Disclaimer: No me pertenece ninguno de los personajes que aparecen en este fragmento de historia, a excepción del conjunto Fuerza Libertad, ya mencionado en el capítulo anterior.
CAPÍTULO 35. Conspiraciones.
-Entonces, si eres hermano de gafas de verano y no lo sabías, ¿no deberías cabrearte con Betsy, que es tu madre adoptiva y no te lo ha dicho?- cuestionó Pietro, levantándose y apartándose de la cama.
Alex negó con la cabeza, con irritación.
-Ella me acogió ilegalmente; no podía saberlo porque no tenía documentos importantes relacionados con mi identidad, la de mi familia o mi nacimiento, como los tiene esa mujer- aclaró, avanzando hacia la ventana y entrelazando las manos tras la espalda- Me encontró una tarde en un parque con otros niños del orfanato al que me llevaron después de que mis padres fallecieran. Me llevó con ella cuando vio que no era como los otros; hice que uno de ellos ardiera.
-Joder- silbó Pietro, con asombro.
-Sí, lo jodí todo. Menos mal que me sacó de allí- respondió el chico, en cuyos ojos se podía entrever el odio contenido- Tengo razones para creer que mis padres murieron en un asesinato.
-¿Te acuerdas de ellos?
-De ellos no, pero recuerdo con detalle el día de su muerte y el día en que destruyeron a mi familia.
-¿Qué fue lo que pasó?- se interesó Pietro; aquello lo distraía un tanto de su deseo repentino de acabar con Mística y con todo.
-Tenía tres años, y me acuerdo también de tener un hermano más pequeño que yo, de unos dos años. Jamás me hubiera dado cuenta de que ese hermano es el favorito de Xavier de no haber investigado a tu mentora- dijo Alex, con la mirada perdida- Aquel día mis padres nos llevaron de excursión en helicóptero. Querían enseñarnos el Gran Cañón, pero mi padre perdió el control y el helicóptero se estrelló. Antes de que lo hiciera, nos puso a mi hermano y a mí en un paracaídas.
-Admiro que tuvieras el entendimiento suficiente como para saber cuándo debías abrirlo- sonrió Pietro.
-Sí, era bastante listo por aquel entonces. Lo sigo siendo, por si no lo habías notado.
-¿Piensas que en realidad tu padre no tuvo la culpa del accidente?
-Pienso que no fue un accidente- declaró Alex, estrechando los ojos- Tu mentora y Fuerza Libertad tuvieron algo que ver, estoy seguro.
-¿Por qué?- replicó Pietro, usando la lógica- Que tuviera tu certificado de nacimiento no tiene por qué significar nada de eso. Quizá sea porque te están investigando en ese momento.
-El certificado estaba en un sobre- respondió Alex, mirándolo con fijeza- Un sobre que fue enviado hace veinte años, según la fecha que tenía escrita. Si lo tiene a mano, quizá sea porque me había perdido la pista y ahora me tiene en bandeja de plata.
-Entonces, será mejor que te cuides- contestó Pietro, sentándose en el alféizar- No sea que vaya a llevarte a ese Asile a ti también.
Alex esbozó una sonrisa torcida.
-Mientras Betsy esté a mi lado, no tengo por qué temer nada de esa mujer- repuso, con sencillez- Además, tú también deberías protegerte las espaldas. Aparte de mí y de Avalancha tal vez, no creo que te sobren los aliados en esta casa.
-Oh, es un alivio saber que puedo considerarte un "aliado"- bufó Pietro, entornando los ojos.
-Algo me dice que tu novia también estaba en el punto de mira de Fuerza Libertad hace un tiempo- dijo Alex, haciendo caso omiso de lo que Pietro acababa de decir- ¿Nunca te preguntas cómo es que tu mentora sabe encontrar nuevos miembros en el momento justo y sabe cómo hacer que la sigan y se comprometan?
Pietro le devolvió la mirada, expectante ante lo que fuera a decir.
-Eso es porque recibe ayuda de otros mutantes- prosiguió el chico, haciendo sus deducciones- Mutantes más poderosos y que pertenecen a Fuerza Libertad.
-Pensaba que el compromiso que ella tenía con Magneto era inamovible, y que le era totalmente fiel.
-Puede dar esa impresión, y quizá sea cierto y esa mujer se preocupe verdaderamente por nuestro líder actual- aceptó Alex-, pero está jugando a dos bandas. No lo olvides. Esto lo demuestra- añadió, señalando las fotos- Y debemos saber qué era lo que tu novia le ha enviado. Es de especial importancia, sobre todo, si está relacionado con Fuerza Libertad.
Pietro asintió distraídamente. Era escuchar a Alex refiriéndose a Marie como su novia, e inmediatamente írsele el santo al cielo. Se había arrepentido profundamente de haberse mostrado ante ella, pero ¿qué otra cosa podía hacer? Jamás hubiera permitido que aquel coche le hiciera daño si estaba en su mano evitarlo. Y hablando de su mano… había sanado por completo cuando Marie lo había tocado. Pietro no se explicaba cómo, pero si había llegado a sentir en algún momento el dolor que solía provocar el tacto de ella, se le había olvidado. Pensaba que su cercanía habría aplacado cualquier sufrimiento por espantoso que fuera, después de todo el tiempo que llevaba sin tener contacto con Marie.
Enseguida se reprendió a sí mismo por pensar en ella como lo hacía antes. Marie había traicionado su confianza, y, además, ahora lo había sustituido. Si regresaba, Pietro tenía claro que las cosas no iban a ser remotamente parecidas a como lo eran antes.
Esa noche Marie estaba pelando unas patatas para freírlas. Sonreía, porque había conseguido que Warren la escuchara. Por fin podía hacer algo beneficioso con su don, y en el fondo, hacía tiempo que había dejado de considerarlo una maldición. Concretamente, desde que supo que podía tocar a otros durante un breve tiempo y robar sus poderes sin quitarles nada más, sin que supusiera un riesgo para sus vidas. Por primera vez en mucho tiempo, sentía que las cosas iban a mejorar, que todo estaría bien.
Ni siquiera cuando John irrumpió en la cocina dejó de sonreír.
-Pareces muy feliz- comentó él, apoyándose con las manos contra una de las mesas- Nadie podría decir que ayer mismo te enfrentaste a la muerte.
-Veo que las noticias corren rápido- sonrió Marie, volviéndose hacia John para mirarlo por un momento antes de regresar su atención a las patatas.
-Y que hago por enterarme- añadió el muchacho, con una sonrisa descarada- Me preocupo por ti.
-Debo ser la primera persona por la que te preocupas, Johnny- rió Marie, mientras echaba las patatas en un recipiente de cristal para lavarlas.
-Lo eres- reconoció él, encogiéndose de hombros- Y también eres la primera persona que lo oye y la última a la que debería decírselo.
-Eres tonto- le dijo Marie, directamente- No tiene nada de malo comunicarle a los demás lo que sientes por ellos.
-No, tú eres una tonta- contrarió él, acercándose y situándose de espaldas al fregadero con el rostro levemente inclinado hacia ella- Hacer eso supone mostrar al resto que tienes debilidad por ellos. La mayoría lo aprovechará en tu contra si tiene ocasión.
-No puedes vivir pensando siempre en eso- repuso Marie- Terminarás solo.
-Puede- respondió John, alzando una ceja- Eso no tiene por qué ser necesariamente malo.
Marie no supo qué responder a eso y llegó un momento en el que los dos permanecieron en un silencio algo tenso, hasta que ella lo rompió, azorada.
-¿Puedo pedirte algo?- le preguntó, a lo que John la miró con curiosidad.
-Puedes- respondió él, cruzándose de brazos.
-¿Tú sabes utilizar este cacharro?- inquirió Marie, señalando la vitrocerámica- Aún no me manejo bien.
John soltó una carcajada, casi con incredulidad, arrebatándole la sartén de la mano y situándola sobre la vitro.
-¿Tanto esfuerzo para pedirme que te fría las dichosas patatas?
Marie suspiró con alivio, un tanto avergonzada, mientras observaba cómo John vertía aceite en la sartén y pulsaba varios botones para que esta se calentase.
-No sabía que supieras cocinar- dijo ella, cogiendo una silla para sentarse a una distancia prudencial para que no le saltara el aceite- Nunca te he visto prepararte nada.
-Sé perfectamente cocinar- contestó John, sin mirarla, y echando las patatas sobre la sartén, con cuidado de no quemarse; podía controlar el fuego, pero el aceite caliente ya era otra historia-, pero me da pereza. Ya hay otros que lo hacen por mí, así que ¿para qué molestarme?
-Debí esperar que dirías algo parecido a eso- farfulló Marie, negando en silencio con desaprobación.
-¿No te castigaron por lo de ayer?- cuestionó él, dándole vueltas a las patatas con una espátula- ¿O han castigado a Lobezno por llevarte con él?
Marie se encogió de hombros, apoyándose contra el respaldo de la silla.
-El profesor no lo consideró necesario- dijo, con simpleza, sabiendo que a John no le gustaría escuchar aquello.
-¿No lo consideró necesario?- repitió John, con fastidio- Ese hombre está loco, no hay quién lo entienda.
-Oye, no sé si te acuerdas de que yo estoy aquí por voluntad- replicó Marie, levantándose-; a mí no debería poder castigarme. Y a Logan tampoco; ya es demasiado adulto para eso. Me iré en algún momento y él tendrá que aceptarlo, porque no soy una alumna suya, como lo eres tú. Por eso, él no puede imponerme más castigos absurdos.
-Falta poco para que eso cambie- dijo él, entre dientes, sacudiendo la espátula de gotitas de aceite con varios golpecitos contra el borde de la sartén.
-¿Qué has dicho?- inquirió Marie, avanzando hacia el chico.
-He dicho que si vas a irte pronto- respondió, fingiendo aflicción.
-Las sesiones para liberarme del fénix ya casi han terminado- contestó ella- Sigue ahí pero no podemos eliminarlo. Así que cuando Warren esté bien, nos iremos.
John frunció el ceño, desconcertado.
-¿El ángel que vino contigo?- cuestionó- Dudo que su ala deforme tenga arreglo.
-Lo tendrá- aseguró Marie, algo irritada ante su escepticismo-, yo misma me encargaré de ello.
-¿Y se puede saber cómo piensas hacerlo?- replicó John, dejando la sartén a un lado y apagando la vitrocerámica.
-Le prestaré los poderes de Logan para que se recupere- respondió ella, finalmente, tras una breve vacilación.
John alzó las cejas, con sorpresa.
-¿Puedes hacer eso?
-Puedo, pero no sé cómo todavía- aclaró Marie, con tristeza.
-¿Cuántas veces has hecho que otra persona tenga un poder que no le correspondía?- cuestionó él, fijando sus ojos en ella.
Marie desvió la mirada, incómoda.
-Una. Bueno, dos, si cuentas aquella ocasión en la que devolví a Logan sus poderes tras habérselos robado.
Enseguida Marie se maldijo a sí misma por haberle soltado aquello. Se suponía que los estudiantes no sabían lo que había pasado. Ellos creían que la noche en que aquello había sucedido ella se había mareado por culpa de una bajada de tensión.
-¿Y eso cuándo fue?- preguntó John, ceñudo.
Entonces, alguien más irrumpió en la estancia. Se trataba de Charles, que no parecía muy contento, mientras daba varios toquecitos con los dedos de ambas manos a su silla de ruedas en los reposabrazos.
-Marie, ¿me acompañas? He de tener una conversación importante contigo.
Marie inclinó la cabeza, sabiendo que quizá había metido la pata contándole aquello a John. ¿Por qué no pensaría antes de hablar?
-Iba a cenar- contestó John en su lugar, no de muy buenos modos.
-Ya cenará después, señor Allerdyce- respondió Charles, con sequedad- ¿Marie?
-Ahora mismo voy con usted, profesor- le dijo, con apatía.
Charles asintió, satisfecho y avanzó con la silla de ruedas hacia la salida de la cocina, donde esperó a que Marie lo siguiera.
-No tienes que decir que sí a todo lo que diga y cuando lo diga- le susurró John, malhumorado.
-Por ahora, debería- respondió Marie, en el mismo tono de voz- Estoy viviendo en su casa, y además, tampoco me ha pedido que haga nada malo.
John chasqueó la lengua, molesto, mientras contemplaba como ella salía de la cocina y se marchaba junto con el profesor.
-Marie, tú y yo teníamos una conversación pendiente- comenzó él, mirando al frente.
-Así es, profesor- convino la muchacha, sin mostrar en ningún momento que estaba nerviosa.
-Logan no debería haber permitido que fueras con él a una misión tan peligrosa y tú tampoco deberías haberle instado a hacerlo- la reprendió Charles- Podrías haber acabado muerta.
-Estoy aquí- replicó Marie- No tiene sentido preguntarse qué hubiera pasado si las cosas hubieran transcurrido de un modo diferente.
Charles no se enojó ante su insolencia, sino que procedió a cuestionarle sobre otros aspectos, ya que le urgía más.
-Sé que tú fuiste la que llevó la carta hasta el buzón. ¿Viste lo que había dentro del sobre?
-No- respondió ella, volviendo la cabeza hacia él. Al ver su cambio de expresión a otra más tranquila, no pudo evitar preguntarle- ¿Era peligroso que lo viera?
-Mucho- declaró Charles, aunque lo que él hubiera contestado hubiera sido algo así como "peligroso y muy inconveniente"- Nadie debe saber qué ponía, salvo los implicados directamente en el asunto.
-Supongo que ya se habrá enterado de que no éramos los únicos mutantes que estaban allí.
-Sí, lo supe en el momento; por eso envié a Scott y a Ororo cuando percibí que las cosas no iban bien.
-¿Qué hacía allí la Hermandad?- preguntó Marie, sin poder contenerse- ¿A ellos también les afectaba lo que había dentro del maldito sobre?
Charles volvió el rostro hacia ella, sin responder a lo que había preguntado.
-Ellos siempre están ahí cuando lo consideran oportuno- dijo, sarcástico- Eric no os enseña otra cosa más que meteros donde no debéis y ser temerarios.
Marie frunció el ceño al escuchar aquello.
-¿Qué pasó con Víctor?- preguntó ella, entonces.
-Supongo que te referirás a Dientes de Sable- respondió el profesor, mientras torcían una esquina y se detenían en un pasillo desierto- Recibió su merecido.
-¿Está muerto?
Charles la miró fijamente cuando la oyó decir eso.
-No somos unos asesinos, Marie. Si podemos evitarlo, no matamos a nadie.
-Entonces, ¿qué pasó con él? ¿Volverá a atacarnos si volvemos a encontrarnos con la Hermandad?
-Lo dejamos inconsciente y lo llevamos a un sitio de donde es seguro que no se escapará- contestó el profesor, como si fuera lo más normal del mundo encerrar a otros por tu propia cuenta sin ayuda de la policía.
-¿Está seguro?
-Completamente seguro- sonrió el profesor, levemente- No tendrás que volver a preocuparte por Dientes de Sable.
Marie asintió; en cierto modo aquello tranquilizaba un tanto sus ánimos.
-Pero no era de eso de lo que quería hablarte- dijo entonces, Charles, acomodándose en la silla.
-¿Ah, no?- preguntó ella, ceñuda.
-Tu amigo piensa demasiado alto. No te permitiré que arriesgues su vida por una falsa esperanza.
Marie parpadeó varias veces, perpleja, al darse cuenta de que se estaba refiriendo a Warren. ¿Quién era él para prohibirle nada? Trató de calmarse, aplacando su enojo al ver que lo poco que quedaba del fénix en ella intentaba aflorar de nuevo.
-No es una falsa esperanza- replicó, esforzándose por hablar con sosiego- Si le tiene vigilado a él para saber lo que pasó ayer porque yo se lo cuento todo, ya debería saber también que mi propuesta tenía fundamentos.
-No dejes que tu egoísmo te ciegue, Marie- dijo él, dirigiéndose a la chica como si fuera una niña pequeña a la que estuviera reprendiendo por ser demasiado impetuosa.
-¿Perdón?- pudo decir Marie, irritándose más y más por momentos. Molesta, sintió que la sangre acudía a sus mejillas, tiñéndolas del rojo característico de la ira.
-Sé que te sientes culpable por lo que le pasó aquel día en aquella aldea abandonada- Marie no se esperaba lo que Charles añadió a continuación- Y siendo honestos, tienes razones para sentirte culpable, porque en cierta forma lo eres. Si lo intentas y Warren muere, tendrás otro motivo más para sentirte culpable.
El profesor dio marcha atrás y se dio la vuelta para alejarse de ella. Marie se quedó sola en el corredor, desconcertada y furiosa. Tenía las manos apretadas en puños, con impotencia. Puede que lo que Charles dijera fuera cierto, y que ella, ilusionada por la posibilidad de borrar la culpa y por hacer que Warren dejara de tener otra razón más para querer acabar con su vida, estuviera sometiendo a su amigo a un riesgo que podía evitarse. Pero, ¿entonces qué? ¿Qué le quedaba a Warren? Una vida de anciano, caminando de un lado para otro con un bastón y sin poder dejar de depender de otros. ¿Acaso era aquello mejor que la muerte? Warren no tenía nada que perder. ¿Tal vez estaría siendo egoísta, como había dicho el profesor, por pensar que podía mejorar las posibilidades de Warren? ¿El riesgo merecía la pena? Marie pensaba que sí, y no hacía mucho Warren había accedido a su propuesta y había aceptado arriesgarse. Ante eso el profesor no podía hacer nada, sin privarlos de su libertad.
Marie no sabía cómo lo haría para que Charles no se enterara de que iba a seguir adelante con su plan para devolverle las alas a Warren, pero de un modo u otro lo conseguiría. Sólo tendría que apoyarse en las personas adecuadas.
Dándole vueltas a aquel asunto, Marie no se percataba de que quizá Charles tuviera sus propios motivos para tratar de convencerla de que no hiciera lo que ella sentía que le debía a su amigo.
