Disclaimer: No me pertenece ninguno de los personajes que aparecen en este fragmento de historia.

CAPÍTULO 27. Esperanzas vedadas.

Mística caminó con sigilo hacia Magneto, con su usual contoneo. Como en otros encuentros, la persiana del estudio de Eric se encontraba cerrada, dejando entrar la luz por los agujeritos, haciendo destellar la piel azulada de Raven. Sus ojos ámbar brillaban en la penumbra como los de un felino.

-¿Me habías llamado, Eric?- preguntó la mujer, apartando varias carpetas y sentándose sobre la mesa, con el cuerpo levemente inclinado hacia él.

Él asintió, entrelazando las manos y situándolas también sobre la mesa, a unos centímetros de la pierna izquierda de Mística.

-¿Hay algo en lo que pueda servirte?- inquirió ella, con una sonrisa cautivadora.

Eric la escrutó en la sombra durante un par de minutos, antes de hablar.

-¿Qué se sabe sobre el artificio?- dijo él, finalmente.

Raven lo miró con fijeza, un tanto decepcionada; aunque no por eso dejó de sonreír.

-Casi está listo, faltan los últimos retoques- respondió ella, teniendo que fingir en parte que se alegraba por ello.

-Bien. Me gustaría probarlo antes de utilizarlo para la causa.

La mujer asintió, bajándose de la mesa para quedar a su lado, ocupando, quizá en exceso, el espacio personal de Magneto. Él solo la miró, expectante, porque sabía que quería decirle algo más.

-Eric, ya sabes lo último que falta para que funcione con el efecto que deseas- susurró ella, sus labios trazando una mueca de disgusto en la que Magneto no se fijó.

-Para poner la renovación a prueba no la necesito- replicó él, levantándose para poder mirarla desde más arriba, ya que su estatura era algo mayor que la de Raven.

-Los investigadores no tienen idea de cómo te afectará- susurró Mística, sin desviar la mirada- Puede pasarte cualquier cosa.

-La causa lo merece- repuso Magneto, implacable- Lo merece todo, y serán necesarios muchos sacrificios antes de que consigamos un mundo mejor.

-Que los hagan otros, Eric- dijo ella, acariciándole el pómulo derecho- Tú no tienes por qué sacrificarte.

Magneto la aferró por la muñeca, apartándole la mano, sus ojos gris mate clavados en los ámbares de ella.

-Si el artificio lo requiere, lo haré. No hay nada que perder y mucho que ganar.

Raven calló, percibiendo que su agarre había perdido fuerza justo antes de que la soltara.

-Si tanto te preocupa, pregúntale a tu amiguita Irene lo que pasará cuando encienda el artificio para ver cómo marcha- añadió él, con inquina.

-No necesito preguntarle a nadie para saber las posibles consecuencias- replicó la mujer, manteniéndose inalterable- Sé que ya no me consideras tu acólita, pero ¿puedo sugerirte algo?

Magneto inclinó la cabeza en señal de afirmación, expectante.

-Busca otro mutante que pueda controlar el magnetismo. Alguien que no seas tú.

-Hablas como si supusiera un problema enorme para ti que fuera yo el que empleara el artificio- declaró él, de forma poco afable.

Pese a la actitud del hombre, Mística colocó las manos sobre su torso, tratando de eliminar las arrugas de su camisa.

-Por favor, Eric. Si alguna vez…. Si alguna vez significó algo, busca a alguien más. Alguien que no seas tú.

Hubo un silencio tenso entre ambos. El brillo de la duda surgió en los iris de Magneto y se mantuvo durante unos segundos, antes de que abrazara a Mística por la cintura, acercándola a él.

-Supongo que…- susurró el hombre, sus ojos fijos en la boca de ella- por una vez nos podemos permitir fingir que significamos algo el uno para el otro.

Lo que acababa de decir afectó a Raven más de lo que esperaba. Su mirada destelló con el resplandor que precede al llanto, pero no dejó que él lo viera, sino que apresó sus labios con los suyos, casi con ímpetu.

Magneto se deshizo de todas las cosas que ocupaban su escritorio con un manotazo, tirándolas al suelo, y alzó a Raven por los muslos, sentándola sobre la mesa y colocándose entre sus piernas.

Cuando comenzó a desabrocharse los botones de la camisa, Raven separó el rostro del suyo.

-¿Cómo me prefieres?- murmuró ella, sus manos acariciándole la nuca, el nacimiento del cabello.

Magneto levantó la cabeza para mirarla.

Las facciones de Raven se fueron transformando paulatinamente, convirtiéndose en otras algo más afiladas. Primero adoptó el aspecto con el que solía mostrarse ante Marie, con piel blanca como la porcelana y brillantes cabellos negros. Al ver que él no decía nada, volvió a cambiar. El rostro tomó una forma más ovalada y los iris adquirieron una tonalidad violácea, largos tirabuzones rubios cayendo por su espalda desnuda.

-Ya sabes la forma en que te quiero- masculló Magneto, dejando las manos sobre las caderas descubiertas de ella.

La pequeña sonrisa que había estado esbozando Raven se desvaneció, sus rasgos suavizándose, su faz redondeándose, y sus ojos agrandándose, el violeta dando paso a un verde claro. El cabello castaño cayó en ondas sobre sus hombros, de un aspecto algo más frágil. La boca le empequeñeció un tanto, sus labios engordando ligeramente y su apariencia pasando a ser una más lozana y joven. La de Anna Marie D'Ancanto.

No había ya nada en Raven que la distinguiera de Marie; si alguien hubiese entrado en la estancia en aquel preciso instante hubiera pensado que aquella chica desnuda que se encontraba sentada sobre la mesa con las piernas alrededor de la estrecha cintura de Eric Lehnsherr era la mismísima Marie, que había vuelto a la casa.

-Así está mejor- sonrió él, cogiéndola de la barbilla y robándole un beso.

Raven se lo devolvió; lo único que quería era complacerlo para ganarse su favor.

El viento sacudía los ventanales con una fuerza colosal, y la lluvia aterrizaba violentamente contra los cristales, que apenas alejaban el frío del interior de la mansión.

Esa noche, Marie caminaba lo más silenciosamente que podía por los corredores de la escuela de Charles, tratando de no hacer ruido. Al ser tan tarde, no había casi nadie fuera de la cama. Al menos, Marie no se encontró con nadie de camino a las cocinas.

Era uno de esos días en los que no podía dormir. A pesar de que las sesiones con el profesor cada vez eran más intensas y agotadoras, el cansancio no la ayudaba a conciliar el sueño. Después de esas sesiones, solía ir a las clases, aunque apenas prestaba atención. Solamente le interesaban las lecciones de fisiología que enseñaba Charles, probablemente por la forma en la que lo hacía. Tras las lecciones, era la hora de la cena y después, tenía que cumplir con el castigo de tres horas en la biblioteca con John y Rasputin, que les había impuesto el profesor. Aquella había sido su rutina hasta ese mismo día, lunes, en el que el supuesto castigo había llegado a su fin.

Había estado volviendo a su habitación a medianoche durante una semana, debido a las tres horas de biblioteca, pero ahora, podría hacerlo más temprano.

Aunque estaba exhausta, no lograba dormir. Deseaba hacerlo, pero conforme las sesiones con el profesor habían ido avanzando, el fénix se presentaba en sus pesadillas. Aquella noche tenía esperanzas de no tener ninguna y poder dormir tranquila, pero para eso, tendría que conseguir dormirse primero. Por eso, iba a las cocinas a por un vaso de leche.

De todas formas, era un alivio para ella saber que, si el fénix tomaba el control de su cuerpo de nuevo, el profesor estaría allí para evitar los desastres que podría ocasionar. Eso era un punto a su favor, teniendo en cuenta que, si hubiera permanecido con la Hermandad, sospechaba que nadie hubiera impedido que causara daños. Cuando fue a ver a Magneto, se dio cuenta de que a él le daba igual; incluso parecía estar contento con la situación. Seguramente cuanto más peligroso fuera el mutante, más apto para la Hermandad le parecería a Magneto, pensaba Marie, entornando los ojos. Era un pérfido.

Abrió la puerta de la cocina, envolviéndose más con el manto de color azul oscuro que había cogido de su habitación para protegerse del frío. Las baldosas eran frías al tacto, podía percibirlo por sus pies descalzos. Estremeciéndose, avanzó hacia el frigorífico para coger un cartón de leche desnatada.

-¿Cómo es que estás despierta a estas horas?- cuestionó una voz masculina tras ella, haciendo que se sobresaltara- Son casi las tres de la mañana.

Marie tomó un vaso, antes de sentarse frente a Logan en una de las mesas y servirse la leche fría.

-Podría preguntarte lo mismo- respondió ella, señalando con la barbilla el botellín de cerveza que tenía él en la mano- ¿Qué haces bebiendo a estas horas?

Logan se encogió de hombros, reposando la espalda contra la silla.

-Cualquier hora es buena para beber- dijo, simplemente, antes de darle un trago a la botella.

-Pero no cualquier razón- replicó Marie, mordazmente- ¿Estás preocupado por algo?

Logan sonrió, dejando la cerveza a un lado.

-Ya no tengo preocupaciones por nada, nena- respondió, mirándola a los ojos- No sé si era un tipo con preocupaciones antes de perder la memoria, pero desde que tengo consciencia de mí mismo, la única preocupación que he tenido ha sido recuperarla.

-¿Ya no la tienes?- preguntó ella, después de darle varios sorbos a la leche.

-Me he dado por vencido- contestó Logan, fijando la mirada de nuevo en el botellín de cerveza- No creo que vuelva a recuperar ningún recuerdo aparte de los que tú me regalaste aquel día.

Marie frunció el ceño, pensativa.

-¿No deberías tener más esperanza, entonces?- cuestionó la chica- Lo que pasó significa que hay una posibilidad de que vuelvas a tener tus recuerdos.

Logan alzó los ojos hacia ella, con una sonrisa torcida.

-La hay, pero los dos sabemos cuál es- dijo, haciendo que ella desviara la mirada, incómoda- No creo que estés dispuesta a hacerlo posible.

Hubo un breve silencio donde la tensión en el aire podría cortarse con un cuchillo.

-Lo haría- respondió ella, al cabo-, si no supusiera hacerte daño.

-No me harás daño, nena- contestó él, con tranquilidad.

Marie se acordó de cómo Pietro solía decirle lo mismo constantemente, lo que le dejó un sabor amargo en la boca.

-Podría matarte- vaciló, apartando el vaso vacío.

-No podrías- replicó Logan- No soy como los demás, podré controlar la situación si se pone fea.

Marie se acercó a él, titubeante.

-No debería hacerlo- murmuró ella, con inquietud.

-No voy a obligarte si no quieres intentarlo- declaró Logan, poniéndose en pie.

-Por una vez que lo haga…, tal vez… no pase nada malo. O al menos, nada terriblemente malo.

Logan esbozó una pequeña sonrisa, agradecido.

-Confía en mí, no pasará.

Ella asintió, no muy convencida. Lo instó a que se sentara con las piernas cruzadas en el suelo, frente a ella.

-¿Cuál es el siguiente paso?- preguntó Logan, en voz baja.

-Dame las manos- le pidió ella, en un susurro.

Tenía miedo, mucho miedo. Pese a la incoherencia de sus actos si hacía aquello, pensaba que era lo mejor. Si había una posibilidad de que Logan supiera quién era en realidad y ella era la única que la tenía, no quería negársela. Sería egoísta por su parte hacerlo, y además él siempre se había portado muy bien con ella.

Pero era precisamente por ese hecho, porque él se había portado muy bien con ella, por lo que otra parte de Marie no quería correr el riesgo de que le sucediera algo y fuera ella la responsable. Ya había tenido suficiente con arrebatarle la consciencia a Cody y destruirle la vida a Warren. No quería tener la culpa si Logan sufría algún daño; también, en parte, porque había llegado a apreciarlo aquellos días.

Aun estando en ese dilema, sus dedos temblorosos se entrelazaron con los de él, firmes y seguros. Marie cerró los ojos al notar la corriente eléctrica que la recorrió. No resultó tan desagradable como esperaba, pero conocía bien la naturaleza de su mutación. Lo siguiente sería el dolor. Llevaba mucho tiempo entrenando con Mística y los miembros de la Hermandad, por lo que había aprendido a aguantarlo.

Pronto, ambos comenzaron a escuchar voces, entremezcladas en una cacofonía que parecía ser interminable. Sin embargo, poco a poco pudieron distinguir algunas palabras, al tiempo que un remolino de imágenes se abría paso ante sus ojos.

A pesar de la sensación tan desagradable que le provocaba el roce de Marie, Logan alcanzó a sonreír levemente, algo mareado y con los párpados cerrados.

Frente a Logan había un hombre de cabello pobre y gafas, que hablaba y hablaba sin cesar. No obstante, Logan no le prestaba mucha atención.

Una angustia y un abatimiento profundo lo corroían por dentro, tan enormes que no le dejaban pensar con claridad. Algo terrible había sucedido y Logan aún no había podido asimilarlo. Solo sabía que quería una cosa. Venganza. Y haría lo que fuera por conseguirla

-Logan, Logan- lo llamaba el hombre de la visión anterior- Escúchame. Te harás mucho más fuerte. Más fuerte que Víctor.

Logan lo miró con fijeza, de sus ojos emanando destellos de resentimiento.

-Sea- contestó Lobezno, finalmente- Inyéctame el adamantium

-Todo era una farsa, James- le decía un hombre de piel oscura y ojos afables- Nos tenían engañados. Sólo querían que matáramos a otros de nuestra misma condición.

-¿Todo… era mentira?- pudo decir él, aunque en su tono de voz se entreveía que tampoco estaba muy interesado en lo que su interlocutor le estaba diciendo.

-Todo- asintió el hombre- Sólo nos utilizaban

Logan avanzaba en la sombra, hacia el llamado Víctor, cuya existencia Logan había conocido por los recuerdos que Marie le había mostrado aquella vez cuando la abrazó en el claro del bosque que circundaba la aldea abandonada donde habían vivido Pietro y su hermana hacía muchos años.

-Has matado a Maverick- lo acusó Logan, dejando ver sus garras y apuntándole con ellas al cuello.

Víctor esbozó una sonrisa, mostrando su perfecta dentadura, en la que destacaban peligrosamente sus colmillos.

-Sí, Jimmy, la lista de tus seres queridos muertos va en aumento- se burló el hombre- Te quedan pocos, ¿lo sabías?

El odio se apoderó de Lobezno, que trató de atacarle inútilmente…

Las voces y las imágenes cesaron; Logan solamente podía oír los latidos de su corazón desbocado, que había entrado en taquicardia. Los ojos se le entornaron y comenzó a jadear, intentando que sus pulmones inspiraran oxígeno sin éxito. Sus manos resbalaron de las de Marie y su cuerpo cayó hacia delante, perdiendo la consciencia.

-¡Logan! ¡Logan!- chillaba la chica, desesperada- ¡LOGAN!

Marie lo apartó de sí, situándolo en el suelo, toda ella temblando. Se sostuvo la cabeza con las manos, despeinándose aterrorizada. "¿Qué has hecho? ¿Qué has hecho?", repetía una vocecilla espantada en su mente una y otra vez.

Apoyó el oído contra el pecho de él, pero no se oía nada. Parecía que Logan había tenido un infarto.

-No, no, no- sollozó, inmóvil por el miedo.

Entonces, comenzó a sentir un dolor atroz en los nudillos, como si le estuvieran clavando algo puntiagudo y grueso, pero por dentro. Observó, con la vista borrosa, como tres prominencias óseas le emergían de debajo de la piel que conformaba sus nudillos, cubiertas de sangre. Había adquirido los poderes de Logan, pero eso poco importaba en aquel instante. Logan se estaba muriendo y ella no era capaz de hacer nada por evitarlo.

Angustiada, colocó sus manos, una sobre la otra, en la región donde Logan tendría el corazón, y comenzó a intentar reanimarlo, como pudo, teniendo en cuenta que aquellas garras no le desaparecían, seguían estando allí. En las lecciones del profesor sobre fisiología cardiaca, les había mostrado un vídeo en el que se explicaba cómo hacer la reanimación cardiopulmonar. Claro, que una cosa era oír cómo se hacía desde la teoría, y otra cosa muy diferente hacerlo.

-¡Ayuda!- gritó, con la voz entrecortada, mientras intentaba hacer funcionar de nuevo el corazón de Logan- ¡Ayuda! ¡Que alguien me ayude!

No titubeó a la hora de hacerle el "boca a boca". Los labios de Logan estaban fríos y húmedos; Marie trató de no pensar mucho en ello. Estaba frío y su corazón no latía, iba a morir, si no estaba muerto ya. Pudiera ser que el roce de sus labios fuera más perjudicial que beneficioso, incluso letal; pero Logan había dejado de respirar y necesitaba urgentemente aire en los pulmones.

Las lágrimas recorrieron las mejillas de Marie, aterrizando en los pómulos de él y mojando los labios de ambos. Marie sintió cómo poco a poco los vasos sanguíneos de su rostro se contraían, dejándola lívida. No entendía qué estaba ocurriendo, pero el mundo a su alrededor daba vueltas y sus músculos estaban entumecidos. De pronto, a quien le faltaba el aire era a ella y un nudo ardiente ascendía por su garganta, su estómago revolviéndose y amenazando con expulsar su contenido.

Antes de saber qué había pasado, Marie cayó desmayada a un lado de Logan, al tiempo que este abría los ojos y daba una gran bocanada de aire. Ni siquiera había fijado los ojos en Marie, cuando percibió la mirada acusadora de Charles en la espalda.

-Puedo hacerme una idea de lo que ha pasado aquí, pero prefiero que me lo expliques tú.