Disclaimer: No me pertenece ninguno de los personajes que aparecen en este fragmento de historia.
CAPÍTULO 33. Encuentros.
La tarde siguiente, Marie salía de una de sus sesiones con el profesor. Realmente resultaban agotadoras, aunque no había donde comparar en cuanto a cómo le resultaban anteriormente. Cuando llegó a la casa de Charles y comenzó a tratarla para tener controlado al fénix, una vez acabadas las sesiones, tenía que dormir durante varias horas para recuperarse por completo y mantenerse despierta el resto del día.
A pesar de que estaba exhausta, no dudó en acercarse a Logan cuando lo vio al final del vestíbulo. Tenía curiosidad por saber adónde iba, ya que llevaba unas llaves en la mano derecha y un sobre en la izquierda.
-Hola, Logan- lo saludó, tratando de sonreír sin que las comisuras le temblaran, ya que tenía todos los músculos de la cara en tensión debido al esfuerzo que acababa de realizar intentando expulsar al fénix de su consciencia.
-Hola, nena- le respondió él, con una media sonrisa.
-¿Adónde vas?- le preguntó Marie, con interés.
-Tengo que hacer algún que otro recado que me ha encomendado el profesor- contestó Logan, rascándose la sien durante unos segundos.
Marie descubrió que, a pesar de su semblante aparentemente imperturbable, tenía los hombros contraídos. Parecía inquieto por algo.
-¿Tiene que ver con ese sobre que llevas ahí?- inquirió ella, con curiosidad.
-Se suponía que era un secreto- le susurró el hombre, conduciéndola al garaje- Ahora también tengo que implicarte a ti.
-¿Ocurre algo malo?- preguntó Marie, ceñuda.
-En realidad, no. Pero no puedo dejar que nadie me vea con este sobre- repuso Logan.
-Nadie lo sabrá, si me llevas contigo.
-Eso es chantaje, nena- replicó Logan, alzando una ceja- Te iba a llevar de todas formas. Pensaba invitarte a un helado a cambio de que no dijeras palabra a tus compañeros acerca de esto.
-Eso es soborno- sonrió Marie, cruzándose de brazos-, pero me gusta más que la idea del chantaje, que no incluía el helado. Vas a Yonkers, ¿no?
-A Bedford, un pueblo que no está muy lejos de aquí- aclaró Logan, tendiéndole un casco- Si el profesor se entera de que vienes conmigo, podría borrarte la memoria después.
Marie esbozó una sonrisa de condescendencia.
-Podría si le dejara- convino-, pero el simple hecho de hablarme le cuesta horrores y después de las sesiones en las que intentamos debilitar al fénix acaba muy cansado y con jaqueca.
-Entonces ya tenemos algo en común- le dijo, invitándola a sentarse tras él en una moto grande y elegante- Le da miedo acercarse para hurgar en mi cabeza como lo hace en la tuya. No suele ver nada, así que por eso me envía a mí para esta misión secreta.
Una vez se puso el casco, Marie tomó asiento a su espalda, abrazándolo por detrás.
-¿Por si algún mutante que pueda hacer lo mismo que él trata de meterse en tu mente y saber de qué va todo el asunto?
-Eres lista- sonrió Logan, antes de darle al acelerador- ¡Agárrate fuerte!
El hecho de que la moto arrancara estuvo a punto de hacer caer a Marie, que soltó un grito ahogado y se apretó contra Lobezno lo más que pudo, mientras este hacía que la moto derrapase un poco y saliera a toda velocidad del recinto de la escuela.
Como Logan le había dicho, el pueblo no estaba muy lejos. Tardaron unos quince minutos en llegar, aunque claro, Marie estaba segura de que Logan había superado con creces el límite de velocidad. Ni siquiera así, llegaba a la de Pietro, pensó Marie, con tristeza, cuando Logan aparcó la moto cerca de una acera y la hizo bajarse.
-Al final me va a venir de perlas que estés aquí- le dijo él. Antes de que Marie respondiera, él señaló discretamente un buzón que estaba al otro lado de la calle- ¿Lo ves?
Ella asintió, haciéndose visera con las manos para ver mejor, ya que el sol le daba de cara.
-Tengo que llegar a él sin ser visto, lo que me es difícil estando la calle llena de gente como está- explicó Logan, bajando la voz, mientras avanzaban por la acera- Nadie me puede reconocer, porque ya saben que yo estoy del lado del profesor. Pero a ti, sin embargo…
-Lo pillo- cortó Marie, inclinando la cabeza- Voy allí, y después, ¿qué tengo que hacer aparte de echar la carta en el buzón?
-Vuelves a esta cafetería, que está justo enfrente. Desde aquí podemos ver si el mensaje es recibido.
-¿Recibido por quién?- cuestionó Marie, confusa- Solo el cartero tiene la llave del buzón para coger las cartas.
-No sé por quién- respondió Logan, encogiéndose de hombros, mientras entraban en la cafetería- El profesor solo ha dicho que debíamos esperar y asegurarnos de que es recibido.
-O sea que tenemos que esperar a ver cómo alguien abre el buzón y coge la carta- razonó Marie, ceñuda- ¿Y si llega el cartero antes?
-A esta hora los carteros no trabajan- sonrió Logan-, solo lo hacen por la mañana- se adelantó a una de las mesas que había al lado de un gran ventanal desde el que se veía perfectamente el buzón y sus alrededores- Ven, sentémonos.
-¿Vas a invitarme a ese helado?- preguntó ella, obedeciéndolo.
-Faltan quince minutos para que llegue el momento de hacer lo que nos ha encomendado el profesor- anunció Logan, pragmático- Así que nos da tiempo a tomarnos algo antes.
-Me parece bien.
Después de haber estado charlando un poco con Logan y tomarse un enorme helado de chocolate, Marie cogió el sobre que le tendía. Era grande y amarillento, pero a trasluz se veía que su contenido era la mitad de un folio que además estaba doblada.
-Ten cuidado, nena- la advirtió Logan- No sé lo que lleva el sobre, pero tanto secretismo no puede tener nada bueno. En cuanto veas algo raro, regresas, aunque no lo hayas metido en el buzón.
Marie asintió, tragando saliva. Antes de cruzar el umbral de la puerta, se quitó los guantes y se los guardó en los bolsillos de su chaleco oscuro. Se sentía más segura si tenía posibilidades de defenderse contra lo que fuera aquello de lo que tenía miedo Logan.
Miró a ambos lados de la calle para comprobar que no pasaba ningún coche, y caminó hacia donde estaba el buzón, pequeño, rectangular y pintado con un azul desconchado. Se agachó y metió la carta por la ranura.
Volvió a la cafetería, sin percatarse de que dos ojos azules se clavaban en su espalda desde la distancia, con anhelo.
-¿Todo bien?- se preocupó Logan, apartando una silla para que Marie volviera a sentarse.
-¿Y ahora qué? ¿Solamente esperamos?
-Solo esperamos. Después nos iremos. Ya se está haciendo de noche y no es bueno que tardemos en volver.
Seguidamente, ambos giraron la cabeza hacia la ventana, pendientes por si recogían el sobre.
Después de unos veinte minutos, cuando ya creían que aquello había sido una broma del profesor y que ya no iba a venir nadie, una figura se inclinó junto al buzón.
-Logan- lo llamó Marie, señalando con un dedo tras las servilletas al otro extremo de la calle- Alguien se acerca al buzón.
Se trataba de un hombre algo rechoncho, que vestía un mono azul, una gorra y un carrito parecido al que se suele llevar a la compra, con el logotipo de correos.
-Es el cartero- susurró Marie- ¿No decías que no trabajaban a estas horas?
-Y no lo hacen- respondió Logan, perplejo.
Se encontraban tan absortos, que no se percataron de lo que se les venía encima. Entonces, un golpe enorme rompió la mesa en la que estaban sentados. Marie profirió un grito, levantándose de un salto y apartándose lo más que pudo. Una enorme astilla se le había clavado en el muslo izquierdo y notaba la pierna húmeda y caliente, debido a la sangre que manchaba sus vaqueros.
Alzó el rostro, empalideciendo al ver quién había destrozado la mesa. Era un hombre que mediría más de dos metros, rubio y de facciones hoscas. A pesar de que había cambiado un tanto de aspecto, eso no impidió a Logan reconocerlo, por las visiones que le había mostrado Marie tiempo atrás al tocarlo, y por sus garras retráctiles. Se trataba del llamado Víctor.
Marie llevó el rostro una vez más hacia el ventanal, pero el cartero había desaparecido. No había ni rastro de él.
Al igual que Marie, Lobezno se había puesto en pie y ya le empezaban a sanar las heridas ocasionadas por los restos de madera que habían salido disparados tras el golpe de Víctor contra la mesa y que le habían arañado los brazos y el rostro.
Entretanto, los clientes gritaban y salían por pies del local. Marie ya comenzaba a acostumbrarse a aquel tipo de cosas. No sabía cómo, pero en cualquier revuelta provocada por mutantes, se veía implicada sin proponérselo. Esa era su maldita suerte.
No obstante, en aquella ocasión, las cosas transcurrieron de un modo un tanto diferente. Un policía que hasta ese momento había estado tomándose una cerveza tranquilamente, se atrevió a apuntar a Dientes de Sable con un revólver. Este se volvió, con una sonrisa que dejaba ver su dentadura descomunal.
-¿Te gustan los juguetitos?- se burló Víctor, aproximándose hacia él a zancadas.
El hombre se lo quedó mirando, temblando como una hoja. Sin embargo, sostenía el arma con una firmeza admirable.
-Aléjese y ponga las manos tras la nuca- se atrevió a decir el policía, a pesar de que sus ojos refulgían con el brillo del miedo- ¡Haga lo que le digo!
De un zarpazo, Víctor apartó el brazo del hombre e hizo que el arma cayera al otro lado de la cafetería. Con otro, lo quedó inconsciente con una herida en el hombro que sangraba abundantemente. Marie volvió a gritar, angustiada, llevándose una mano a la boca.
A continuación, Víctor se volvió hacia Logan, abriendo las manos y dejando ver sus garras ensangrentadas.
En ese breve espacio de tiempo, Logan había colocado a Marie tras de sí y ella le había tocado el cuello durante unos instantes, absorbiendo parte de su poder curativo sin apenas debilitarlo.
-¿Qué tal, Jimmy?- gruñó Víctor, avanzando un par de pasos hacia ellos; Marie contemplaba su complexión, aterrada- Por lo visto, los rumores que Stryker se había encargado de difundir eran falsos, cómo no. Sigues vivo para que yo pueda matarte.
Al ver que Lobezno no respondía, optó por hacer referencia a su acompañante.
-¿Ahora te van las jovencitas asustadizas necesitadas de alguien con complejo de héroe?- bufó Dientes de Sable, señalando a Marie con una mano; sus garras sobresalieron aún más a través de su piel, dándole un aspecto terrorífico- Mejor, tardaré menos en cargármela.
-Cállate- respondió Logan, por fin, apretando la mandíbula con furia- Esto es entre tú y yo- ladeó el rostro levemente hacia Marie, dirigiéndose ahora a ella- Vete, nena. ¿Tienes dinero?
Marie asintió, lívida.
-¡Pues corre..!
Antes de que Lobezno acabara la frase, Víctor se abalanzó sobre él, rompiendo el ventanal en miles de pedazos y empujando a Marie al medio de la carretera.
Con todo lo que estaba sucediendo, Marie no se dio cuenta de que venía un coche hasta que no lo tuvo casi encima. Cerró los ojos y se cubrió el cuerpo con los brazos, en un intento desesperado por protegerse.
Lo siguiente que ocurrió fue muy desconcertante. Al verse arrastrada durante varios instantes por el aire y al notar que su trasero y sus piernas rozaban con algo duro que no tenía la misma textura que el asfalto, Marie separó los párpados, intentando enfocar a la persona que tenía frente a sí. Incluso ya antes de abrir los ojos sabía quién era; primero su corazón se había parado y después había comenzado a martillearle en el pecho tan rápido que le había quitado el aliento. El ruido de la pelea, el de los gritos de la gente y el del claxon del coche que había estado a varios milímetros de atropellarla, habían cesado y lo único de lo que era terriblemente consciente era del tacto de sus manos contra la piel suave de unos brazos tonificados. Habría reconocido a su dueño en cualquier parte.
Lo primero que distinguió fueron unos iris azules, que le devolvían la mirada con la misma intensidad con la que las olas del mar chocan contra las rocas de un acantilado. Después, las facciones de la persona que había impedido que aquel coche acabara con su vida, cobraron forma poco a poco; nariz recta y fina, labios delgados… contrastando con el cabello plateado que enmarcaba el rostro de su tan añorado Pietro. Lo poco que quedaba de la luz del sol arrancaba destellos de su pelo que la cegaban.
Sus gafas, parecidas a las de un buceador, rodeaban su cabeza como si de una diadema se tratara. Llevaba una camiseta negra de manga corta, y el hecho de que Marie le estuviera tocando la cara, a pesar de que su tacto podía llegar a ser mortal, no parecía importarle demasiado.
Aferró la mano de ella que lo acariciaba con su izquierda, haciendo una mueca de dolor. Al apartarla del coche, lo había hecho tan precipitadamente, que la palma le había rozado con uno de los extremos de la matrícula. Aquello no sería de tanta importancia si no lo hubiera hecho a una velocidad colosal.
Sin embargo, para sorpresa de ambos, pronto eso dejó de ser un problema. La herida de la mano de Pietro, en contacto con la de Marie comenzó a cerrarse, produciéndole primero un hormigueo y luego un dolor atroz. Soltó un jadeo, apartándose de Marie y mirando cómo desaparecía el profundo rasguño, con perplejidad.
Como él, Marie observó, atónita, cómo su mano comenzaba a sanarse sola. Una vez terminó de hacerlo, Pietro se quedó mirando el sitio donde se había inoculado el daño, sin entender qué había pasado exactamente.
-Pietro…
Al oír que pronunciaba su nombre, Pietro alzó la cabeza y la miró, soberanamente confundido. A Marie le pareció que su expresión era la de alguien que no supiera qué hacía allí o cómo había llegado hasta allí. Y entonces, se esfumó. Pareció que nunca hubiera ido a salvarla del coche y que nunca hubiera dejado que le tocase el rostro.
Marie cayó al suelo de rodillas, percibiendo lágrimas ardientes recorriéndole las mejillas. Había cerrado los ojos un instante y al siguiente, ya no estaba. Se había ido. Se arrepintió de haber parpadeado, como no lo había hecho con nada desde hacía mucho tiempo.
Tras unos minutos, u horas, -Marie no llegó a saberlo nunca-, se dio cuenta de que seguía tirada en el suelo, en la mitad de un parque, de que tenía frío y de que estaba sola, porque había llegado a olvidarse de que Logan la había llevado hasta allí y ahora tenía problemas.
Intentó levantarse, desesperada. Iría con él, sí. Pero entonces, ¿qué haría? ¿Cómo iba a poder ayudarlo contra ese enorme… hombre- si es que se le podía llamar así? Si al menos, tuviera la espada que Mística le había regalado en su día… A duras penas avanzó hacia una cabina telefónica y marcó el número de la escuela. Se lo había aprendido la primera semana, cuando le contaron que todo el mundo allí lo tenía, y que le sería útil en un futuro. En ese momento, Marie dio las gracias a Dios y al Cielo por que se hubiese interesado por ello y lo hubiera memorizado ella también.
Esperó, deprimiéndose por momentos. Los pocos transeúntes que paseaban por aquella parte del pueblo la miraban como si estuviera borracha, y Marie no podía culparlos. Sus movimientos no dejaban de ser tremendamente torpes, y seguía llorando como una niña pequeña a la que sus padres hubieran abandonado en mitad de un supermercado.
Trató de llamar al profesor mentalmente, mientras sonaban los pitidos interminables; pero estaba demasiado lejos y con los nervios destrozados. Al fin, cuando parecía que iba a salir el contestador, la voz de Jean respondió al otro lado de la línea.
-Escuela de Charles Xavier para estudiantes superdotados y con talentos especiales- contestó con voz apática, pero profesional al mismo tiempo- ¿Qué desea?
-Grey, soy yo- consiguió decir Marie, con la voz rota- Pícara.
Hubo un silencio y al cabo Jean volvió a hablar.
-¿Marie? ¿Qué te pasa? ¿Qué haces fuera a estas horas?
-Estoy… en Bedford- sollozó Marie, callando por un momento para intentar que su voz se oyera más clara- Con Logan… Estamos en peligro.
-¿En Bedford?- reiteró Jean, preocupada- No te preocupes, Scott y Ororo han salido hace un momento para allá. Escóndete, te encontraremos en cuanto la situación esté solucionada.
-Logan… necesita ayuda…- hipó Marie, limpiándose la cara con el borde del chaleco de pana.
-La tendrá- aseguró Jean, diligentemente- Mientras Scott y Ororo llegan, mantente a salvo.
Entonces, colgó. Marie situó la mano sobre el cristal de la cabina, mareada. Aquel parecía un buen sitio para permanecer oculta. Víctor iría a buscarla en cuanto noqueara a Logan; ya que Marie sospechaba que quería matarla por el simple placer de hacerle daño al llamado Jimmy. Impotente, se dejó caer en las sombras, apesadumbrada.
Así fue como la encontró Scott, acurrucada bajo el teléfono descolgado de la cabina, con los vaqueros desgarrados y llenos de sangre, con los ojos cerrados y acunándose a sí misma abrazándose las piernas.
