Disclaimer: No me pertenece ninguno de los personajes que aparecen en este fragmento de historia.

CAPÍTULO 26. Cómo arreglar lo que está roto.

Varios días después de que Pietro obedeciera a Raven en su idea de enviarle una carta a Marie, y varios días después de que Magneto volviera con Sapo de aquella reunión de mutantes que había tenido lugar en un sitio abandonado, el muchacho se encontraba en la cocina preparándose un rápido desayuno (quizá en vez de "rápido" debería haber empleado la palabra "fugaz").

Blob no había aparecido por allí desde que había ido con Magneto y Sapo a la ya mencionada reunión, o al menos, Pietro no lo había visto por la casa en todos esos días. En eso pensaba mientras se bebía un vaso de leche fría, sin nada más. Pietro no podía tomar chocolate, café o cualquier otro tipo de sustancia o alimento energético o que contuviera un mínimo de cafeína. Aquello podía suponer un auténtico desastre; ya había tenido ocasión de comprobarlo cuando era más pequeño.

Casi se atragantó cuando le arrebataron de las manos el bollo de pan que se estaba comiendo. Desconcertado, giró la cabeza hacia quien le había quitado la parte sólida de su desayuno, abriendo los ojos con sorpresa cuando descubrió a un hombre mucho más alto que él comiéndose su bollo. Era enorme, el más alto que Pietro había visto en su corta vida. Una barba incipiente y sus cabellos rubios desgreñados resultaban insignificantes si se los comparaban con su ancha y fuerte mandíbula y sus grandes ojos almendrados color castaño.

Pietro frunció el ceño, cruzándose de brazos y mirando con fijeza a aquel hombre tan robusto.

-¿Qué miras?- soltó el desconocido, mientras varias migajas de pan se le escurrían por el mentón.

Lejos de sentirse intimidado por su vozarrón o porque pareciera que de un momento a otro lo golpearía, Pietro le respondió, casi con irritación.

-Como te acabas de zampar mi bollo, hombretón. ¿Qué pasa? ¿De dónde vienes no te dan de comer o qué?

El hombre fijó sus ojos sobre el chico, en una amenaza silenciosa.

-No me toques las pelotas, canijo- le espetó, avanzando un paso hacia él. Sin ser muy consciente de ello, Pietro retrocedió la misma distancia- Puedo arrancarte ese bonito rostro de cuajo.

-No dudo de que pudieras intentarlo si te lo propusieras- replicó Pietro, pese a lo poco recomendable que era en su situación.

Su espalda casi rozaba contra la despensa y medio metro lo separaba de aquel hombre descomunal, en cuyos labios se había trazado una sonrisa que no presagiaba nada bueno.

Unas garras retráctiles surgieron del interior de aquel hombre, rasgando su piel de manera similar a la que lo hubieran hecho las de Lobezno. Pietro solo tuvo un instante para sorprenderse porque al segundo el hombre alzaba el puño contra él.

Por suerte, Pietro tenía los reflejos y la velocidad más que suficiente para esquivarlo, reapareciendo al otro lado de la cocina una milésima de segundo después.

La mano y las mortíferas garras de aquel hombre dieron contra la despensa, abollándola y abriendo las puertas de golpe, haciendo que las estanterías se desatornillaran y cayeran, desparramando todo el contenido por el suelo con gran estruendo.

El agresor de Pietro se dio la vuelta con fiereza, para fijar su atención en este último.

-¿Qué está pasando aquí?- gruñó Blob, haciendo que Pietro diera un respingo, al percibir su mano sobre el hombro.

-Nada importante- contestó el hombre, con una media sonrisa que no inspiraba un mínimo de confianza- El renacuajo quería que le demostrara mis capacidades.

-Ya- respondió Blob, con escepticismo-, pues aquí solamente demostramos las capacidades fuera de la casa, a no ser que tengas presupuesto para arreglar lo que rompes.

El hombre le mostró los dientes a Blob, puntiagudos, blancos y brillantes, con advertencia silente, antes de marcharse de la cocina.

Pietro exhaló un suspiro de alivio, que duró poco porque Blob lo cogió por el cuello de su camiseta blanca de manga corta.

-¿Qué coño haces?- le espetó el muchacho, tratando de desasirse del agarre.

Blob hizo caso omiso de su pregunta, sujetándolo con más fuerza.

-¿No le habrás provocado?- cuestionó, ceñudo.

-¡Claro que no! Suéltame de una vez, que me ahogo.

Blob obedeció, dejándolo en el suelo. Pietro comenzaba a alisarse la camiseta cuando su interlocutor habló de nuevo.

-No nos conviene tener más problemas de los precisos en estos momentos- declaró Blob, con seriedad-, menos aún con los nuevos miembros.

-¿Nuevos miembros?- repitió Pietro, con algo parecido a la rabia- ¿Es que ese tío era un nuevo miembro?

-No habría otra razón que explicase por qué está aquí- respondió Blob, adelgazando y sentándose en una silla- Se hace llamar Dientes de Sable.

-Vaya, y yo que creía que estaba de visita- se lamentó Pietro, pasándose una mano por los cabellos- ¿Es el único que se ha unido a la causa?

-Hay más integrantes- contestó Blob, al tiempo que por la puerta aparecían una bella mujer rubia de ojos violetas y un chico algo más mayor que Pietro, rubio y de ojos azules.

-Así es- afirmó ella, sentándose sobre la mesa de la cocina. Llevaba atuendos que mostraban más de lo que ninguna mujer decente se hubiera dignado a enseñar- Soy Betsy, y este es mi hijo adoptivo.

-Alex- saludó el chico, apoyando la espalda sobre el marco de la puerta.

Pietro inclinó la cabeza a modo de respuesta y se dirigió a buscar algo más que comer, ya que solo había alcanzado a beberse la leche.

-¿Alguien más que se haya venido a vivir aquí y yo no me haya enterado todavía?- inquirió el muchacho, malhumorado.

-No, Quicksilver- contestó Betsy, cruzando las piernas y haciendo que la falda que llevaba puesta le subiera unos cuantos centímetros- Somos los únicos miembros nuevos por el momento, aunque hay otros mutantes que están debatiendo si formar parte de la Hermandad en estos momentos- añadió, con una sonrisa pícara.

-Veo que conoces mi nombre real- observó Pietro, sin prestarle mucha atención.

-Se dice mucho sobre los mellizos Maximoff- terció Alex, con la mirada perdida- Sois famosos entre la comunidad de mutantes.

-Ya no hay mellizos- repuso Pietro, el pesar tiñendo sus palabras durante un breve instante, durante tan poco tiempo que apenas fue perceptible- Mi hermana Wanda está enferma, por lo que la han internado.

-Una pena, habría sido una buena aliada en la causa- murmuró Betsy, aunque la manera en la que había hablado no dejaba entrever que sintiera ninguna pena en absoluto.

-Ni que lo digas- convino Blob, levantándose para arreglar el desastre ocasionado por Dientes de Sable.

Entretanto, Pietro fijó sus ojos en la lejanía, mirando por la ventana. Wanda… ¿Qué estaría haciendo en aquel momento? ¿La tendrían adormecida con fármacos o sería consciente de lo que le había pasado? ¿Se daría cuenta de que ya no estaba junto a su hermano? ¿De que quizá las cosas nunca volvieran a ser como antes? Apoyó las manos sobre el fregadero, pensativo. Tal vez pudiera ir a visitarla algún día, aunque no tenía idea de si sería capaz de hacerlo. Se sentía culpable por haber dejado que Mística se la llevara sin oponer más resistencia. Pero, por otra parte, había hecho lo correcto para ella, ¿no? Lo que debía haber hecho en cualquier caso porque Wanda estaba enferma y no se merecía la muerte que ella misma había estado dispuesta a provocarse. Pietro cerró los párpados, confundido.

La jaqueca que había tenido los días más recientes había hecho mella en él. No le permitía pensar con claridad. Una angustia lo carcomía por dentro, al no saber qué había sido de su hermana; si estaba bien, dónde estaba, si se acordaba de él, o si se habría enfadado con él porque quizá pensaba que la había abandonado a su suerte. Tal vez fuese todo mucho más sencillo y Wanda se había olvidado de quién era ella misma, cómo para acordarse además de que tenía un hermano.

También estaba el asunto de Marie, que no lo dejaba dormir por las noches. Estaba impaciente y ansioso por recibir una respuesta a su carta, pero ya había pasado casi una semana y le había preguntado varias veces a Raven si tenía algún correo para él, pero no. De hecho, presentía que Marie no se dignaría a contestarle. Probablemente porque se encontraba mejor con los frikis X que con la Hermandad; querría olvidarse del mes que había pasado con ellos lo antes posible para comenzar una nueva vida que se pareciera más a la que tenía antes de ingresar en la Hermandad.

Entristecido, Pietro cayó en la cuenta de que no habría nueva vida para él. Seguiría viviendo con Magneto y su horda de mutantes desquiciados. Tampoco es que se muriera de ilusión por cambiar de residencia e irse con Summers, la rayos y compañía a la casa del ruedas. Sin embargo, no tenía mucho más que perder y nunca había sido feliz con la vida que llevaba. Eso, unido a que no le sobraban las ganas para participar en la "gran causa" de Magneto exterminando a los humanos, y a que echaba mucho de menos a Marie- aunque la mayor parte del tiempo se lo negaba a sí mismo-, le hacía plantearse si no estaría mejor en otro sitio que no fuera la casa de Eric Lehnsherr.

-Podrías ayudar un poco en vez de quedarte sentado de brazos cruzados- le espetó Rasputin a John, llevando unos libros sobre fisiología cardiaca a una mesa cercana, para que Marie los colocara por orden alfabético.

-Podría- respondió el chico, desde una silla en lo alto de otra mesa, mientras volvía a hacer aquel ruido tan irritante con el mechero abriéndolo y cerrándolo una y otra vez, al que Marie ya se había acostumbrado.

-Llevamos con esto cinco días, y aún no has movido un mísero dedo- continuó Rasputin, poniendo los brazos en jarra- Hasta tu prima ha hecho mucho más que tú y es nueva. El que más se merece el castigo eres tú, y no ninguno de nosotros dos.

-¿Para qué voy a molestarme si ya lo hacéis vosotros por mí?- replicó John, con una sonrisa torcida, fijando sus ojos en la tapa del encendedor.

Peter apretó la mandíbula, avanzando varios pasos hacia él, hasta que Marie lo aferró por el antebrazo con una mano enguantada. "Espera", le murmuró, al tiempo que él asentía y deshacía su camino hacia John para proseguir con aquella tarea tan mal impuesta.

-Johnny, podrías hacerlo al menos por echar una mano- le dijo ella, sentándose a su lado.

John cerró el mechero de golpe, produciéndose un sonido metálico que reverberó en la sala.

-No me va eso de echar una mano- repuso él, sin mirarla. Los días siguientes al día en que lo conoció Marie, había permanecido huraño, rehuyendo incluso a sus amigos, Kurt Wagner y Bobby Drake.

-A mí tampoco- sonrió Marie, haciendo que John alzara los ojos hacia ella por un instante-, pero ¿te has parado a pensar que quizá si nos ayudas acabaríamos antes y el castigo terminaría porque no hay más libros que ordenar?

-Puede ser- convino él, con apatía- Aunque seguramente Xavier se las apañaría para buscarnos otra cosa con la que cumplir el tiempo de castigo.

-Puede ser- respondió Marie, levantándose-, pero este castigo no ha sido tan duro después de todo. No se ha portado tan mal.

-¿No se ha portado tan mal?- reiteró John, incrédulo- Nos ha hecho perder doce horas de nuestra vida, más las otras nueve que nos quedan.

Marie soltó una risita, haciendo que Rasputin se volviera hacia ellos por un momento con la ceja alzada.

-Si te dedicaras a hablar conmigo y con Rasputin no perderías tanto el tiempo- opinó ella.

-Yo no tengo nada que hablar con ese idiota- replicó John, hosco.

-¿Y conmigo tampoco?

John la miró con fijeza.

-Podemos hacer un trato- sugirió Marie, volviendo a sentarse con las piernas cruzadas a su lado.

John dirigió sus ojos hacia ella desde lo alto de la silla, inquisitivo.

-Tú cumples con tu castigo para que yo no tenga que hacerlo en tu lugar y a cambio…- Marie calló de repente, frunciendo el ceño- Vaya. No se me ocurre nada.

-Pues fíjate que a mí sí- respondió él, con una sonrisa que despertó el recelo de Marie- Ven con nosotros a Yonkers este fin de semana.

-¿Con vosotros?- preguntó Marie, desconcertada.

-Kurt, Bobby y la acoplada de Kitty- contestó John, entornando los ojos al decir el nombre de la chica- Iremos el martes por la tarde al cine. Podrías venirte con nosotros.

-¿Por qué te interesa que vaya?- cuestionó Marie, con desconfianza.

-Me gusta romper las normas, y que otros las rompan por mí- confesó él, encogiéndose de hombros.

-¿Ir a Yonkers sería romper las normas del profesor?

-Sin supervisión de Summers o de Stormy, tal como vamos a hacer.

-¿Y por qué no vais un día que estén ellos?- inquirió Marie.

-Porque no sería igual de divertido- contestó él. Al ver la mirada que le lanzó Marie, añadió:- En realidad, no es por eso solamente. Es porque el día que llevan a todos los alumnos de excursión a Yonkers coincide con el dichoso castigo.

Marie asintió, conforme.

-Si es por eso, no me importaría ir- sonrió ella- Te confieso que nunca he ido al cine- agregó, un tanto avergonzada.

John la miró con incredulidad.

-¿Nunca?

-Nunca- respondió Marie azorada, sintiéndose violenta.

En donde había vivido antes de irse con la Hermandad no había cine y Marie jamás había salido del pueblo, por lo que no había tenido ocasión de ir. John pareció darse cuenta de que estaba incómoda, y esbozó una sonrisa un tanto forzada.

-No te pierdes gran cosa- dijo él, casi en un susurro- Las películas tienen muy mala calidad en la imagen y son en blanco y negro, como en la tele.

-Bueno, ¿qué?- irrumpió la voz áspera de Rasputin- ¿Venís a ordenar esto o no?

Marie volvió la vista hacia John, que inclinó la cabeza sabiendo que no podía librarse.

-Has hecho un trato, Allerdyce- le recordó ella, con una leve sonrisa.

El chico resopló, dirigiéndose junto a ella adonde estaban los libros.

-Estos son los de fisiología pulmonar- le informó Rasputin, lanzándole cuatro tochos que John cogió al vuelo, haciendo una mueca de dolor por lo mucho que pesaban.

-Pensándolo mejor- le dijo a Marie al oído- Creo que prefiero que no vengas al cine.

-De eso nada- respondió ella, apartándose un poco con un estremecimiento- Un trato es un trato.

-No deberías fiarte tanto de los demás, Anna- contestó John, poniendo los libros sobre un estante, haciendo más ruido del debido.

-Te tomaré la palabra- murmuró Marie, mientras hojeaba uno de los libros, fingiendo no prestarle demasiada atención. No le agradaba mucho que se acercara tanto a ella, porque la confundía, despertando sensaciones que no estaba segura de si le gustaba tener.

Sus ojos se fijaron en un párrafo, leyéndolo sin mucho interés.

"…fenómeno de la desensibilación, que consiste en un proceso por el cual, a más estímulo recibido, llegará un momento en el que el receptor dejará de emitir una respuesta a dicho estímulo…"

Cerró el libro de golpe, cuando percibió el tacto de una mano masculina a través de la tela de la manga de la camiseta que llevaba puesta, girándose con brusquedad.

-Ah, eres tú…- musitó al ver a Logan frente a ella, exhalando un suspiro.

John los miró de soslayo, mientras dejaba otro montón de libros grandes y pesados sobre una mesa.

-¿Esperabas a alguien que no fuera yo?- cuestionó él, sonriéndole de manera afable.

Marie negó con la cabeza, devolviéndole la sonrisa tímidamente.

-Ven conmigo- la instó, tendiéndole el brazo para que se apoyara en él- Tengo buenas noticias para ti, nena.

-No puedes llevártela- terció John, de forma algo torva- Todos tenemos que cumplir con el castigo.

Logan alzó una ceja al escucharle decir aquello.

-Es gracioso que seas tú el que lo diga- replicó el hombre- Todos sabemos que has estado todos estos días dejando que los demás hagan lo que tú solo deberías haber hecho.

-¿Ah, sí? ¿Cómo puedes estar tan seguro?- le espetó John, molesto- ¿Te lo han chivado alguno de estos dos?

-Te conozco…- comenzó Logan.

-Y existe una cosa llamada cámara- añadió Rasputin, obteniendo una satisfacción oscura de todo aquello.

-Buen punto- halagó Logan, volviéndose hacia Marie- Vámonos, nena. Y vosotros no esperéis hasta que vuelva para acabar con la tarea.

-¿Qué…?- trató de decir Rasputin, ceñudo.

-Órdenes del profesor- contestó Logan, encogiéndose de hombros.

Una vez que estuvieron fuera de la biblioteca, Marie ya no pudo más con la curiosidad que la corroía por dentro desde que Logan le había dicho que tenía buenas noticias.

-¿Cuáles son esas buenas noticias?- preguntó, con impaciencia.

-No diré nada hasta que no lleguemos adonde quiero llevarte.

-Por favor- insistió ella- Dime qué es lo que pasa.

-Es una sorpresa- dijo Logan únicamente, mientras subían unas escaleras que llevaban a una zona que a Marie le resultaba familiar. El parqué que conformaba el suelo daba paso a placas metálicas, que también pasaban a constituir las paredes de la casa.

-¿De quién?- cuestionó Marie, con suspicacia.

-Eso… también es una sorpresa.

-¿Cómo puedo convencerte para que me digas de qué se trata?

Logan miró con fijeza un punto más allá de la cabeza de la chica.

-No hará falta que te lo diga- respondió, señalando con un dedo más allá del hombro de ella.

El corazón de Marie latía con fuerza cuando se giró para ver qué era lo que Logan quería mostrarle; casi pareció detenerse por una décima de segundo cuando vio a Ángel al final del pasillo avanzando con la ayuda de unas muletas y con la cabeza gacha. Llevaba puesto un pijama de color azul claro, iba descalzo y Marie solo podía ver una de sus alas; supuso que la que se había dañado por su postura antinatural, torcida de una forma casi imposible. Sin embargo, lo reconoció al instante, y salió corriendo hacia él en cuanto estuvo segura de que no se lo estaba imaginando.

-¡Warren!- lo llamó, sonriendo como no recordaba haber hecho en mucho tiempo.

Los labios de Warren trazaron una pequeña sonrisa en respuesta, mientras que el chico se detenía y separaba los brazos que cargaban con las muletas para recibir su abrazo, con cuidado de no darle a Charles, cuya presencia había pasado desapercibida por Marie en un primer momento.

Marie hundió el rostro en su hombro, que afortunadamente estaba cubierto, con cuidado de no hacerle daño tocándole alguna de las dos alas.

-Estás bien- murmuró Marie, separándose algo de él, un tanto avergonzada porque la viera emocionada.

-Lo estoy, pero cojo- tosió él, aún con las manos situadas sobre los hombros de Marie-, y vivo, supongo.

Marie se volvió hacia el profesor, agachándose frente a él para poder hablarle a su mismo nivel de altura.

-Se lo agradezco, nunca sabrá cuánto se lo agradezco.

Charles sonrió enigmáticamente.

-Sí lo sé, Marie- respondió, dándole varias palmaditas en el brazo- Olvidas que tengo esto- agregó, llevándose un dedo a la sien.

Ella se levantó y se giró para mirar a Logan, quien le sonreía con los brazos cruzados y apoyado contra una columna.

-¿No se habrá enfadado con él por traerme aquí el otro día?- cuestionó Marie, dirigiéndose al profesor.

-Y yo que lo había dejado correr- contestó Charles, divertido, dando marcha a las ruedas de la silla para avanzar.

-¿De verdad?- preguntó ella, sintiéndose culpable.

-La regañina me la llevé- aclaró Logan, aunque por como lo decía, nadie diría que se había llevado ningún tipo de regañina.

-¿Puedo hablar a solas con él, profesor?- inquirió la chica, refiriéndose a Warren.

Charles asintió, haciéndole un gesto a Logan para que lo acompañase. Cuando se encontraban en el otro extremo del pasillo y Warren y Marie estaban a punto de perderlos de vista, la voz del profesor resonó en su mente. "No permitas que muera de hambre o de sed, se le ha pasado por la cabeza".

Al oír aquello, Marie no pudo evitar mirar a Warren algo enojada, justo antes de reprenderse a sí misma por tener el impulso de gritarle sobre las razones por las cuales debía dejar a un lado sus instintos suicidas.

-Ven- lo instó- Te enseñaré mi nuevo cuarto.

-¿Está muy lejos?- vaciló él- Se me cansan los brazos andando con estos armatostes- agregó, señalando con la barbilla las muletas-, y la espalda. Supongo que ya sabrás por qué.

Nuevamente, Marie lo miró, sintiéndose culpable por su estado.

-No sé cómo, pero encontraré una solución- le dijo, queriendo creer sus propias palabras- Te lo prometo.

-Sé leer tu expresión- declaró Warren, sentándose en el suelo mientras ella lo ayudaba, sin poder, claro está, apoyar la espalda contra la pared- No hace falta que busques cosas imposibles, Marie.

Ella entreabrió la boca para responderle, pero él no la dejó hablar.

-Eres una buena persona. Aprecio mucho todo lo que has hecho por mí hasta ahora. Cuando cualquiera me habría dejado a la intemperie aquel día para que muriese desangrado, tú no me abandonaste.

Marie calló, conmovida, expectante ante lo que fuera a decir.

-Pero no pierdas el tiempo tratando de arreglarme. Siempre he estado roto- admitió él con una mueca de dolor, al tratar de cambiar de postura- A pocos les gusta arreglar lo que está roto. Si hubiera una posibilidad…., no la hay. Y tú no tienes por qué buscarla.

En un principio, Marie se vio incapaz de responder a eso. De hecho, cuando quiso hacerlo, ya era tarde porque Warren había comenzado a hablar de nuevo.

-¿Sabes cuál es esa solución que tienes que encontrar?

Marie negó con la cabeza, con un nudo en la garganta.

-La solución a ti misma, encontrarte y retomar el control de tu persona- dijo él, desviando la mirada.

-No estamos hablando de mí, Warren- replicó ella finalmente-, sino de ti. El hecho de que estés así es mi culpa- Marie levantó una mano para acallarlo cuando vio que quería decir algo al respecto- Digas lo que digas y digan lo que digan, es mi culpa. No puedo retroceder al pasado, pero buscaré una forma de compensarte- prometió, asiendo una de las manos de él entre las suyas enguantadas- Yo soy una de esas pocas personas a las que les gusta arreglar lo que está roto- añadió, con una sonrisa entristecida.