N/A: Ah, lamento la tardanza, existen muchísimas excusas o justificaciones que podría dar, pero la pura verdad es que soy una persona "de ganas". Tengo ganas, lo hago, no tengo ganas, no lo hago, así de simple; y en estos días con tantas visitas y salidas no tuve ganas de hacerlo. Claro, luego me dio remordimiento de conciencia y trabajé en este capítulo arduamente. De nuevo, gracias a todos por sus lindos reviews que me animan a continuar escribiendo.

Disclaimer: Los personajes no me pertenecen.


Castigo

Las 6 de la mañana. La temperatura, durante la temporada, por las madrugadas era muy fría –aunque durante el día el calor fuera casi insoportable-, lo que hacía que los hermanos se abrazaran tiernamente compartiendo calor corporal. Más frío aún porque los rayos del sol aún no llegaban a iluminar el lugar con su cálida radiación.

Las monjas a esa hora, ya estaban yendo de un lado hacia el otro despertando a cada niño dentro de cada habitación. La puerta se abrió de pronto despertando a Itachi con el ruido, quien se sentó sobre la cama de la sorpresa.

-Vamos, vamos, niños, ya es hora de levantarse… Itachi, por el amor de Dios, arregla a tu hermana y ayúdala a ser autosuficiente –y al terminar de decir eso se fue dando un portazo, apresurada por tener que alistar a más niños para las clases.

Sakura se levantó restregando sus ojos con sus pequeñas manos, se estiró como un gato y luego miró a Itachi.

-Buenos días –saludó mientras le sonreía. Sus ojos lucían hinchados y aún adormilados.

-Buenos días –le respondió Itachi. Él deseaba que su hermana hubiera dormido un poco más, pero la escuela es la escuela, y algo tan importante como la educación (aunque fuera mala en ese orfanato) no podía ni debía ser evadida.

La puerta volvió a abrirse rápidamente, unas prendas de vestir entraron casi volando y luego la puerta volvió a cerrarse. Era la ropa del día.

Itachi, con mucha pereza, quitó las cobijas de la cama para ir por la ropa. Se agachó y la vio. Un vestido veraniego azul marino para su hermana, y una camiseta y un pantalón corto para él. Al menos combinaba.

Sakura se levantó de la cama y fue al lado de su hermano. A ella no le gustaban los vestidos, pero era lo que usualmente debía usar "por ser niña", a ella le gustaban más las ropas de su hermano, de hecho, quería verse como él.

Sin mediar palabra Itachi se acercó a su hermana y le quitó el camisón de pijama. Le puso el vestido y después los zapatitos de tela azul marino. Luego se cambió él. Sabía que a ella no le gustaban los vestidos, pero se veía tan bonita que sonrió internamente.

Sakura comenzó a jalar el vestido con sus manitas, tratando de estirarlo porque sentía que le quedaba muy ajustado.

-Sakura, basta, el vestido se romperá si continúas halando de él–le advirtió Itachi, pero la niña hizo caso omiso y continuó haciéndolo. Es que simplemente ella no quería esa ropa, quería una igual a la de su hermano. Le tomó sus pequeñas manos y la miró directo a los ojos. -¿Acaso no te das cuenta que así te ves tan linda, mi niña?

Sakura se sonrojó intensamente. Si Itachi le decía eso entonces tenía que ser verdad. Se sintió tan débil ante esa mirada tan penetrante y detuvo todo intento de agresión hacia su vestimenta.

Desde ese día, Sakura se prometió usar vestidos cada que tuviera la oportunidad, porque como cada niño, una sola frase, una sola oración podía cambiar todo su mundo. Era esa necesidad innata que tienen los niños de agradarle a quienes quieren, en ese caso, nada más satisfactorio que agradarle a su hermano.

Él ya estaba terminando de cambiarse cuando la sintió abrazarle por detrás. Sus brazos no terminaban de rodearlo por completo, y sus deditos se aferraban de su camiseta con fuerza hasta ponerse colorados. Itachi puso sus brazos sobre los de su hermana, disfrutando el hermoso y pacífico regalo que ella le daba con tanto sentimiento. Sintió unas ganas inmensas de besarla, pero se detuvo porque escuchó pasos acelerados por el corredor acercándose a la habitación.

Sakura se apartó de él terminando el abrazo, y unos segundos después la puerta fue abierta. La visión que tuvo la monja la sorprendió en demasía. Frunció el ceño y les ordenó que salieran de la habitación de inmediato. Ella no tenía ninguna injerencia en el asunto, además, que ambos niños estuvieran sonrojados y cerca el uno del otro no significaba nada, ¿verdad?

Los escoltó hasta el comedor furibunda, sin dirigirles palabra. Su deber no conllevaba hacer una investigación sobre la situación, ni regañarles, así que simplemente continuó siguiendo la tarea que le había sido asignada. Sabía un poco de la historia de ambos, de lo que había sucedido hacía unos cuantos años en el orfanato, pero si a sus superiores no les importaba, a ella tampoco.

El comedor estaba lleno de niños, platicando con voces suaves, llenando el lugar de quedos murmullos que de vez en cuando se alzaban un poco y después volvían a bajar hasta casi hacerse el silencio. El desayuno como siempre fue horrible y una vez los platos fueron llevados a las tinas de lavado, los niños desalojaron el lugar para ir a clases.

Itachi acompañó a su hermana hasta su salón de clases. La puerta se encontraba abierta, desde ahí podía ver las mesas y las sillas de los niños, y a estos platicando entre sí a la espera de la llegada de la instructora.

Itachi se agachó hasta quedar a la altura de su hermana. –Cuídate mucho y pórtate bien –le dijo con su suave voz. Luego volvió a erguirse y le dio un beso en la cabeza.

Sakura sonrió con dulzura, asintió con su cabecita y entró al salón de clases. Itachi, ensimismado con el dolor que le producía dejar sola a Sakura, la vio sentarse en su lugar, sacar un libro con sus torpes manos de debajo de su mesa y comenzar a platicar con la niña que se sentaba enfrente de ella. Realmente le dolía alejarse de ella, aunque fueran unas cuantas horas, hasta verse de nuevo en los jardines al terminar las clases.

La llegada de la instructora lo tomó por sorpresa, y una vez que ella entró, supo que él iba tarde para sus propias clases. Salió corriendo de ahí con el ceño fruncido. Esperaba que no le regañaran mucho por su tardanza.

Las clases para él concurrían como normalmente lo hacían, la mujer hablaba y hablaba, sus compañeros tomaban notas apresuradamente, pero él miraba por la ventana hacia el área de juegos, recordando bellos momentos con su familia, preguntándose qué estaría haciendo su hermana y si sonreiría cuando la instructora le dijera que su tarea había estado excelente.

-Itachi… Itachi… ¡Itachi! –le gritó la instructora al jovencito que no hacía caso con la mirada perdida fuera del salón de clases. Él reaccionó y lentamente volteó su cabeza hacia la mujer que lo miraba con enfado. Nada en su cara, ninguna expresión, no había sorpresa, melancolía o enojo, estaba serio como siempre. –Tienes que prestar atención niño, pasa y haz el ejercicio –ordenó mientras apuntaba con su mano el problema matemático que estaba escrito en el pizarrón.

Itachi no quería hacerlo, realmente no quería separarse de su asiento ni alejar esos hermosos recuerdos. Se levantó de su lugar y mientras caminaba al frente del salón miraba el problema. Al llegar, tomó la tiza y escribió "x = 76.4 u2"´sin hacer una sola operación. La mujer se sorprendió de sobremanera. En su cuaderno comenzó a hacer unos rápidos garabatos y al revisar, se sorprendió al darse cuenta que el resultado estaba correcto.

-Eres un tramposo, viste la respuesta –acusó ella mirándolo con el ceño fruncido.

-No es verdad, hermana Hitomi, ni siquiera usted tenía la respuesta, la acaba de hacer –le respondió él. ¿Es que acaso aún no entendían que él no necesitaba escribir operaciones porque las hacía todas mentalmente? Él, que gustaba de la lectura, y que había devorado libros enteros de la biblioteca hasta que le prohibieron la entrada, no necesitaba prestar atención a la clase porque todo eso ya lo sabía. Probablemente hasta supiera incluso más que cualquiera de las instructoras del lugar.

Cuando él mencionó esas simples palabras en pos de su propia defensa, la clase entera absorbió aire al unísono, casi como si lo hubieran ensayado, haciendo ese ruido extraño parecido a un suspiro. A una hermana no se le contradecía, ni mucho menos se le hacía notar sus errores. La hermana se sonrojó de vergüenza y al pobre Itachi unas fuertes cachetadas le llegaron a su blanco rostro junto con unos estruendosos gritos que lo sentenciaban a castigo. El pelinegro la miró directamente, con su cara que no expresaba más que seriedad y sus ojos que brillaban con el color de la sangre.

-¡A tu lugar! –gritó la monja de blancos ropajes. Itachi enfadado se dirigió a su lugar callado, sin hacer un solo ruido, sin pelear, escapar, patalear o gritar, nada, sólo su apariencia de imperturbable.

El resto de la clase Itachi observó a la instructora con su penetrante mirada con destellos rojizos, no la apartaba de ella, incluso parecía que no parpadeaba. Sus ojos detallando cada simple movimiento que ella hacía, sus resecos labios moviéndose al hablar, las manchas en su piel que indicaban su edad, sus cabellos grasosos, sus dientes amarillentos, los pliegues de piel en su cuello, el área circular sin broncear en su dedo anular, las gotas de sudor resbalando desde sus sienes lentamente hasta secarse, las migajas que quedaron en su ropa, las arrugas de su rostro, sus diminutas y delgadas pestañas…

El nerviosismo y el temor en la mujer aumentaban considerablemente con cada minuto que pasaba y que él no despegaba su mirada de ella. Sus movimientos se hacían cada vez más frenéticos y torpes, las oraciones que soltaba se cortaban con continuidad, los alumnos dejaban de prestarle atención, el ambiente lo sentía tan denso. Le estaba costando hablar, le estaba costando respirar…

El timbre sonó haciendo brincar a la mujer de su lugar. Aliviada observó como el pelinegro rápidamente guardaba sus cosas caminando rápidamente hacia la puerta del salón. Tenía que decirle que no olvidara el castigo, que tenía que reportarse en la cocina para lavar todos los trastes, pero no encontraba su voz.

-I-Itachi… -llamó ella, mas cuando él volteó por haber sido llamado, la voz se le fue definitivamente.

Itachi entrecerró sus ojos, la miró una última vez, le dijo "Ya sé" y salió apresuradamente del salón.

Necesitaba verla. Necesitaba oler su dulce aroma, necesitaba sentirla entre sus brazos, necesitaba de su cantarina voz. Necesitaba a Sakura con urgencia.

Desesperado comenzó a buscar esa cabellera rosada tan suave de su hermana, la vio a lo lejos hablando divertidamente con un pequeño grupo de amigas. Se acercó rápidamente y al llegar a su lado, sintió que la calma regresaba a su ser. Ahí estaba ella, sonriendo mientras escuchaba con atención lo que sea que le dijera su compañerita.

-Hola, Sakura –saludó él, ignorando olímpicamente a las otras niñas.

-¡Itachi! –gritó ella y se aventó a los brazos de su hermano. Abrazarlo se sentía tan bien.

Las niñas despistadamente se alejaron del lugar, siempre habían sentido esa aura de amenaza que el pelinegro despedía. A veces ellas sentían lástima por Sakura.

Itachi se agachó y profundizó el abrazo, apretándola con necesidad y aún así, tratando de no lastimarla. Ella era tan frágil que no quería romperla.

Se separaron lentamente, con sus ojos aún cerrados.

-¿Cómo te fue? –preguntó tal cual cada día lo hacía. Ella ni siquiera se había dado cuenta que ya se habían quedado solos.

-Bien, pero la maestra me regañó porque dice que dibujo feo – sus mejillas sonrojadas, su ceño fruncido, mirando al suelo por la tristeza que sentía.

-Creo que no fue un buen día para ambos. Escucha, Sakura, he sido castigado, lamento que esta tarde no pueda estar contigo. Pero por favor prométeme que te esforzarás con tu tarea y que te cuidaras mucho… -dijo él con voz lastimera, sus ojos llenos de tristeza.

-¿Te castigaron? ¿Por qué? –preguntó ella con una inmensa tristeza también.

-Ya sabes… las hermanas… -contestó él, sin querer darle algún detalle.

-¿Y si te ayudo? –se ofreció con sus ojos brillando. Esperanza desbordando al igual que lágrimas luchando por salir de sus ojos.

-No te preocupes por mí –aclaró Itachi, sintiéndose de pronto aliviado por las palabras de su hermana. –Terminaré pronto y así pasaremos tiempo juntos ¿de acuerdo?

Sakura asintió con su cabeza, tallando sus ojos para limpiarlos de cualquier lágrima. Le sonrió, tratando de mostrarse fuerte para él y que no se preocupara de ella. Le había prometido regresar pronto, y ella creía en la palabra de su hermano más que cualquier otra.

Itachi la abrazó de nuevo, le dio un beso en la cabeza y se fue hacia la cocina. Entre más pronto terminara, mejor para ambos.

Sakura se quedó en ese lugar, jugando con sus deditos, preocupándose por su hermano y esperando que alguien le hiciera compañía, mas nadie llegaba y súbitamente se sintió sola. Totalmente sola y desamparada.

Las manos ya las tenía rojas de tanto tallar, tenía pequeñas cortaditas casi invisibles por entre todos sus dedos y las palmas. Cada que tocaba la esponja, cada que el jabón tocaba sus heridas, le ardía inmensamente, tanta fricción le estaba volviendo loco. Pero no se detenía, seguía tallando con la misma vehemencia con la que había iniciado, dando todo de sí para terminar pronto e ir con su hermana, tal como le había prometido.

La hermana que lo vigilaba ya empezaba a sentir pena por él. Lo veía tallar con rapidez, magullando sus propias manos sin quejarse, ella era testigo. Quería pedirle que se detuviera, pero estaba fuera de sus facultades. Por Dios, parecía que el niño se estaba matando a sí mismo, como si se estuviera clavando el cuchillo con todas sus fuerzas.

Él sólo estaba preocupado, pensando en todo lo que le podía ocurrir a su hermana en el patio mientras él no estaba, alguien podía lastimarla accidentalmente, o tal vez intencionalmente. El mero pensamiento de ello le dio rabia y talló con más fuerza la gran hoya, causándose más daño.

Acabó en tiempo record, secó sus manos con leves palmaditas porque tallarlas le dolía demasiado y salió del lugar sin decir palabra.

Afuera ya estaba a punto de oscurecer y ya no había nadie. Seguramente sería la hora de la cena. De pronto sintió hambre porque por el castigo no se le había permitido comer, y aunque se lo hubieran permitido él no hubiera aceptado.

Se dirigió al comedor, y en la mesa central vio la cabellera rosa que tanto estaba esperando. Se sentó junto a ella asustándola, quien feliz lo abrazó con fuerza. Por fin ya no estaría sola.

Al servirles la comida, Itachi pudo observar como todos miraban los platos con admiración, se encontraban tan brillantes y limpios como nunca antes lo habían estado. Parecían nuevos.

Itachi sonrió con superioridad, había hecho un buen trabajo, sus manos lo estaban pagando, pero ya no importaba porque ya estaba con ella.

Fue solamente al llegar a la habitación que Sakura se dio cuenta de las lastimadas manos de su hermano.

-¿Qué te pasó? –le preguntó ella con los ojos acuosos, realmente se veía doloroso.

Él con paciencia y despreocupación le dijo que se había apurado demasiado. Itachi hizo su tarea, revisó la de su hermana como cada día y después fueron llevados al baño. Tocar el agua tibia, el shampoo y el jabón había sido una verdadera tortura. Aún más tallarle el cabello a su hermana y luego a sí mismo. A veces sentía que quería llorar, pero por ella haría todo lo que estuviera a su alcance, aún si él mismo pereciera en el trayecto.

La amaba demasiado.

En el cuarto, antes de dormir, Itachi le enseñó a Sakura como vendar sus manos. Los vendajes no habían quedado bien hechos, pero el trabajo de su hermana fue como una instantánea cura para su alma.

-¿Sakura, puedo darte un beso? –preguntó Itachi.

Sakura se sonrojó, su mirada perturbada, su boquita abierta de la sorpresa.

El rostro de su hermana lucía tan vulnerable. Se perdió en la inmensidad de los ojos puros y brillantes de ella. Tomó su rostro entre sus vendadas manos y se acercó. Sintió su aliento. Cerró sus ojos y juntó sus labios. Las sensaciones se intensificaron hasta robarle el aliento. Los suaves labios de su hermana, su calidez, toda ella, tan tierna.

Movió ligeramente sus labios sobre los de ella. Tal vez debiera realmente creer en la existencia del cielo, porque se sentía en él.

Al separarse vio la mirada perdida de su hermana, tan pequeña y tan inocente. Apagó la luz y tomandola de la mano se acostó bajo las cobijas con ella entre sus brazos. Ella se abrazó a él de la misma manera y así volvieron a dormir cómodamente juntos.


Notas finales: Ufff este capítulo me quedó sorprendentemente largo para lo que yo tenía planeado, pero era la inspiración fluyendo por mis manos. Excepto la última parte en la cual el agotamiento y la pereza ganaron sobre mis ganas de escribir. El puzzle de sus vidas esta siendo completado y cuando ya lo esté podré seguir la historia linealmente.

Espero les haya gustado este capítulo, por favor dejen sus comentarios, opiniones, preguntas, ideas, sugerencias, críticas constructivas o lo que sea que ustedes gusten en un review. Hasta luego.