Christmas Fantasy
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Preparativos
Tachikawa Mimi sonrió triunfal cuando dejó la bandeja sobre la mesa y dio vueltas en la habitación para contemplar el decorado. Aún no llegaban los días de fiesta porque faltaban unos pocos pero sus padres habían insistido en alegrar el ambiente con algunos adornos y Mimi se había alegrado de poder hacerlo. Era casi perfecto para la ocasión.
En su casa había mayor espacio que en los hogares de sus amigos y, por ello, la mayoría de las reuniones que tuvieron y las piyamadas que organizaron habían sido allí. Para placer y agrado de Satoe, que siempre parecía feliz de tener visitas. Especialmente cuando empezó a hablar más con la mamá de Sora y la mamá de Hikari y Taichi.
Aunque habían pasado apenas unos días desde que hicieron el acuerdo de reunirse para jugar al amigo invisible, ella estaba entusiasmada con las vísperas navideñas. Si bien no era una celebración como lo era el Año Nuevo la idea de poder reunirse con sus amigos y compartir regalos la entusiasmaba mucho.
Le agradecería a su padre por darle la idea del intercambio y a su madre por hornear las galletas con forma de cactus con algún regalo especial. Quizás no era un motivo navideño pero la visión del plato repleto de galletas junto al pastel que habían preparado la noche anterior era alentadora.
Seguro que Palmon disfrutaría de esto, pensó con tristeza.
—¡Mimi!—la voz de su madre rompió el silencio. Era alegre y solo un poco aguda suavizada por las paredes de la habitación—, tus amigos están aquí.
No eran todos pero se sintió feliz al ver un cabello rojo y un alborotado pelo azul. Izumi Koushiro, pequeño y tímido, y Kido Jou alto y desgarbado, estaban bajo el umbral de la puerta.
—Koushiro-kun, ¡Jou-senpai!—los saludó con entusiasmo. Compartía el salón de clases con Koushiro pero Jou era más escurridizo y, a veces, verlo era imposible. Le alegraba que hubiese llegado en horario. Ese era su Jou.
Hicieron una pequeña reverencia a Tachikawa Satoe y siguieron a Mimi a la habitación.
—Llegamos un poco temprano, Mimi-kun. Espero que no te moleste.
—Claro que no. Sora-san dijo que ella y los Yagami llegaran un poco más tarde. Yamato-san dijo que no confiaría más en el horario personalizado de Taichi-san. ¡Ellos siempre están peleándose!
—¿Yamato-san?—preguntó Koushiro. Él no había visto al joven Ishida al entrar, sería muy descortes por no saludar.
—Um, sí. Vino temprano porque Taichi-san no le avisó que nos reuniríamos después de que fuésemos al centro. Pero mamá y yo volvimos más temprano y le dije que podía quedarse.
Jou escaneó la habitación, confundido.
—¿Y dónde fue?
—Fue a hablar con su madre, creo. No quiso que lo acompañase.
A Mimi le apenaba la situación familiar de Yamato y Takeru. Ella no tenía hermanos pero después de haber visto lo mucho que se preocupaban entre sí, lo mucho se echaban de menos cuando estaban separados, deseaba que pudiesen darles más tiempo junto a los dos.
—Entonces solo faltan tres más.
Mimi asintió. Imaginaba que Sora llegaría junto a los dos Yagami, porque pasaban mucho tiempo juntos. Según tenía entendido, habían sido amigos desde muy pequeños.
—Escribí nuestros nombres un papel para hacer el sorteo. Habrá que ver que no nos toquen nuestros nombres… ¿Se imaginan?
—Es cierto—Koushiro le dijo, sonriendo un poco ante la idea. Aunque la idea la había traído él, de repente se dio cuenta que no tenía forma de saber que los nervios lo invadirían en ese momento. Le aterraba la idea de decepcionar a su amigo invisible—, pero no creo que suceda.
—Creo que preferiría tocarme a mí mismo, sabría que regalarme—suspiró Jou.
—¡No digas eso, Jou-senpai! —lo regañó Mimi— Cualquier regalo es perfecto si se hace con amor. Tú debes ser el más difícil para regalar. O puede que sea Yamato-san, pero él no dirá que no le gustó.
—¿Y yo sí?—preguntó Kido, casi indignado. Mimi hizo una nota mental para hablar con Sora, a ellas les gustaba bromear con su superior.
—Se va a notar en tu cara—dijo ella, riendo.
—¡Oye!
Ishida Yamato se deslizó en silencio por la habitación, una pequeña sonrisa en su cara y saludó a Koushiro con una pequeña reverencia. No se atrevió a interrumpir la discusión de sus otros amigos, que eran ajenos a su presencia.
Miró la habitación con curiosidad y sintió que su boca se arqueaba cuando vio una bandeja llena de galletas que no estaban la primera vez que había entrado allí. Supuso que eso era lo que Mimi había ido a buscar antes, cuando él se retiró a hablar con su padre, diciéndole que sus planes se atrasarían un poco.
De otra persona, podría haber esperado que tuviesen forma de árbol u otra cosa de la época pero la figura delineada era una pequeña alusión a Togemon. Y el solo hecho de eso, hablaba mucho de Tachikawa.
—Lindas galletas—comentó.
Mimi, ignorando las quejas de Jou por primera vez, le dio una sonrisa radiante.
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Takaishi Takeru sacudió la cabeza con decepción. Era la tercera vez que sonaba el teléfono y ninguna llamada era para él. Podía ver la mirada apenada que su madre le dirigía cada vez que él levantaba la mirada de su cuaderno para ver si su hermano, por fin, lo llamaba. Él no quería ser impaciente —le recordaba a lo que había sido antes de sus aventuras en el Mundo Digital, antes de conocer a Patamon y a los demás— pero no podía evitarlo. Estaba ansioso por tener noticias.
—Él llamará, Takeru.
Su mamá seguía poniendo una cara triste cuando hablaba de su hermano pero también sonreía más. Él la había atrapado varias veces mirando una foto de Yamato cuando era pequeño. Sabía que ella echaba de menos a su hermano y también quería a su papá. Tenía la esperanza de que algún día...
—Takeru—dijo su madre y le señaló el teléfono. El se levantó de un salto—, es tu padre.
—¡Papá!
Takaishi Natsuko sabía que Hiroaki estaba sonriendo al otro lado. Durantes las raras ocasiones en las que Yamato había tomado sus llamadas, ella no había podido dejar de derramar lágrimas de silencio. Sabía que se merecía todo la frialdad de Yamato pero no podía evitar que doliese. Le gustaría volver a los viejos días, añoraba sonrisas que no podía recuperar.
Natsuko le acarició el cabello a Takeru, aprovechando la ausencia de su sombrero, y luego se volvió a la cocina. Yamato había accedido a quedarse en su casa esa noche, aprovechando que al día siguiente no habría clases. La distancia entre Odaiba y la prefectura de Kagawa se recorría en ocho horas y era bastante agotador para Hiroaki, o ella misma, para lograr que los niños tuviesen visitas regulares. Por eso habían acordado que tendrían días especiales para visitarse. Era difícil que pudiesen concertar encuentros: ella vivía demasiado lejos, casi en movimiento constante y Hiroaki estaba ocupado en su trabajo hasta tarde. Usualmente, los encuentros entre ellos ocurrían en casa de Hiroaki, la casa de Yamato. Ese año hubo varias extensiones, como el campamento de verano y ese pequeño encuentro en las vísperas pero Natsuko estaba internamente feliz por ello.
Le daba la oportunidad de ver a Takeru y a Yamato.
En Japón era un fenómeno raro que las familias separadas por el divorcio tuviesen contacto frecuente entre sí pero no importaba. Quizás se trataba de sus raíces europeas. Y la mirada desolada en los ojos de Yamato cuando se despidieron. Y las lágrimas de Takeru cuando comprendió, por fin, que ya no vivirían juntos.
Incluso Hiroaki, con sus raíces hundidas en la tierra de la tradición, no había querido cambiar el acuerdo. Él le había dicho que ellos tomaron decisiones egoístas y ella sabía que tenía razón. Pero eso los había hecho más flexibles cuando de sus hijos se tratasen.
—¡Está bien, papá!—Takeru siempre era entusiasmo puro. Ella pensaba vagamente en su padre cuando lo veía sonreír—. Sí, si. Aquí está. ¡Nos vemos mañana!
Y con ese saludo, Takeru le devolvió el teléfono.
—Papá quiere arreglar algunas cosas—dijo Takeru, muy serio.
Natsuko sonrió.
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—No es tan difícil, ¿verdad?—Mimi preguntó, una sonrisa triunfal en sus labios mientras miraba a Sora—. No tiene que preocuparte tanto por tu sombrero. Solo lo usaremos para el sorteo.
Sora suspiró exageradamente pero Mimi sabía cuando ella estaba molesta de verdad y cuando solo estaba jugando. Le gustaba ver a Sora así, a veces parecía olvidarse de su edad y que también era una niña como el resto de ellos.
—¿Quién empieza?—preguntó Mimi, después de sacudir el sombrero azul de Sora y asegurarse que todos los papeles estuviesen mezclados.
Ninguno de ellos se movió. Mimi lo encontró exasperante.
—Podría empezar Hikari—dijo Taichi, dándole a su hermana una sonrisa. Cuatro voces estuvieron de acuerdo y Mimi se sumó rápidamente.
Ella solo quería empezar.
—Está bien—dijo la más pequeña. Yagami Hikari tenía una forma de moverse que hablaba de fragilidad y pero sus ojos hablaban de fortaleza. Una contradicción que recordaba poco a su hermano, hasta que pasabas el tiempo suficiente con él.
Mimi le guiñó un ojo cuando sostuvo el sombrero de Sora solo un poco más bajo para que la pequeña pudiese ver el contenido.
Koushiro había doblado los papeles donde había escrito los nombres con una precisión inquietante.
—Tú puedes elegir el que quieras.
Hikari parpadeó, sus ojos brillantes, y le sonrió ampliamente.
Tomó una un momento y luego cambió de opinión y escogió otro. Mimi había usado papeles rosados diciendo que las hojas blancas eran aburridas para el juego.
Hikari miró el nombre que había en el papel, solo para asegurarse que no estaba su nombre escrito.
Los demás se tomaron un momento y cada uno eligió un papel del sombrero de Sora. Excepto Yamato, que hizo una elección simbólica para su hermano. Se negó terminantemente a mirar cualquiera de los dos.
—Hice un trato con Takeru —les explicó, con una de sus raras sonrisas y luego guardó los dos papeles doblados cuidadosamente, en su bolsillo—. Le dije que nos entraríamos al mismo tiempo así que no veré quién me tocó.
—¿Y qué pasa si a alguno de ustedes le toca su propio nombre?—preguntó Sora.
No había pensado en eso. Lo único que había querido era cambiar el ánimo de su hermano: Takeru estaba lo suficientemente desanimado por no poder estar allí con ellos.
—Los cambiaremos entre nosotros, supongo. Aunque romperemos un poco las reglas.
Mimi sonrió.
—Podemos perdonarlos por eso.
Taichi bufó. —Yo no creo que eso les suceda. Debería ser una clase extraña de suerte.
