Disclaimer: No me pertenece ninguno de los personajes que aparecen en este fragmento de historia.
CAPÍTULO 42. El apremio no lleva a ninguna parte.
-Esta es la furgoneta en la que se desplaza Mística- dedujo Marie, dándose la vuelta para mirar a Warren, quien se mantenía de espaldas a ella, escrutando la espesura del bosque- Todas las cosas que hay aquí tienen que ser de ella. Eso significa que…
-Significa que Mística va a morir- la cortó Warren, implacable-, justo después de que nos diga donde tienen encerrada a Wanda; yo mismo me encargaré de que esas palabras sean las últimas que salgan por su boca.
Marie avanzó hacia él y situó una mano en su hombro. Aunque no podía verle la expresión, percibió que estaba rígido.
-Warren, tú no eres un asesino- le dijo ella, con firmeza- No habrá necesidad de matarla cuando te diga lo que quieras saber.
Ángel se dio la vuelta hacia ella, sus ojos chispeando con desprecio, y su mandíbula apretada. Marie dejó caer la mano, casi con resignación.
-¿Ni siquiera después de que te hayas enterado de que quiso llevarte a ese sitio a ti también, dejas de defenderla?- cuestionó él, furioso.
-Estoy enfadada, por supuesto- respondió Marie, sin alterarse- Pero no tenemos por qué ir por ahí asesinando a la gente, por mucho mal que nos haya hecho.
-Si no la matamos, volverá a intentar alguna otra estupidez- repuso Warren, exasperado.
-Es posible- convino Marie, desviando la mirada-, pero no creo que tengamos que llegar a esos extremos.
Warren relajó el semblante y alzó una ceja, inquisitivo.
-Probablemente Magneto no la deje escapar nunca- aclaró la muchacha, agachándose y tomando entre sus manos una caja de cartón pequeña, que había entre los documentos desperdigados por el suelo de la furgoneta.
-No podemos confiar en que lo haga- replicó Warren, cruzándose de brazos- Siempre ha tenido debilidad por ella; todo el mundo lo sabe.
Marie fijó sus ojos en él, mientras introducía en la caja vacía las notas que encontró más cercanas.
-Acabe como acabe todo este asunto, tenemos que ir a hablar con ella- sentenció la chica, cogiendo la caja y levantándose- Es la única que nos puede revelar el paradero de Wanda.
-Hace un rato te dije que la tenían vigilada día y noche- le recordó Warren, clavando la mirada en la caja de Marie- ¿Cómo piensas hacerlo?
-Con ayuda- sonrió Marie, encogiéndose de hombros y saliendo de la furgoneta. Warren la siguió, apáticamente.
-¿Ayuda de quién?- preguntó él, con desconfianza- ¿De Pietro? Es impetuoso, temerario, impulsivo…
-¿Se te ocurre alguien más que se preocupe por Wanda tanto como nosotros, o incluso más?- replicó Marie, algo molesta.
-Sólo digo que fue él el que dejó que Mística se la llevara- contestó Warren, con inquina-, y el que permitió que le cambiara el medicamento que tenía que tomarse por cualquier otro.
-No se dio cuenta, ¡todos cometemos errores!
-Debió haber cuidado más de ella- insistió Warren, impertérrito- Debió haber pensado más en ella y haber procurado su bien, en vez de preocuparse por otras cosas insignificantes en comparación con su enfermedad- añadió, mirando a Marie con fijeza.
La chica le devolvió la mirada, con incredulidad.
-¿Me estás echando la culpa a mí?- le espetó Marie, apretando la pequeña caja de cartón entre sus manos.
Cuando Ángel clavó los ojos en sus nudillos blanquecinos, Marie aflojó el agarre. Sin embargo, él no añadió nada más. El silencio fue bastante esclarecedor para la chica.
-No puedo creerlo. En verdad, no puedo creerlo- repitió Marie, sacudiendo la cabeza con irritación- Tú te pasabas horas con Wanda; también podrías haberte dado cuenta de lo que ocurría- le echó en cara, antes de darse la vuelta y abrirse paso entre los árboles.
-¿Adónde vas?- le preguntó Warren, sin alterarse, yendo tras ella a paso ligero.
-A cualquier sitio en el que no estés tú- respondió Marie, girándose hacia él.
Fuera de lo que cabría esperar, en vez de tener los ojos humedecidos por lo que Warren le acababa de decir, los tenía brillantes. Un brillo oscuro que Warren fue incapaz de identificar.
-Así dejaré de recordarte la causa por la que Mística secuestró a Wanda, ¿no es cierto?- añadió ella, con enojo.
Warren negó con la cabeza, casi imperceptiblemente.
-No pretendía hacer que te enfadaras conmigo- le dijo él, con suavidad, como si le estuviera hablando a un cervatillo asustado- No era mi intención.
Marie inspiró aire, tratando de calmarse. Un hormigueo la recorría de pies a cabeza y había una vocecilla que le decía que acabara con todo y que hiciera lo que tuviera que hacer para eso.
-Me conoces bien- alegó ella- Me conoces lo suficiente como para saber que me enojaría cuando culparas a Pietro de lo que le pasó a su hermana; incluso más de lo que me enojaría si me culparas a mí.
-Es cierto- contestó Warren, sin desviar los ojos de los suyos-, pero es lo que pienso. No he podido evitar decírtelo.
-Bien- Marie aferró la caja repleta de papeles contra sí y se dio la vuelta de nuevo, dispuesta a marcharse.
-Espera.
Al oírlo, Marie se detuvo. Su corazón latía rápido y un hilillo de sudor bajaba desde su cuero cabelludo, perdiéndose en el cuello de su camiseta. De repente, era muy consciente de que estaba anocheciendo.
-No he podido evitar decírtelo- reiteró Warren, con calma-, pero eso no significa que haya hecho lo correcto. Sé reconocer mis errores. No debería culparte de todos los males; eres mi amiga. Mi única amiga.
Marie calló, esperando a que siguiera hablando, porque sabía que no había terminado.
-No quiero perderte por una tontería. Te pido perdón.
Marie cerró los ojos, conteniendo las lágrimas. ¿Y si Warren había tenido razón y ella en verdad había sido la causa de que Mística hubiera podido llevarse a Wanda tan fácilmente? Todo ello se le olvidó cuando Warren la abrazó por la espalda. La caja se escurrió de los dedos de Marie como si fuera gelatina, y la chica dejó escapar un sollozo.
-Lo siento- le susurró Ángel al oído, acariciándole el cabello- No sé qué me ha pasado. Lo siento mucho.
No mucho más allá, aunque sí lo suficientemente lejos como para escuchar lo que acababa de pasar, Pietro los contemplaba tras un árbol.
Marie debía estar jugando con él. Siempre era por Warren, siempre. Pietro comenzaba a cansarse.
Un rato después, cuando Ángel y Marie se hubieron ido, el chico avanzó hacia donde habían estado momentos antes. Se inclinó para coger un papel que había caído de la caja y que Marie había olvidado recoger o no se había dado cuenta de que estaba allí. Era un pequeño trozo de folio descolorido y quemado por los bordes.
Para sorpresa de Pietro, iba dirigido a él.
Hola, Quicksilver. Sabía que verías esto. Tan pronto como puedas, reúnete conmigo en el bosque, donde tú bien sabes. En la furgoneta de Raven podremos hablar largo y tendido. Puedo hacer que la Bruja Escarlata y tú volváis a estar juntos. Piénsatelo dos veces antes de declinar mi oferta. Te estaré esperando.
Pietro ni siquiera parpadeó antes de empezar a correr hacia la furgoneta en la que había visto a Warren y a Marie minutos antes. En su precipitada carrera, se puso las gafas de buceo. Siempre se le olvidaba que tenía que protegerse los ojos, y cuando quería darse cuenta los tenía hinchados y resecos por haberlos sometido a tal aceleración.
Se detuvo una milésima de segundo después, tras el mismo arbusto que habían utilizado Warren y Marie para ocultarse con anterioridad. Pietro ni siquiera llegó tratando de recuperar el aliento; correr para él suponía lo mismo que respirar, tendría que pasarse mucho tiempo corriendo de un lado a otro para cansarse.
Más allá, en la furgoneta, efectivamente había alguien esperándolo. Desde donde se encontraba, Pietro no podía saber de quién se trataba, pero las piernas que sobresalían por la parte trasera de la furgoneta eran femeninas.
No tuvo que pasar mucho hasta que Pietro llegara frente a la mujer desconocida que se hallaba sentada en el suelo del vehículo, donde debería estar la puerta que Warren había partido por la mitad.
Los ojos de ella eran grandes y azules, rodeados por largas pestañas negras, del mismo color que sus finas cejas. Los cabellos castaños y cortos se enroscaban alrededor de su rostro. A pesar de que aquel peinado debería darle un aspecto aniñado, solamente suavizaba sus severos y levemente afilados rasgos; y, sin embargo, seguía siendo una mujer hermosa.
-¿Y bien?- le espetó Pietro, introduciendo las manos en los bolsillos de los pantalones-¿Tú eres la de la nota? ¿Dónde está mi hermana?
-Calma, Quicksilver- sonrió la mujer, sin molestarse en ponerse de pie- El apremio no lleva a ninguna parte.
Pietro la miró desdeñosamente.
-Dime lo que fuera que ibas a decirme y acabemos con esto- la urgió él- No me hagas perder el tiempo ni la paciencia.
La desconocida esbozó una sonrisa irónica, situando una pierna sobre la otra.
-Dicen que no hace falta mucho para que la pierdas- la mujer calló un momento antes de continuar- ¿Sabes quién soy?
-Me importa poco quien seas, con tal de que traigas de vuelta a Wanda.
-Eso depende de ti, Pietro Maximoff- respondió la mujer, con el brillo en los ojos característico de alguien que sabe algo sobre ti que tú no sabes- ¿Sabes quién eres?
Pietro entornó los ojos, exasperándose.
-No sé a qué viene esa mierda de pregunta ni qué tiene que ver con mi hermana- bufó el muchacho, cruzándose de brazos.
-Oh, tiene mucho que ver- repuso la mujer, sin alterarse- Porque si quieres volver a ver a tu hermana, tiene un precio, como todo. ¿Estarías dispuesto a pagar ese precio?
El muchacho clavó sus ojos en ella, con determinación.
-Habla- la instó, apoyando la espalda contra un árbol.
-La vida de tu padre a cambio de la de tu hermana. Me parece lo más justo; sangre por sangre.
Pietro soltó una carcajada seca, apartándose del tronco.
-Para tu información, no tengo padre- contestó él; el odio refulgiendo en sus iris acerados- Fue un cabrón que preñó a mi madre y la abandonó poco después. No lo conozco ni tengo la más mínima idea de dónde puede estar. Tampoco es que me importe- agregó, para darle más convicción a sus palabras.
-Estás tan equivocado, Quicksilver…- suspiró la mujer, irguiéndose. Llevaba puesta una falda gris hasta las rodillas y una chaqueta del mismo color, fabricadas con lino; su presencia contrastaba en demasía con lo que había alrededor- Lo conoces, lo has tenido delante de tus narices durante dos años.
La mujer acabó siendo lanzada contra el mismo árbol en el que Pietro se había estado apoyando segundos antes; las manos del chico en torno a su cuello. No obstante, nada en la expresión de la mujer dejaba entrever miedo o desesperación por verse en aquella situación tan precaria. Es más, parecía que había estado esperando aquella reacción por parte de Pietro.
-No eres quién para reírte de todo lo que he tenido que pasar para llegar donde estoy- siseó Pietro, amenazadoramente- Podría matarte y ni siquiera te daría tiempo a hacer el típico recordatorio rápido de todo lo vivido que suele hacer la gente a punto de palmarla.
La mujer sonrió levemente antes de contestarle.
-Tu padre es el que ha tenido en gran parte la culpa de todo lo que "hayas tenido que pasar para llegar hasta donde estás"- respondió ella, sin molestarse en llevarse las manos al cuello, allí donde él la tenía aferrada- Lo que piensas hacerme es precisamente lo que quiero que le hagas a él. Eric Lehnsherr no se merece nada más que la muerte.
Pietro la dejó caer al suelo sin miramientos.
-¿Quieres que mate a Magneto?- cuestionó, ceñudo.
No parecía que hubiera escuchado lo que la mujer acababa de decirle.
-Quiero que mates a tu padre.
Pietro la miró con fiereza.
-Yo no tengo padre. Si el trato es que acabe con Magneto para que me devuelvas a Wanda, lo haré. Pero no vuelvas a referirte a él como si fuera algo mío.
-Volverás a ver a tu hermana cuando cumplas con el cometido- asintió la mujer, con una sonrisa despectiva- Fuerza Libertad solo desea acabar con la guerra entre mutantes y humanos.
-Me trae al fresco la guerra, siempre y cuando cumplas tú con el acuerdo.
-Fuerza Libertad siempre cumple- aseguró la mujer- Dame una prueba de que Eric Lehnsherr ha muerto y te reunirás con tu hermana lo antes posible.
-¿Adónde te envío esas pruebas?
La mujer alzó una ceja al escucharlo, divertida.
-¿Crees que soy estúpida? Cuando quiera que sepas dónde está el Asile, lo sabrás. Mientras tanto, ya sabes lo que tienes que hacer.
Pietro resopló, molesto.
-¿Se puede saber cómo te voy a enviar las malditas pruebas si no tengo ni p**a idea de adónde tengo que mandarlas?
-Pronto tendrás noticias de mí. Regresa aquí cada miércoles a no ser que se te indique lo contrario, y recibirás instrucciones.
Pietro asintió, antes de esfumarse en medio de la espesura.
Irene Adler esbozó una sonrisa, satisfecha.
