él, abriendo los brazos- No hay nada que desee más en este momento.
-¿Qué pasa aquí?- preguntó Lobezno, que acababa de llegar hasta ellos y había escuchado la última parte de la conversación entre Tormenta y los dos chicos.
-Allerdyce ya se iba a arreglar el jardín- contestó Ororo, sus ojos fijos en los de John.
-¿No tiene clase con Cíclope?- cuestionó el hombre, alzando una ceja.
-Aprovechará mejor el tiempo podando las plantas- respondió Ororo, antes de irse.
-Esta tía está chalada si cree que voy a perder mi tiempo haciendo eso- dijo John, entornando los ojos, una vez Tormenta se hubo ido.
-Deberías hacerlo- le aconsejó Logan- Cuando se cabrea, es mejor hacerle caso.
-Que se cabree todo lo que quiera- replicó John, algo molesto- En vez de agradecerle a Anna que me impidiera acabar con su inútil sobrino, la ha tratado como si fuera escoria.
-¿Anna?- repitió Logan, suponiendo que se refería a Marie.
-Él me llama así- contestó ella, encogiéndose de hombros.
-En cualquier caso, es mejor que obedezcas, John- dijo Logan, volviéndose hacia el chico- No te conviene tanto que te expulsen.
-Me vendría bien que lo hicieran antes de que nos lleven de "excursión" a Yonkers. Como ya sabes, no quiero registrarme- alegó el muchacho, casi de malos modos.
-No tienes casa, dinero ni tampoco nadie que pueda ayudarte ahí fuera- le recordó Logan, ceñudo- Será mejor que lo recuerdes antes de hacer alguna tontería.
En los ojos de John nació un brillo que no presagiaba nada bueno.
-Voy a arreglar sus p*tos rosales- anunció él, caminando hacia el final del pasillo- Te veré luego en el castigo de Xavier, Anna.
Marie observó como John desaparecía al torcer una esquina a paso altivo.
-¿El primer día aquí y ya estás castigada?- cuestionó Logan, con una media sonrisa, mientras sacaba un puro del bolsillo de su chaqueta de cuero.
Marie le devolvió la sonrisa, caminando junto a él.
-Ya ves- respondió ella, con cansancio- Tengo que ir a un castigo porque al bendito profesor le parece bien que vaya para hacer amigos, y no porque me lo merezca. ¿Tú le ves algún sentido?
Logan rió al escucharla. A pesar de que su risa era ronca y áspera, a Marie le resultó agradable oírla.
-Así es el profesor- suspiró él, aun sonriente- Te estaba buscando.
-¿Él o tú?
-Yo- respondió él, bajando la voz-, alguien quiere verte.
A Marie le dio un vuelco el corazón. Le sostuvo la mirada, comprendiendo.
A muchos kilómetros de la Mansión X, Pietro se mordía el labio inferior, sosteniéndose la cabeza con ambas manos. Aquello era tan difícil… Jamás le había escrito una carta a nadie y no quería cometer errores tratándose de Marie. Darse cuenta de que le importaba tanto una chica que no fuera su hermana, le hacía sentirse estúpido. No era muy diestro expresándose por escrito. Incluso tuvo la idea no tan descabellada de coger un diccionario e ir comprobando palabra por palabra si tenía o no faltas de ortografía.
Marie:
Soy Pietro, supongo que te acordarás de mí porque solo han pasado unos días. Lo que no tengo tan claro es que recuerdes lo que me dijiste, algo así de que no te ibas a ir. Creía que éramos amigos al menos, o lo suficientemente cercanos como para que tuvieras la decencia de despedirte, por lo menos.
Quisiera ser comprensivo, aunque ya me conoces. Sigo sin tener claro por qué te has ido. Según palabras textuales de Mística necesitas la ayuda del ruedas. Nadie me ha explicado por qué, pero por ciencia infusa me tengo que imaginar que será por los demonios de la pelirroja. Aun así, podías habérmelo dicho o haberme dejado una nota, pero como soy misericordioso, te perdono. Podríamos vernos algún día.
Pd: No hagas que te eche de menos.
Al acabar de escribir aquello, tuvo el impulso de romper el papel en muchos pedacitos y tirarlos todos por la ventana. Sin embargo, no se le ocurría nada mejor que decirle, o dicho de otra manera, no se le ocurría un modo de expresar todo lo que quisiera decirle. Resopló, guardando la nota dentro del sobre que le había dado Mística hacía unas horas, y fue a dársela.
-Yo misma me encargaré de que llegue a sus manos- sonrió Raven, tomando la carta.
Pietro asintió en silencio y desapareció tan rápido como había aparecido en el cuarto que ahora ocupaba Raven, el de Marie.
La puerta se cerró a las espaldas de la mujer y ella se dio la vuelta para mirar a Magneto, que había permanecido escondido detrás de la barrera de madera.
-Ya sabes lo que tienes que hacer- dijo él, únicamente.
Mística inclinó la cabeza en señal de asentimiento y clavó la mirada en el paisaje que se veía a través de la ventana, mientras se deshacía de la carta destrozándola con las manos.
-¿Te parece bien, Eric?- le susurró, percibiendo el tacto de sus manos sobre la piel, apresándola contra él.
-Me parece bien para empezar, querida- respondió él, en voz baja, contra su oído.
