Disclaimer: No me pertenece ninguno de los personajes que aparecen en este fragmento de historia.
CAPÍTULO 45. Telarañas.
Marie tuvo que aferrarse a la encimera para no caer de la impresión. De pronto su piel había adquirido una tonalidad lívida y las manos se le movían en un temblor incontrolable. No era posible; Warren, la única persona en la que confiaba en aquella casa aparte de Pietro, la había dejado allí sola. Siempre le había importado solamente Wanda, y le había hecho creer lo contrario. ¿Acaso no la apreciaba lo suficiente, que la dejaba sola con aquellos criminales? Pese a que en ninguna ocasión Ángel le hubiera prometido que iría con ella a rescatar a la hermana de Pietro, Marie lo había dado por hecho. Había dado por hecho que después de lo que sucedió la última noche que pasó en la Mansión X, Warren no la dejaría sola, como ella tampoco lo había hecho con él cuando prácticamente le arrancaron el ala. Evidentemente, sus expectativas para con Warren estaban equivocadas.
Por eso había querido guardar él la caja que habían encontrado en la furgoneta de Mística, para quedarse con toda la información y no compartirla con ella. Lo tenía pensado desde que el contenido de la caja se cayó en mitad del bosque. Solo había tratado de reconciliarse con ella después de lo que le había dicho para que Marie le diera la maldita caja. Ángel era un traidor; jamás se hubiera esperado algo tan ruin por su parte.
El rubor de la ira fue abriéndose paso en sus mejillas rápidamente, a medida que pensamiento lúgubre tras pensamiento lúgubre se iban agolpando en su cabeza, todos con rencor hacia Ángel. Dio un golpe a la encimera y se alejó, apartando a Pietro de un empujón.
-No has debido hablarle así- lo recriminó Dominik, desde el otro lado de la cocina, ceñudo.
-¿Crees que se ha ido porque está enfadada conmigo?- rió Pietro, casi con malicia, antes de desaparecer parar volver junto a Marie, que se dirigía al exterior de la casa.
-¿Adónde vas?- le preguntó él, mientras la veía salir afuera con determinación.
Al cabo, Marie se giró hacia Pietro, con lágrimas en los ojos de las que apenas era consciente.
-Qué te importa- contestó, conteniendo las ganas de llorar- Si vas a seguir hablando mal de Warren o diciendo cosas en su contra, puedes dejarme en paz.
-No es conmigo con quien tienes que estar cabreada…- replicó Pietro, con fastidio, cruzándose de brazos.
-Da igual lo que te responda, vas a seguir dándole vueltas porque odias a Warren y yo…- Marie exhaló un gran suspiro, sin ser capaz de continuar, y dándole la espalda para dirigirse al gran árbol que había cercano a la casa.
Tenía que superar su miedo a las alturas, tenía que escalar aquel mísero árbol. Sólo era una planta más alta que las demás, no tenía por qué sentir temor por una planta. Así, comenzó situando ambas manos sobre el tronco. Bien, aquello era el principio. Ahora solo debía mantener el equilibrio y no mirar hacia abajo.
-¿Qué estás haciendo?- inquirió Pietro, tras ella.
Al ver que Marie comenzaba a subir por el árbol de forma torpe y que sus pies resbalaban una y otra vez, se aproximó un poco, refunfuñando.
-Vas a hacerte daño.
Marie ladeó la cabeza un poco hacia él, exasperada.
-Cállate. Así no me ayudas.
-Podría ayudarte si me contaras qué está pasando- contestó Pietro, un tanto cansado- Quieres subir a la residencia de la palomita, ¿no es verdad?
La chica no contestó. Evidentemente era aquello lo que se proponía.
-Baja de ahí.
-No pienso hacerlo hasta que no haya comprobado una cosa- respondió ella, mordiéndose el labio inferior, a la vez que se arrepentía de lo que acababa de decir.
-Decirte que bajaras era una simple cuestión de cortesía.
Antes de que Marie parpadeara, se encontraba de nuevo dentro de la casa. Cuando los ojos se le acostumbraron a la oscuridad, pudo saber adónde la había llevado Pietro, que la aprisionaba contra la pared. Se trataba del cuarto que solía ser el suyo y que había abandonado durante el tiempo en el que Marie había estado con los X-men y después de que Mística se llevara a Wanda.
-Suéltame, Pietro- le pidió ella, sin mirarlo.
-No.
Marie alzó los ojos hacia el muchacho, en la penumbra.
-Sólo llevo un día aquí y no me dejas hacer nada por mí misma- susurró, apoyando la cabeza contra la pared y dirigiendo la mirada al techo, exhausta- Me siento como una intrusa, como si fuera tu prisionera…
-¿Prisionera?- reiteró Pietro, alzando una ceja al escucharla- ¿Estás segura de que esa es la palabra que quieres utilizar?
-A falta de una palabra que lo defina mejor, sí- repuso Marie, mirándolo ahora con fijeza- ¿Se puede saber qué tenías en contra de que subiera a las habitaciones de Warren? Él no iba a estar.
-Y no creo que vuelva a estar- replicó él, con inquina- Siento que te vaya a costar tanto asimilarlo- agregó, entornando los ojos.
-Claro que no sientes nada, Pietro- le recriminó Marie, logrando desasirse de su agarre- Te da igual que ahora mismo me haya quedado destrozada porque mi mejor amigo se haya ido sin darme la más mínima explicación. Solo te importas a ti mismo- añadió, sin poder reprimir el impulso de decir aquello último.
Pietro frunció el ceño, un tanto dolido.
-¿A qué vienen todas esas cosas?- le espetó él, sin hacer ningún intento más por retenerla, mientras la veía ir hacia la puerta que daba al pasillo- Si te he traído aquí, ha sido porque no quería que te hicieras daño tratando de subirte a ese árbol. Además, Warren no es tu único amigo.
-Eso; finge que te importa si me hago daño o no- bufó Marie, saliendo de la estancia- Sé que se supone que también puedo contar contigo, pero hace tiempo que no te considero un amigo, y supongo que a ti te pasa lo mismo que a mí.
Sin embargo, Pietro apareció frente a ella de nuevo, con una leve brisa, sin dejarla ir sin más.
-¿Qué me consideras entonces?
Marie hizo el amago de apartarlo, pero nuevamente Pietro se puso en medio.
-¿Qué me consideras?- repitió, en un tono no muy amistoso.
Marie alzó la cabeza hacia él, cansada.
-Pensaba que algo parecido a lo que la gente llama "novio"- murmuró ella, queriendo irse de allí cuanto antes- Pero con todo lo que ha pasado hoy, no sé si mi concepción sobre ti era la correcta.
-Comprendo que te sientas molesta porque se te haya ido la palomita- contestó el chico, metiendo las manos en los bolsillos de los vaqueros-, pero yo no estoy aquí para que te desahogues conmigo cuando estás en esas épocas en las que las mujeres no son ellas mismas. Ya sabes, con el menstruo y todo eso…
Sin que él se lo esperara, Marie, indignada, le propinó un guantazo en la mejilla, abriéndose paso hacia su habitación.
-Eres un idiota redomado, Pietro.
La oyó decir él mientras se alejaba, sin mirar atrás. Le dio una rápida patada a la pared, abriendo una brecha. Una brecha tan grande como la que se estaba abriendo entre él y Marie. Se pasaba las manos por los cabellos y por el rostro, cuando escuchó a Alex a su espalda, quien había asomado la cabeza por la rejilla de la puerta de su cuarto.
-Parece que vas haciendo progresos, Quicksilver- le dijo a Pietro, cruzando los brazos contra el pecho- Estoy casi seguro de que tu lista de amigos se acaba de reducir a uno.
Pietro se esfumó, dejando el pasillo vacío y haciendo caso omiso del comentario.
Entretanto, debía ser la misma hora a varios kilómetros de allí, cuando Logan dejaba a una Júbilo medio desfallecida en un banco, en la zona donde se hallaban los cajeros automáticos.
-Aquí es donde nos separamos- le susurró el hombre- No era mi intención hacerte pasar por todo esto.
-Déjame en paz, cabrón- logró responder ella, entre dientes, envolviéndose en su chaqueta, muerta de frío- El profesor nunca debió acogerte.
Logan la miró desde arriba, puesto que se encontraba acurrucada en un rincón.
-No eres la primera persona que me dice algo así- fue lo último que dijo, antes de dejarla allí y disponerse a buscar algo de ropa.
Ahora mismo, estaba en Bedford, como en aquella ocasión en la que Víctor trató de matarlo. Todo por seguir las órdenes de aquel retorcido al que llamaban "profesor". No había muchos edificios en los alrededores; la mayoría eran casas a las que se podría acceder fácilmente sin el permiso de los propietarios.
Congelado como estaba, ya que había salido huyendo con el atuendo con el que solía dormir (unos pantalones cortos oscuros y una camiseta de tirantes), se agazapó tras un coche, escrutando el escaparate de una tienda a la luz de una farola.
Por aquella época del año, la gente no solía tender sus prendas fuera de casa, porque muy de vez en cuando llovía, así que, lo único que se le ocurrió fue atracar un local.
Sin más dilación, dio un enorme salto por encima del vehículo tras el que se había estado escondiendo, y sacó las garras, con un sonido metálico que resonó en la calle desierta.
El adamantium se hundió en el grueso vidrio del escaparate, rompiéndolo en pedazos y haciendo sonar una alarma que alertaría a todo el vecindario.
-Mierda- masculló, cogiendo una mochila de las que tenían expuestas, y varias prendas que guardó dentro. También se agenció de unas zapatillas deportivas.
No pudo resistir la tentación de apoderarse de una chaqueta de cuero, puesto que la que acostumbraba a llevar siempre, se había ido junto con Marie la noche anterior, cuando la Hermandad se la llevó de su lado. No era igual que la suya, pero serviría, pensaba, satisfecho.
Para ese momento, la policía había aparecido en el establecimiento, y habría unos tres hombres que lo apuntaban con pistolas.
-¡Alce de inmediato las manos sobre la cabeza!- gritó uno de ellos, el que se encontraba en medio de los otros dos- Suelte la bolsa y alce las manos por encima de la cabeza, no se lo repetiré una vez más.
Lo primero que hizo Logan fue colgarse de un hombro el bolso con las cosas que había robado. De sus nudillos emergieron las seis finas placas de adamantium que lo caracterizaban, aterrorizando a los agentes.
-Es un mutante- farfulló el mismo policía, resaltando lo evidente- Supongo que estará usted registrado.
-Supone usted bien- gruñó Logan, aproximándose hacia aquellos hombres, que se interponían en su camino hacia la salida- Ahora, si me disculpan- añadió, apartándolo de un fuerte empujón que lo cayó al suelo, dejándolo sin respiración.
-¡Deténgase de inmediato o abriremos fuego contra usted!- vociferó otro agente, cuya voz había temblado en varias ocasiones al pronunciar aquello- ¡Hágalo ahora!
En ese momento, Logan le estampó un codazo en el rostro, deformándolo casi por completo. El policía que había quedado indemne no dudó a la hora de apretar el gatillo, haciendo que Logan recibiera un balazo en el abdomen.
Con un bramido, Lobezno se lanzó contra él, haciendo que una estantería le cayera encima.
Corrió al exterior, abriéndose paso entre algunos de los habitantes del pueblo que estaban en los alrededores. Habrían salido de sus casas para ver a qué se debía tal estruendo. En cuanto veían que Logan no sujetaba unos cuchillos, sino que los "cuchillos" eran parte de él, salían huyendo.
Logan rompió una ventanilla de un coche para abrirlo, y se montó, dejando la bolsa en el asiento del copiloto. Introdujo una de sus garras en donde debía introducirse el contacto, y arrancó el motor, saliendo de Bedford a toda velocidad, tras extraerse la bala, que había quedado superficial. Ahora comenzaba su vida de verdad.
En la residencia de la Hermandad de Mutantes Diabólicos de Magneto, alguien también se estaba saltando las reglas.
Ante la forma en la que le había hablado Marie y la bofetada que le había dado, Pietro, enfurecido, había acabado yendo al sitio al que ella había pretendido ir desde un principio: a las habitaciones de Warren en lo alto de la casa.
Con su velocidad sobrehumana y su brillante agilidad, a Pietro no le había costado más de un segundo subir allí, pese a que no existían escaleras a esos aposentos desde el interior de la casa (ni desde el exterior). Al menos, que la mayoría de los miembros de la Hermandad supiera.
Pietro había empleado, precisamente el árbol que Marie había estado tratando de escalar hacía unos minutos, para impulsarse. Y allí, se encontraba, con una mueca de desprecio dibujada en el rostro.
Warren no era puro ni inmaculado, como sus grandes alas blancas le hacían parecer. Tampoco era muy limpio, aunque se preocupara (a veces, en exceso), por su higiene corporal.
Estaba todo hecho un desastre. Había papeles desperdigados por el suelo, de pinturas asombrosamente bien hechas, cuyo aspecto era sobrecogedor, que debían haber sido realizadas por él.
Eso creía Pietro, hasta que se acercó a una mesilla donde había varios dibujos, para coger uno de ellos que era muy diferente a todos los demás. Parecía que hubiera sido pintado por un niño pequeño. Se trataba de dos monigotes: uno con un triángulo y unas líneas en el círculo superior, a modo de vestido y de cabello respectivamente, simulando una chica; otro con dos líneas que salían de la espalda, y que debían representar las alas de Ángel.
La chica tenía dibujada una flor en la mano (que también era otra línea, pero mucho más pequeña), y se la tendía al chico monigote, que sonreía con una curva en la mitad del círculo que se suponía la cabeza, rodeada de números seis a modo de rizos.
Debajo del dibujo había algo escrito, con letra muy redondita: Te quiero, ángel mío.
Pietro empalideció, reconociendo aquella letra como la de su hermana. Dejó el dibujo a un lado; el simple hecho de mirarlo hacía que quisiera romper cosas, muchas cosas. Comenzó a tener un dolor precordial, con lo que necesitó sentarse sobre la cama deshecha que había a un lado. La cabeza comenzó a darle vueltas, y todo empezó a carecer de sentido comparado con lo que suponía tener a Wanda lejos de sí. Apoyó una de las manos sobre las sábanas revueltas, notando algo diferente al tacto, algo que no era tela.
Ladeó el rostro descubriendo un folio cuidadosamente doblado, que en un principio le había pasado desapercibido. Ceñudo, lo tomó entre sus manos, tratando de vislumbrar lo que ponía sin encender ninguna luz, ya que eso avisaría a los demás habitantes de la casa de que había alguien allí arriba, y podrían suponer equivocadamente que era Warren, al que se le había ocurrido la estúpida idea de volver allí después de lo que había hecho.
Sabía que subirías, Marie. Siempre te has preocupado más de lo que deberías por mí, siempre más de lo que debería estar permitido. No te preocupes, y no te enojes de nuevo conmigo. Probablemente me odiarás, pero esto es algo que era mejor que hiciera sin ti. No me perdonaría arriesgar tu vida, cuando a todos nos eres tan preciada. Cuando acabe de hacer lo que he de hacer, volveremos a por ti. Es una promesa.
¿Volveremos a por ti? ¿Qué se suponía que significaba eso? ¿A qué se refería Warren hablando en primera persona y en plural? Pietro no lo sabía, pero no estaba dispuesto a permitir que aquella nota cayera en las manos de Marie, y le diera esperanzas en lo que a Warren se refería.
Lógicamente, no estaba pensando con claridad. Él realmente quería que Marie estuviera bien, que fuera más feliz- algo difícil en aquellos tiempos-, pero quería ser él el que le diera motivos de alegría. En su cabeza últimamente no había sitio para nada más que no fueran celos, y Pietro no era consciente de ello. No era consciente de que no solo hería a Marie, sino también a sí mismo. Lo único que haría con todo aquello, sería perderla.
Sin darse cuenta de que no se estaba portando como lo haría nadie en su sano juicio, cogió la nota y la arrugó entre sus dedos, para después romperla en un montón de pedacitos que se perdieron entre las pinturas que se hallaban en el suelo.
Bueno, en aquella parte cercana a la cama, hubiera sido mejor decir entre las pinturas que se hallaban sobre una alfombra descolorida y vieja; posiblemente la más fea y hortera que Pietro hubiera visto jamás. Definitivamente Warren tenía muy mal gusto.
Justo cuando comenzaba a apartarse de la cama, en la alfombra se formó un bulto cuadrado. Algo estaba a punto de suceder, pero Pietro no tenía idea de qué podía ser. Los pelillos del brazo se le pusieron como escarpias ante la excitación. ¿Se iba o no se iba?
Obviamente, la primera opción hubiera sido la que cualquier persona sensata hubiera escogido, pero Pietro, lo menos que era, era precisamente sensato. Por lo que se quedó parado en el sitio, con los ojos clavados en el bulto de la alfombra. Era como si una caja estuviera emergiendo del suelo que había bajo el felpudo, formando aquella especie de bulto tan simétrico. Entonces, la alfombra y lo que había debajo salió disparado al otro lado de la habitación.
Pietro tuvo que apartarse para no recibir el impacto, y afortunadamente se le ocurrió alejarse, porque lo que había debajo de la alfombra era una trampilla, una trampilla compuesta por una placa metálica cuadrada de mediano tamaño; el tamaño adecuado para realizar un corte transversal de una persona.
Atónito, Pietro, contempló, como una figura emergía del hueco oscuro que había dejado la trampilla, rodeado de pelusas que había dejado la alfombra donde minutos antes había estado colocada.
La expresión del chico cambió al descubrir que el recién llegado no era otro sino Magneto. Pietro tragó saliva, inclinando la cabeza, impidiendo de esa forma que el líder de la Hermandad pudiera vislumbrar su semblante mezcla de sorpresa y algo más sombrío.
-¿Qué tenemos aquí?- sonrió Eric, que venía solo y con los cabellos castaños revueltos- Fingir que me sorprende encontrarte aquí en realidad es una pérdida de tiempo. Llevo buscándote desde hace un rato.
A Pietro le resultó extraño verlo con ese aspecto, ya que hacía mucho que no lo veía sin el casco. Alzó una ceja al oírle lo último.
-¿A mí? ¿Y ese repentino interés? - replicó, sin poder evitarlo- Ni siquiera sabía que existiera un modo de llegar desde la casa hasta aquí. ¿Cómo sabías que ibas a encontrarme precisamente en este lugar?
Magneto rió; una risa ronca, apenas audible y demasiado efímera como para parecer verdadera.
-Eres muy predecible, Pietro. Podría decir que te conozco como si fueras de mi familia.
Pietro no comentó nada al respecto, quedándose muy quieto y resistiéndose las ganas que tenía de gritarle que así era, pero que Eric había sido un gilipuertas al dejar a una mujer que apenas podía valerse por sí misma cargando con dos hijos de los que él era "culpable" y responsable.
-¿No te interesa saber para qué te estaba buscando?- inquirió Magneto, con una sonrisa un tanto cínica.
Pietro se recompuso, y lo miró, encogiéndose de hombros.
-Estaba esperando que me lo contaras- respondió, tras un ligero carraspeo.
-Antes de que utilice el artefacto con la chica, ¿no te interesaría tener una oportunidad para estar con ella… digamos, en un sentido más íntimo?
Inmediatamente, el muchacho lo miró con ojos desorbitados.
-¿Estoy oyendo bien?- preguntó al cabo, ceñudo- ¿Desde cuándo te interesan lo que tú calificarías como rollo amoroso de adolescentes?
-No me interesan lo más mínimo- contrarió Eric, haciendo un gesto para quitarle importancia- Pero sí me interesa que los miembros de mi Hermandad estén contentos.
Pietro dejó que hablara, sin interrumpirlo.
-Como voy a quitarte tu entretenimiento preferido, había pensado que quizás debería compensarte de alguna manera, y se me había ocurrido esto.
Magneto extrajo de los bolsillos de su capa oscura un frasco con un contenido rojo apagado.
-¿Se supone que darle de beber sangre a mi novia va a hacer que no me electrocute cuando me acueste con ella?- soltó Pietro, con escepticismo- Creía que solo servía para convertir a otros en vampiros.
Magneto entornó los ojos, recordándose a sí mismo que debía mantener la paciencia.
-Esto es un opiáceo- explicó el hombre, manteniendo la calma- Un medicamento para "adormilar" la piel de la chica. Dáselo y conseguirás mantener relaciones con ella sin dolor.
Pietro cogió el frasco al vuelo cuando Eric se lo lanzó, sin terminar de creerse que aquello fuera cierto.
-¿Qué ganas tú con todo esto?- cuestionó el chico, receloso.
Magneto volvió a reír de la misma forma; casi no se le escuchaba.
-Úsalo si te place. Si no quieres, no lo hagas, pero luego no te enfades contigo mismo porque tuviste una oportunidad de acercarte de ese modo a ella y no la aprovechaste- le dijo, de espaldas, antes de precipitarse por la trampilla.
Rápidamente, la placa de metal que conformaba la tapadera del agujero realizado en el suelo, lo cubrió, dejando la alfombra tirada en un rincón.
La luz de la luna arrancaba destellos plateados de la trampilla cuando Pietro desapareció de allí, dejando solo el que había sido el refugio de Ángel por tanto tiempo.
