Disclaimer: No me pertenece ninguno de los personajes que aparecen en este fragmento de historia.

CAPÍTULO 32. Permuta.

Faltaban dos semanas para junio, y ya habían pasado varios días después de que Marie descubriera las ventajas de echarse crema hidratante en las manos. Cuando se lo contó al profesor, este se alegró por ella, a pesar de lo ocurrido en el centro comercial y a pesar de que muchos en la escuela creían que Marie se había compinchado con la Hermandad para arriesgar las vidas de Allerdyce, Drake, Wagner y Pryde; nada más lejos de la realidad. Entre estos últimos, se encontraba Scott Summers, que sin necesidad de decir nada y con solo una mirada airada, logró que Marie solo fuera a una de sus clases de matemáticas y que nunca más volviera. El desprecio que Summers le tenía no le quitaba el sueño, sin embargo.

En realidad, las únicas lecciones que le gustaban aparte de las de fisiología de Charles, no se impartían en ninguna clase; sino en sus ratos libres o en los simuladores con grupos pequeños de estudiantes, de los cuales Logan y Ororo estaban pendientes.

Tras la primera ocasión en la que visitó un simulador, se pasaba las horas deseando que llegara el momento de la próxima simulación. Aquello era mucho mejor que los entrenamientos a los cuales la había sometido Mística a diario. Se trataba de estancias rectangulares, amplias y diáfanas que cambiaban de forma según la simulación fuera programada. Se creaban objetos punzantes que tenían que esquivar, o robots que simulaban los poderes de algunos estudiantes. De esa forma, los alumnos aprendían a defenderse en el caso de que en verdad se produjera una guerra contra los humanos.

Aunque, a decir verdad, muy pocos se atrevían a decir esa palabra. "Guerra". John decía continuamente que por mucho que encubrieran la expresión con otras o trataran de evitarla, no por eso las cosas iban a cambiar. Marie se pasaba horas escuchándolo, durante los almuerzos y las clases que compartían. En los momentos en los que no estaba con ellos el resto de sus compañeros más allegados, como Bobby, Kurt y Kitty. Según John, ellos formaban parte del grupo que se empeñaba constantemente en creer que los humanos y sus armas no existían.

Un día en el que el sol comenzaba a ponerse, tanto Marie como John se encontraban bajo un sauce, algo alejado de la escuela, pero aún en su recinto.

-El idiota de Summers pretende que a partir de ahora trabaje por las tardes para regalarle el sueldo y así pagarle un nuevo coche- decía John, mientras dejaba que el brazo desnudo de Marie rozara el suyo con suavidad.

En el tiempo que llevaba en la escuela, Marie había descubierto que era capaz de controlar un tanto sus poderes, debido a las clases de fisiología. Por eso no se perdía ninguna. De hecho, eran las únicas lecciones a las que acudía Ángel.

En una de esas clases, tuvo una revelación. Cuanto más tocaba a la misma persona, más tardaba en aparecer el dolor acuciante característico de su tacto, pero podía mantener los poderes de la otra persona durante un corto lapso de tiempo sin debilitarla. Aquello había supuesto un logro enorme para Marie, que albergaba esperanzas de que alguna vez pudiera controlar a quién hacía daño y a quién no, mediante el contacto físico. También había ayudado en ello el hecho de que avanzara en las sesiones con el profesor, y el fénix le dejara más espacio.

Como estaba la mayor parte del tiempo con John, se había acostumbrado a él y el chico le había dado total libertad para probar las capacidades de sus poderes con él. No dejaba de ser una experiencia nueva para ambos; John podía compartir su mutación durante unos minutos con Marie, y Marie podía mantener los dones de él sin dañarlo.

En aquel momento, Marie jugueteaba con una pequeña llama de fuego, escuchando a John distraídamente.

-Summers es un tieso- respondió ella, que no solía insultar a nadie ni hablar mal de otras personas, pero Scott y su actitud hacia ella la enervaban hasta límites insospechados- ¿Vas a hacerlo?

-Claro que no. ¿Crees que me drogo?

Marie esbozó una pequeña sonrisa, antes de responder, aun con los ojos fijos en el fuego, que ahora manejaba John a su antojo, como si fuera papel y tuviera que darle forma.

-Detesto decir esto, pero quizá tenga razón al querer que le compres un coche nuevo con lo que te paguen en el supuesto empleo- suspiró Marie, apoyando la espalda contra el tronco y desviando la mirada hacia el cielo anaranjado- Ten en cuenta que te llevaste el suyo y lo destruyeron. Si no lo hubieras hecho, no lo hubieras privado de transporte.

John soltó una carcajada desdeñosa, atrapando el fuego en su puño derecho y prestándole el mechero a Marie con un "te toca", antes de proseguir con la conversación.

-No hubiera tenido que utilizar su coche si tuviera uno propio, y tampoco lo hubiera tenido que coger si Xavier no nos hubiera castigado y no nos hubiéramos perdido la excursión- replicó él, prestando atención a cómo Marie hacía que la llama creciera un poco, antes de hacerla disminuir un tanto otra vez.

-Por esa regla de tres, la culpa la tiene Daniels por comenzar el altercado por el que nos castigaron- dedujo Marie, provocando que el fuego adquiriera el contorno de una hoja, igual que las de los otros árboles que poblaban el jardín de la Mansión X.

-Exacto- asintió John, satisfecho- Levanta la mano de esta manera- le indicó, torciendo la muñeca derecha hacia delante y elevando levemente la punta de los dedos.

Marie lo imitó con vacilación, haciendo el mismo movimiento con la mano izquierda.

La llama subió por encima de sus cabezas, dirigiéndose hacia las ramas del sauce. Había dejado de ser controlada por Marie.

-¡Vamos a quemar el árbol!- se escandalizó ella, poniéndose en pie con diligencia.

-No, voy a quemar una de sus ramas- contrarió él, maliciosamente- De ti depende que el fuego no se extienda hacia el resto.

Marie lo miró con desagrado durante un breve período de tiempo, antes de volver el rostro hacia donde se encontraba la rama en peligro. Todo aquello podía parecer retorcido a los ojos de cualquiera que llegara en aquel momento, pero Marie sabía que John la estaba enseñando a controlar la piroquinexia.

Levantó el brazo en dirección a la llama, pensando con todas sus fuerzas que quería que se apagara. No obstante, a pesar de que el fuego se detuvo y no quemó nada más aparte de la primera rama a la que había llegado, la llama no se extinguió.

Marie se volvió hacia John, quien la miraba dedicándole una sonrisa felina.

-¡Eres un tramposo!- lo acusó ella, dejando de prestarle atención al fuego, que se mantuvo en el mismo sitio pero todavía sin apagarse.

John levantó las palmas, en señal de rendición; a pesar de ello, la llama seguía ahí. Marie pensó que su dominio sobre el fuego era envidiable; ni siquiera le hacía falta mirarlo para ejercer el control sobre él.

-Yo no estoy haciendo nada- rió él, sacudiendo la cabeza.

-Mentiroso…

-Esa es una acusación muy grave- se burló John, aún sentado bajo el sauce. Chasqueó los dedos y el fuego desapareció, pero la rama abrasada siguió allí, con los colores negro y gris de la ceniza- Me basta con que al menos seas capaz de hacerme frente.

Marie bufó, algo exasperada.

-Eso no es justo- lo recriminó ella- No he podido apagarlo porque tú lo mantenías encendido.

-Si me absorbes por completo, ya no tienes ese problema- replicó John, divertido, encogiéndose de hombros- Claro, que entonces acabaría el juego.

Hubo un breve silencio, antes de que John volviera a romperlo.

-Haríamos un buen equipo en la guerra.

Marie le regaló una sonrisa, y se disponía a contestar, cuando ambos oyeron unos pasos cercanos.

En cuanto vio que no era un profesor ni nadie que les fuera a inculpar por haber maltratado al pobre sauce, sino sólo Kitty, John desvió la mirada, molesto.

La chica venía con la cabeza gacha y se retorcía las manos, con nerviosismo.

Marie la miró con el ceño fruncido. Desde el día en que la Hermandad de Mutantes Diabólicos de Magneto acabó con el centro comercial aquella ocasión en la que querían ir a ver una película, Kitty no le había dirigido la palabra ni mirado a los ojos.

Marie se había sentido decepcionada con ella, ya que creía que se estaban empezando a llevar bien y casi la consideraba una amiga, cuando sucedió aquello. Se desilusionó cuando comenzó a mostrarse indiferente con ella, exceptuando quizá las ocasiones en las que se la encontraba en los pasillos, que la saludaba con un gesto casi apático. Marie llegó a pensar que Kitty empezaría a tratarla como aquellos alumnos que creían, al igual que Scott, que aún mantenía contacto con la Hermandad y que había querido que Bobby, Kurt, John y ella estuvieran en Yonkers aquel día en que se produjo el atentado. Sin embargo, Kitty no había llegado a esos extremos.

Además, recordaba perfectamente el sabor amargo de su discusión acerca de las pretensiones de la Hermandad al lado de la fuente, justo antes de que tuvieran lugar los terremotos ocasionados por Dominik.

-Anna, ¿podemos hablar?- le preguntó ella, con un hilo de voz, casi con timidez.

-Tendrás que ponerte al día con ella, ¿no?- le espetó John, levantándose y situándose al lado de Marie- Llevas casi más de una semana fingiendo que no existe.

Kitty inclinó la cabeza aún más si cabía y cerró los ojos, sintiéndose culpable. Cuando ya se daba la vuelta para marcharse, Marie la llamó.

-Espera- le dijo; no se consideraba una persona demasiado rencorosa y se tenía a sí misma por alguien educada- No seas tan duro con ella.

-Nos vemos en la cena- refunfuñó John, guardándose el mechero en uno de los bolsillos de sus vaqueros.

Dicho eso, se dispuso a regresar a la escuela, dejando a las dos chicas solas.

-Lo siento mucho- dijo entonces Kitty, alzando un poco los ojos para mirarla- Allerdyce tiene razón; ojalá no me hubiera comportado contigo de la manera en la que lo he hecho estos últimos días.

Marie la miró con expectación, sabiendo que aún le quedaban cosas por decir, pero que se tomaba su tiempo.

-No me arrepiento de todo lo que dije sobre la Hermandad, porque es cierto- prosiguió, recibiendo una mirada afligida por parte de Marie- Pero, por favor, perdóname por haberte hablado de esa forma. No pretendía hacerlo, me alteré…

-No pasa nada; yo tampoco te hablé demasiado bien- sonrió Marie, con tristeza- Siento que las cosas fueran de esa manera.

-No fue culpa tuya- respondió Kitty, devolviéndole la sonrisa, y borrando todo vestigio de duda que quedara en Marie acerca de si ella también era de las que pensaba que los había traicionado-, sino de ellos- añadió, apretando los labios por un instante, y volviendo a sonreír después- ¿Amigas otra vez?

Marie esbozó una sonrisa sincera, colocándose el guante y tendiéndole la mano para hacer las paces.

-Amigas otra vez- susurró, contenta.

-¿Qué hacías con Allerdyce?- le preguntó Kitty, con curiosidad, mientras regresaban a la escuela.

-Compartir dones- respondió Marie, alegre.

-¿Sin absorberlo?- cuestionó Kitty, alzando las cejas con sorpresa.

-Sin absorberlo casi nada. He aprendido muchas cosas en esta semana.

Kitty desvió la mirada, con disgusto. Marie sabía que estaba pensando que era una lástima que ella no hubiera estado a su lado para verlo.

-No te preocupes, Kitty. Tarde o temprano te enterarías de que hay dos pirómanos en el colegio.

La chica sonrió un poco, pero nuevamente la tristeza cubrió sus facciones.

-En realidad, deseaba hablar contigo desde hacía tiempo- admitió, sin mirarla directamente-, pero no se me ha presentado oportunidad hasta ahora.

-¿Qué pasa?- le preguntó Marie, algo preocupada al oírla hablar con ese tono- ¿Estás bien?

-Sí, pero… no sé- vaciló Kitty- Tengo que contarte una cosa.

-¿Qué?

Kitty se mordió el labio inferior, pensando cuál podría ser la mejor forma de abordar aquel tema.

-Tú conocías al hombre que sacaron en las noticias cuando volvimos de aquel desastre, ¿verdad?

Marie le devolvió la mirada, acongojada.

-Dominik- musitó, al cabo- Era mi amigo. No tenía idea de que haría cosas tan terribles para obedecer a Magneto…

-Yo lo vi- la cortó Kitty, ganándose toda su atención- Estaba allí, en el centro comercial.

-¿Cuándo? ¿Yo estaba?

Kitty negó con la cabeza, en silencio.

-Fue cuando ese gran trozo de cemento cayó entre nosotras y nos separó- contestó ella, desviando los ojos hacia el suelo; de pronto, le parecía muy interesante- Estaba allí, de pie, él solo. Parecía distraído, pero ahora sé que solo estaba concentrado en provocar el maldito terremoto. Lo salvé, Anna. Estuvo a punto de morir y lo salvé.

Marie la miró detenidamente, estudiando su expresión de desconcierto entremezclado con angustia y algo más que no supo distinguir.

-¿Te arrepientes?- cuestionó, finalmente.

Pese a lo que cabría esperar, Kitty tardó un par de minutos en responder. Justo cuando Marie comenzaba a creer que estaba tan ensimismada que no la había oído, Kitty alzó la cabeza y la miró. A Marie le pareció que lo hacía como si fuera una niña pequeña que estaba perdida. Entonces, comenzó a hablar despacio, como si le diera miedo decir algo que no debiera.

-No lo sé- contestó Kitty, confundida- Él solo estaba allí y yo creí que hacía lo correcto evitando que muriera. De todas formas, después de que impidiera que una pared acabara con él, el terremoto cesó y ya no creo que hubiera ni más muertos ni más heridos.

-¿Te dijo algo?- inquirió Marie, desolada.

No había tenido ninguna visión aquel día; Pietro y Dominik se habían encontrado a unos metros de ella. Si los hubiera llamado… si hubiera corrido tras ellos más deprisa… si tan solo no hubiera hecho caso de la mujer de la tienda de deportes… Pero ya no tenía caso que le diera vueltas a ese asunto. No podía regresar al pasado y cambiar las cosas.

Kitty frunció el ceño, tratando de recordar.

-Nada importante- respondió, al cabo- Solo me dijo gracias y me indicó donde estaba la salida cuando se lo pregunté. La verdad es que parecía un tanto desubicado. Debí haberme dado cuenta de lo que pasaba.

-No hubieras podido hacer nada, Kitty.

-Hubiera podido no ayudarlo- replicó ella, cruzándose de brazos.

-Si como dices el terremoto cesó inmediatamente después de que lo rescataras, ya no hubo más muertos ni heridos- razonó Marie- Dejándolo morir no ibas a resucitar a los inocentes que habían muerto por su culpa.

-Pero hubiera podido rescatar a los futuros inocentes que morirán por su culpa- respondió Kitty, mordazmente- Anna, sé que seguramente lo apreciabas, pero eso no cambia que sea un asesino.

Marie asintió con tristeza.

-Es cierto- reconoció ella, en un susurro- Nunca me hubiera podido imaginar que mataría. Me parecía una buena persona.

-A mí también me lo pareció cuando lo vi en ese momento- admitió Kitty- Espero que no hiera a más personas inocentes, porque no podré evitar culparme de todas las atrocidades que cometa a partir de ahora.

-No las cometerá porque tú le hayas salvado la vida- objetó Marie, casi con perplejidad- Tiene libertad de elección; si no quisiera hacerlo, no lo haría. Y ante eso, nosotras no podemos hacer nada de momento.

-De momento- asintió Kitty, y de repente su cara se iluminó, mientras entraban en las cocinas, abarrotadas de estudiantes que se servían lo que les parecía para cenar- Hablemos de temas más agradables. ¿Ya tienes pensado qué te vas a poner para el baile de primavera?

Marie estuvo a punto de soltar una risotada, ante su cambio de tema tan repentino.

-Es posible- dijo, recordando el precioso vestido que se había comprado el día del atentado al centro comercial- ¿Cuándo es?

-La última noche de mayo- respondió Kitty, casi inmediatamente, mientras cogía dos huevos de la nevera, indicándole que le iba a freír uno.

-Ese es el día antes de que nos lleven a registrarnos, ¿no es verdad?

Kitty la miró, incrédula.

-¿Cómo puedes saber la fecha del registro y no la del baile? Juntarte tanto con Allerdyce no te viene bien.

-¿No habrá que llevar pareja ni ningún rollo por el estilo?- preguntó entonces Marie, con recelo.

-Puedes ir con quien quieras- respondió Kitty, sacando dos platos de un armario-, incluso sola, si lo prefieres. Aunque eso sería muy triste.

Marie suspiró, desilusionada. Era en aquellos momentos cuando más se acordaba de Pietro.

-¿Con quién vas a ir tú?- le preguntó, interesada.

-Con Kurt- sonrió Kitty, con un brillo alegre en los ojos- Se va a vestir de blanco para ir a juego con el color de mi piel, y yo haré lo propio para ir a juego con el color de la suya. Así que me tendré que buscar algo azul oscuro.

Marie sonrió casi distraídamente, mientras le daba un pequeño mordisco a la manzana que acababa de sacar de una de las neveras.

-Estupendo- murmuró, apáticamente.

Estando sola, aquella noche sería un incordio; vería a todas las chicas ir de la mano con su pareja mientras ella se quedaría sentada bebiendo ponche y mirando el reloj para ver si llegaba la hora de que la fiesta acabara.

-Podrías pedírselo a Allerdyce- sugirió Kitty, apartándose un poco de la sartén para que no le salpicara el aceite- Estoy segura de que no le importaría llevarte.

-No creo que quiera ir- repuso Marie, con sinceridad.

Si Ángel no estuviera tan débil- por su culpa, para colmo-, quizá podría ser su pareja si insistía mucho. Sin embargo, no lo vería muy probable ni el caso de que se encontrara en perfectas condiciones. No era el tipo de persona a quien le gustaran las frivolidades.

Lejos de allí, Pietro se hallaba sentado sobre una gran rama del árbol en el que solía dormir Sapo, escuchando música con los auriculares y observando su reloj de pulsera cada cierto tiempo.

Ya eran altas horas de la noche cuando la voz de alguien desde el suelo le hizo quitarse los cascos. Ceñudo, Pietro ladeó el rostro hacia donde procedía la voz, descubriendo a Alex, uno de los nuevos miembros de la Hermandad que había provocado una gran explosión en el centro comercial hacía pocos días.

-¿Dices algo?- inquirió, alzando una ceja al ver de quién se trataba.

-Digo que qué haces ahí, si puede saberse- respondió el chico, subiendo por el árbol con agilidad, hasta llegar junto a Pietro.

-¿Te interesa especialmente?- replicó Pietro, mientras apagaba la música con una ligera mueca.

-Especialmente no- contestó Alex, encogiéndose de hombros- Es que aquí no hay nada mejor que hacer. Me aburro en esta casa. Cualquier cosa por muy absurda que sea que te entretenga, estoy interesado en conocerla.

Pietro soltó una pequeña carcajada, que le salió ronca debido al tiempo que hacía que no reía; era como una guitarra desafinada y llena de polvo.

-Estoy esperando a que venga Sapo- respondió Pietro finalmente- Duerme aquí.

Alex lo miró, ceñudo.

-No duerme aquí- contrarió el muchacho- La habitación de mi cuarto da a este árbol, y desde hace unos días no lo he visto.

Pietro entornó los ojos.

-Quizá te duermes y cuando te despiertas, él ya se ha levantado- dijo, aunque no lo creía en realidad.

-Te aseguro que no es así- contestó Alex, cruzando los brazos- Tengo problemas de insomnio desde hace tiempo y me paso toda la noche frente a la ventana.

-Eso sí que debe ser un aburrimiento- opinó Pietro, mirándolo de soslayo.

Alex esbozó una media sonrisa.

-No lo sería tanto si al menos viera al escuerzo roncar o caerse del árbol mientras duerme.

-¿Dónde dormirá ahora?- se preguntó Pietro en voz alta.

-Tienes la respuesta en tus narices, Quicksilver- le dijo el chico, señalando disimuladamente una de las ventanas con la persiana a medio bajar y la luz encendida. Era el cuarto de Marie.

Pietro se quedó lívido, viendo cómo Sapo entraba en la estancia y se quedaba de espaldas lo suficientemente cerca de la ventana, como para que Pietro y Alex vieran cómo su piel y su forma cambiaban, dejando ver unas caderas femeninas y la parte superior de unas piernas torneadas cuyo color azul competía con el del zafiro en belleza.

Pietro volvió la cabeza hacia Alex, que no parecía muy sorprendido.

-¿Tú sabías que Mística se ha estado pasando por él?- cuestionó, procurando que su desconcierto no se hiciera demasiado evidente ante el chico.

-Tú también lo sospechabas- sonrió Alex, sus ojos fijos en la habitación que ahora pertenecía a Raven- Por eso estabas aquí, comprobando que la mano derecha de Magneto cumplía con sus costumbres y se venía a la cama.

-¿Cómo te has dado cuenta?- inquirió Pietro, con interés.

-Es lo que hace el aburrimiento; estás pendiente de cosas que para los demás no tienen importancia- respondió Alex, escuetamente, saltando del árbol.

No dejó atrás a Pietro por mucho tiempo, ya que en menos de una décima de segundo se encontraba junto a él, desdoblando las solapas de su chaqueta plateada, mientras caminaba a su lado.

-¿Tendría que preocuparme por que Sapo esté tramando algo y todo esté relacionado con Mística?- le preguntó.

Alex se detuvo, fijando sus ojos en los azules de Pietro y sonriendo con malicia.

-Subestimas a tu mentora- le dijo, como si él supiera algo que Pietro no- Tiene una mente muy retorcida. Si no ves al escuerzo, es porque no está.

-¿No está?- repitió Pietro, incrédulo.

-Escuerzo muerto, escuerzo caput- aclaró Alex, con impaciencia- No creo que sea tan difícil de entender.

-No puedo decir que no me alegre por ello- replicó Pietro, escéptico- Pero, ¿por qué iba Mística a cargarse al cabrón de Sapo?

-Estorbaba en sus planes, supongo- respondió Alex, bajando la voz y caminando de nuevo- En la comunidad de mutantes a la que antes pertenecía con Betsy, se hablaba mucho sobre ella. Siempre le ha gustado ocupar un alto cargo en la escala de poder, siempre junto a Magneto. El escuerzo era un estorbo.

-Es posible- convino Pietro, siguiéndolo-, aunque quizá también sea posible que Sapo supiera algo de ella y fuera a contarlo. Tal vez lo mató porque no quería que los demás supiéramos lo que ocultaba.

-¿Y qué ocultaba según tú?

-No lo sé, porque Sapo está muerto. Pero tengo intenciones de averiguarlo. ¿Te apuntas?

-A lo que sea me apunto con tal de no estar parado todo el día- accedió Alex, sonriente.

-Perfecto.