Disclaimer: No me pertenece ninguno de los personajes que aparecen en este fragmento de historia.
CAPÍTULO 31. Nueva vida en el colegio.
En cuanto John se hubo marchado de la habitación, Marie se quedó sola nuevamente, aunque ya no lloraba. Sí, había sido una tonta fingiendo que su pertenencia a la Hermandad estaba bien, porque tampoco había encontrado un sitio mejor en el que estar ni personas que la apreciaran y que no la quisieran llevar al "lado oscuro". Sin embargo, ahora no estaba con la Hermandad de Mutantes Diabólicos de Magneto, sino con los X-men, sus enemigos acérrimos. Y no obstante, en ese momento sentía que era donde debía estar, donde debería haber estado desde el principio.
Apreciaba mucho a Pietro, pero dudaba de él y de su voluntad. Recordó aquel día cuando quiso que lo acompañara a una cafetería con su hermana, en el que todo terminó de torcerse: "¿Qué pasará si alguna vez Magneto tiene en sus manos el arma que acabaría con los humanos? ¿Lo apoyarías?" A Pietro no le había dado tiempo a responder porque Dominik había interrumpido la conversación; en aquellos momentos Marie hubiera deseado saber su respuesta más que nada en el mundo.
Estaba contrariada consigo misma, porque había creído conocerlo, había creído que era su amigo. No obstante, ahora ya no estaba tan segura de qué era lo que debía creer. Lo mismo le había pasado con Dominik; no sabía hasta qué punto había sido sincero en su amistad con ella, porque realmente nunca había sido consciente de que pudiera llegar a los extremos de asesinar a otros obedeciendo las órdenes del pérfido de Magneto.
Tampoco estaba segura en absoluto de qué pasaría en el caso de que hubiera una guerra entre los X-men y la Hermandad, de si participaría en ella y qué repercusiones tendría que eligiera un bando u otro. No se creía capaz de pelear contra Pietro, si se ponía de parte de Charles y luchaba contra la Hermandad. Por otra parte, dudaba de su utilidad en una pelea en el caso de que tuviera que enfrentarse a los miembros de la Hermandad, mucho más entrenados que ninguno de los alumnos del profesor; o al menos, eso pensaba Marie, porque nunca los había visto entrenar.
Desenvainó su antigua espada de plata, el arma que le había regalado Mística tiempo atrás, y se quedó mirándola con fijeza sin ver nada en realidad. Sería un recuerdo permanente de que había sido miembro de la Hermandad. Esperaba no tener que volver a usarla nunca más. Obviamente, a la guerra y a la Hermandad no les importaba lo que Marie esperara.
Dejó la espada a un lado y se irguió, dispuesta a hablar con Warren del asunto. Ahora que había tenido tiempo de reflexionar y de recuperarse de su tan repentino disgusto, podía poner las cartas sobre la mesa y enfrentarse a su reciente revelación. Sin embargo, antes de que abriera la puerta, ésta se abrió. Marie suspiró, apartándose y dejando que Ángel pasara. Al final, no había sido necesario que fuera en su busca; él había ido por ella.
Él tardó lo suyo en entrar, debido a sus esfuerzos constantes por mantener el equilibrio y hacer que su ala inservible cupiera por el marco de la puerta al mismo tiempo.
Compasiva, Marie se acercó a él, pasándose el brazo con el que Warren no sostenía el bastón, por encima de los hombros. Él la dejó hacer, hasta que llegaron a la cama y se sentaron el uno junto al otro.
-Puedes tumbarte si quieres- le ofreció ella, aunque en su tono había un pequeño deje de apatía- Sé que te agota caminar un pasillo entero, cuanto más venir hasta aquí desde la sala en la que estaba la televisión- añadió, con amargura.
-No, gracias- respondió Warren, serio- Prefiero hablar mirándote a los ojos. Estoy cansado, pero Lobezno me ha ayudado a recorrer la mitad del trayecto- aclaró, con el rostro inexpresivo, como solía.
-Como desees- murmuró Marie, desviando la mirada con incomodidad.
-Vi tu reacción cuando terminaron las noticias- comenzó él, hablando con lentitud- Quise ir tras de ti, pero el profesor dijo que era mejor que te dejásemos sola esta noche para que lo asimilaras. Evidentemente, no le he hecho caso.
Marie esbozó una leve sonrisa. En un principio había creído que la mera presencia de Warren aumentaría la tensión que ya sentía, pero seguía teniendo el mismo efecto tranquilizador que había tenido siempre sobre ella.
-No eres el único- susurró Marie, acordándose de John.
Sin embargo, por más que le hubiera agradado la visita de su supuesto primo a su cuarto, nunca podría agradecérselo más que a Ángel, ya que en realidad era la única persona con la que realmente le apetecía y sentía que necesitaba hablar.
-Siento que hayas tenido que darte cuenta de esa forma- continuó Warren, con la seguridad que habituaba- No recordaba que nunca te habías visto envuelta verdaderamente en las misiones de Magneto.
-He sido una tonta- reconoció ella, un tanto avergonzada- Nunca me tomé en serio que la Hermandad dedicara su tiempo a hacerle daño a los humanos. Estaba demasiado bien con vosotros, como para querer profundizar en el tema.
Hubo un silencio breve antes de que Marie siguiera hablando.
-Dios, nunca pensé que Dominik utilizaría sus poderes para matar a nadie- agregó, cubriéndose la cara con las manos- Dime que tú no eres un asesino como él.
-¿Estás segura de que soy yo el que quieres que te responda a eso?- replicó Warren, mordazmente- Pronto, podrás preguntárselo a Pietro, cuando regreses con Magneto. Aunque ahora que lo pienso…, no parece que te apetezca demasiado volver con él ahora mismo.
Marie se mordió el labio inferior, con tristeza e indecisión.
-No te voy a negar que me importe si Pietro es un asesino o no, porque además de mentirte a ti, me estaría mintiendo a mí misma- dijo ella, finalmente- Pero ahora, respóndeme, por favor. ¿Lo eres tú?
Warren la miró fijamente antes de contestar.
-No, pero me hubiera gustado matar a alguno alguna vez- Marie supo que se refería a los humanos, por su tono desdeñoso y semblante afligido-; por eso, no soy menos culpable que Dominik.
-Pero no lo hiciste- repuso ella, con un suspiro de alivio mal disimulado- ¿Por qué?
-Nunca tuve la oportunidad- respondió él, haciendo un mohín.
-Nunca me has hablado de ello- recordó Marie, bajando la voz- Nunca me has hablado de todas las cosas que te hicieron para que los odiaras tanto.
Warren cuadró los hombros, frunciendo el ceño. Marie sabía que acababa de dar un paso del que quizá deseara retractarse después, pero lo hecho estaba hecho. Warren tenía que soportar constantemente todo el tormento de su pasado él solo, y Marie lo conocía lo suficiente como para percatarse de que podía haberlo molestado preguntándole acerca de ello.
-Quiero seguir manteniendo tu amistad- contestó Warren, también en voz baja- Eres la única amiga que me queda y tú has hecho que fuese más fácil acercarme a alguien más que no fuera yo mismo. Si sincerarme contigo, significa perderte, entonces preferiría no hacerlo.
A Marie le costó recuperar el aliento después de escucharlo confesar aquello. No pudo evitar colocar una mano sobre la de él. Su calidez la reconfortó un poco; nunca hubiera pensado que aquellos guantes que llevaba puestos transmitieran con tanta fidelidad el tacto del dorso de la mano de Ángel. Era tan suave… Entonces, se fijó en que él inclinaba la cabeza, fijando los ojos en donde ella había situado su mano sobre la de él. Marie siguió el trayecto de su mirada, y soltó un gritito ahogado al percatarse de que sus manos estaban desnudas; había olvidado que se había quitado los guantes antes de que Ángel viniera a su habitación.
Marie apartó la mano tan rápido como pudo, como si le hubiera dado un calambre.
-Lo siento, lo siento…- se disculpó ella, compulsivamente.
-No, espera.
Antes de que pudiera impedírselo, Ángel tomó sus manos y las agarró con fuerza, sin permitirle soltarse.
-¿Qué haces?- le espetó Marie, con desesperación- ¡Puedo matarte!
-Tranquilízate. Calla y espera.
Marie obedeció, rígida. Intentó no pensar en la vocecilla de su cabeza que no dejaba de importunarla, recordándole que Warren podría utilizarla como vehículo para suicidarse. Cerró los ojos con fuerza, pero ninguna sensación desagradable acudió a ella como en las otras ocasiones en las que había mantenido contacto físico con otros, y el remolino de imágenes acompañadas de voces distorsionadas, anunciando la visión de alguno de los recuerdos de Warren, tampoco se abrió paso en su mente.
-¿Lo ves?- sonrió él levemente- No pasa nada. Estás bien, estoy bien. No entiendo cómo no te has dado cuenta antes. En cuanto me hubieses tocado, nos hubiera dolido a ambos, pero no sucedió. Y ahora tampoco sucede.
-Pero… ¿cómo?- pudo decir Marie, maravillada. No sabía por qué en ese momento no estaba absorbiendo a Warren, pero quería disfrutar del tacto de sus manos durante unos minutos más.
No conseguía recordar haber tocado a nadie sin sentir dolor, así que quería aprovechar todo lo que le fuera posible. Warren la dejó hacer, esbozando una pequeña sonrisa. Sabía lo que Marie apreciaba algo tan simple como tocar a otros, algo de lo que los demás casi ni siquiera eran conscientes cuando lo hacían.
La miró, pensativo. No habló hasta que no se le ocurrió una respuesta coherente.
-¿Te has echado algo en las manos?- preguntó él, finalmente.
Marie le devolvió la mirada, sorprendida.
-Crema hidratante- respondió- ¿Cómo lo has sabido?
-Porque tendría sentido que las consecuencias de tu mutación no tuvieran lugar si una película aislante recubriera tu piel- contestó Ángel, encogiéndose de hombros- Quizá si te toco en la cara, donde no te habrás dado la crema, pase lo mismo de siempre.
Ella frunció el ceño. Tal vez aquello de que pudiera tocar sin sufrir dolor alguno y sin provocarlo fuera temporal, pero le había dado una esperanza, aunque fuera mínima. ¿Y si pudiera tomarse un fármaco con los mismos efectos de la crema? Enseguida desechó la idea. Seguramente los efectos solo serían locales, pero al menos, podría tocar a otros con sus propias manos, sin necesidad de guantes ni de ninguna otra barrera por en medio.
-¿Crees que si utilizara maquillaje funcionaría igual si rozara a alguien con mi cara?- inquirió Marie, al cabo.
Warren alzó una ceja, divertido.
-No pierdes nada por intentarlo- respondió- En cuanto mantengas el contacto y tengas la sensación de dolor, siempre puedes apartarte- Ángel se puso en pie con dificultad- Lástima que Pietro no esté aquí para…
-Nunca hubiera esperado ese tipo de comentarios por tu parte, Warren- lo cortó Marie, adquiriendo un semblante triste-, pero tienes razón. Es una lástima.
-Lo echas de menos- dijo él. No era una pregunta, sino una afirmación.
-Eso ya no importa- respondió Marie, poniéndose en pie ella también- Probablemente no vuelva a verle, o si lo veo, no me alegraré tanto como me hubiera alegrado antes de hoy.
-Antes has dicho que no dirías algo con lo que te mintieras a ti misma- replicó Warren, con una media sonrisa- No lo hagas ahora- añadió, dándole la espalda y cogiendo el bastón para encaminarse a la salida.
-Espera, que te ayude- se ofreció ella, al cabo- Es un largo camino hasta tu cuarto.
-Será mejor que te quedes- contestó Warren- Lobezno me ayudará, está al otro lado del pasillo. De todos los idiotas que viven aquí… parece el que más se preocupa por ti.
Antes de que Marie respondiera, él siguió hablando.
-Probablemente en un futuro, necesites aliados fuertes. Él puede ser uno- agregó, antes de cerrar la puerta a sus espaldas.
Marie lo siguió, abriendo la puerta de nuevo un tanto y asomando la cabeza por la abertura, viéndolo marchar.
Tal como acababa de decir Ángel, al final del corredor se hallaba Logan, esperándolo. No le pasó desapercibida la mirada de Marie desde su cuarto y fijó sus ojos en ella, devolviéndosela, y guiñándole uno, antes de que Warren llegara hasta él y lo cargara en brazos para llevarlo a su cuarto.
Marie sonrió débilmente, sin saber hasta qué punto Warren tenía razón en todo lo que le había dicho en aquella ocasión.
-Llegó la hora- anunció Magneto, colocándose el casco que solía llevar siempre que salía de sus aposentos, como iba a hacer a continuación.
Pietro asintió, sus ojos inexpresivos, mientras lo acompañaba por las escaleras, junto con Sapo.
-Estás muy callado hoy- observó el hombre; aunque no parecía en absoluto que le importasen las razones del chico para mantener silencio.
-¿No están quejándose siempre de que hablo por los codos?- le espetó Pietro, molesto- Para una vez que hago caso de las quejas…
Magneto esbozó una sonrisa cínica en respuesta, terminando de bajar los escalones y caminando hacia una puerta pequeña y oscura que llevaba al garaje.
-¿Qué me has traído para probar el artefacto, Mortimer?- inquirió Eric, torciendo el rostro hasta el supuesto Sapo y dándole al interruptor al mismo tiempo para que las luces iluminaran el garaje vacío.
¿He dicho vacío? Quise decir vacío, salvo por una extraña máquina conformada por dos asientos rodeados por aspas de arriba abajo unidas en su parte superior por una placa metálica. Uno de los asientos tenía esposas y cadenas fabricadas también con metal.
-Puedes estar tranquilo, mi señor- respondió él, mientras se dirigían hacia aquella máquina tan extraña- Te he conseguido un mendigo; nadie lo echará en falta.
-Buen trabajo- halagó Magneto, dándole dos palmaditas en la espalda- Deja que lo vea.
Mística se dirigió hacia uno de los lúgubres recovecos de la estancia, aún en su disfraz, pensando que, si Eric se había atrevido a tocarla en aquella forma, se debía a que tenía un grueso guante de cuero. Lo conocía lo suficiente como para saber que le asqueaba sobremanera aquel mutante que había tenido como mano derecha durante tan poco tiempo.
Entretanto, Pietro se mantuvo al lado de Magneto, examinando toda la sala con curiosidad, hasta que sus ojos azules se detuvieron en Sapo y en el mendigo al que se había referido este con anterioridad.
Se trataba de un hombre anciano, que parecía atormentado por algún tipo de enfermedad y que ni siquiera era capaz de mantener los párpados abiertos. De su boca entreabierta caía un fino hilillo de saliva, y el olor entremezclado del tabaco y del sudor no tardó en llegar en oleadas hacia sus fosas nasales; Pietro no pudo evitar llevarse una mano a la nariz, repugnado y ceñudo.
Le parecía extraño conociendo la crueldad de Sapo, que se hubiera decidido por alguien así, cuya sentencia de muerte parecía estar firmada hacía ya mucho tiempo. No era propio de él; Pietro había pensado que se decantaría por un humano mucho más joven y con salud, debido precisamente a que, al utilizar aquel artefacto, como lo había llamado Magneto, lo más seguro fuera que terminara muerto.
Por otro lado, también le extrañaba que en aquellos días que habían transcurrido desde el ataque al centro comercial, no le hubiera dedicado siquiera una mirada de desprecio como acostumbraba, o alguna mueca desdeñosa. Más bien lo miraba con indiferencia.
Magneto chasqueó la lengua, ante un Sapo expectante.
-Creo que hubiera preferido otro espécimen- dijo, finalmente- En este resultará difícil apreciar las mutaciones, si es que se producen.
-Al contrario, mi señor- respondió el supuesto Mortimer- Es viejo y en él arraigarán mejor las posibles mutaciones.
Eric frunció el ceño, algo desconcertado. No había esperado que Sapo le contestara, y tampoco de esa manera. Él no tenía ninguna clase de conocimientos científicos; dudaba que supiera leer siquiera. Parecía haberle respondido con una seguridad y una firmeza que no le correspondían, de las que llegó a sospechar. Sin embargo, en aquel momento tenía otras cosas más importantes en las que pensar.
No obstante, Pietro estaba bien atento a todos los movimientos de Sapo, y no tardó en darse cuenta de que algo no encajaba en él. No parecía ser el mismo de siempre. Se abstuvo de hacer comentarios al respecto, mientras agarraba al mendigo por un brazo, mientras que Mística lo agarraba por el otro. En cuanto acabara todo aquello, se daría una buena ducha.
A pesar de la situación en la que se encontraba, el anciano ni siquiera hizo el amago de desasirse y sus facciones tampoco dejaron ver que tuviera intenciones de escapar; parecía resignado a su destino. Pietro pensó que el mendigo sabía que más temprano que tarde moriría, por lo que seguramente todo aquello le traía casi sin cuidado.
Magneto se sentó sobre uno de los asientos de la máquina, cuyas aspas comenzaron a girar a una velocidad vertiginosa, aunque aún así, no se podría comparar con la de Pietro. Conforme la velocidad aumentaba y conforme las aspas se movían más y más, emitían una luz azulada cada vez más intensa. Eric echó la cabeza hacia atrás, cerrando los ojos, concentrado.
Pietro miró a su alrededor, inquieto, en busca de algún metal que estuviera siendo lanzado hacia donde se encontraban Sapo, el mendigo y él. No obstante, el garaje estaba totalmente vacío, lo único metálico que había era el artefacto en cuyo interior se hallaba Magneto. Por tanto, el muchacho supuso que lo que estaba haciendo era crear un campo magnético de la nada.
Efectivamente, eso estaba haciendo Magneto, con la ayuda de la máquina. Mística pensó que no le importaba nada lo que le había dicho aquel día sobre que buscara otro mutante que hiciera aquello en su lugar; estaba empeñado en ser el héroe que defendería a todos los mutantes y enviar a otro con poderes similares a hacer lo mismo suponía que, aunque todo hubiera sido idea suya, los méritos recaerían sobre el que cumplía con sus órdenes. Había traicionado su confianza, la que ella había depositado en él cuando le había permitido acostarse con ella esperando que, a cambio, hiciera caso de sus súplicas. Estaba claro que a Magneto no le importaba lo que Mística pensara, que estaba desquiciado; sólo podía pensar en la gran causa y en su papel en ella. No pudo evitar que sus ojos relampaguearan con furia por instante, aunque lo suficiente como para que Pietro se percatara de ello. Por una décima de segundo, un destello ámbar había emanado de los iris negros de Sapo; pero Pietro no era solo rápido corriendo, también lo era en reflejos.
Volvió la vista al frente, confuso, justo en el momento en que el campo magnético llegaba hasta ellos y se expandía por el resto del garaje y de la casa. Aquello solo podía significar una cosa: el Sapo que tenía frente a él no era el verdadero.
Entonces, la tensión cesó, el azul que lo cubría todo se desvaneció dando final al campo magnético que había creado Eric, y este último desfalleció sobre el asiento que había estado ocupando en la máquina.
Para confirmar las sospechas de Pietro, Mística no pudo evitar soltar al mendigo y hacer un ademán de salir corriendo hacia él, pero a la primera zancada, cayó en la cuenta y comenzó a andar como lo haría Sapo, apáticamente y a saltitos pequeños.
Pietro dejó al mendigo a un lado, sabiendo que, aunque estuviera consciente y quisiera huir, no podría hacerlo. Observó por un momento que uno de los brazos de aquel desgraciado parecía más largo que el otro, casi le llegaba a la altura de la rodilla; demasiado largo para ser natural. Así que en aquello consistía la mutación del viejo determinada por el campo magnético de Eric, pensó con decepción, antes de ir hasta la máquina donde el supuesto Sapo trataba de reanimar a Magneto.
Permaneció algo apartado, mirando la máquina más de cerca, con recelo. Contempló el asiento derecho, aquel en el que Magneto no se había sentado, aquel que tenía esposas. Era algo más pequeño que el otro y una de las esposas estaba encadenada al asiento izquierdo.
Fingiendo no prestar atención, escuchó lo que hablaban Magneto y su mano derecha entre susurros.
-¿Estás bien, mi señor?
-Necesita más potencia o acabará matándome- respondió Magneto, con esfuerzo- Por suerte, tenemos a la chica.
Antes de que Sapo pudiera responder, Pietro intervino en la conversación, sin poder reprimir el impulso.
-¿Qué chica?- preguntó, suspicaz.
-No es de tu incumbencia…
-Déjalo, Mortimer- lo cortó Magneto, haciendo un gesto con la mano para quitarle la importancia al asunto- Pícara, por supuesto.
Sus palabras dejaron helado a Pietro, aunque su expresión permaneció imperturbable.
-Te dije que volvería a nosotros tarde o temprano- añadió Eric, mirándolo sin mucho interés.
Pietro le dio la espalda, dirigiéndose a las escaleras que llevaban a la casa.
-Yo no estaría tan seguro de eso- masculló, antes de añadir en voz alta- Tu artefacto ha funcionado, échale un vistazo al anciano. Aunque no sé si ha funcionado como querías y además de mutado, lo querías muerto. Creo que ha dejado de respirar- fue lo último que dijo antes de desaparecer escaleras arriba.
