Disclaimer: No me pertenece ninguno de los personajes que aparecen en este fragmento de historia.

CAPÍTULO 39. Motivos suficientes.

El canto de los pájaros y la luz que incidía directamente sobre sus ojos hicieron que Marie despertara al día siguiente. Parpadeó varias veces, tratando de acostumbrarse a la claridad. No reconocía el cuarto adonde la habían llevado; echaba de menos las nubes pintadas en el techo de la habitación que le habían asignado en la Mansión X. Miró a su alrededor, tratando de descubrir dónde estaba.

Le dolía mucho la cabeza y lo último que recordaba era la figura brillante de Ángel destacando en la penumbra. ¿Dónde estaría Warren?

Marie se aproximó a la ventana para mirar a través de ella. No pudo creerse lo que veía. Estaba de nuevo en casa. Después de lo que le había parecido una eternidad, de nuevo estaba en casa. El árbol en el que solía dormir Sapo seguía igual que siempre, aunque los alrededores que constituían el pequeño jardín (si es que podía recibir aquella denominación) se hallaban descuidados, ya que, al irse Wanda, nadie se preocupaba por cuidar las plantas. Ella era la única a la que le importaban aquellos detalles menores.

Se miró en un espejo cercano. Una Marie muy pálida con el rímel corrido a ambos lados del rostro la observaba en la superficie pulida, con cara de circunstancias. Llevaba el vestido rojo que se había comprado para el baile de primavera, pero se encontraba desgarrado en muchas partes. La chaqueta de cuero de Logan, que desprendía un fuerte olor a tabaco, le colgaba por los hombros, protegiendo su espalda descubierta del frío. Las prominencias que le habían salido cuando tocó a Ángel habían desaparecido y en las regiones de piel donde debían haber estado, ahora solo había costras de sangre. En definitiva, Marie tenía un aspecto horrendo.

Agradeció que tuviera un baño para ella sola, como antes de irse, aunque esa no fuera su habitación. Se tomó una ducha, impaciente por ver de nuevo a sus convivientes. Aun así, se tomó su tiempo en arreglarse, perfumarse y cepillarse el pelo húmedo.

Al salir del baño, su aspecto era mucho más presentable. Su rostro se hallaba totalmente limpio, y sus ropas no dejaban ver nada que no debieran.

Cuando abrió la puerta, lo hizo de golpe, y no se esperaba que hubiera alguien tras ella.

Pietro echó la cabeza y la parte superior del cuerpo hacia atrás, sobresaltado. Se maldijo a sí mismo, pero ya era demasiado tarde: Marie lo había visto. Así que se mantuvo donde estaba, rígido y con los hombros tensos. Sus ojos azules estaban fijos en los de Marie, que ni siquiera se dio cuenta de que él no parecía alegrarse de verla allí.

Ella no vaciló a la hora de ir hasta el chico y abrazarlo con todas sus fuerzas. Sin embargo, Pietro no le devolvió el abrazo; sólo se limitó a apoyar la cabeza en el hombro de Marie, cerrando los ojos e inspirando el aroma de su delgado cuello.

Tras un rato en el que ninguno de los dos dijo nada, y en el que Marie por fin se había percatado de que algo no iba bien, ya que los brazos de Pietro se mantenían a ambos lados de su cuerpo, se apartó, compungida.

-¿Es que no estás contento de que haya vuelto?- cuestionó ella, ceñuda.

Cuando ya parecía que él no iba a responderle, dijo en voz baja:

-¿Por qué habría de hacerlo? Te fuiste sin despedirte, no respondiste a mis cartas- Pietro entornó los ojos, aumentando la distancia que había entre ellos- Demonios, para una vez que me pongo a escribir…

-¿Qué cartas?- lo cortó Marie, desconcertada- Yo no he recibido ninguna carta.

-No te va eso de fingir estar sorprendida- replicó Pietro, con enojo- Con lo a gustito que habrás estado en la casa del ruedas...

Poco a poco la furia se iba apoderando de ella, coloreando sus mejillas de un rojo tan intenso como el de un tomate maduro.

-¿A gusto?- repitió Marie, alzando la voz- La mayoría de sus alumnos se metían conmigo y el primer día algunos incluso quisieron darme una paliza porque decían que así podían darte tu merecido por hacer que Tormenta tuviera una conmoción- dijo atropelladamente, apartándose de él.

-Eso fue culpa de la palomita- repuso Pietro, cruzándose de brazos con hostilidad.

-¡Es igual de quien fuera la culpa!- exclamó Marie, exasperada- Nunca me he encontrado allí más a gusto de lo que me encontraba aquí, pero eso no lo quieres ver porque siempre estás buscando alguna excusa para enfadarte conmigo…

Ahora fue el turno de Pietro de exaltarse.

-No tienes motivos para hacerte la víctima. En cambio, yo tengo motivos más que suficientes para quedar como tal.

-¿Como cuáles?- le espetó ella, apoyando una mano contra el marco de la puerta- ¿Que no respondiera tus benditas cartas, las cuales ni siquiera sabía que existían? ¿Que me fuera sin decirte nada?

Pietro apretó la mandíbula, frunciendo el ceño aún más si cabía. Su pecho subía y bajaba al respirar casi a la misma celeridad que el de Marie, debido a la irritación.

-Dejando de lado las cartas, tú me hiciste una promesa- le recordó él, en voz baja, tratando de sosegarse.

Marie inspiró aire, intentando tranquilizarse también, antes de contestarle.

-Te dije que no me iría- susurró ella, avanzando dos pasos hacia él; Pietro no se movió y siguió con la mirada fija en el suelo, por lo que Marie supuso que aquello era un avance-, pero necesitaba hacerlo.

Pietro alzó los ojos hacia ella, escuchándola.

-Cuando toqué a Grey aquel día, absorbí su fénix- prosiguió Marie, colocándose el cabello con inquietud- Necesitaba la ayuda de Charles, y Mística me la proporcionó. Magneto no podía saber que iba a irme, porque no me hubiera dejado marcharme.

-Magneto no estaba en el bosque cuando fuimos a buscar a Wanda y te fuiste sin dejar rastro- replicó Pietro, mirándola con fijeza- Me hubieran bastado cinco minutos. Unos cinco minutos para que me dijeras adiós.

-No teníamos cinco minutos- respondió Marie, desviando la mirada- Warren se estaba desangrando. Si hubiéramos esperado más tiempo, hubiera muerto.

-Eso es lo que ha querido siempre- le recordó Pietro, desdeñosamente- Siempre Warren antes que yo, ¿no es cierto?

Marie lo miró, sin saber si sentirse ofendida, enfadada o escandalizada porque Pietro fuera tan egoísta como para pensar que debía haber dejado morir a su amigo para ir a hablar con él.

-No me iba para siempre, Pietro- farfulló ella- ¿No te lo dijo Mística?

Pietro bufó, pasándose las manos sobre el cabello, despeinándose.

-Tu fabulosa amiga Mística- resopló, entornando los ojos- Confías mucho en ella, ¿verdad?

Marie frunció el ceño, al oír su tono cínico.

-¿Qué pasa con ella?

-Quizá deberías preguntarte cómo es que has llegado hasta aquí sin que el ruedas te lo impidiera.

Marie entreabrió la boca para decir algo, pero él no la dejó.

-No, no fue por tu queridísimo Ángel. Tuvimos que ir por ti porque descubrimos que Mística estaba conpinchada con el ruedas para internarte.

-¿Internarme?- reiteró Marie, incrédula- ¿Por qué iban a querer internarme? Me encontraba mucho mejor.

-O sea que ahora no solo no me crees, sino que insinúas que, si hubieras estado mal, hubieras dejado que te llevaran a ese sitio.

-Yo no he dicho eso.

-Déjalo- le espetó él-, parece que de verdad te han lavado el cerebro en la casa del ruedas.

-Pues no soy la única a la que parece que se lo hayan lavado- declaró Marie, dándole un leve empujón al pasar por su lado y dirigirse al final del pasillo.

-¿Adónde vas?- inquirió Pietro a su espalda- No hemos acabado de hablar.

-Esto no es hablar, es gritarnos- respondió Marie, sin volverse para mirarlo- Cuando estés más tranquilo y dispuesto a escuchar a los demás, hablaremos todo lo que quieras. Te estaré esperando.

Entonces, un chico rubio más mayor que ella se le cruzó en el camino, saliendo de una de las puertas del pasillo.

-Hola, ¿qué tal?- la saludó Alex, apoyado contra la pared del corredor.

-Hola, nuevo terrorista. ¿Te lo pasaste bien el otro día viendo morir a toda esa gente inocente?- le respondió ella, en el mismo tono en el que alguien preguntaría por el tiempo.

Marie no esperó a que el muchacho contestara y siguió caminando hasta llegar a las escaleras y perderlo de vista.

-Joder con tu novia, tío- silbó Alex, dirigiéndose a Pietro, que seguía en el mismo sitio donde lo había dejado Marie- Qué carácter. Ahora entiendo por qué te gusta: es igual que tú.

-Ahórrate tus comentarios- largó Pietro, malhumorado- Seguro que irá a buscar al pardillo que le gusta ahora.

Alex alzó una ceja al escucharlo.

-Esa no ha sido forma de darle la bienvenida- respondió el chico- No parecía que la quisieras como se quiere a quien quieres que sea tu novia.

-Cállate YA- le ordenó Pietro, avanzando hacia el final del pasillo.

-Yo solo te digo que no le des motivos para que de verdad le guste ese pardillo. Siempre preferirá a alguien que la trate bien.

Pietro ladeó el rostro hacia él cuando alcanzó el rellano de las escaleras, sus ojos brillando con enojo.

-Como no te calles, conseguirás que te tenga que dar un sopapo- fue lo último que le dijo antes de seguir el mismo trayecto que Marie.

Alex se encogió de hombros, dispuesto a volver a su cuarto.

-Luego no digas que no te avisé.

Cuando Marie llegó a la cocina, se encontró con Blob, que estaba preparando el desayuno, como solía hacer casi todas las mañanas antes de que ella se fuera. Aunque no tuviera por qué hacerlo y cada uno pudiera comer lo que encontrara en la despensa, a Blob le gustaba cocinar.

Cuando aquel hombre enorme la vio, esbozó una sonrisa enseñando todos sus dientes. Paulatinamente fue adelgazando hasta adquirir el aspecto de alguien en normopeso. Seguidamente fue hasta Marie y le dio un breve abrazo, antes de volverse para seguir tostando pan.

-Pícara, cuánto tiempo sin verte.

-Lo mismo digo, Blob- sonrió Marie, sentándose en una de las sillas frente a la mesa de la cocina- No has cambiado nada.

Blob rió, poniendo varias tostadas sobre un plato. A pesar de que en ese momento estaba escuálido comparado con como estaba normalmente, seguía teniendo el mismo vozarrón.

-Tú sí- respondió- Tienes más sentido del humor.

La sonrisa se fue borrando del rostro de Marie hasta que ya no quedó ni rastro de ella.

-He visto que hay nuevos miembros- comentó ella, echando mano de una de las tostadas y untándola con la mermelada de fresa que había sobre la mesa- En una de las habitaciones de arriba había un chico rubio que nunca había visto por aquí antes.

Blob se sentó frente a ella, posando una enorme jarra de café en la mesa.

-Sí, ahora tenemos a Alex, y a Betsy, que es su madre adoptiva- contestó el hombre, sirviéndose el café en una taza- Los tres miembros nuevos que conseguimos ayer, los perdimos en el enfrentamiento contra los X-men. Supongo que preferirás que me refiera a ellos por el nombre que les dio el ruedas.

Marie juntó los hombros más al cuerpo, observando la tostada a la que acababa de darle un pequeño mordisco.

-Me da lo mismo, Blob. Puedes hacer lo que quieras; esta es tu casa.

-También es la tuya, Pícara- le recordó Blob, haciendo que Marie alzara los ojos hacia él-, y la de Ángel.

Marie se sintió tentada a replicarle que Ángel jamás podría llamar a aquel lugar "casa", porque en cuanto Magneto había considerado que era una causa perdida, lo había echado de su lado de la misma forma en la que hubiera apartado a una mosca que no dejara de incordiarle. Sin embargo, se contuvo a tiempo. Ya había tenido más que suficiente por esa mañana; no quería seguir discutiendo con nadie.

-Además, esta madrugada se ha añadido un miembro nuevo- añadió Blob, dándole un sorbo a su café.

Marie alzó las cejas al escucharlo.

-¿Cómo es posible? Si según Pietro fuisteis a rescatarme porque Charles quería llevarme a no sé dónde.

-Seguro que lo conoces- sonrió Blob, dejando la taza a un lado, para echarle algunas cucharaditas de azúcar- Es un chico que tendrá tu edad. Allerdyce, creo que se apellida.

-¿John?- preguntó Marie, ceñuda- ¿John está aquí?

-Ahora que lo mencionas, sí. Creo que se llama así.

Marie se acercó la tostada a la boca para darle otro mordisco, pero una ráfaga de viento se la arrebató. Cuando giró la cabeza hacia la derecha, ya sabía a quién se iba a encontrar apoyado contra la encimera y comiéndose su tostada.

Blob ni siquiera se molestó en mirar en su dirección, y siguió dando cuenta de su desayuno.

-Pietro…- lo llamó ella, enfadada.

Sin embargo, volvió a parpadear y ya no estaba allí, sino a su espalda con una mano extendida hacia las tostadas y con la otra sobre la cintura de Marie.

-Te robo dos- advirtió él, dirigiéndose a Blob, que le gruñó por toda respuesta.

Aunque su rostro estaba a varios centímetros del de Pietro, Marie lo miraba con el ceño fruncido, mientras él se hacía el desinteresado y untaba las tostadas. La mano que tenía sobre la cintura de ella se mantuvo allí quizá más tiempo del necesario. Pese a que Marie solo pensaba que debía apartarse de él, porque después de que la hubiera tratado como lo había hecho, ganas de abofetearlo no le faltaban; no fue capaz de hacerlo. Había echado mucho de menos tenerlo cerca y no sólo en un sentido figurado, sino también físico. Aprovecharía cualquier contacto que él quisiera brindarle.

-Tú y yo nos vamos- le susurró Pietro en el oído, antes de hacerla desaparecer con él, junto con las tostadas que mantenía en la mano.

Blob sacudió la cabeza, pensando que el muchacho no tenía remedio.

Entretanto, Marie se apoyaba contra el gran árbol del jardín, tratando de inspirar aire y volviéndose a acostumbrar a una situación en la que no la trasladaban a velocidad supersónica. Situó una mano sobre su estómago, intentando reprimir las náuseas.

Pietro se hallaba sentado en las raíces del árbol comiéndose una de las tostadas que había cogido del plato de Blob, y haciéndole señas para que se sentara a su lado. Marie estaba tan mareada que cayó sobre las piernas cruzadas del chico, tratando de agacharse.

Alzó los ojos hacia Pietro, con la cabeza apoyada sobre las piernas del muchacho. Hizo el amago de apartarse, pero Pietro no la dejó. Le acariciaba la espalda tratando de calmar los latidos acelerados de su corazón.

-De todas las cosas de ti que he echado de menos, que hagas esto no era una de ellas- murmuró Marie, contra la tela de su camiseta azul celeste de manga corta.

-En cambio, esto sí estaba en la lista de las cosas que más he echado de menos yo- respondió él, sonriéndole mientras terminaba con una de las dos tostadas que se había agenciado.

Su sonrisa la deslumbró; hacía tanto tiempo que no lo veía sonreír así… Pero duró poco, porque las miguitas del pan que él se estaba comiendo le cayeron a Marie sobre la cara. Cerró los párpados para que no se le metiera ninguna en los ojos y no pudo evitar reír cuando Pietro sopló sobre su rostro para quitarle los restos de pan. Cuando los volvió abrir, tomó la tostada que él le tendía, irguiéndose para comérsela. En esta ocasión, Pietro la dejó hacer.

Cuando acabó, cohibida porque él la había estado contemplando todo el tiempo, recostó la espalda sobre el tronco del árbol, esperando que él hablara.

Marie conocía lo suficiente a Pietro como para saber que se arrepentía por haberle hablado así antes, pero no iba a admitirlo. Al menos, no ante ella. Sin embargo, Marie sabía que lo que acababa de hacer era su modo de pedir disculpas. Por eso se sorprendió tanto, cuando contra todo pronóstico, él le pidió perdón.

-No debería haberme portado así- le dijo Pietro, en voz apenas audible- Estaba cabreado contigo por lo de las cartas, pero luego caí en que tú no tenías la culpa de eso.

-¿Por qué cambiaste de opinión?- se interesó Marie, fijando los ojos en su expresión.

-Porque Mística ha resultado ser una embustera. Y porque ella era la que se suponía que tenía que hacer que te llegaran las cartas.

Marie asintió, conforme. Nunca habría esperado que Pietro recapacitara simplemente porque eran amigos y su relación tenía que estar basada en la confianza. Él era precisamente el tipo de persona a la que le costaba horrores confiar en los demás.

-¿Qué me dices del tal Allerdyce?- preguntó Pietro, entonces, acaparando toda su atención- ¿Sientes… sientes cosas por él?

Marie se lo quedó mirando durante un instante, con desconcierto. No pudo evitar sonreír ante la pregunta, lo que molestó a Pietro sobremanera.

-Claro que no. ¿De dónde te sacas eso?

Pietro apretó la mandíbula, volviendo el rostro hacia la casa.

-Te vi con él- masculló, sin mirarla- Estabas abrazándole.

Marie no supo si enfadarse porque la hubiera estado espiando en la misma Mansión X y no se hubiera presentado ante ella, o si reírse ante lo ridículo de su pregunta. Aunque quizá hacía unas semanas, que Pietro supusiera que entre John y Marie pudiera existir algo no hubiera sido tan ridículo.

-Lo estaba abrazando- respondió ella, finalmente-, no voy a mentirte.

Pietro volvió la cabeza hacia ella, casi enojado.

-¿Ni siquiera te molestas en inventarte una excusa?

-¿Para qué?- replicó Marie, intentando mantener la calma- Eso sería darle más importancia de la que tiene. Lo abrazaba como abrazo a cualquier amigo.

-¿Como me abrazas a mí?- cuestionó Pietro, malhumorado.

Sin que se lo esperara, Marie atrajo su rostro hacia el suyo con una mano, hundiendo los dedos en su cabello plateado. Pietro cerró los ojos cuando ella hizo nula la distancia entre sus bocas, disfrutando de la pequeña presión de los suaves y húmedos labios de Marie contra los suyos, mientras percibía que la otra mano de la chica le daba dulces caricias en el costado.

El corazón de Pietro amenazaba con salírsele del pecho, en una carrera desbocada por alcanzar el mismo ritmo del de Marie. La chica se estremeció al notar el tacto de las frías yemas de él bajo su camiseta de tirantes. Marie se emocionó al sentir la ternura con la que él la mimaba, sabiendo que nunca había querido llegar a los extremos de antes; que solo había perdido los estribos porque estaba celoso y paranoico. El mismo problema que Pietro había tenido siempre desde que se había interesado en ella.

Cuando al fin ambos dejaron de besarse porque necesitaban respirar, Marie permaneció con dos dedos colocados bajo la barbilla de Pietro y con su frente apoyada contra la de él, que seguía con los ojos cerrados, jadeante.

-¿Te parece que así abrazo a cualquier amigo?- le preguntó ella, en voz baja.

Pietro se limitó a atraerla hacia sí, rodeándola con los brazos con ímpetu, de la misma manera en que lo hubiera hecho con anterioridad si no hubiera estado tan desquiciado. Pese a que Marie creía que de un momento a otro la asfixiaría por la fuerza con que la abrazaba, no dijo nada y se mantuvo donde estaba, con el rostro hundido en su cuello. Había añorado tanto su olor… Apenas le parecía real la escena.

-¿Cómo es que puedo tenerte así tanto tiempo y no me duele?- preguntó Pietro, sin soltarla.

-He aprendido algunas cosas mientras he estado fuera- respondió ella, enigmáticamente; tal y como le había dicho lo mismo a Kitty tiempo atrás.

-Tendrás que enseñármelas- musitó él en su oído, en un tono que prometía mucho.

-¿Anna?

Inmediatamente la magia del momento se rompió, y Pietro se apartó de ella y se levantó tan velozmente, que Marie cayó al suelo de espaldas. La chica se puso en pie como pudo, ante un John que los miraba, ceñudo.

-Hola, John. Me alegra que te hayas unido a nosotros- sonrió Marie, recibiendo una mirada huraña por parte de Pietro.

-Estoy donde debo estar- contestó John, encogiéndose de hombros- Magneto nos convoca en la sala de estar.

-¿Para qué?- inquirió Pietro, no de muy buenos modos.

John lo miró, algo fastidiado ante la forma en la que se estaba dirigiendo a él.

-Tiene que ver con la ley de registro de mutantes.