N/A: Lamento muchísimo la tardanza de este nuevo capítulo y no quiero abrumarles con largas explicaciones o problemas de mi vida real, pero como justificación puedo decir que la escuela y las enfermedades me están acabando poco a poco (y tener que arreglar el zinc de la cocina). Por favor continuen apoyándome, lo necesito...
Disclaimer aplicado.
De habitaciones y camas Parte 2
Dentro de la habitación Itachi yacía sentado en la silla frente al escritorio de la Madre Superiora. Su estado antes alterado había alcanzado uno de calma, al menos momentánea, y a pesar de que el brillo de sus ojos había menguado, seguían siendo carmesí.
Sabía que afuera, probablemente pegada a la puerta, estaba su hermana preocupada por él, por lo tanto no reaccionaría como años antes lo había hecho. Esta vez tenía más edad, más madurez y experiencia que sabría aprovechar. No se comportaría como un imprudente estúpido que sólo causaría más problemas y peores consecuencias.
Y aun sabiendo todo eso no podía pensar en otra cosa que no fuera su hermana, ella afuera de la habitación esperando por él, probablemente llorando por él. Así, preparándose psicológicamente, escuchó con atención lo que las monjas le decían.
Aproximadamente 2 años atrás, Sakura se había despertado inusualmente emocionada por el cumpleaños de su hermano. Lo despertó con abrazos y felicitaciones, lo llenó de mimos y cariños y emocionada le dio su regalo.
Era un dibujo que no era precisamente bello, los colores no combinaban, las proporciones estaban mal hechas, no tenía sentido alguno, las líneas no eran uniformes y los colores salían de estas en rayones, pero estaba hecho por las pequeñas manos de Sakura. A pesar de lo horrible que estaba, a Itachi se le iluminaron los ojos de felicidad al saber que su hermana se había esforzado tanto para darle un pequeño presente, feo, pero valioso para él.
La mañana transcurría como normalmente lo hacía. Era un día brillante de verano, el sol ya estaba en lo alto del cielo pintándolo de ese azul tan vivo y llamativo, y el mundo entero parecía estar tan vivo, que daban ganas de salir al patio y jugar.
Itachi, aparte de su hermana, no recibió ninguna otra felicitación pues el resto de los niños del lugar le temían y las monjas del orfanato no podían darse el lujo de celebrarle el cumpleaños a cada niño cada año. Pero la verdad era que no le importaba para nada, ni siquiera eso le pasaba por la cabeza porque la pelirrosada ocupaba cada uno de sus miles de pensamientos, así él vivía día tras día, así él era feliz.
Al medio día Itachi fue llamado a la oficina de la Madre Superiora. Se sorprendió un poco porque desde que llegaron y desde el problema con la biblioteca, no habían sucedido más eventos en que le pudieran llamar la atención. Salió del salón de clases y comenzó a seguir a la monja que lo escoltaba.
Era una mujer alta y robusta, pero amable y silenciosa. Durante el camino no dijo una sola palabra. Itachi tampoco. El camino era silencioso, los pasos de la mujer se oían claramente al tocar el suelo con cada zancada. De hecho, Itachi pudo observar que los zapatos de esa mujer tenían un diseño antiguo pero cómodo. Luego miró su propio calzado. Eran ajenos a él, esos mismos zapatos seguramente serían usados por alguien más al día siguiente, alguien que calzara igual o similar a él.
Mirándolos desde atrás, Itachi era un muchachito algo bajito para su edad, tal vez porque su periodo de estiramiento llegaría un poco más tarde, pero su delgadez y pequeñez eran evidentes. Su cabello negro y lacio se movía ligeramente al compás de los pasos de Itachi. Su cuerpo erguido, orgulloso y calmado, sus zancadas amplias pero no en demasía, sus brazos moviéndose con el ritmo natural del caminar. Itachi era hermoso por donde se le viera, aún si fuera de adentro hacia fuera, metafórica y literalmente.
El desvío que la mujer tomó durante el trayecto sacó de balance a Itachi. Estaba seguro que sería reprimido por algo, pero saber que se dirigían a los salones de clases menores le preocupó aún más. Finalmente se detuvieron frente al aula donde estaba su hermana. La puerta estaba abierta y desde ahí Itachi pudo observar a su hermana haciendo alguna práctica. Por los movimientos de su mano y su expresión enfocada, supo que ella estaba escribiendo. Sakura se sabía ya de memoria las letras, ya sabía cómo debía escribir, se imaginaba la palabra en su mente con las reglas ortográficas que ella ya había aprendido y aún así su escritura era horrible. Le costaba coordinar su brazo entero para de manera delicada pintar cada letra de la oración. Pero era sólo una niña aprendiendo que eran los números y las letras.
La monja que lo escoltaba llamó a la instructora y después de unas cuantas palabras que Itachi no pudo escuchar, Sakura, por orden de la mujer, salió del salón. Inmediatamente se abrazó de su hermano, pegándose tanto como pudiera, feliz de estar con él en su cumpleaños, agradecida de que Dios le diera a su hermano un año más de vida.
Itachi sonrió un poco, verla tan emocionada simplemente le alegraba el día, porque si ella estaba feliz, él también.
Sin decir nada la mujer comenzó a caminar de nuevo, esta vez realmente se dirigía a la oficina de la Madre Superiora, y la preocupación de Itachi se elevó como la espuma. Estaba bien si lo regañaban o castigaban, pero su hermana era inocente de todo pecado.
Al llegar la monja se retiró del lugar, Itachi giró la perilla y dejó pasar a su hermana como todo un caballero. Dentro de la habitación, frente a la puerta, se encontraba el escritorio de la Madre Superiora, y ella sentada detrás de este. Libreros por detrás de la mujer y 2 sillas y 2 monjas frente a ella. Los niños tomaron asiento y la anciana monja de cabello cenizo y grisáceo les sonrió, pero esa sonrisa lucía sólo como una máscara que pretendía esconder el verdadero rostro serio de la mujer.
-Buenos días –comenzó la mujer. Entre más pronto mejor, tenía otros asuntos que atender.
Ambos niños respondieron el saludo al unísono, la voz aguda y alegre de ella y la voz grave y aterciopelada de él.
La Madre Superiora sabía que había algo mal con Itachi, se le veía tan obsesionado con su hermana que el resto del mundo pasaba a un segundo plano. No convivía con nadie más y tampoco se observaba que lo intentara, era tan antisocial y antipático que estar en la misma habitación que él se tornaba denso y exhaustivo. Él no hablaba a menos que se le preguntara directamente, y sus respuestas se basaban en oraciones cortas y sencillas. No le interesaba seguir una conversación, no preguntaba, no sentía curiosidad por los demás. Su mundo entero se hallaba definido por su hermana pelirrosada y era eso lo que les preocupaba tanto.
-Bueno, pues primero que nada felicidades, Itachi, Dios te bendiga hoy y siempre –continuó la anciana mujer.
Itachi no respondió con palabras, pero asintió ligeramente con su cabeza, pasando de su arisca mirada a una más calmada y seria. No parecía que la mujer les fuera a hacer algo malo.
-Como sabrás, hoy cumples 11 años de edad y hasta ahora tú y tu hermana han permanecido en la misma habitación. Pero nuestras reglas son unánimes y tienen que aplicarse a todos en general sin excepciones… las habitaciones de las niñas están separadas de las de los niños, y así es como debe de ser. Ya son ambos lo suficientemente grandes y han estado aquí el suficiente tiempo para tener habitaciones diferentes- dijo ella tan directa y franca como se esperaba de ella.
La cara de Sakura se descompuso al instante. Serían separados. Pensar en tener que dormir en una habitación fría sin él era aterrador. ¿Qué sucedería? ¿Sería ese el fin de ellos? ¿Por qué les hacían eso? Inundada de preguntas, frustrada como nunca, confundida, desolada y ahogándose, miró a su hermano.
-Por favor no lo haga –rogó Itachi con una voz tan desconsolada y suplicante, que a la Madre Superiora le dio lástima. Verdadera lástima por ese niño tan enfermo que no sabía otra cosa que servir a su hermana. Era más que la madre de Sakura, era su padre, era su hermano, su amigo, su tutor, su protector, su mascota… Itachi era todo de ella, su existencia parecía ser destinada a estar ahí para ella, para amarla, adorarla, idolatrarla. Estaba mal, estaba realmente mal, nadie debería ser capaz de soportar esa carga tan pesada. Estaba tremendamente mal y debía acabar con eso, por el bien de ambos.
-No hay otra manera, Itachi, las reglas son las reglas –respondió ella dándoles una mirada dura y al mismo tiempo lastimera. Realmente sentía pena por ellos. Desvió la mirada. No quería ver los ojos de los niños. La necesitada y solitaria Sakura que no sabía nada de la vida, que era demasiado buena para un mundo tan maligno como ese, sus expresivos ojos llorando con sus sueños infantiles y sus esperanzas inmaduras quemadas y pisoteadas. Pero lo peor era mirar a Itachi, vacío en todos los sentidos, sufriendo de manera tan profunda que parecía no poder expresar de ninguna manera. Él sentía demasiado, tanto que no encontraba una manera de sacar todo aquello, tanto que lo asfixiaba y no le dejaba otra alternativa que continuar sintiendo de esa manera tan enloquecedora. La necesitaba más de lo que ella podría llegar a necesitarlo jamás.
Itachi durante toda su vida, aún siendo un crío de 4 o 6 años, había sido prudente y reflexivo. Él representaba el pilar del que Sakura se sostenía para seguir adelante, bastaba mirarlo con su tranquilidad siempre presente para que todo en ella se disipara. Pero esa vez, esa única vez lo miró y deseó jamás haberlo hecho. Su rostro estaba enrojecido, sus ojos brillando de rojo intenso, sus músculos tensos y las venas marcándose en su piel.
Itachi estalló en cólera y desesperación. Se paró del asiento y comenzó a tomar todo lo que estaba a su alcance para después arrojarlo al suelo o hacia las paredes, intentando destruir todo aquello que osaba ponerse entre él y su hermana. Jamás había hecho un berrinche, ese era el primero de su corta vida, y vaya que lo hacía en grande. Gritó y gritó, sin importarle si escupía saliva con ello, no le importó lastimar a esas mujeres, no le importó absolutamente nada más que Sakura. Soltaba golpes sin saber si destinaba alguno, lágrimas salían de sus ojos… la habitación se había vuelto un caos mientras en la esquina, arrinconada, Sakura observaba como su mundo se rompía en pedazos ante la inminente caída de su pilar debido a la tempestad. Su hermano al que amaba más que a Dios, se había convertido en el Satanás de sus pesadillas.
Itachi tuvo que ser amarrado a una camilla de la enfermería mientras algunas monjas ayudaban a una pobre Sakura aterrada y en estado de shock. Las monjas que habían estado en esa habitación estaban inconscientes siendo tratadas de sus heridas, rasguños, mordidas, golpes y moretones. El tsunami de su violencia se había retirado, dejando tras de sí destrucción.
Las semanas siguientes no habían sido mejores. Ante el claro desequilibrio mental que existía en ambos niños, se les permitió seguir en la misma habitación, pero ambos recibían terapias psicológicas por separado, reduciéndoles el tiempo que tenían juntos.
El psiquiatra que los atendía era un hombre amable, serio pero emanaba tranquilidad y sabiduría. Durante todos los meses que le dio terapia a Sakura, se enfocó en hacerle ver a Sakura que el amor que sentía por Itachi estaba mal, al igual que el amor que sentía su hermano por ella, por meras órdenes de las monjas. Con Itachi no había logrado avance alguno, porque se había cerrado tan herméticamente que lo dio por perdido.
Las terapias con ambos eran parecidas. Ambos niños permanecían callados, escuchando atentamente lo que fuera que les decían. Sus miradas eran vacías, la distancia entre ellos había aumentado, y a pesar de que Itachi pasaba todo su tiempo con ella, ella ya no se sentía feliz.
La última sesión para Itachi fue exactamente igual que la primera. El hombre, de todas las maneras posibles, había intentado que el niño hablara, que dijera como se sentía, que expresara todo su sentir; pero él callaba como si hablar fuera penado, como si estuviera mal. La última sesión para Sakura había sido sencilla, un poco de vida había regresado a los ojos de la niña, el miedo que sentía hacia todo poco a poco fue menguando, pero el vacío seguía allí.
La habitación de los hermanos estaba al final del pasillo. Las camas estaban cada una pegada a una pared, teniendo el cuarto entero de división. Había una mesita que servía de escritorio, un pequeño armario donde guardar los libros y cuadernos y fuera de eso, nada, sólo suelo y paredes grisáceas, sin una ventana por donde mirar.
Esa noche del último día de las terapias, Itachi le preguntó a su hermana con ojos suplicantes si podían pegar las camas. Ella accedió y tratando de hacer el menor ruido posible, empujaron la cama de Sakura hasta pegarla completamente a la de Itachi, trabajando en equipo, como antes.
Acostados uno junto al otro, Sakura pudo observar de pronto que el rostro de su hermano lucía pálido y cansado, que sus ojos carecían de brillo y que tenía unas negras y profundas ojeras que jamás desaparecerían.
De esa noche en adelante su estrecha relación de hermanos y su puro amor comenzaron a regresar paulatinamente a su estado original. Porque a pesar de todos los obstáculos que les pusieran seguirían juntos.
Itachi, tras largas horas de negociación, salió de la oficina de la Madre Superiora, solo para encontrarse a su hermana sentada en el piso, recargada en la pared opuesta a la puerta, dormida. Sonrió, la tomó en brazos y caminando lentamente la llevó a la habitación.
Notas finales: No tengo mucho que decir, salvo que ya no tuve energías suficientes para mejorar el capítulo, espero aun así haya sido de su agrado. Por favor dejen reviews con sus opiniones o críticas, todas ellas son bien recibidas. Un agradecimiento también a las personas que han agregado mi fic a sus favoritos o alertas o... a mí o cosas por el estilo, la verdad no entiendo bien estas cosas y casi nunca reviso mi correo. Hasta luego.
