Disclaimer: No me pertenece ninguno de los personajes que aparecen en este fragmento de historia.
CAPÍTULO 25. El poder de la sugestión.
Marie apoyó las manos sobre el grueso vidrio que conformaba la pared de la habitación. Logan permanecía a su lado mientras ella miraba a través del cristal.
En el interior de aquel cuarto al que ninguno de los dos podía pasar, yacía sobre una camilla de hospital más grande de lo usual, un hombre muy joven de cabellos rubios y rizados, cuyo rostro de facciones suaves estaba vuelto hacia ellos. Su piel seguía teniendo aquel tono pálido enfermizo, pero sus heridas estaban limpias y vendadas. Un leve rubor apenas perceptible cubría sus pómulos.
Marie trató de vislumbrar su ala izquierda, pero no lo logró. Sólo podía ver la derecha porque el lado derecho del cuerpo de él miraba hacia donde se encontraban Logan y ella. En el hueco que conformaba la parte anterior de la articulación del codo de Ángel se clavaba una aguja conectada por un cable a un gotero.
-Warren- los labios de Marie se movieron sin pronunciar su nombre, pero pareció que él se había dado cuenta de que estaban allí, porque entreabrió los ojos y sus iris claros se fijaron en Marie.
Ella agitó una mano a modo de saludo. Los labios de Ángel se curvaron brevemente tratando de sonreír antes de que volviera a cerrar los párpados.
-Está sedado- le informó Logan- Tendrá que estarlo durante algún tiempo. Si no fuera así, el dolor lo mataría.
Los dedos de Marie se crisparon, sus ojos fijos en su amigo.
-Ojalá se ponga bien pronto- suspiró ella, con tristeza- Desearía hablar con él.
-Saldrá de esta- le aseguró Logan-, aunque quizá eso no es lo que él querría.
-No lo sabremos hasta que pueda pensar con la mente despejada- replicó Marie, de una forma un tanto seca.
-Debemos irnos de aquí, nena- le advirtió él, aferrándola suavemente por el antebrazo y conduciéndola por las escaleras que hacía unos minutos habían tenido que subir para llegar hasta allí- No tenía permiso para traerte. El profesor tiene esta zona… restringida, por decirlo de algún modo.
Marie alzó la mirada hacia él, al escuchar aquello.
-Sabrá que hemos estado aquí- dijo ella-, por sus poderes.
Logan esbozó una sonrisa torcida.
-Por eso y por sus múltiples cámaras- respondió, señalando con la cabeza en dirección al techo.
Marie siguió el trayecto de sus ojos hacia arriba, donde descubrió un pequeño artefacto de color oscuro y de forma redonda con una lente.
-¿Por qué lo has hecho?- cuestionó ella, mientras bajaban los escalones que llevaban al pasillo donde había estado hablando con John hacía un rato.
Logan la miró con fijeza.
-Hace mucho que dejé de temer las consecuencias de mis actos- contestó- Ser yo tiene más ventajas que inconvenientes.
-Me alegraría poder decir lo mismo- musitó Marie, alicaída- Espero que el profesor no se enfade contigo.
Él se encogió de hombros, casi con indiferencia.
-El profesor no suele enfadarse- replicó, con una leve sonrisa.
Marie se la devolvía, cuando oyeron unas voces femeninas al final del pasillo. Acompañó a Logan hasta el sitio de donde provenían los gritos, donde un grupo de personas se reunía en corro.
-LA MADRE QUE LO PA….- le escucharon decir a Tormenta, que estaba en el centro de todos aquellos alumnos que se arremolinaban a su alrededor.
-Ororo, que estamos en un colegio- le recordó Scott, situando una mano en su hombro.
Algunos de los estudiantes rieron entre dientes.
-¿Qué ocurre?- inquirió Logan, abriéndose paso como pudo entre los adolescentes.
Scott le lanzó una mirada malhumorada.
-Míralo por ti mismo- le dijo, apartándose- Aquí no hay más que ver, idos a aprovechar vuestro tiempo de descanso a cualquier otra parte que no sea esta- agregó, instando a los alumnos a que se fueran dándoles palmaditas en la espalda.
Marie alzó la cabeza por encima del hombro de Logan, tratando de vislumbrar qué era lo que había llamado tanto la atención. Se sorprendió al ver que eran palabras escritas en el parqué. Quizá me haya expresado mal. No estaban escritas en el parqué, sino que estaban sobre él, conformadas por cenizas. "Ya he podado tus malditos rosales, Stormy. Puede que las tenazas hayan resbalado un poco de mis manos y haya podado también las flores, pero tranquila, crecerán de nuevo. Nada que el tiempo y la espera no puedan solucionar". Marie se cubrió la boca con las manos, sabiendo quién lo había hecho. No alcanzaba a entender cómo siendo John tan travieso y retorcido, aun no lo habían echado de allí.
-¿Y tú qué haces aquí?- le espetó Ororo a Marie, casi de malas formas- ¿Contemplando la obra de tu supuesto primo? Apuesto a que has sido tú la que le ha empujado a hacerlo- añadió, señalando con un dedo más allá, lo que se veía por uno de los ventanales: arbustos espinosos abrasados. Los rosales quemados que se habían quedado sin rosas.
Marie frunció el ceño, sintiéndose tentada a contestar. Sin embargo, sospechaba que el silencio sería un buen aliado. Lobezno respondió por ella.
-Pícara no ha hecho nada, ha estado conmigo todo el tiempo.
-Me contenta mucho saber que tus intereses románticos ya no se centran en mi novia- terció Scott, con un deje de ironía.
-Muy gracioso- dijo Logan entre dientes, entornando los ojos.
Marie enrojeció de rabia y frustración. Hubiese querido abofetear a Scott por su leve insinuación, pero no podía hacerlo. No, no podía. Llevaba un bendito día allí y el cielo sabía lo que le encantaría que la tierra la engullera y no la volviera a escupir. Tantas personas irritantes a las que aguantar acabarían con ella. Se volvió a repetir a sí misma, como tantas otras veces desde que había llegado a la Mansión X, que todo era por una causa mayor. Recuperar el control de sí misma era más importante que todo el desdén que le profesaran gafas de verano y compañía. Sonrió con tristeza, cuando aquellas palabras le vinieron a la cabeza. "Gafas de verano"; así era como Pietro llamaba al cargante Scott. Nunca hubiera pensado que lo llegaría a detestar tanto como lo hacía en aquel momento. Si al menos Pietro estuviera allí… Estaba segura de que por mucho que la maltrataran, todo lo malo se empequeñecería junto a él.
-¿Y qué habéis estado haciendo tanto tiempo por ahí?- cuestionó Ororo, recelosa.
-Eso no te concierne- contestó Logan, cruzándose de brazos- Deja de meter las narices donde no te llaman. Hace mucho que dejé de ser un niño pequeño para tener que dar a nadie explicaciones de lo que hago o dejo de hacer. No eres mi madre.
-Tampoco me hubiera gustado serlo- resopló Ororo, cansada- Ve a buscar a Allerdyce.
-¿Por qué yo y no Cíclope?- replicó Logan, ceñudo.
Entretanto Scott esbozaba una sonrisa lejos de ser amistosa, dándole varias palmaditas en el hombro antes de irse.
-Enviaría a la chica por él, pero no conocerá bien la escuela todavía- respondió Ororo, mirando a Marie- No me importa que vayas con ella, mientras me los traigas a los dos a la enfermería.
-¿A la enfermería?- repitió Logan, alzando una ceja- ¿Qué pintan en la enfermería?
Los labios de Tormenta se curvaron leve y enigmáticamente, mientras dejaba solos a Logan y a Marie en medio del pasillo.
-Esa mujer es aborrecible- dijo Marie sin poder evitarlo, cuando Ororo desapareció de su vista.
Logan soltó una risa, en un volumen más bajo de lo normal.
-Comprenderías su comportamiento si supieras de su obsesión por las rosas- respondió Logan, con una sonrisa, mientras avanzaban por el corredor- Otra razón más para odiar a John. Parece que a tu amigo Allerdyce, o debería decir, primo, se le da bien enemistarse.
-Parece que sí- convino Marie, más seria de lo que cabría esperar-, pero eso no justifica el comportamiento de Tormenta hacia mí. No le he hecho daño. Aún.
-Ororo es así con la gente de la que no se fía- explicó Logan, mientras de nuevo volvían a subir unas escaleras-, y más, perteneciendo a la Hermandad. Eso sí lo entenderás.
-Lo entiendo, pero no merezco que me trate así- declaró la chica, con enojo- Si quiere enfadarse con alguien, que lo haga con John.
-Desgraciadamente, lo que más le cabrea no es lo que ha hecho John, sino su constante indiferencia.
Marie asintió. John no parecía estar allí por su propia voluntad, así que también entendía que actuara sin temer que lo expulsaran como castigo. Probablemente, lo enviarían a algún orfanato, ya que aún no era mayor de edad.
-¿Y dónde está?- preguntó ella, avanzando por otro pasillo, detrás de Logan.
-¿Quién? ¿John?
Él ladeó el rostro para dedicarle una breve mirada. Marie inclinó la cabeza en señal de afirmación.
-Seguramente quemando cosas- supuso Logan, haciendo un mohín, mientras situaba una mano sobre el picaporte de una puerta- Este es su cuarto. Si no está aquí, no pienso ir a buscarlo.
Entonces, Logan abrió la puerta, pasando al interior de la estancia. Marie lo siguió con inquietud. Observó la habitación; estaba claro que allí dormía un chico. Había montones de ropa masculina tirados por el suelo o sobre alguna silla, dispuestos de cualquier manera. Sin embargo, no parecía que estuviera sucia porque no olía mal en absoluto. Al contrario, aquella fragancia era… embriagadora. Marie no sabría decir si le gustaba del todo, pero la atraía de la misma manera que la miel atrae a las abejas. Intentó desechar los pensamientos que le surgían con aquellas sensaciones, confundida.
Sobre la cama, que estaba sin hacer, estaba recostado John, con la parte superior de la espalda apoyada contra el cabecero. Tenía varios pajarillos de papel al lado de su brazo izquierdo, que lanzaba al aire y se dedicaba a hacerlos arder con pequeñas bolas de fuego que se formaban de la pequeña llamita del mechero que sostenía su mano derecha.
-¿Qué quieres?- le preguntó a Logan, con la mirada fija en los pajarillos que se deshacían en cenizas. En sus ojos verdes se reflejaban las llamas.
-Yo nada. Tormenta os quiere a los dos en la enfermería.
John cerró la tapa del mechero y dejó los pajarillos de papel a un lado, para prestarles atención.
-Que coja una silla y espere sentada- fue lo único que dijo.
El chico abrió mucho los ojos con sorpresa e irritación cuando Logan lo apresó por un brazo, obligándolo a levantarse y le arrebató el mechero.
-¡Eh! ¡Devuélveme eso!
-Te lo devolveré después de la cena- contestó Logan, implacable.
Entonces, John volvió el rostro hacia Marie, con el antebrazo aún aferrado por Logan.
-Anna, ¿tú ves justo todo esto?
Marie no pudo hacer más que sonreír, mientras abría la puerta del cuarto para salir de allí.
-Si así consigue que dejes de quemar cosas por un rato…- murmuró, aunque no lo bastante bajo para que John no lo oyera.
-Suerte para vosotros que no puedo crear el fuego; pero esa tía está loca- acusó el chico, refiriéndose a Ororo, al tiempo que se desasía del agarre de Logan- Necesito defenderme. Si me quitas el mechero, será como si me hubieras mutilado un brazo o una pierna.
En lugar de reír, Logan alzó una ceja, acompañándolo al pasillo donde esperaba Marie.
-Nadie va a hacerte daño, John- le aseguró el hombre-, y no seas tan exagerado. Ya te he dicho que te lo devolveré después de la cena.
John bufó, fastidiado.
Sin su encendedor ya no era tan gallito, pensó Marie con maldad. Le había molestado el hecho de que le hubiera gustado el olor de sus prendas entremezclado con el del papel chamuscado. Se dijo que no había sido nada, que tampoco era para tanto. A ella le gustaba Pietro, y no John. A cualquiera podía resultarle agradable un olor, ¿no?
Quizá podía ser el hecho de que en ese último mes sólo había estado con Pietro la mayor parte del tiempo, y no le había quedado más para interesarse por otros aromas masculinos. Le daba demasiadas vueltas a cosas que no tenían tanta importancia. Tal vez se debiera a la presencia del fénix, que persistía en su cabeza.
Fuere lo que fuere, a Marie aquel día se le estaba haciendo interminable, más largo que un día sin pan.
-¿Y ese silencio tan repentino?- llamó Logan su atención.
Marie exhaló un suspiro de alivio. No tenía ninguna gana de seguir pensando, o de tener pensamientos que no sentía como propios.
-Solamente estaba pensando- respondió, fijando la mirada en el frente, un diáfano pasillo vacío.
-No pienses demasiado o acabarás volviéndote loca- terció John, con una sonrisa torcida- Qué largo se hace el camino hasta la enfermería- agregó, con hastío.
-Serás vago- se burló Logan- No llevamos caminando más de diez minutos.
"¿Diez minutos?", se preguntó Marie, con sorpresa. Miró a su alrededor, pero no reconocía haber estado en aquella zona de la mansión antes. Si la dejaran sola, no sabría volver a su habitación. Siempre se le había dado muy mal orientarse, pero aquello llegaba a ser… sobrecogedor. Había estado tanto tiempo inmersa en su mundo que no había sido consciente de su entorno mientras caminaban y tampoco de cuánto habían caminado.
-¿Ah, sí?- alcanzó a oír Marie que replicaba John- Pues a mí me han parecido veinte.
-Eso será porque las otras veces que has ido estabas más cerca- repuso Logan, cansado.
-Sí, recuerdo que la última ocasión fue cuando le quemé la mano a…
-¡Dios!- exclamó Lobezno, malhumorado- ¿Es que no te callas nunca, chico?
-No, me gustan las respuestas mordaces.
-Tus respuestas no son mordaces- le dijo Logan secamente- Respondes por responder.
-Hay muchos puntos de vista; respetaré el tuyo.
-¿Podrías callarte de una puñetera vez?
John esbozó una sonrisa cínica. Mientras tanto, Marie había vuelto a ensimismarse.
-Resulta que no me gustan los silencios incómodos- replicó el muchacho- Hay que encontrar formas de llenarlos.
-No pararás hasta que te devuelva el mechero, ¿verdad?- supuso Logan, entornando los ojos.
-Verdad- respondió John, cruzándose de brazos.
-Pues anda más deprisa y así llegaremos antes a la enfermería, comeremos antes y te daré el mechero antes.
-¿Esa es la enfermería?- preguntó Marie, señalando una puerta entreabierta de doble hoja pintada de blanco, y desviando la atención de los varones.
-Sí, es ahí- respondió Logan, alegrándose de haberse librado por fin de la conversación "de besugo" que había estado manteniendo con John durante todo el trayecto.
-¿Cómo lo has sabido?
-Porque está la puerta medio abierta- contestó Marie, encogiéndose de hombros- y porque se ven camillas dentro.
-Bien. Veamos de una vez qué coño quiere Stormy- resopló John, abriendo la puerta completamente casi con violencia.
Al fondo de la estancia había varios jóvenes arremolinados en torno a una camilla. Marie dedujo que era la de Daniels porque no había nadie más en ninguna otra camilla. Por eso, y porque uno de los jóvenes resultó ser Ororo, a medida que se acercaba y Marie pudo ver mejor sus rasgos. Parecía contenta.
Marie nunca la había visto sonriendo de esa manera. Bueno, de esa manera ni de ninguna otra forma que Marie recordara sincera.
-¿Sabías que tengo un muy buen oído?- dijo la mujer, dirigiéndose a John, que hizo un mohín antes de replicarle.
-Si tienes mal o buen oído no es algo que me interese especialmente.
Toda sonrisa o cosa que se le pareciera se esfumó del rostro de Tormenta, que adoptó un semblante más severo.
-Te mostraré qué "coño quiere Stormy"- anunció, instándoles a pasar- Gracias, Logan. Ya puedes irte- añadió, mirando brevemente a Lobezno antes de darse la vuelta y avanzar de nuevo hacia donde estaban las otras personas, haciendo un gesto a John y a Marie para que la siguieran.
Ellos sólo alcanzaron a mirarse, preguntándose qué se traía Ororo entre manos.
-No, preferiría quedarme a ver el espectáculo- sonrió Logan, yendo tras ellos.
-Como quieras- respondió Tormenta.
De verdad parecía que le diera igual si venía o no Logan a ver lo que tenía planeado hacer. Incluso, hay quien diría que le agradaba ese hecho.
-¿Qué?- le espetó John- ¿Es que esto va a ser un espectáculo de verdad?
-Lo será si tú quieres que lo sea- aclaró Ororo, con una media sonrisa.
John le dedicó una fea mueca, repugnado.
Marie solamente caminaba hacia delante, preguntándose por enésima vez qué rayos y centellas hacía ella allí.
Cuando se aproximaron a los adolescentes, algunos de los cuales Marie reconoció como Júbilo, Rasputin y la otra chica que había estado con ellos cuando se metieron con ella esa misma mañana, estos se apartaron, dejando ver a un chico sobre una camilla de hospital. Un chico que no se parecía mucho al Evan Daniels que Marie había conocido ese mismo día.
Ni un solo pelo poblaba ya su cabeza, toda amoratada y con grandes pellejos desprendiéndose de ella. Era una visión muy desagradable, por lo que Marie no pudo evitar dirigir sus ojos hacia otro lado.
No obstante, John no desvió la mirada, sino que la fijó en Evan, que se la devolvió con desprecio.
-Evan, Allerdyce ha venido a disculparse- anunció Tormenta, dando un pequeño empujón a John en la espalda para que avanzase un paso.
Entonces, John comenzó a reír descontroladamente. Parecía que sus carcajadas no iban a acabar nunca.
Tormenta enfureció.
-¿Quieres… que pida… perdón?- pudo decir John, tratando de dejar de reírse- Lo siento… No conozco esa palabra.
-Más te vale aprenderla o convenceré al profesor para que pases una buena temporada creyéndote la limpiadora del colegio- advirtió Ororo, sujetándolo brevemente por el cuello de la camiseta.
John buscó desesperadamente en el bolsillo de sus vaqueros, pero tras dos segundos dejó caer la mano. Había olvidado que ya no tenía su mechero. No pudo hacer más que regalarle a Tormenta una mirada llena de odio.
-Cuanto antes lo hagas, antes acabará todo este embrollo- le susurró Marie.
-Oh, pero si tú también tienes que disculparte- le dijo Ororo a la chica, a lo que ella se giró, irritada.
-No sé por qué debería hacerlo- replicó Marie, sintiendo que la sangre se le acumulaba en las venas del cuello; estaba segura de que esos ruidos similares a los de un tambor que estaba escuchando de fondo eran los fuertes latidos de su corazón- Ahí donde lo ves, convaleciente y toda la cosa, no es ningún niñato inocente. Él y sus amigos aquí presentes estaban dispuestos a darme una paliza y yo en ningún momento les había hecho ningún mal.
Tormenta se volvió hacia su sobrino, frunciendo el ceño.
-¿Es eso cierto, Evan?- inquirió, escéptica.
-Tiene razón, tía O- respondió el muchacho, con un hilo de voz, inclinando la cabeza- Yo sólo quería hacerle pagar que te hubieran causado esa conmoción tan grave.
-Yo no estaba allí cuando eso ocurrió- les recordó Marie- Fueron Pietro y Warren los que contribuyeron a ello.
-En todo caso tú podrías ser igual de culpable- terció Júbilo, casi con malicia- ¿No huiste con ellos después de que eso sucediera?
-No se iba a ir contigo- bufó John, acallándola.
-¿Qué tienes que decir tú al respecto?- le espetó Rasputin.
-¿Qué tienes que decir tú?- replicó John, molesto.
-¡Basta!- gritó Tormenta, haciendo que todos guardaran silencio de una vez- Se acabó. Callaos todos. Allerdyce, pide perdón; no te lo repetiré más. Después, Pícara hará lo mismo.
-No es necesario- intervino Evan, tratando de incorporarse un tanto- Ella apagó el fuego; no sé cómo lo hizo, pero lo hizo. Si no fuera por Anna, quizá yo ya no estaría aquí.
Marie lo miró con fijeza, conmovida. Había tenido la impresión de que Evan mentiría o de que la haría responsable de lo que le había pasado, como había estado a punto de hacer Rasputin cuando John, él y ella se habían reunido con Charles.
-¿Tú le ayudaste a escapar de las llamas?- cuestionó Tormenta, casi con sorpresa.
Marie asintió, sin esperar que ella lo creyera. Sin embargo, era su sobrino el que le había contado lo que había pasado, y eso pareció influir en la actitud de Ororo hacia ella a partir de ese momento.
-Todos cometemos errores, yo no soy la excepción- admitió la mujer, con una sonrisa un tanto forzada, mientras tendía una mano hacia Marie- No debería haber sido tan severa contigo.
Marie aceptó su disculpa, al tiempo que le daba la mano. Entonces, Tormenta giró la cabeza hacia John, quien caminaba hacia la puerta de la enfermería.
-Allerdyce- lo llamó- Vuelve aquí.
John emitió un sonido similar a un gruñido, antes de darse la vuelta para mirarla.
-¿No podemos olvidarlo y ya está?
-No te irás de aquí hasta que te disculpes con Evan- advirtió Ororo- Vamos, no es tan difícil.
John entornó los ojos, acercándose a la camilla donde Daniels descansaba.
-Está bien- suspiró, con apatía- Siento haberte tirado una bola de fuego a la cabeza en defensa propia.
-Dilo con más sentimiento- intervino Rasputin, más bien para provocarlo.
John clavó sus ojos en él, antes de fijarlos nuevamente en Evan.
-Conténtate con las palabras; no me arrepiento de nada- le dijo, encogiéndose de hombros.
Hubo un corto silencio, que Júbilo interrumpió.
-Tormenta, haz algo- la instó, de malas formas- No le ha pedido perdón de verdad.
-Ya lo habéis humillado bastante, ¿no os parece?- terció Logan, llevándose un cigarrillo a la boca, cigarrillo que había encendido con el mechero de Pyros.
-Me conformo con las palabras, Allerdyce- cedió Ororo, sentándose junto a su sobrino.
-Pero tía O…- trató de decir Evan, ceñudo.
-Lo importante es que estás bien- lo cortó ella, frotándole el antebrazo con cariño-, y que Allerdyce no volverá a hacerte daño. ¿No es verdad, Allerdyce?
John esbozó una sonrisa torcida a modo de respuesta.
-Te levanto el castigo, ya no tienes por qué podar los rosales del jardín- añadió Ororo, dirigiéndose a John.
El muchacho contuvo una carcajada antes de marcharse.
-Tampoco es que haya más estúpidos rosales que arreglar- masculló lo suficientemente alto como para que lo oyeran, cerrando la puerta a su espalda.
-Creo que yo también me voy- anunció Marie, algo incómoda- Espero que te pongas bien pronto- agregó, fijando sus ojos en Evan por poco tiempo.
-No tienes por qué ir adonde él vaya, Pícara- le dijo Logan, apartándola de los demás.
-No voy tras él- replicó Marie, con irritación- Voy a mi cuarto, a ver si puedo descansar antes de ir a ese ridículo castigo inmerecido.
Logan asintió en silencio.
-No es muy buena persona- dijo él, al cabo.
Marie lo miró con fijeza, sabiendo que se refería a John.
-Eso ya lo sé- respondió ella, finalmente- No me ha hecho falta estar aquí más que un día para saberlo.
-Ten cuidado con él- insistió Logan- En el año que he vivido aquí he tenido muchas ocasiones para darme cuenta de que no es de fiar. Tiene un carácter muy… voluble.
-Ya me he dado cuenta- contestó Marie, sin darle demasiada importancia.
-Ya te irás dando cuenta de otras cosas- Logan sonrió levemente, antes de darle una palmadita en el brazo- Y ahora ve a descansar, pero antes deberías comer algo.
-No tengo hambre.
-Yo te acompañaré- intervino la chica de cabello corto y castaño, y ojos fulgurosos del mismo color, que había estado con Rasputin y Júbilo cuando Evan había tratado de herirla hacía unas horas.
Marie no pudo evitar mirarla de arriba abajo antes de seguirla, vacilante.
-Ve con ella, nena- la instó Logan, guiñándole un ojo.
Marie asintió, yendo tras la muchacha.
Una vez hubieron abandonado la enfermería, Marie no pudo evitar espetarle:
-¿Sabes? No es necesario que me acompañes a ninguna parte. Puedes dejar de fingir ser la niña buena e inocente que todos creen que eres.
Ella inclinó la cabeza. Parecía que la había ofendido, pero Marie no se retrajo de lo que había dicho.
-Siento haberte dado esa impresión- musitó la chica, hundiendo la cabeza entre los hombros, lo que le dio la apariencia de ser alguien más pequeña y frágil- A menudo los demás piensan eso de mí. Evan aún lo sigue pensando.
Marie relajó su expresión mientras la escuchaba, avanzando hacia la cocina.
-Nunca quise participar en esa pelea tan absurda y sin sentido- prosiguió la chica, aún sin mirar a Marie- Pareció que huía cuando me fui tan repentinamente, pero solo fui a buscar ayuda, a avisar al profesor.
-¿Cómo te llamas?- le preguntó Marie, sintiéndose más tranquila con aquella chica de lo que se había sentido con nadie en todo el tiempo que llevaba en aquella mansión del demonio.
Ella alzó sus ojos castaños para mirarla, esbozando una pequeña sonrisa que a Marie le pareció sincera.
-Katherine- respondió, abriendo la puerta que daba a las cocinas-, pero todos me llaman Kitty.
-Marie- sonrió Marie, alzando la mano para dársela.
-Marie…- repitió Kitty, desconcertada- Allerdyce dice que te llamas Anna y que eres su prima.
-Mi nombre completo es Anna Marie- contestó ella, reacia a acabar con la broma por el momento.
-Supongo que suelen llamarte Marie- dedujo Kitty, dirigiéndose a una mesa, donde había otros estudiantes.
Marie fue tras ella, casi con timidez.
-En realidad, no. Suelen llamarme Pícara.
Kitty la miró, con algo que a Marie le pareció compasión.
-Aquí no tenemos por costumbre usar esos nombres, salvo con los profesores- le informó-, pero por si te interesa saberlo, el mío es Sombra.
-¿Qué puedes hacer?- inquirió Marie, con curiosidad- Quiero decir, debido a tu mutación, claro.
-Atravesar paredes- terció Kurt Wagner desde una silla cercana.
Kitty asintió, sonriendo.
-Este es…
-Kurt Wagner- la cortó Marie, sentándose frente al chico cuya piel era del color del zafiro- Ya nos conocemos.
-Así es- convino Kurt, con un fuerte acento extranjero-, aunque aún no sabemos su nombre- añadió, señalándose a sí mismo y al chico que tenía al lado, que no era otro sino Bobby Drake.
-Se llama Marie, aunque a Allerdyce le gusta más la idea de llamarla Anna- rió Kitty, tomando varias porciones de una pizza que había sobre la encimera y tendiéndoselas a Marie en un plato.
-Podéis llamarme como gustéis; me llamo de las dos formas. Preferiría que me llamaseis Anna de todos modos- agregó, para sorpresa de los estudiantes.
Sí, Anna estaba bien. Anna no le recordaría la Hermandad ni a Pietro durante el tiempo que pasara allí. Lo último que necesitaba esos días era angustiarse; ya lo había comprobado. Había tenido suficiente durante el comienzo de su estancia allí. No quería ni imaginarse cómo serían los días venideros.
